miércoles, 22 de diciembre de 2010

Contraproductivo



La tendencia clara es la siguiente: si tenemos una palabra en castellano que llevamos utilizando toda la vida (por ejemplo: “contraproducente” —‘se dice del dicho o acto cuyos efectos son opuestos a la intención con que se profiere o ejecuta’—), pero encontramos otra en inglés que se le parece, independientemente del significado (por ejemplo: “counterproductive” /kaʊntəprə'dʌktɪv/, que en este caso sí que significa lo mismo), en todos los casos se adapta el castellano para que se parezca lo más posible al inglés. De esta manera, conseguimos que engendros como “contraproductivo” proliferen cada vez más.
Por otra parte, en la jerga de la Economía también se utiliza mucho el adjetivo “self-defeating” /ˌselfdɪˈfiːtɪŋ/, que podría traducirse perfectamente por “contraproducente”.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Blíster


A cuenta de este palabro tuve mis más y mis menos con un jefecillo de unos conocidos y omnipresentes grandes almacenes de este país antes conocido como “España”. El muy cazurro, tras venderme una cámara de fotos digital y una tarjeta de memoria para utilizar con ésta (perdón, con la misma) pero de un formato no compatible con aquélla, porfiaba en su negativa a cambiarla por otra adecuada o a devolverme el importe de la compra, ya que «el “blíster” estaba deteriorado y no iba a poder revenderla». En ese momento, el único significado de “blíster” que me venía a la cabeza era “ampolla”, y como el cateto ya me estaba levantando unas cuantas, decidí abreviar los trámites y pedir una hoja de reclamaciones, momento a partir del cual todo fue como la seda (ya puestos, terminé devolviendo también la cámara y realizando la compra en otro establecimiento). Más adelante, ya en frío, caí en la cuenta de que en inglés también existe el término “blister pack” /'blɪstə(r)pæk/ (“envase tipo burbuja” o, tal como lo define el DRAE, ‘envase consistente en una lámina sobre la que va pegada una cubierta de plástico transparente con cavidades en las que se alojan los distintos artículos’). Como de costumbre, recortamos las expresiones de las que nos apropiamos, con lo que cuando las soltamos en los países anglosajones es difícil hacernos entender (allí, “blister” si no va seguido de “pack” es, simplemente, “ampolla”).
También he encontrado la versión “blistter”, si bien es cierto que se trataba de una frase que también incluía “camviartelo” y terminaba con “¡¡¡”.

Factoring (/ˈfæktərɪŋ/)



Esta es una de esas palabras que parecen inglés pero no lo son, ya que no es un término muy utilizado en los países anglosajones (y no aparece en la mayoría de sus diccionarios, aunque sí en Wikipedia). Lo que sí es más común (en inglés) es el verbo “to factor” (/'fæktə(r)/), referido a las matemáticas (‘resolver un entero o un polinomio en factores’). Y lo que sí que existe (en castellano) es el “contrato de factoraje”, que obliga a alguien (el factor o empresa de factoraje, que suele ser una entidad financiera) a prestar a otra persona o empresa, a cambio de un precio, servicios de contabilidad y cobro de facturas, normalmente asumiendo además el riesgo de insolvencia de los deudores y, en ocasiones, anticipando el importe de dichas facturas. Por supuesto, una entidad financiera solvente le hablará de “factoring”, mientras que, si le hablan de “contrato de factoraje”, probablemente se trate de un chiringuito financiero de la peor calaña.
(Si se fijan en la foto, verán la clara relación entre el uso de estos términos y la degeneración en el uso del kateyano).

jueves, 16 de diciembre de 2010

Extricación



En castellano hay palabras como “liberación”, “rescate”, “desenredo” o “evolución”, pero como en inglés dicen “extrication” (de “extricate” /'ekstrɪkeɪt/: “desenredar”, “rescatar”, “sacar”, “lograr salir de”), mola mucho más referirse al “rescate, ‘extricación’ y traslado de heridos” (clara redundancia: rescate y extricación), incluso impartiendo cursos de “extricación”, definiéndola como ‘procedimiento por el cual se extrae a una persona de un vehículo siniestrado’ (es decir, “liberación” o “rescate”).
Sin embargo, a la persona que se ocupa del rescate de víctimas en un siniestro no se la denomina “extricador” (ni tampoco, gracias a Dios, “extricacionador”), sino “rescatista”, una curiosa invención (bien formada, por otra parte) que mezcla “rescatador” (que sería una de las palabras correctas, además de “salvador” o “socorrista”) con “escapista” (práctica según la cual en ocasiones el accidentado podría “extricarse” a sí mismo, cual Harry Houdini).

Extrañamiento


Aunque no muy común, también se trata de un falso amigo. Mientras que el castellano “extrañamiento” quiere decir “admiración o extrañeza que produce una cosa” o “acción y efecto de extrañar o extrañarse”, el inglés “estrangement” (/ɪ'streɪndʒmənt/) no tiene demasiado que ver, ya que sería el equivalente de “distanciamiento”, “alejamiento”, “inadaptación”, “falta de integración” o “aislamiento”. Lo mismo sería aplicable (perdón, lo mismo aplicaría) a “extrañado” y “estranged”.

Extensivo


Aparte de su significado original en castellano (que se extiende o se puede extender, comunicar o aplicar a más cosas) y de su uso para referirse a un sistema de explotación agrícola (aquél que no maximiza la productividad a corto plazo del suelo con la utilización de productos químicos, el riego o los drenajes, sino que hace uso de los recursos naturales presentes en el lugar), últimamente se está utilizando también este vocablo como calco del inglés “extensive” /ɪk'stensɪv/ (“extenso”, “vasto”, “amplio”, “exhaustivo”, “de consideración”, “de gran alcance”), tal como podemos ver, por ejemplo, en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación en frases como “el Consulado General cuenta con información extensiva sobre las recomendaciones a seguir en caso de emergencias”.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Crouton / Crutón / Crotón



La pedantería es lo que tiene: si nos empeñamos en intentar llamar la atención con galicismos innecesarios, obviando las múltiples posibilidades del castellano (“picatoste”, “tostón”, “currusco”, “cuscurro”, “coscurro”, “mendrugo” o, simplemente, “pan frito”), lo único que conseguimos es hacer el ridículo con expresiones redundantes como “crouton de pan”. Evidentemente, para los amigos de los préstamos absurdos, nunca habrá comparación posible entre un “crouton” y un “picatoste”, pero por desgracia para ellos es lo mismo. Hay que reseñar que la ortografía correcta en francés sería “croûton” (/krutÕ/).

jueves, 2 de diciembre de 2010

Oído menos acostumbrado

Fernando Galván (catedrático de Filología Inglesa y rector de la Universidad de Alcalá); El País, domingo 7 de noviembre de 2010.

