miércoles, 31 de agosto de 2016

Final del día, al


Según el contexto, la expresión inglesa “at the end of the day” puede tener un sentido literal (“al finalizar el día”, “al terminar el día”, “al final de la jornada”) o figurado (“después de todo”, “a fin de cuentas”, “al fin y al cabo”). Conviene, por lo tanto, prestar atención a ese contexto para no calcar esta expresión inglesa al español en su sentido literal cuando en realidad corresponda su sentido figurado.
Véase como ejemplo el siguiente extracto, tomado de un texto de D. Jesús Fernández-Villaverde en la bitácora Nada es gratis: «“Al final del día”, una reducción dramática de este nivel de intercambios puede ser más perjudicial para Alemania y sus socios que para el Reino Unido». Es evidente que otras expresiones como “en definitiva” o “al fin y al cabo” habrían sido más correctas idiomáticamente, puesto que la frase no se refiere a que dicha reducción de intercambios esté teniendo lugar “en las últimas horas de la tarde o de la noche”.
Como profesor universitario en la Universidad de Pensilvania, es natural que se produzcan fenómenos de alternancia de código entre la lengua materna y la de trabajo, de tal modo que se adquiera una tendencia a este tipo de calcos. No obstante, la importante presencia que ha adquirido “NeG” en los últimos años podría justificar la participación de algún corrector que mejorara este tipo de aspectos lingüísticos, quizás el pie de donde más cojea esta interesante publicación.

martes, 30 de agosto de 2016

Opcional


El DRAE lo define como ‘optativo, no obligatorio’, aunque sin marca de anglicismo pese a tratarse de un calco del inglés “optional” (/ˈɒpʃənəl/), que se puede traducir al español como “facultativo” (‘opcional, no obligatorio’) o “discrecional” (‘que se hace libre y prudencialmente’), además de “optativo” (‘que depende de opción o la admite’), que es también un calco, en este caso del francés “optatif” (/Ɔptatif/).
En relación con la sinonimia entre “opcional” y “optativo”, el DPD indica lo siguiente: «[…] existen ciertos contextos en los que se emplea con preferencia uno de estos adjetivos, y no ambos indistintamente; así, referido a materias de estudio, se usa de forma casi exclusiva el adjetivo ‘optativo’ (“asignaturas o materias ‘optativas’”), a menudo sustantivado: “Deberán anotarse año tras año las materias ‘optativas’ escogidas y cursadas por el alumno”; “Impartía la ‘optativa’ de Teatro en el instituto donde trabajo”. Para referirse a las prestaciones suplementarias que pueden añadirse a las básicas al adquirir algo, se emplea normalmente el adjetivo ‘opcional’: “La promoción está dotada de plazas de garaje y trasteros, ambos ‘opcionales’”; “La chaqueta puede ser con o sin cierre, más un chaleco interior ‘opcional’”».
Otra diferencia entre ambos términos radica en el número de posibilidades que implica cada uno. Cuando hablamos de algo “opcional”, sólo hay dos posibilidades (hacer o no hacer): «El examen de Traductología es “opcional”» (no es obligatorio presentarse). Sin embargo, en el caso de “optativo” se escoge entre más posibilidades: «El examen de lenguas extranjeras es “optativo”; se puede elegir entre inglés, francés o alemán» (es obligatorio —no es “opcional”—, y hay que optar por una de las tres posibilidades).
Por su parte, el inglés “optative” (/ˈɒptətɪv/) también proviene del francés “optatif” y, al igual que en el caso del español, tampoco es totalmente intercambiable con “optional”: mientras que éste vocablo se refiere más estrictamente a la posibilidad de “optar”, aquél tiene el matiz de expresar un deseo que puede ser elegido. No obstante, a la hora de traducir hay que prestar también mucha atención a las colocaciones, ya que la traducción de “materia optativa” sería “optional subject”.

jueves, 28 de julio de 2016

Booktuber (/bʊkˈtjuːbə/)


