lunes, 22 de mayo de 2017

El cadáver estaba muerto



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: «Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido».
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención). Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: «Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos». Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo (o de las manos de otra persona).
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de «nieve blanca», entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes. La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: «Cállate la boca», por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: «El estadio estaba “completamente abarrotado”», «es “totalmente gratis”», «vio un “falso espejismo”», «se aprobó con la “unanimidad de todos los grupos”» (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos “absolutamente felices”, “absolutamente decididos”, “absolutamente seguros”. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice «vamos a resolver este “difícil reto”» está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete. Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.

jueves, 11 de mayo de 2017

Colaborativo


Archisílabo incluido en la vigesimotercera edición del DLE con el significado de ‘hecho en colaboración’. Es un calco del inglés “collaborative” /kəˈlæbərətɪv/ (“de colaboración”) común en el ámbito de la informática para designar aquellas herramientas que facilitan el trabajo en común (tabletas, teléfonos móviles, etc.).

jueves, 27 de abril de 2017

Códec


Versión castellanizada del anglicismo “codec” (\ˈkōdek\), definido por el Diccionario de Internet de la Universidad Nebrija como ‘combinación de un codificador y un descodificador que funcionan en sentidos opuestos de transmisión en el mismo equipo’.
En el ámbito de las telecomunicaciones es un acrónimo de “codificador decodificador” (“coder” y “decoder” en inglés) que designa el dispositivo que codifica las señales analógicas en digitales para que se transmitan a través de la red y las decodifica al formato adecuado para su reproducción o manipulación, es decir, para que el ordenador o el dispositivo móvil pueda interpretarlas.
En el campo de la informática es un acrónimo similar, en este caso de “compresor decompresor” (“compressor” y “decompressor” en inglés”), utilizado para designar un algoritmo matemático que comprime el número de bytes consumidos por grandes ficheros y programas. Por ejemplo, en el caso de los vídeos, el códec Xvid corta áreas de colores similares en los fotogramas y determinadas frecuencias imperceptibles al oído humano (con la consiguiente pérdida de información y calidad).

martes, 18 de abril de 2017

Anglicismos financieros: underwater y negative equity



El clamor que existe en España a favor de la dación en pago tiene como base una realidad social abrumadora: medio millón de hogares intentan pagar hipotecas underwater, según un artículo publicado a mediados de 2013 por AFI (Analistas Financieros Internacionales)1. Bajo este anglicismo, un término muy transparente en inglés, pero críptico y percibido como eufemístico para el hablante español medio, se esconde una situación difícil de sostener para muchas familias españolas: la deuda que contrajeron con el banco supera ahora el valor de su vivienda. Esa deuda ya no se puede saldar entregando la vivienda a la entidad. El contrayente se encuentra acuciado por el ahogo de sus pagos pendientes, bajo el agua: underwater. Dicho en el tecnolecto de la economía: su hipoteca está en negative equity.

Las «hipotecas underwater» aparecieron por primera vez en la prensa española en 2009. Los medios se hicieron eco entonces de los efectos perniciosos de la crisis de las subprimes2 en Estados Unidos. Entre esos efectos estaba el hecho de que muchos contrayentes de aquellas hipotecas basura se vieron incapaces de pagarlas, puesto que sus viviendas se depreciaron y resultaron valer menos que el capital adeudado al banco. En estas primeras apariciones en los periódicos españoles underwater se muestra como anglicismo crudo, pero acompañado de su pertinente traducción y explicación, tratando de salvar el desconocimiento del idioma y aun del concepto:

La ciudad de los casinos encabeza la lista elaborada por «Zillow.com» de las ciudades con más propietarios de casas que en la actualidad tienen una hipoteca superior al valor de su hogar, una situación que en Estados Unidos se denomina underwater («bajo el agua»). (El Mundo, 20.5.2009)
«Cada pérdida de empleo, cada divorcio, cada incidente como estos se va a convertir en una ejecución porque sus casas ya se encuentran bastante bajo el agua», dijo Brinkmann. Cuando una casa está «bajo el agua» (en inglés underwater), quiere decir que el precio ha caído por debajo del valor de la hipoteca. (El Mundo, 28.5.2009)