Un reciente informe de Eurostat revela que casi la mitad de los españoles entre 25 y 64 años no conoce ninguna lengua extranjera. El dato nos sitúa a la cola de los países europeos en dominio de idiomas, solo superados por húngaros, rumanos y portugueses. Y eso, a pesar de que los españoles dedican, en las fases obligatorias de la enseñanza, un promedio de tres horas semanales a estudiar inglés. ¿Cómo es posible que, después de tantas horas dedicadas al estudio, muchos de nuestros jóvenes sean incapaces de entender y de comunicarse en este idioma en situaciones de la vida cotidiana? Pues bien, el hecho es que, salvo en casos excepcionales o muy restringidos, la mayoría de nuestra población no está sometida al inglés hablado en casi ninguna circunstancia. Cuando el estudiante sale del aula, acaba su exposición oral al idioma. No lo escucha en la radio, ni en la televisión, ni en el cine... Algo que no ocurre en otros países que, quizás no dediquen más horas a la enseñanza del inglés de las que empleamos en España, pero donde, desde edades muy tempranas, los niños están acostumbrados a que sus personajes favoritos de la televisión o el cine se expresen, de manera natural, en inglés.
Una de las actividades que más facilita el conocimiento de los idiomas es la exposición a otras lenguas, particularmente, si ésta se realiza durante la niñez, cuando más permeables somos al aprendizaje. En España, la inmensa mayoría de los estudiantes solo oye hablar en inglés en el colegio, durante las horas de clase específicamente previstas para aprender idiomas. Sin embargo, en casi todos los países de nuestro entorno (incluyendo los iberoamericanos), los estudiantes no se limitan a escuchar otros idiomas en el aula: cuando salen del colegio, en sus casas o en el cine, siguen expuestos a otras lenguas, porque sus películas y series favoritas les llegan en versión original. Siguiendo la terminología actual, el inglés se convierte en una materia transversal, que aprenden mientras están haciendo otra cosa.
En España, sin embargo, el franquismo impuso el doblaje de las películas, para impedir la influencia de otros idiomas que no fueran la lengua oficial, y porque de esta manera resultaba mucho más sencillo aplicar la censura. Los que conozcan el caso de la versión española de la película Mogambo recordarán probablemente la ridícula manipulación de la historia y de los personajes que la censura, para preservar ciertos valores morales, perpetró mediante el doblaje. Si bien el doblaje tiene sin duda sus ventajas y facilita al espectador el disfrute de las películas, una de las desventajas principales, sin embargo, y en cuanto afecta a nuestro dominio de lenguas extranjeras, es que ha traído como resultado que nuestro oído esté menos acostumbrado a otros idiomas que el de la gran mayoría de nuestros vecinos. Tal vez por ello muchos españoles se sienten ridículos al tratar de hablar inglés, y desistan de aplicarse en la pronunciación, al resultarles muy forzado oírse pronunciar unos fonemas que no escuchan nunca en la vida diaria.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Aprenda inglés con Brad Pitt y Angelina Jolie

Profesionales de la educación invitan a revisar la versión original en cine y televisión - Pero, ¿menos doblaje significa aprender mejor idiomas? (El País, domingo 7 de noviembre de 2010).

«Es tal la polvareda que el asunto ha levantado y tantos y tan encontrados los pareceres, coléricamente mantenidos, que, ciertamente, un espíritu no demasiado combativo se queda un punto en suspenso antes de arriesgarse a meter baza en partida tan disputada». La partida en cuestión es el debate alrededor del doblaje de las películas extranjeras en España y quizá el lenguaje la delate, esta advertencia tiene más de 70 años. Juan de Baeza, periodista de la revista Cinegramas, introducía así un reportaje publicado en el número de septiembre de 1934.
Hoy seguramente el tono del redactor sería distinto, aunque sus temores, parecidos. Porque las pantallas de los cines solo representan uno de los medios y soportes de difusión de las películas; porque el público de 2010 está formado en su mayoría por un exigente Homo televisivus y porque las proyecciones en lengua original -y su relación con el dominio de idiomas, sobre todo el inglés- aún despierta pasiones.
Uno de los últimos en sumarse al debate fue el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, quien hace unas semanas reflexionó. ¿Se debe tomar la decisión de no doblar películas para apoyar el aprendizaje de idiomas? En su opinión, se trata de una opción que «incide de manera determinante en el conocimiento de idiomas». Si bien reconoció que España cuenta con una industria y unos profesionales del doblaje muy cualificados, dijo que «también es evidente que en los países donde no se doblan las películas, ello incide claramente en el conocimiento de lenguas».
España es el cuarto Estado en la cola de la UE en dominio de idiomas extranjeros, según un reciente informe de la agencia comunitaria Eurostat. Y esos países a los que aludía el ministro son, entre otros, Suecia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Filandia, Eslovenia... De todas formas, aunque Gabilondo aclaró que la versión original, actualmente accesible en algunas decenas de salas en grandes ciudades, no se convertiría en una “panacea” para solucionar el problema, tras sus palabras no tardaron las reacciones.
Julio Morales Merino, director de la escuela de interpretación Doblarte de Madrid, además de traductor y adaptador de series, es contundente: «¿Por qué si hay que enseñar idiomas no prohíben la profesión de traductor y que cada cual se las apañe como pueda para leer a Shakespeare en su idioma o a Schiller en alemán o a Tolstoi en ruso?»
Es una exageración, pero la opinión de Morales refleja una preocupación de dobladores, exhibidores y distribuidores. La semana pasada la Federación de profesionales del doblaje y la sonorización calificó de “impreciso” el argumento que vincula doblaje y escaso conocimiento de idiomas extranjeros. Respalda su postura un informe de la UE. El documento Study on dubbing and subtitling needs and practices in the european audiovisual industry, que abarca 31 países, destaca que “es arriesgado concluir que, la versión original subtitulada favorezca el aprendizaje de ningún idioma, y que el doblaje sea el causante de un nivel inferior de conocimientos lingüísticos”.
Pese a ello, los profesores consultados coinciden en que incluso una exposición indirecta a una lengua puede ayudar a dominarla. Paul Kelly, docente de inglés con más de 20 años de experiencia en Australia, Reino Unido, Italia y España, habla de percepción. «Aunque sea una actividad pasiva, proporciona mucha información, quizás a un nivel inconsciente, sobre el idioma. No solo se trata de estar expuesto a giros», explica. «Se trata más bien de familiarizarse con la música del lenguaje, con cómo se expresa, con la entonación... Esto es algo muy difícil de enseñar en una clase porque los alumnos solo tienen un modelo, el profesor, que en muchos casos cambia su forma de hablar por no estar en contacto con otros nativos, y esto también ocurre de forma inconsciente», añade.
David Overton concuerda y aporta su experiencia: «Los estudiantes de países sin doblaje, donde solo se proyectan películas con subtítulos, suelen tener mejor comprensión del inglés hablado, mejor fluidez y más vocabulario». Sencillamente, «tienen mejor feeling del idioma». «Por otra parte, muchos, como los sudamericanos, suelen tener más dificultades con la gramática que los españoles porque han tenido menos estudios formales», aunque en algunos países de América Latina circulen más películas en versión original que en España.
La profesora Karen Hees insiste, en cambio, en la importancia de la emisión de programas y series en versión original en televisión. En la era de la TDT y de los canales de pago, la televisión podría convertirse (superados algunos inconvenientes técnicos) en una oportunidad más para acostumbrarse a los idiomas (lo que en el 90% de los casos quiere decir adaptarse al inglés y a las producciones de Hollywood o de la industria estadounidense). Fox publicitó en las últimas semanas la emisión en inglés, con subtítulos en español, de la última temporada de House.
Esto, recuerda Pablo Viñuales, director de programación de la cadena, se hace desde hace varias temporadas con los estrenos adelantados de series como House, Caso abierto o 24. ¿Los motivos? «Lograr acercarnos más al estreno en EE UU y satisfacer la demanda de un grupo importante de espectadores de la televisión de pago para los que la emisión en versión original subtitulada es un valor añadido», explica. Desde esta temporada, además, también se puede en Digital+ con la opción de la versión en inglés con subtítulos, «precisamente porque sabemos que hay una parte de nuestra audiencia que lo prefiere», aclara.
En cualquier caso, la historia enseña que la mayoría del público se acaba adaptando a la oferta existente. Hubo un tiempo, en los primeros años del cinematógrafo, en que los actores y el narrador se expresaban a través de rótulos. Más tarde, la técnica les dio el habla y ahí empezaron las complicaciones. Las películas mudas tenían un código y las sonoras, otro, además de un mercado que desde sus inicios tuvo una vocación muy internacional. El cine ya era una industria y quería el mayor número de clientes. A veces, a costa incluso del desarrollo de un guión. Uno de los argumentos más frecuentes de los defensores de la versión original es la vinculación del arraigo del doblaje en España con la censura franquista.
Cierto es que las esperpénticas maniobras de la comisión de censores de la dictadura llegaron a destrozar -y solo es un ejemplo célebre- la historia de Mogambo, de John Ford, ya que en la España de los cincuenta era inconcebible que el personaje interpretado por Grace Kelly, una mujer casada, pudiera mantener una relación adúltera con Clark Gable. El doblaje y unos diálogos modificados ayudaron en ese caso a convertir al marido de Kelly en su improbable hermano. Así, el adulterio pasó a incesto. Pero, además de una trama coherente, ¿escuchar a los protagonistas en su idioma habría ayudado al público español a aprender inglés? Y, después de sufrir durante décadas un doblaje forzoso, ¿sería ahora legítimo imponer la versión original?
Elena Palacios, 23 años de oficio a sus espaldas (voz de personajes de Padres forzosos, Caso abierto, Urgencias, Lost...), opina que «al cine no se va para aprender inglés, que para eso están las escuelas», y señala a algunos compañeros de profesión como responsables de una “campaña de demonización del doblaje”. «Creen que la razón de que el público no vaya a ver cine español la tienen los actores de doblaje, están dispuestos a darnos un empujón, sin la oportunidad de debatirlo o simplemente de defender nuestra postura» y recuerda que en «en Estados Unidos forma parte del aprendizaje de un actor» antes de preguntarse: «¿Por qué no dejamos las cosas como están, con libertad para escoger?»
Licia Alonso, como muchos actores, cree que hay otras prioridades. «Lo que hay que defender es un buen cine, unos buenos guiones, un buen trabajo en general. Como actriz de imagen además de mi faceta como actriz de doblaje, deseo que haya mucho cine, muchas series de televisión, muchos teatros repletos», cuenta. «Cuando al público se le da un buen producto en nuestro idioma, su respuesta es masiva».