La palabra compuesta “youtube” (/juːtjuːb/) está formada por la acepción coloquial de “tube” que, además de “metro”, significa “tele” o “caja tonta” (por afinidad con “cathode-ray tube” o “tubo de rayos catódicos”).
El famoso servicio de alojamiento de vídeos, lanzado en el año 2005 por tres antiguos empleados de PayPal y adquirido un año más tarde por Google, tomó como lema «broadcast yourself» («transmite tú mismo» o «emítete a ti mismo»). No tardó en convertirse en la página más utilizada en internet dentro de su campo, tanto es así que dio origen al verbo “to youtube” (buscar en YouTube), del mismo modo que con Google nació el neologismo “gugolear”. Aun así, probablemente sus creadores no anticiparon que, merced al auge de los “listófonos”, su idea terminaría dando lugar a una nueva profesión, el “youtuber” /juːˈtjuːbə/ (‘usuario de YouTube’ o ‘productor de vídeo en YouTube’), cuyos exponentes más populares (“YouTube personalities” o “YouTube celebrities”), con millones de suscriptores en todo el mundo, llegan a ganar cifras astronómicas cercanas a los 100 000 euros al mes.
La terminación –er, utilizada en inglés para formar este neologismo, indica en este caso una profesión relacionada con el nombre que se antepone. El sufijo correspondiente español es –ero (no –ante, como en “youtubante”, otra alternativa también utilizada en algunas páginas), con lo que las reglas de formación de palabras de nuestro idioma nos dan “youtubero”, que se podría adaptar a nuestro sistema fonético como “yutubero”.
A caballo del fenómeno “youtubero” han surgido más recientemente los “booktubers” (“youtubers” que leen) o “videoblogueros/vloggers literarios” que, con el deseo de contagiar su pasión lectora, recomiendan sus últimos descubrimientos, hacen videoreseñas literarias y recorridos guiados por sus propias bibliotecas, comentan otros aspectos relacionados con los libros (juegos, colecciones, hallazgos en librerías de segunda mano, oportunidades en internet…), comparten guías para escribir y publicar, etc.
Pese a tratarse de un fenómeno denostado por los críticos literarios más puristas (sobre todo desde que les roban protagonismo tras su salto desde la pantalla del ordenador hasta las ferias de libros), los datos demuestran que su auge está siendo una buena noticia: la mayoría de “booktubers” son mujeres jóvenes de entre 12 y 28 años y, no por casualidad, el rango de edad más lector en España se encuentra entre los 14 y los 24 años (es a partir de los 54 cuando la lectura cae en picado), según el Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de gremios de editores de España, si bien es cierto que con protagonismo de los grandes éxitos editoriales y mucha literatura fantástica, ciencia-ficción, aventuras distópicas y pseudorománticas.

lunes, 25 de julio de 2016

Otros palabros (XLVI): Disconvivencial / desconvivencial / anticonvivencial


Términos utilizados en la jerga de la pedagogía para designar problemas de convivencia dentro del ámbito educativo, es decir, situaciones de ruptura de la convivencia escolar, no tanto por acoso o violencia como por interrupciones o faltas de disciplina.
Dependiendo del contexto, podrían sustituirse por vocablos más entendibles como “asocial” (‘que no se integra o vincula al cuerpo social’, si nos referimos a personas reacias a comunicarse o a integrarse en un grupo, bien por timidez bien por alguna patología, pero cuya actitud no altera el orden), “disfuncional” (‘que, por alguna alteración, no funciona como corresponde o no cumple adecuadamente su fin’), “disruptivo” (‘que produce una interrupción súbita de algo’, en el caso de personas que impiden el correcto funcionamiento de una clase) o “indisciplinado” (‘que no obedece o que no se comporta bien’).
Por otro lado, hay que tener en cuenta que los prefijos des–, dis– y anti– no son equivalentes: el primero indica una vuelta a un estado anterior (deshacer, desmontar, descalzar, descolgar, desandar, desconectar), el segundo la alteración de una estructura estable o la supresión de una de sus partes (disolver, dislocar, discapacitar, disfunción) y el tercero lo opuesto a algo o aquello que lucha o previene contra algo (anticongelante, anticonstitucional, antisemita, anticuerpo), por lo que sería más correcta la construcción con dis–.

jueves, 21 de julio de 2016

Doctor shopping (/ˈdɒktəˈʃɒpɪŋ/)