El calco «bajo el agua» utilizado en los artículos de El Mundo arriba transcritos, era, en 2009, una solución de urgencia plausible para aclarar un concepto relativamente desconocido para los lectores españoles y para la economía nacional. Todavía no existían propuestas de equivalencia más ponderadas. Igual de crudo llegó el anglicismo underwater a octubre de 2010, importado ahora por un informe de Standard & Poor’s. La agencia de calificación alertaba entonces de que el problema de las hipotecas de valor superior a la vivienda hipotecada empezaba a ser importante en España:

El negative equity (fenómeno también conocido como underwater y que se produce cuando el valor de una vivienda es inferior al de su hipoteca) penetra cada vez más en España. Según un informe de la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en una situación en la que debe más por su vivienda de lo que vale. (Idealista.com, 6.10.2010)

Tanto el sintagma «hipoteca underwater» como su análogo semántico negative equity vuelven a aparecer en la prensa generalista española en abril de 2013, cuando el citado informe de AFI, así como la campaña popular a favor de una iniciativa legislativa que permita la dación en pago, ponen de nuevo sobre el escenario el problema social de las hipotecas de difícil pago. Esta vez, los informadores que se hacen eco del estudio de AFI se esfuerzan por encontrar un equivalente al préstamo puro e introducen el neologismo «hipoteca sobrevalorada» para «hipoteca underwater». Esta equivalencia nos resulta poco transparente y carente de la potencia metafórica de la voz underwater.

Son aquellos préstamos concedidos en época de bonanza económica por el 80 % o más del valor del inmueble y que ahora reciben el nombre de hipotecas underwater o sobrevaloradas. (El Heraldo, 21.4.2013)

Puesto que, según los datos del citado estudio, la inmensa mayoría de hipotecados españoles que se encuentran en situación de negative equity son aquellos que adquirieron sus viviendas en la época del famoso boom inmobiliario, proponemos designar a las hipotecas que contrajeron «hipotecas burbuja». Se transmite así, por un lado, la idea de que se trata de hipotecas infladas. Por otro lado, se las vincula con su origen en España: la burbuja inmobiliaria que estalló a finales de 2007. Para la expresión to be underwater podemos encontrar un equivalente bastante eficaz, a nuestro entender: «estar sobrehipotecado». En resumen, consideramos apropiado traducir «hipoteca underwater» por «hipoteca burbuja» en la mayoría de contextos, mientras que la locución «estar underwater» se podría expresar como «estar sobrehipotecado/a».

Una vez que hemos salido a flote en nuestro intento de ofrecer equivalentes eficaces para «hipoteca underwater», debemos abordar el estudio de su pariente semántico negative equity, anglicismo puro de cariz más técnico que underwater. Veamos cuál ha sido su uso en la prensa generalista española.

En primer lugar, cabe reconocer que los intentos de la prensa española de ofrecer una alternativa a negative equity han resultado poco afortunados. Lo más común ha sido, hasta ahora, mantener el anglicismo entrecomillado, o en cursiva, acompañado de una glosa explicativa:

Entrar en negative equity se ha convertido en un auténtico problema e incluso un drama para muchas familias españolas. Por un lado, porque si necesitan vender su vivienda empujados, por ejemplo, por motivos económicos —no pueden pagar la hipoteca—, no conseguirían el dinero suficiente por la venta para cancelar la deuda contraída con el banco. (El Confidencial, 10.4.2013)

No obstante, y muy pegado al término original, también hemos encontrado el calco formal y semántico «equidad negativa» en diversos foros y blogs económicos consultados. Esta construcción resulta de escaso rigor semántico, puesto que transfiere equity como «equidad», por la semejanza formal (lo que Chris Pratt llama paronimia3) entre ambas voces. En el contexto de las transmisiones patrimoniales, equity se debe entender como «capital líquido, fondos propios, fondos invertidos o patrimonio neto». Así pues, home equity significa «valor acumulado o valor líquido de una casa», y se refiere comúnmente al dinero que ya se ha pagado de una hipoteca más la ganancia en valor de la propiedad.