martes, 30 de noviembre de 2010

La venganza de Churruca

¡Unos tanto y otros tan poco! Mientras a muchos se les "hace el culo pepsi-cola" por meter con calzador cuatro barbarismos en cualquier frase aunque no vengan a cuento, todavía quedan unos pocos que siguen estando orgullosos de su lengua nativa y, mejor o peor, hacen uso de ella sin dejarse acorralar por las modas del imperio.
Aquí tenemos una divertida columna de Arturo Pérez-Reverte, publicada en XL Semanal el domingo, 2 de octubre de 2005.


A veces el tiempo termina poniendo las cosas en su sitio, o casi. Estaba el otro día en un puerto mediterráneo, amarrado de proa al pantalán y leyendo en la camareta, cuando escuché el motor de una embarcación. Subí a cubierta mientras otro velero se acercaba por el lado opuesto, disponiéndose a amarrar enfrente. Suelo ayudar en la maniobra; pero como el marinero de guardia estaba allí, me quedé apoyado en el palo, mirando. Era un queche de quince metros, con un hombre al timón y una mujer en la proa. Banderita española en la cruceta de estribor y bandera roja a popa: un inglés. El patrón era cincuentón largo, con barriga cervecera. La mujer, negra, alta y bien dotada. Una señora estupenda, la verdad. Muy aparente.
El marinero del puerto estaba en el punto de atraque, esperando. Era de esos españoletes chupaíllos, flaquísimo y tostado, con pantalón corto, gorra y un pendiente de oro en cada oreja. De los que te cruzas de noche y echas mano a la navaja antes de que la saque él. Aunque esto lo apunto sólo para que se hagan cargo de la pinta del jenares; yo lo conocía de tiempo atrás, y lo sabía buena gente. El caso es que imagínenselo allí, esperando a que la proa del velero inglés llegase al pantalán. En ésas, a un par de metros, la negra de la proa le suelta al marinero una pregunta en absoluto inglés, que para los de aquí suena algo así como: ¿chuldaius maylain oryur? Tal cual. Ni un previo amago de «buenos días», ni «hola», ni nada. Entonces el marinero, impasible, mientras aguanta la proa para que no toque el pantalán, responde, muy serio «Yene comprampá». La mujer lo mira desconcertada, repite la pregunta, el marinero repite «yene comprampá, señora», y como el barco ya está parado y el viento hace caer la popa a una banda, la pava le da sus amarras al marinero y se va corriendo a popa con la guía para trincar el muerto.
En ésas, el patrón ha parado el motor y se acerca a la proa, mirado preocupado el costado herrumbroso de un viejo barco de hierro que está amarrado junto a él. Tampoco hace el menor esfuerzo introductorio en lengua aborigen. «Itis tuniar», dice a palo seco. «¿Haventyu a beterpleis?» Y en ese momento pienso yo: tiene huevos aquí, el almirante. Como buena parte de sus compatriotas, no hace el menor esfuerzo por hablar en español, y da por sentado que todo cristo tiene que trajinar el guiri. A buenas horas iba yo a amarrar en Falmouth con la parla de Cervantes. De cualquier modo, el marinero lo mira flemático, asiente con la cabeza y dice «ahá» cuando el otro termina de hablar, luego encoge los hombros, acaba de colocar las amarras en los norays, y mirándolo a los ojos, muy claro y vocalizando, le dice: «No te entiendo, tío. Aquí, espanis langüis».
A todo esto, el viento ha hecho que la popa del barco se vaya a tomar por saco, y la negra las pasa moradas tirando del cabo del muerto para aguantarlo. «¡Aijeiv tumachwind!», grita. El marinero se la señala al inglés y le aconseja: «Vete a ver lo que dice, hombre». El inglés mira a la mujer –a la que con el esfuerzo se le ha salido medio fuera una teta espectacular–, mira alrededor, mira el costado oxidado del barco sobre el que caen y le hace gestos con las manos al marinero, acercando las palmas para indicar que están demasiado cerca. «Tuuniar», repite. «Tuuniar». El marinero se ha puesto en cuclillas, para mirar más descansado cómo el guiri se la pega. «Aquí es lo que hay», responde ecuánime. «¿Guat?», pregunta el otro. El marinero se rasca la entrepierna, sin prisa. «Si me pasas un esprín –sugiere– igual te lo sujeto.» El inglés, antes despectivo y ahora visiblemente angustiado, hace gestos de no entender y luego corre hacia popa a ayudar a la mujer a aguantar el barco, que a estas alturas está atravesado en el amarre que da pena verlo. «Plis», pregunta a gritos desde allí, desesperado y rojo por el esfuerzo de tirar del cabo. «¿Duyunotpikinglis?» Ahora, por fin, el marinero sí comprende lo que le dicen. «No», responde. «¿Y tú?... ¿Espikis espanis, italian, french, german?... ¿Nozing de nozing?» Luego, sin esperar respuesta, mete una mano en el bolsillo del pantalón, saca un paquete de tabaco, enciende con mucha parsimonia un pitillo y se vuelve hacia mí –que estoy dándoles mordiscos a los obenques para no caerme al agua de risa– y a los curiosos: un pescador, un guardia de seguridad y un mecánico de Volvo que se han ido congregando en el pantalán para mirar a la negra. «Pues no lo tiene chungo ni ná», comenta el marinero. «El colega.»

