viernes, 23 de junio de 2017

Archisílabos III


Algún lector habrá que recuerde la serie que aquí inicié ¡hace ya 13 años! y de la que este artículo es su tercera entrega. Me había empeñado en reunir esas palabras que se van incorporando al uso cotidiano del hablante y que, preferidas por su mayor largura o inventadas a fuerza de estirar el número de sus sílabas, bauticé como archisílabos. Aún siguen rodando, y con tal naturalidad que ya casi nadie reconoce ni usa el vocablo más corto del que procede o al que viene a suplir. Si entonces recopilé cerca de 200, ahí va otro buen puñado de archisílabos que quedaron sin mencionar.

Echemos la red en ese caladero de términos que nacen de pegar a otro la desinencia –ción. Así obtendremos la limitación en lugar del «límite», la estimulación para indicar el mero «estímulo» (lo mismo que la incentivación ha dejado atrás al artificioso «incentivo»), la formulación por la «fórmula» o la capacitación en vez de la «capacidad». La «compatibilidad» de funciones se dobla para algunos en compatibilización, ahí es nada. Somos objeto de actuaciones administrativas, es decir, de algo más que simples «acciones». El médico nos da una citación y no una «cita» vulgar. En la calle no leemos «rótulos», sino rotulaciones, de parecida manera a como el hombre del tiempo anticipa que habrá «lluvias», sí, pero sobre todo precipitaciones.

¿Y por qué volver a los gastados «nombres» cuando tenemos a mano las denominaciones? A ver quién se contenta con una «característica» si puede pronunciar caracterización, o con un «enunciado» teniendo al lado una enunciación o con un rápido «contraste» estando ya dispuesta la contrastación. Les juego doble contra sencillo a que descubren por todas partes individuos con motivaciones, pero sin apenas «motivos». Ya verán cómo la complementación acaba engullendo al «complemento», la expoliación al «expolio» o la exterminación al «exterminio». Quien esto firma ha escuchado renunciaciones en vez de «renuncias» y hace poco dio un respingo al enterarse de que una empresa había alcanzado una mejorización, que no «mejora», de sus resultados. Rizando el rizo, en cierto impreso oficial se escribe exceptuación para señalar una «excepción».

Los verbos ofrecen un buen pasto a la afición archisilabizadora. Ahora nos prestamos a referenciar, para no ponernos a «referir», «aludir», «citar» o «nombrar», que son términos más humildes por más breves (y, en lugar de lo referido, etc., lo referenciado). O a regularizar, cuando a menudo lo propio sería «regular» y hasta «reglar». O a sobredimensionar, para evitarnos «ampliar» o «exagerar», lo mismo que hay que hostilizar al contrario que hasta ahora nos limitábamos a «hostigar». No nos conformamos con el modesto «formar» lo que haga falta y recurrimos en cambio al conformar (y es que la conformación deja en la boca un regusto más rotundo que «forma»). El comportarse de un modo u otro ha vuelto casi ridículo al «portarse», el desvincular debe prevalecer sobre el «desatar» o «separar» y penalizar exhibe el empaque que le falta a «castigar». ¿Y aún no han oído recepcionar para dar lustre a los trillados «recibir» o «acoger»?

George Orwell ya sabía algo de este fenómeno y no dejó de denunciarlo en su día. Lo que pasa es que la regla que dictó para la buena prosa en inglés («Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta») parece que no vale hoy para el hablante ordinario de español. Ni siquiera para los sumos sacerdotes de la palabra pública, el político y el periodista. Contagiados de la jerga empresarial, solemos priorizar alguna tarea respecto de otras, porque no nos basta con «primar» esa tarea. Pero también nos conviene flexibilizar nuestras posiciones, que es como «adaptarlas» o «amoldarlas» a lo necesario, a fin de no tensionar —o sea, «tensar»— las cosas y evitar esos tensionamientos que antes eran «tensiones». Que a nadie se le ocurra «interactuar» con otros, porque ahora se lleva interaccionar, ni «objetivar» una situación cuando está en sus manos objetivizarla. Les gustará saber que hay quienes se dedican a compartimentalizar sus trabajos. Y en cuanto me entere de qué significa modelizar o sustancializar, se lo cuento.

Llevo años indagando el misterio de que la gente, tan poco dada a vicios intelectuales, se pase el día disfrutando en medio de abstracciones como éstas que colecciono. Porque habrán notado que las personas ya no gozamos de «crédito» (salvo del bancario, en todo caso), sino de credibilidad, ni cometemos «faltas», «delitos» o «deslices», sino como mucho irregularidades. Donde antes se palpaba el «peligro», ahora todo se carga de peligrosidad, lo mismo que el pedante ya no relata un «hecho» sino más bien una facticidad. ¿Qué había en nuestra relación personal, afectividad o un simple «afecto»?; y el temblor colectivo que aquel día nos invadió, ¿era de «emoción» o de emotividad? Cuando algún engranaje de nuestro organismo falla, ¿hemos sufrido una «disfunción» o suena mejor una disfuncionalidad? Quizá no me crean, pero hay estiramientos verbales que convierten al «significado» (ya travestido como significación) en pomposa significatividad y al «atractivo» de alguien o de algo en una atractividad irresistible…