Al menos dos millones de británicos tienen «equidad negativa», que consiste en que el valor de sus propiedades es menor que el precio de la hipoteca que pagan por ellas, informó hoy el Consejo de Prestamistas Hipotecarios. (Blog Mundo en Crisis, 17.4.2009)

Despejada ya la confusión semántica, se entiende que en el contexto de la compra de inmuebles mediante hipotecas el sintagma negative equity puede trasladarse al español como «patrimonio (neto) negativo». Cuando decimos que una hipoteca está en situación de negative equity, podemos afirmar que se encuentra «en negativo». Proponemos, pues, acuñar el término «hipoteca en negativo» como equivalente plausible para las hipotecas con negative equity. Consideramos que este equivalente cuenta con las innegables ventajas de la parquedad y la transparencia. Al menos, ante la única alternativa acertada que hemos encontrado en la prensa española: «situación de pérdidas patrimoniales». Tal y como puede observarse en el ejemplo que transcribimos más abajo, esta construcción resulta un tanto farragosa para el lector medio:

Se le llama negative equity en el mercado anglosajón y consiste en que al bajar los precios de la vivienda llega un momento en que el importe de la hipoteca es superior al valor actual del piso en el mercado si el propietario intentara venderla. Y según un informe de la agencia Standard & Poor’s, un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en esa situación de pérdidas patrimoniales. (El País, 6.10.2010)

Consideramos, pues, más esclarecedor decir que los contrayentes soportan una «hipoteca en negativo» que afirmar que los hipotecados se encuentran «en situación de pérdidas patrimoniales», «en negative equity» o «en equidad negativa». Junto a hipoteca en negativo sugerimos también la equivalencia hipoteca burbuja para underwater mortgage/loan y estar sobrehipotecado/a para la locución to be underwater.

1. Los datos pertenecen a un estudio realizado por la economista María Romero para Analistas Financieros Internacionales (AFI), en su revista Cuadernos de Información Económica, que publica la Fundación de las Cajas de Ahorro (FUNCAS), n.° 233 (marzo-abril de 2013). El artículo «Desahucios y dación en pago: estimación del impacto sobre el sistema bancario» está disponible en .
2. Sobre las hipotecas subprime, o hipotecas basura, véase el interesante artículo «Suprime: cuando las hipotecas huelen» de Luis González en puntoycoma n.° 104.
3. Pratt, en Anglicismos hispánicos (1980), Gredos, Madrid, se refiere a un tipo particular de anglicismos que se da cuando existe similitud formal y semántica entre dos voces de lenguas distintas, como es el caso que nos ocupa: equidad y equity. Aunque en algunos contextos equity se puede traducir por equidad, en otros, como vemos en este artículo, no es así. Estos anglicismos semánticos parónimos también se conocen como «falsos amigos» en el contexto de la enseñanza de segundas lenguas.

jueves, 6 de abril de 2017

Esquí (pl. esquís y esquíes) / esquiar


Vocablo proveniente del nórdico antiguo “skið” (“raqueta [de nieve] larga”), cognado del inglés antiguo “scid” (“trozo [largo] de leña”) y del hoy arcaico “shide”, provenientes de la raíz indoeuropea “skei–” (“cortar”, de la que derivan los términos que comienzan por “schizo–” / “esquizo–”).
Llega al español como adaptación gráfica del galicismo “ski” (/ski/), forma que también se utiliza en inglés (/skiː/), lo cual no impide que el universo cosmopaleto no se dé por aludido y se obstine en escribir (e incluso pronunciar) “sky” /skaɪ/ (“cielo”).

jueves, 23 de marzo de 2017

¿Habla usted mi idioma?