martes, 16 de noviembre de 2010

CEO



Si ser un “manager” (/'mænɪdʒə(r)/) o un “chief” (/tʃɪ:f/) mola, imagínense, teniendo en cuenta lo cool que son las siglas y los acrónimos, que en nuestra tarjeta de visita aparezcan las letras “CEO”, del inglés “chief executive officer” (/tʃɪ:fɪg'zekjʊtɪv'ɒfɪsə(r)/). En realidad, si escribimos “consejero delegado”, “director ejecutivo”, “ejecutivo delegado”, “jefe ejecutivo”, “presidente ejecutivo”, “principal oficial ejecutivo”, “director general”, “primer ejecutivo”, etc. es más probable que los demás se enteren mejor de cuál es nuestro puesto de trabajo que si nos rendimos a la tentación de la pedantería de poner “CEO”, pero qué más da: lo importante son las apariencias.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Expresa, olla



Si ya es estúpido decir “olla exprés” en vez de “olla de presión” u “olla rápida” (los acólitos de Bill Gates encargados del Guorz me recomiendan que cambie “exprés” por “Express”, con e mayúscula, pero no me da la gana: “exprés”, escrito con tilde y terminado en una sola s, es la adaptación gráfica en español de de la voz inglesa express /ɪk'spres/, “rápido”, “urgente”), no digamos “olla expresa”.
Lo mismo opino de quienes creen que “tren expreso” es un tren “rápido”, cuando no se trata de eso exactamente, sino de un tren de pasajeros que circula de noche y se detiene solo en las estaciones principales del trayecto. En metros como el de Nueva York sí que se diferencia entre trenes “local” (que paran en todas las estaciones y trenes “express” o “directos” (que solo pasan por las más importantes, saltándose el resto), lo cual ha dado pie a los zotes del espanglish a inventarse otra acepción del verbo “expresar” para rebuznar despropósitos como «este tren se “expresa” hasta la 42 y luego hasta la 59».
Casos parecidos serían los de “cafetera exprés”, “divorcio exprés”, “servicio de correos exprés”, “despido exprés” o “secuestro exprés”.
Del mismo modo, el pago de una multa, factura, etc. con descuento en un plazo determinado debe denominarse “pronto pago” mejor que “pago exprés”.

Expiración


Realizando los trámites para el envío de unos productos perecederos, el empleado de Correos me indicó que tenía que rellenar la “fecha de expiración”. «¿La de quién?», le pregunté yo, «¿La mía o la suya?» Pensando que yo era un demente, intentó explicármelo con más claridad: «Mire, aquí, donde dice ‘expiry date’, tiene que poner la “fecha de expiración”». Viendo que mi ironía nos iba a llevar por muy mal camino, cedí a su claramente bienintencionada explicación y rellené la “fecha de caducidad” en la casilla correspondiente. Y es que “expiración”, en castellano, se refiere a la “Parca”, es decir, a la “muerte”, “fallecimiento”, “defunción”, “trance”, “partida”, “acabamiento”, “final”; mientras que “expiry date” /ɪk'spaɪərɪdeɪt/ (también “expiration date”) significa “fecha de vencimiento”, “fecha de caducidad”. Sólo hay un caso en el que podría traducirse por “expiración”: cuando vence el plazo de un alquiler o contrato, pero puede dar lugar a confusión, luego no es recomendable.
Más alarmante es que el mismo texto, “fecha de expiración”, aparezca en el caso de la Tarjeta Sanitaria Europea. En mi caso indica el 3 de agosto de 2010. Ese día, por si acaso, no fui a trabajar y me quedé en casa viendo las cuatro partes de Destino Final, para estar preparado.

Existencia, venir a


Los grandes humoristas de la traducción, Movimiento Zeitgeist, se superan a sí mismos y traducen “come into existence” (“nacer”, “ver la luz”, “venir al mundo”, “originarse”) por “venir a existencia”. Cuando impera la ley del mínimo esfuerzo, es mejor no meterse en camisas de once varas.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Blazer (/'bleɪzə(r)/) / Bléiser


Se trata de un tipo de “americana” o “chaqueta” que por doquier definen como “deportiva” o “de deportes” (DRAE incluido); me imagino que se trata de un vocablo del espanglish con efecto rebote, es decir, que quieren decir de sport (o casual) pero no se acuerdan de la palabra “informal” y lo dan la vuelta de nuevo traduciéndolo por “deportivo”. Este tipo de chaqueta fue deportiva en sus inicios (tiene su origen en la marina y en la indumentaria de algunos deportes), pero hoy en día es una chaqueta de vestir, si bien con un corte más informal (bolsillos de parche, botones metálicos, etc.), a menudo utilizada para uniformes de colegios o compañías aéreas. No son aceptables las formas “blazier” ni “blasier”, que no tienen ninguna justificación etimológica.

jueves, 28 de octubre de 2010

Excedidamente


Cristian “Movimiento Zeitgeist” Fernández, estrella mundial de la traducción Tex-Mex, nos deleita esta vez con este genial invento, ingeniosa adaptación propia del inglés “exceedingly” /ek'sɪ:dɪɳlɪ/ (“extremadamente”, “tremendamente”, “infinitamente”, “sumamente”, etc.)

Eventualmente


Nada que objetar cuando se utiliza en su significado castellano: “inciertamente”, “casualmente”, “fortuitamente”, “accidentalmente”, “provisionalmente”, “ocasionalmente”, es decir, “de manera circunstancial” u “opcionalmente o a voluntad”. Lo malo es que cada vez es más frecuente verlo utilizado como calco del inglés “eventually” (/ɪˈventʃʊəlɪ/): “finalmente”, “al final”, “con el tiempo”; de hecho, hay muchísima gente que cree que son estos los verdaderos significados de la palabra. Así, del mismo modo, cometen errores al traducir “eventualmente” al inglés (sería “possibly”, “by chance”, “accidentally” o “unintentionally”, pero nunca “eventually”) y también confunden el inglés “eventual” /ɪˈventʃʊəl/ (“final”) con el castellano “eventual” (“temporal”). La connotación es español es de futuro, en inglés de incierto. Tampoco es apropiado el sentido de “provisionalmente” o “temporalmente”.

martes, 26 de octubre de 2010

Aeróbic / Aerobic


Por mucho que nos empeñemos en intentar parecer más cultos o interesantes utilizando términos provenientes de otras lenguas, la mayoría de las veces hacemos el ridículo; sobre todo si, como en este caso (y en muchos otros) utilizamos la palabra de manera diferente al original, cambiándole todo el sentido. Así, cuando alguien dice “soy monitora de aeróbic” o “me gusta hacer aerobic”, lo que está diciendo en realidad a oídos de un angloparlante es “soy una monitora aeróbica” o “me gusta hacer aeróbico” (más o menos), ya que “aerobic” es un adjetivo, el equivalente al castellano “aeróbico” (perteneciente o relativo a la aerobiosis o a los organismos aerobios), mientras que el sustantivo (es decir, la actividad en sí) sería, si sufrimos la irresistible necesidad de evitar hablar castellano, “aerobics” (técnica gimnástica consistente en realizar ejercicio físico aeróbico al ritmo de la música). En este caso nos enmiendan la plana desde América, donde han entendido bien el origen del término y lo han traducido como “ejercicios aeróbicos” o “gimnasia aeróbica”.