No piensen que hemos agotado la cosecha de archisílabos. Se reproducen a diario. Cuando se informa de que una manifestación ciudadana tuvo un seguimiento de tantos miles, quiere decirse que suscitó una «respuesta» o «adhesión» así de numerosa; hay muchas comisiones llamadas de seguimiento porque esta voz le gana en sílabas a «control», que es el cometido encargado a tales comisiones. Tampoco hacemos «méritos», sino merecimientos, unos méritos más largos; y una «acogida» muda con frecuencia en acogimiento. Cualquier «aumento» del número de parados o de algún índice económico queda al instante transformado en incremento. Para no abrumarlos, me aceptarán en fin que el adjetivo existente (y no digamos lo realmente existente) o está de más o equivale a «real» y «presente». Claro que mi versión de todo esto, más que «aproximada», resulta tan sólo aproximativa

Así las cosas, rebosantes de términos ampulosos, nuestros discursos se vuelven a un tiempo más largos de palabras y menos sobrados de ideas. Váyase lo uno por lo otro, dirán los necios, aunque me temo que lo uno busca tan sólo encubrir lo otro.

lunes, 12 de junio de 2017

Otros palabros (XLX): Aditivar / aditivado


Son numerosas las páginas y foros en los que se explica o se debate la necesidad o no de “aditivar” el gasóleo, el hormigón y otros productos, de los “combustibles aditivados”, etc.
Se trata de neologismos bien formados a partir del sustantivo “aditivo” (‘Sustancia que se agrega a otras para darles cualidades de que carecen o para mejorar las que poseen’); no obstante, cabe preguntarse si nos encontramos ante vocablos necesarios para nuestra lengua, es decir, si cubren algún vacío por no haber ninguna otra palabra precisa y adecuada para referirnos a los mismos conceptos.
Parece evidente que el verbo “aditivar” es equivalente a otros verbos como “añadir” o “adicionar”, y que el adjetivo “aditivado”, teniendo en cuenta la definición del párrafo anterior, no es sino un término publicitario más para vender como novedad algo ya conocido desde hace tiempo, simplemente buscándole una denominación más aparatosa en lugar de “mejorado” o “potenciado”.
No voy a ser yo, ahora que vuelve a ponerse de moda aplicar a la lingüística las teorías darwinistas de la evolución, quien quite de los labios este sabroso caramelo a los que necesitan de estas creaciones jergales para obtener la satisfacción de sentirse miembros de un grupo exclusivo. No obstante, sí que representaré (perdón, jugaré) el papel (perdón, rol) de agorero del sesquipedalismo puesto que, visto que la evolución cada vez es más rápida, no tardaremos en inventarnos “aditivación” cuando nos aburramos de “aditivo”, lo cual nos proporcionará una oportunidad única de crear “aditivacionar” cuando nos aburramos de “aditivar”, y así sucesivamente.

lunes, 22 de mayo de 2017

El cadáver estaba muerto



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: «Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido».
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención). Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: «Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos». Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo (o de las manos de otra persona).
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de «nieve blanca», entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes. La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: «Cállate la boca», por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: «El estadio estaba “completamente abarrotado”», «es “totalmente gratis”», «vio un “falso espejismo”», «se aprobó con la “unanimidad de todos los grupos”» (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos “absolutamente felices”, “absolutamente decididos”, “absolutamente seguros”. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice «vamos a resolver este “difícil reto”» está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete. Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.

jueves, 11 de mayo de 2017

Colaborativo


Archisílabo incluido en la vigesimotercera edición del DLE con el significado de ‘hecho en colaboración’. Es un calco del inglés “collaborative” /kəˈlæbərətɪv/ (“de colaboración”) común en el ámbito de la informática para designar aquellas herramientas que facilitan el trabajo en común (tabletas, teléfonos móviles, etc.).

jueves, 27 de abril de 2017

Códec


Versión castellanizada del anglicismo “codec” (\ˈkōdek\), definido por el Diccionario de Internet de la Universidad Nebrija como ‘combinación de un codificador y un descodificador que funcionan en sentidos opuestos de transmisión en el mismo equipo’.
En el ámbito de las telecomunicaciones es un acrónimo de “codificador decodificador” (“coder” y “decoder” en inglés) que designa el dispositivo que codifica las señales analógicas en digitales para que se transmitan a través de la red y las decodifica al formato adecuado para su reproducción o manipulación, es decir, para que el ordenador o el dispositivo móvil pueda interpretarlas.
En el campo de la informática es un acrónimo similar, en este caso de “compresor decompresor” (“compressor” y “decompressor” en inglés”), utilizado para designar un algoritmo matemático que comprime el número de bytes consumidos por grandes ficheros y programas. Por ejemplo, en el caso de los vídeos, el códec Xvid corta áreas de colores similares en los fotogramas y determinadas frecuencias imperceptibles al oído humano (con la consiguiente pérdida de información y calidad).