Expresión inglesa acuñada por Philip Woollcott Jr. en 1982 que podría traducirse por “ir de médicos” (por analogía con “ir de compras”). Designa la práctica de visitar a varios médicos, bien para conseguir más recetas de las permitidas para algún tipo de fármaco (analgésicos potentes…), bien como peregrinaje hasta encontrar la opinión médica que se desea oír o un profesional o equipo del agrado del paciente.
Es una práctica común entre drogadictos, traficantes de drogas, hipocondriacos en pos de un diagnóstico que confirme los temores de su grave enfermedad, o pacientes facticios (trastorno que se caracteriza por la aparición de síntomas producidos deliberadamente por el propio paciente con la intención de recibir atención médica y asumir un papel de enfermo).
En el ámbito de la pediatría, en el que son los progenitores quienes llevan de médicos a sus hijos, hay que diferenciar entre “doctor shopping” (en el que los padres muestran una actitud poco colaboradora y resistente a todo planteamiento lógico, por genuina convicción de la existencia de la enfermedad de sus hijos, pero sin simulación ni provocación de enfermedad) y el denominado síndrome de Münchausen por poderes (SMP), descrito por Roy Meadow en 1977. Es una variante del maltrato infantil (con una mortalidad del 10 al 20 %) que consiste en provocar o inventar síntomas en los niños que induzcan a someterlos a exploraciones, tratamientos e ingresos hospitalarios innecesarios, ya sea por medio de la falsificación de muestras (por ejemplo, añadiendo sangre menstrual a la orina del niño), ya sea provocando sintomatologías (inyectando heces por vía subcutánea; forzando la ingesta en exceso de agua —hasta producir intoxicación hídrica con hiponatremia—, sal común —puede llegar a ser mortal—, zumo de manzana —hasta producir diarrea—, pimienta —como castigo, provocando oclusión de laringe, tráquea y bronquios—; e incluso caídas “accidentales” con roturas óseas —está verificado que el 30 % de las fracturas de cráneo y extremidades en niños menores de tres años son provocadas—). En el 95 % de los casos, estos síntomas están provocados por la madre, un 80 % de éstas con profesiones relacionadas con la salud, víctimas a su vez de SMP en su infancia o pacientes de tratamiento psiquiátrico previo (el 60 % con antecedentes de intento de suicidio).

lunes, 18 de julio de 2016

Descontinuar / Discontinuar


La primera vez que me encontré con este término fue en el libro Escuela práctica para padres, de Javier Urra (recomendable, aunque lo sería aún más si pasara por el filtro de un corrector): «[…] lo difícil que resulta reanudar la lactancia al pecho cuando se ha “discontinuado”». No obstante, parece ser que su uso es mucho más común en el campo de (perdón, a nivel de) la informática e internet:

• «La enciclopedia Microsoft Encarta “será descontinuada” a finales de 2009» (calco, con voz pasiva anglicada de regalo, de “MSN Encarta to be Discontinued” en lugar de “saldrá del mercado”).
• «Que Google vaya a “descontinuar” el desarrollo de su Bloc de Notas no hay que tomarlo como una mala noticia» (en lugar de “paralizar” o “no continuar”, aparte de la espantosa sintaxis).
• «Apple “ha puesto el estado descontinuado” en el auricular bluetooth del iPhone» (calco de “Apple discontinues iPhone Bluetooth Headset” en lugar de “deja de vender”).
• «Los Mac Mini eran el producto de Apple que la marca más tiempo llevaba sin actualizar, pero tampoco sin “descontinuar”» (en lugar de “descatalogar”).
• «[…] la intención que tiene la empresa de “descontinuar” las versiones de 7 y 8,9 pulgadas […]» (en este caso no es un calco, sino querencia por el palabro, ya que en la fuente utilizan el verbo “replace” /rɪˈpleɪs/: “sustituir”, “reemplazar”).

Como bien interpreta D. José Luis Merino en su bitácora Desde este otro lado, aunque se trate de verbos recogidos en el DRAE (discontinuar: ‘romper o interrumpir la continuación de algo’) o el DPD (descontinuar: ‘interrumpir la continuidad [de algo]’, ‘descatalogar o dejar de fabricar [una mercancía]’), se utilizan habitualmente como calcos del inglés “discontinue” /ˌdɪskənˈtɪnjuː/ (“interrumpir” —la alternativa más correcta para la frase sobre la lactancia—, “suspender”, “cesar”, “abandonar”, “dejar de fabricar”).
Encontramos el mismo uso calcado en diccionarios como el Clave («Exigió a los responsables que intercediesen para “discontinuar” esa práctica brutal»), que se podría sustituir perfectamente por “cesar” o “abandonar” y páginas supuestamente dedicadas a la lengua española como Como [sic] se escribe («El jefe se enfadó y “discontinuó” la discusión»; «La cadena de producción “se vio discontinuada” por problemas técnicos»).