Browsear


Espantoso calco del inglés “to browse” /braʊz/ (“echar una ojeada”, “echar un vistazo”, “hojear”, “curiosear”, “mirar”, “navegar por Internet”, “explorar”) que, pese a su cacofonía, nos regala frases tan divertidas como “browsear files y barras de progreso” o “mejorar el browsear” (aquí entraría también en juego la gramática…).

Despiadado



El amigo Greg Grisham, de Investigar 11S, me da más trabajo que informáticos, periodistas deportivos y ejecutivos agresivos todos juntos. En esta ocasión, en un derroche de imaginación, nos regala la frase “su renuncia en favor de su hijo Uday, tan despiadado por los Iraquíes”, a la cual se le pueden dar dos sentidos: uno manteniendo la mala traducción, pero cambiando de preposición (“con” en vez de “por”), y otro corrigiendo la traducción, en la cual este señor, inexplicablemente, ha traducido “despised” (“despreciado”, “menospreciado”) por “despiadado” (“ruthless”, “heartless”, “merciless”).

miércoles, 20 de octubre de 2010

¿Ecológico, orgánico o biológico?



En los últimos años están proliferando cada vez más los alimentos denominados “ecológicos”, “orgánicos” o “biológicos”. En la Unión Europea, las denominaciones “orgánico”, “ecológico” y “biológico” para los productos agrícolas y ganaderos destinados a la alimentación humana o animal se consideran sinónimos y su uso está protegido y regulado por los Reglamentos Comunitarios 834/2007 y 889/2008. Los prefijos eco– y bio– también están protegidos y regulados en todos los idiomas de la Unión. Según dónde nos encontremos, podemos oír una de estas tres denominaciones, pero no son del todo equivalentes entre sí, por lo menos en lo que se refiere al (perdón, a nivel de) lenguaje. En cada país hay costumbre de usar uno u otro término. Por ejemplo, en España está más extendido el uso de “ecológico”, en Portugal y Francia se usa más el término “biológico” (en francés “biologique” /bjƆlƆƷik/), mientras que en el Reino Unido se utiliza más orgánico (“organic” /ɔ:(r)'gænɪk/ en inglés).



Empezando por el diccionario, vemos que una sustancia “orgánica” es aquella que ‘tiene como componente constante el carbono, en combinación con otros elementos, principalmente hidrógeno, oxígeno y nitrógeno’. Así, un abono orgánico (humus, estiércol, guano, compost) es un fertilizante que proviene de restos animales o sustancias vegetales, es decir, que no se fabrica por medios industriales por medio de aditivos químicos o artificiales, con lo que protege el suelo y necesita menos energía para su fabricación; luego un alimento orgánico será aquel procedente de tales cultivos, es decir, un producto agrícola obtenido mediante un proceso saludable y sin daños al medio ambiente, no expuesto a pesticidas, herbicidas, abonos, semillas genéticamente modificadas u otros ingredientes artificiales, interfiriendo lo menos posible en el medio ambiente, utilizando los recursos de forma racional y buscando la sostenibilidad. ¿Hasta qué punto estos conceptos limitan la definición de “orgánico” a los productos agrícolas, excluyendo a los ganaderos?



El término “ecológico”, proviene de “ecología” (‘defensa y protección de la naturaleza y del medio ambiente’), de tal modo que podría decirse que este término incluye el concepto de “orgánico” más una connotación de protección de la naturaleza, con lo que abarcaría la cría de animales no tratados con hormonas ni antibióticos y criados en condiciones más humanas y naturales, la forma tradicional de criar animales, sin alimentarlos con derivados de otros animales.



Finalmente, “biológico” proviene de “biología” (‘ciencia que trata de los seres vivos considerando su estructura, funcionamiento, evolución, distribución y relaciones’), por lo que en este caso me resulta más difícil encuadrar este término dentro de los conceptos anteriores. Independientemente de los métodos utilizados, nuestros productos agrícolas y ganaderos van a seguir siendo “biológicos” (por el momento).

Clan



Término tomado del inglés “clan” (/klæn/), que a su vez proviene del gaélico “clann” (“hijos”, “descendencia”), y éste del latín “planta” (“planta”, “brote”). En general, define al ‘grupo, predominantemente familiar, unido por fuertes vínculos y con tendencia exclusivista’, y en particular, en Escocia, al ‘conjunto de personas unidas por un vínculo familiar’.

martes, 19 de octubre de 2010

Deuce (/djʊ:s/)



Curioso término, uno de los cientos que utilizamos a diario en el vocabulario deportivo casi sin darnos cuenta. Siempre había pensado que provenía del francés, y el oráculo Wikipedia lo corrobora. Sin embargo, no aparece en los diccionarios de francés que he consultado, aunque sí lo hace en los de inglés. Al castellano lo traducen como “[cuarenta] iguales” o “empate” y al francés como “égalité” (/egalite/), que no por casualidad es lo que dicen los jueces de silla de Roland Garros cuando se alcanza tal marcador.

lunes, 18 de octubre de 2010

Estrés


Si comenta por ahí que sufre de “tensión”, que está sometido a mucha “presión”, que su trabajo le supone una gran “carga” o que termina la jornada muy “fatigado”, sin duda su interlocutor interpretará que sin duda usted es uno de esos estereotipados funcionarios que comienzan su jornada con el descanso del café (perdón, coffee break), que empalma con la partidita de mus, la cual no termina hasta que llega el momento de salir a hacer algún recado. Por el contrario, si asegura que sufre de “estrés” (del inglés “stress” /stres/), que está muy “estresado” o que su profesión es muy “estresante”, a buen seguro despertará la admiración y el asombro de todos los que le escuchen, que dudarán si es usted un cirujano que salva las vidas de docenas de personas cada día, o bien el consejero delegado de un banco en medio de una operación estratégica de vital importancia. El efecto es aún mayor si lo explica por escrito haciendo uso de grafías con s- líquida como “stres”, “stresante” o “stresar”.
El término fue acuñado por el filósofo y médico Hans Selye, nacionalizado canadiense pero de origen austrohúngaro, cuyo escaso conocimiento de la lengua inglesa provocó que eligiera el término “stress” (“hincapié”, “acento”) para describir su descubrimiento del Síndrome de Adaptación General o SAG, cuando habría sido más correcto “strain” (“presión”, “tensión”, “carga”, “fatiga”, “esfuerzo”).
También se puede dotar a este término de una mayor importancia si le añadimos el prefijo “tecno” y utilizamos neologismos como “tecnoestrés” (‘tensión que puede provocar el uso de las nuevas tecnologías’), “tecnoansiedad” (‘tensión y malestar por el uso presente o futuro de algún tipo de dispositivo electrónico’), “tecnofatiga” (‘agotamiento por el uso de las nuevas tecnologías’) y “tecnoadicción” (‘dependencia de las nuevas tecnologías en cualquier momento y en cualquier lugar, además de querer estar al día de los últimos avances tecnológicos’).
Además, existen otros vocablos de la misma familia como “eustrés”, “euestrés”, “eutrés” o “estrés positivo” (cuando la respuesta física y psicológica del sujeto al “estrés” favorece la adaptación al factor “estresante”, por lo que supone un estímulo positivo y un factor motivador); “distrés” (del inglés “distress” /dɪs'tres/ “aflicción”, “angustia”, “peligro”, “sufrimiento”, “dolor”, “agotamiento”, “fatiga”) o “estrés negativo” (estado de “estrés” prolongado, que puede llegar a ser permanente y suele tener efectos negativos en la salud del que lo padece); “estresor” (cualquier suceso, situación, persona u objeto que provoca una respuesta de “estrés”); etc.