Algunas cosas solo suceden en el cine. Por ejemplo, mantener una agradable conversación telefónica y colgar sin decir «hasta luego». O ir a un gran edificio en coche y aparcar justo a la puerta. O que todos los teléfonos empiecen con 555.
Los traductores del cinematógrafo han desarrollado también un séptimo arte de hablar. Así, escuchamos con frecuencia a los actores algunas frases que casi nunca oímos en nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien no está de acuerdo con algo, suele decir a este lado de la pantalla: «No estoy de acuerdo». O «no lo veo, chico». O «ni de coña, maja». O «ni hablar». En cambio, si actuase ante una cámara diría: «No creo que sea una buena idea».
Sabemos que los doblajes obligan a resolver un sudoku en el que juegan el movimiento de los labios y lo que se decía en la lengua original. Pero da la sensación de que algunos guionistas han tomado carrerilla y aplican esas extrañas fórmulas incluso a las obras rodadas en español.
Así, oímos a menudo en el cine: «¡Que te den!». ¿Que le den qué? En el español de España se aprecia que falta algo. Además de lo que usted ha pensado, podría completarse así: «Que te den morcilla».
En muchas películas, alguien cae rodando por las escaleras —propinándose un golpe en cada peldaño— y le pregunta quien le espera abajo para recogerlo amorosamente y reconfortarlo: «¿Te encuentras bien?». Y el espectador tendrá ganas entonces de pensar: «Coño, ¿no ves que se ha caído por las escaleras?, ¿cómo se va a encontrar?». Claro, porque el espectador, si estuviera al pie de la escalinata de mármol por la que se ha derramado el torpe protagonista, preguntaría en ese caso: «¿Te has roto algo?»; pues ha quedado claro que bien del todo no puede encontrarse.
Por el contrario, alguien se merece una felicitación por ese hallazgo tan exclusivamente cinematográfico que se pronuncia cada vez que se encuentran dos personajes en una selva, o similar: «¿Habla usted mi lengua?». Merece elogio, digo, porque la fórmula sirve para cualquier idioma original en que se haya rodado la película y para cualquier lengua a la que se traduzca; pero si el otro no habla su idioma, ¿cómo va a entenderle la pregunta? Usted dígale «buenos días» y ya le contestará «buenos días tenga usted» si es que ha entendido su lengua. Si no la entiende, la misma cara le va a poner que si preguntara «¿habla usted mi lengua?»; y si la entiende se ahorrarán preámbulos y entrarán ya en materia después del saludo inicial.
En la vida real, alguna gente no sabe cómo decir que no. Debieran ir más al cine. Si alguien le propone a un amigo que cruce la montaña para encontrarse con su primo, pongamos por caso, puede recibir esta respuesta: «Cruzar la montaña no es una opción». O sea, el actor dice de esa guisa lo que a este lado de la pantalla expresaríamos de otro modo: «No se puede cruzar la montaña», tal vez porque alberga peligros insondables o porque sencillamente no se puede cruzar la montaña.
Si se hubiera rodado una película sobre el torero Rafael El Gallo, su famosa frase «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible» la habrían formulado de otra manera: «Lo que no puede ser no puede ser, y además no es una opción».
En algunas películas, lo que a este lado de la pantalla llamamos «funeral» se denomina «servicio religioso» (aunque no quede muy claro qué servicio recibe el muerto); y si alguien obtiene un éxito no gritará «¡bien, bien!», o «¡qué suerte!», o «¡de puta madre!», sino «síiii, síiii, síiii». Y si va a suceder una catástrofe, quien se da cuenta de lo que se avecina gritará horrorizado: «¡Ooooh, Dios mío!». Y el que esté a su lado agregará: «¡Maldita sea, maldita sea!».
Hay que entender todo eso, porque no debe de resultar fácil traducir un diálogo con el metrónomo del movimiento bucal.
Siempre será mejor la versión original subtitulada, claro; pero solo si tenemos la suerte de no encontrarnos muchas faltas de ortografía en sus textos. Porque, ¡ooooh, Dios mío!, a veces parece que en los subtítulos tampoco hablasen nuestra lengua.