Estor



Como ocurre con la mayoría de los calcos, se toma una palabra de otra lengua (este caso el francés “store” /stƆr/: “persiana”, “toldo”) y se traslada a nuestra propia lengua cambiándole totalmente el significado (“cortina”; del tipo que consta de una sola pieza que se recoge verticalmente).
Pero está visto que en el mundo de los calcos, neologismos y demás siempre podemos encontrar algo peor, como es el caso del palabro “estore”, tomado del inglés “store” /stɔ:(r)/ (“tienda”, “(gran) almacén”, “depósito”).

viernes, 15 de octubre de 2010

Estocaje / Stockage



Hay quien (perdón, «ahi kien»), para referirse a la ‘cantidad de mercancías que se tienen en depósito’ o a la ‘cantidad de algo disponible para uso futuro’, en vez de utilizar algo sencillo como “inventario”, “almacenamiento” o “almacenaje”, se van al inglés “stock” (“existencias”, “reservas”, “provisiones”, “surtido”, “mercancía almacenada”, “mercancía en depósito”, “mercancía sobrante”, “excedente”) o se inventan palabros como “estocaje” o “stockage” que no existen ni en castellano ni en inglés (allí lo llaman “stocktaking” /'stɑ:kteɪkɪŋ/, pero claro, es todo un trabalenguas). También he oído el barbarismo “estocar” (e incluso su variación taurina “estoquear”), del inglés “stock” /stɒk/ (“surtir”, “abastecer”, “proveer”, “llenar”). Curiosamente, en inglés también existe la palabra “inventory” (/'ɪnvəntərɪ/), con el mismo significado; pero claro, como suena a español no es tan cool.
Como en la variedad está el gusto, también tenemos prensa como El Periódico, donde se inventan su propia versión de “stock”: “estoc”.

Estándar



Pues sí; esta también, aunque la recoja el DRAE. Es una adaptación gráfica del inglés “standard” /'stændə(r)d/ (“standart”, en el mundo de Rodrigo Fresán), y significa lo mismo que “modelo”, “norma”, “patrón”, “referencia”, “criterio”, “medida”, “tipo”, “nivel”, “calidad” (como sustantivo) o “normal”, “corriente”, “fijo”, “habitual”, “legal”, “clásico”, “típico” (como adjetivo).
Lo mismo aplica a “estandarizar” (de “standardize” /'stændə(r)daɪz/: “tipificar” o “normalizar”), con sus variantes aún más espantosas “estandardizar” (ésta le gusta al ‘Guorz’, porque no me la subraya), “standarizar” y “standardizar”.

martes, 5 de octubre de 2010

Espídico


Término derivado del inglés “speed” /spɪ:d/, que a su vez es el nombre callejero de la “anfetamina” y sustancias similares. Se utiliza para referirse tanto a la persona que ha tomado este tipo de droga sintética y está experimentando sus efectos, como a la que actúa de manera nerviosa, alterada y con mucha energía, por analogía con dichos efectos. En castellano podríamos utilizar términos como “azogado”, “alterado”, “activo”, “turbulento”, “alborotado”, “febril”, “desasosegado”, “movido”, “agitado”, “eufórico”, “nervioso”, “excitado”, “inquieto”, “intranquilo”, “revuelto”, “acelerado”, “convulso”, “perturbado”, “bullicioso”, “exasperado”, “tenso”, “desazonado”, “tumultuoso”, “ansioso”, “desquiciado”, “atolondrado”, “alocado”, “aturdido” o “desbocado”.

Encumbrar


La diferencia de tiempo entre buscar la traducción de una palabra o inventarnos lo que nos venga en gana es de unos segundos, muy pocos si utilizamos uno de los múltiples diccionarios disponibles en Internet. Esto es algo que no tuvo en cuenta Francesc Miralles, autor del artículo “Vacaciones en casa” publicado en El País Semanal el 25 de julio de 2010. Al encontrarse con la palabra “encumbered”, participio del verbo “to encumber” /ɪn'kʌmbə(r)/ (“cargar”, “estorbar”, “llenar de”) en la traducción de un extracto del libro de Gil Friedman Cómo Llegar a ser Totalmente Infeliz y Desdichado, nos regala la frase “su vida llegará a estar tan ‘encumbrada’ de actividades que las veinticuatro horas del día no le bastarán”. “Cargada” y “llena de”, entre muchas otras, habrían sido soluciones fáciles y coherentes, ¡pero para qué molestarse en intentar escribir bien!

jueves, 30 de septiembre de 2010

Buró



Adaptación gráfica de la voz francesa “bureau” /byro/ (“mesa de despacho”, “despacho”, “oficina”), cuyo significado se vio más adelante ampliado en su uso en castellano para definir al “órgano colegiado de dirección” de algunas organizaciones políticas; además, en México lo utilizar para referirse a la “mesa de noche”. Es innecesario, y debe evitarse, el empleo de este galicismo en lugar de los términos españoles “oficina” o “agencia”, pero ya se sabe que nuestros amigos de Investigar 11S están muy por encima de estas burdas recomendaciones lingüísticas, y denominan al FBI “Buró Federal de Investigaciones”, en vez de “Agencia Federal de Investigación” (o, simplemente, “FBI”, que a estas alturas casi todo el mundo conoce estas siglas).

Display



Calco del inglés “display” /dɪ'spleɪ/ (“exposición”, “muestra”, “exteriorización”, “demostración”, “despliegue”, “demostración”, “visualizador”) que recoge el DRAE, aunque se trata de un artículo propuesto para ser suprimido. Su uso es innecesario en español por existir alternativas propias para cada una de sus acepciones: en su sentido más general, equivale a los términos españoles “despliegue”, “exhibición” o “demostración”; en ciertos aparatos electrónicos, como teléfonos, calculadoras, equipos de música, etc., puede sustituirse por las expresiones “pantalla de visualización” o “visualizador”; en el lenguaje publicitario, el equivalente español es “expositor”.
Como de costumbre en esto del espanglish, todo puede ser peor. También hay quien se ha inventado los verbos “displayar” y “displayear” (dos mejor que uno), barbarismos a partir del inglés “to display” (“mostrar”, “visualizar”, “exponer”, “manifestar”, “lucir”, “demostrar”, “presentar”).

lunes, 20 de septiembre de 2010

Estado del arte



En inglés, “state-of-the-art” (/steɪtəvðɪ:'ɑ:t/) es un adjetivo que significa ‘lo último’, ‘de vanguardia’, ‘de última generación’, ‘de lo más moderno o reciente’, ‘de tecnología punta’, ‘los últimos avances’; también hay un sustantivo, “state of the art”, que significa ‘el grado más alto de desarrollo de una técnica o arte en un momento determinado’. Sin embargo, “estado del arte” es un calco inapropiado que en castellano no está relacionado en absoluto con la ciencia o la tecnología, por lo que aquellos que utilizan esta expresión en vez de las castellanas mencionadas anteriormente están haciendo el ridículo.
Otra variante en inglés de “state of the art” es “prior art” (/ˈpraɪərɑːt/), típica de la jerga de las patentes y la propiedad intelectual. Para no variar, muchos se han apresurado a traducirla por “arte anterior”, cuando serían correctas cualquiera de las alternativas aportadas en el párrafo anterior, además de “invenciones previas”, “patentes existentes” e incluso “estado de la cuestión”, “estado [actual] de la técnica” o “conocimientos actuales”, no del todo correctas pero ampliamente utilizadas en el ramo y por organizaciones internacionales como la OEPM o la OMPI.

Estación de gas


Traducción oligofrénica del inglés norteamericano “gas station” (los británicos dicen “petrol station”, es decir, “estación de petróleo” – si no fuera porque “petróleo” no es “petrol”, sino “oil” o “petroleum”, ya que “petrol” es “gasolina”); del mismo modo, “gas station” sería en todo caso “gasolinera” o “estación de servicio” (también “bencinera”, “bomba” o “grifo” en algunos países de Hispanoamérica).

Establishment (/ɪ'stæblɪʃmənt/)


Aparte de “establecimiento”, “centro”, “fundación” o “creación”, también existe el término “the establishment”, referido a “la clase dirigente”, “las altas esferas” o incluso “el sistema”, es decir, el conjunto de dirigentes o personas que ostentan el poder. Lo mire por donde lo mire, no encuentro ninguna razón para utilizar el inglés en vez del castellano, aunque todavía podría ser peor: no creo que falte mucho para que a cualquier imbécil se le ocurra referirse a este concepto como “el establecimiento”.
Nota: pues no, no faltaba mucho; estaba leyendo la versión de Cristian Fernández de la guía del Movimiento Zeitgeist y me ha dado el dudoso placer de darme la razón en este caso.
Otra nota: se ve que es algo contagioso, porque ahora lo utiliza también Eduardo Punset.

Draft (/drɑ:ft/)



Entre muchos otros significados (“corriente de aire”, “borrador”, etc.), “draft” significa “llamamiento a filas” o, como verbo, “reclutar” (“draftear”, si uno lee El País). Es por eso que en el ámbito de (perdón, a nivel de) los deportes se utiliza también para referirse al proceso de “ronda selectiva” utilizado (normalmente en los países anglosajones) para asignar jugadores, provenientes de las ligas universitarias o de otras ligas menores, entre los distintos equipos deportivos por el sistema de turnos.
También existe el término “drafing”, probablemente derivado del concepto de “corriente de aire”, utilizado en deportes como atletismo, triatlón, ciclismo, natación o automovilismo para designar el hecho de “correr a rebufo”, “pegarse a rueda” para evitar la succión del viento o reducir la resistencia del aire, o “nadar a estela”.
Está claro que tanto barbarismo innecesario es perjudicial para la salud mental, tal como demuestra el autor de esta reseña sobre el duatlón de Torrelavega, que no solo se olvida de poner las tildes donde mandan los cánones y se decanta por el uso británico del sistema de separadores de miles y decimales en detrimento del nuestro, sino que en su empeño por evitar el uso del castellano escribe “draff” en vez de “draft”, quizá debido a los efectos de demasiadas cervezas “Duff” en su organismo.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Chófer / chofer



Calco del francés “chauffeur” /ʃofœr/ (“conductor”, “automovilista”, “maquinista”, “fogonero”). Ambas acentuaciones son válidas, ya que la primera es la más común pero la segunda (la más común en América) sería más acorde con el étimo francés. Es común en cuanto al género (el/la chófer/chofer), pero también hay quien utiliza el femenino “choferesa”.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Espray



Curiosamente, aunque en castellano disponemos de palabras como “atomizador”, “pulverizador” o “rociador”, lo más común es utilizar el anglicismo “spray” /spreɪ/ (envase con un dispositivo especial para pulverizar los líquidos que contiene, o sustancia líquida contenida en este envase) o el galicismo “aerosol” (líquido que, almacenado bajo presión, puede ser lanzado al exterior, o recipiente que contiene este líquido).
También existe algo llamado “spray (de) pimienta”, derivado de “pepper spray” /'pepə(r)spreɪ/, referido a un tipo de gas paralizante para defensa personal.
En Investigar 11S, fieles a su estilo alternativo, nos obsequian con el neologismo “aerosolezación”, deformación de “aerosolización”, término médico calcado del inglés “aerosolization” que podría traducirse como “aplicación con aerosol”.

jueves, 9 de septiembre de 2010

Brain trust (/breɪntrʌst/)


De “brain” (“cerebro”) y “trust” (“tener confianza en”), se trata de un término utilizado para definir un grupo de asesores, normalmente cercanos a una figura política, valorados por su pericia en algún campo en particular. Su origen se sitúa en el grupo de consejeros de Franklin Roosevelt durante su mandato, aunque en la actualidad las connotaciones se han extendido a cualquier grupo de adjuntos, sea o no en el ámbito de (perdón, a nivel de) la política. En castellano tenemos las expresiones “equipo de confianza” o, más recientemente, “comité de sabios”, pero Quino Petit, autor del artículo “La vida animada de Pixar”, aparecido en El País Semanal del 11 de julio de 2010, prefiere utilizar directamente el término inglés.

martes, 7 de septiembre de 2010

El “chiste verde” y el “muslamen”, ya forman parte de la RAE.

La Vanguardia, 30 de julio de 2010.


El Diccionario de la Real Academia Española incorpora novedades como “obrón”, “jet lag”, “oenegé”, “sobao” o “antiestrés”.
Reflejar con la mayor rapidez posible la lengua que se habla en la calle, fruto de los cambios sociales, políticos o tecnológicos. En ese empeño están las veintidós Academias de la Lengua Española, que trabajan para incorporar las continuas novedades del lenguaje. Ahí están voces como “libro electrónico”, “jet lag”, “oenegé”, “antiestrés” o “ambientalista”, recién aprobadas. Estas y muchas otras se sumaron ayer a la página web del diccionario, como resultado de las casi 3.000 enmiendas y adiciones consensuadas en los últimos tres años por dichos centros.
Hay un poco de todo en la amplia relación de nuevos vocablos. En el ámbito político, se admiten las palabras “abertzale” (así, con su grafía en euskera, en lugar de la anterior entrada “aberzale”) o “antiespañolismo” y “antiespañol”, bastante esgrimidas últimamente en determinados foros. O también “alcaldable” y el coloquial “rojillo”, una persona con “tendencias políticas más bien de izquierdas”. En el terreno ecológico, se incorporan la “sostenibilidad” y el adjetivo “ambientalista”, aplicado a quien “se preocupa por la calidad y la protección del medio ambiente”.
Palabras todas ellas que «demuestran la viveza del idioma», según el secretario de la RAE, Darío Villanueva, en declaraciones a Efe. Como “jet lag” (locución admitida así en inglés) o “libro electrónico” (“dispositivo electrónico que permite almacenar, reproducir y leer libros” y “libro en formato adecuado para leerse en ese dispositivo o en la pantalla de un ordenador”), solución que la RAE prefiere a la castellanización de e-book (por la que opta el diccionario María Moliner).
Aunque la crisis económica, con sus duros y complejos efectos, nos ha familiarizado con algunos inquietantes neologismos, que tardarán en subirse al diccionario, sí tenemos el nuevo vocablo “anticrisis”, idóneo para las medidas que los gobiernos están adoptando. O bien términos como “bonus”, “bróker”, “acción de oro”, “ahorro forzoso” o “base monetaria”.
Los académicos han dado también luz verde a vocablos coloquiales muy populares, como el “muslamen” (tan frecuente en los chistes de Forges), que por cierto en casos de crecimiento exagerado la RAE permite ya combatir con productos “anticelulíticos”. O también el “curalotodo” (referido a medicinas válidas para cualquier dolencia) o “meloncete” (aplicado a un chico poco avispado). Otro coloquialismo admitido es “cultureta”, que no es el término catalán acuñado hace años con buena fortuna por Joan de Sagarra, sino un vocablo despectivo que define a una “persona pretendidamente culta”. Y cuando tengamos que referirnos a una obra de gran envergadura podremos desde ahora utilizar la palabra “obrón”.
Ya podemos explicar algún “chiste verde” con toda propiedad (los “de contenido erótico”), comunicarnos por “teleconferencia”, ser “abducidos” (en una película de ciencia ficción, por “una supuesta criatura extraterrestre” o, en el ámbito literario, por una buena novela).
El mundo de la cultura cuenta con incorporaciones como “art déco” y “art Nouveau”, escritas así, con sus grafías originales francesas; “propiedad intelectual”, “novela social”, o también por ejemplo el adjetivo “buñueliano”, por el que prometió luchar el cineasta José Luis Borau cuando ingresó en la Academia. El tristemente célebre “tsunami” (“ola gigantesca producida por un seísmo o una erupción volcánica en el fondo del mar”) ya puede utilizarse con propiedad. Al igual que “espray”, “sobao”, “festivalero”, “grafitero” y “homófono”.
El secretario de la RAE confirma que la edición electrónica del diccionario, que ya va por su vigésima segunda edición, recibe cada día un millón de consultas. Según Villanueva, este elevado interés obliga a las Academias de la lengua española a estar «en el tajo siempre, haciendo aportes continuos para seguir el ritmo de la sociedad y del idioma». Las nuevas incorporaciones se suman a las ya realizadas en los años 2004 (2.576), 2005 (9.029) y 2007 (4.618). Todas ellas formarán parte de la próxima edición impresa del DRAE, la vigésima tercera, prevista para el año 2013. No obstante, el proceso de actualización del diccionario es continuo y sigue abierto.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Chándal



Es curioso que en francés dejen de utilizar una palabra y después vayamos nosotros detrás no sólo a recuperarla sino a cambiarle el significado.
Al igual que en muchos otros lugares, los vendedores de los mercados de París tenían por costumbre proclamar su mercancía a voz en grito, en su caso con un característico lenguaje apocopado. Así, acortaban la palabra “marchand” (“vendedor”) a “’chand” y se podía oírles gritar “Chand d’habits” (si eran vendedores de ropa), “Chand d’ail” (si eran vendedores de ajos), etc. Y ese nombre, “chandail” (/ʃãdaj/) se dio en el lenguaje popular a los gruesos jerséis de punto que llevaban esos vendedores. Sin embargo, mientras en Francia el término quedaba en desuso, lamentablemente sustituido por el anglicismo “pull-over” (o su abreviatura “pull”), aquí se nos ocurrió castellanizarla para designar la ropa deportiva que consta de un pantalón y una chaqueta o jersey amplios, atuendo que, a su vez, ha ido pasando de ser un traje deportivo a convertirse en un atuendo cotidiano, sobre todo para los domingos o para ir a misa.

martes, 31 de agosto de 2010

Crowd funding (/kraʊd'fʌndɪŋ/)



También denominado “crowd financing” o “crowd sourced capital”, se podría traducir literalmente como “financiación en grupo”. Aunque, como ya hemos visto en el artículo (perdón, post) anterior y en muchos otros, la traducción por las bravas no siempre es lo más conveniente, eso no quiere decir que el que suscribe abogue por la utilización masiva de términos anglosajones, entre muchas otras razones porque la falta de conocimiento del inglés puede provocar que hagamos el ridículo, como el autor del artículo ¿Cómo convencieron a Alex de la Iglesia?, publicado en XL Semanal el 13 de febrero de 2010, que se hace un lío entre “financiar” y “fundar” y escribe “crowd founding”; el de la noticia El “crowfunding”, una alternativa para los emprendedores, de la televisión de “la lideresa”, que confunde los “cuervos” con las “multitudes”; o el del artículo Colecta para salvar el videoclub del barrio, que hace lo propio con las coronas (aunque lo corrigiera posteriormente); por no hablar del despropósito de la hagiográfica cuenta de Twitter Triana Con Susana y su “craunfonding”.



Se trata de una actividad basada en compartir la financiación de un proyecto (ayuda humanitaria, manifestaciones artísticas, campañas políticas, etc.) por medio de pequeñas aportaciones económicas entre todas las personas que deseen apoyarlo, normalmente a través de internet y con la posibilidad de permanecer en el “economato”. Es decir, que en español, para aludir a este procedimiento, pueden emplearse términos como “financiación colectiva”, “financiación popular”, “microfinanciación en masa”, “micromecenazgo” o la expresión tradicional “suscripción popular”. Eso sí: no debe confundirse con “microcrédito” (otro neologismo), que se refiere a los pequeños préstamos a bajos tipos de interés otorgados a organizaciones o particulares con escasos recursos en países pobres (el “crowdfunding” es fundamentalmente a fondo perdido, al contrario que un “microcrédito”).



Aprovecho la ocasión para recordar a mis cientos de miles de lectores y seguidores los altos costes e infinidad de quebraderos de cabeza que la redacción de este diario (perdón, blog) ocasiona a vuestro admirado y sufrido gruñón del idioma, por lo que cualquier iniciativa de este tipo será más que bienvenida (eso sí: la calderilla os la guardáis para la zona azul u otros menesteres que creáis convenientes; lo mío lo prefiero en “formato papel”, sobres genoveses o cuentas en Suiza).


The Casa Gallega

O los problemas de los traductores automáticos.

jueves, 26 de agosto de 2010

Driver (/'draɪvə(r)/)



El DRAE ya ha incluido la definición ‘programa que permite a una computadora manejar los componentes que tiene instalados’ como segunda acepción del término “controlador”, pero todavía hay quien no se da por enterado y sigue utilizando la palabra inglesa.

Chovinismo



Calco del francés “chauvinisme” /ʃovinism/ (‘exaltación desmesurada de lo nacional frente a lo extranjero’; ‘creencia narcisista próxima a la paranoia y la mitomanía de que lo propio del país, o región, al que uno pertenece es lo mejor en cualquier aspecto’), epónimo del apellido del patriota francés de la época napoleónica Nicolas Chauvin, utilizado posteriormente en la comedia “La escarapela tricolor” (La cocarde tricolore), de los hermanos Cogniard, en la cual el protagonista, de nombre Chauvin, personifica un patriotismo exagerado.
Es preferible esta forma, que refleja la pronunciación hoy mayoritaria y acorde con la del étimo francés, a la variante “chauvinismo”, más fiel a la grafía francesa, pero que no refleja la pronunciación más extendida en el español actual. Lo mismo cabe decir de los derivados “chovinista” (preferible) y “chauvinista”.
También hay quien utiliza el término “jingoísmo”, calco del inglés “jingoism” (/'dʒɪŋgəʊɪzəm/), “patriotería”, “patrioterismo” (con la connotación de un nacionalismo o imperialismo exaltado que propugna la expansión violenta sobre otras naciones).

martes, 24 de agosto de 2010

Comportamental



Traducción por las bravas del inglés “behavioral” /bɪˈheɪvjərəl/ (“de conducta”, “conductual”), utilizada en el ámbito de (perdón, a nivel de) la psicología y la psicoterapia.