martes, 30 de noviembre de 2010

La venganza de Churruca

¡Unos tanto y otros tan poco! Mientras a muchos se les "hace el culo pepsi-cola" por meter con calzador cuatro barbarismos en cualquier frase aunque no vengan a cuento, todavía quedan unos pocos que siguen estando orgullosos de su lengua nativa y, mejor o peor, hacen uso de ella sin dejarse acorralar por las modas del imperio.
Aquí tenemos una divertida columna de Arturo Pérez-Reverte, publicada en XL Semanal el domingo, 2 de octubre de 2005.


A veces el tiempo termina poniendo las cosas en su sitio, o casi. Estaba el otro día en un puerto mediterráneo, amarrado de proa al pantalán y leyendo en la camareta, cuando escuché el motor de una embarcación. Subí a cubierta mientras otro velero se acercaba por el lado opuesto, disponiéndose a amarrar enfrente. Suelo ayudar en la maniobra; pero como el marinero de guardia estaba allí, me quedé apoyado en el palo, mirando. Era un queche de quince metros, con un hombre al timón y una mujer en la proa. Banderita española en la cruceta de estribor y bandera roja a popa: un inglés. El patrón era cincuentón largo, con barriga cervecera. La mujer, negra, alta y bien dotada. Una señora estupenda, la verdad. Muy aparente.
El marinero del puerto estaba en el punto de atraque, esperando. Era de esos españoletes chupaíllos, flaquísimo y tostado, con pantalón corto, gorra y un pendiente de oro en cada oreja. De los que te cruzas de noche y echas mano a la navaja antes de que la saque él. Aunque esto lo apunto sólo para que se hagan cargo de la pinta del jenares; yo lo conocía de tiempo atrás, y lo sabía buena gente. El caso es que imagínenselo allí, esperando a que la proa del velero inglés llegase al pantalán. En ésas, a un par de metros, la negra de la proa le suelta al marinero una pregunta en absoluto inglés, que para los de aquí suena algo así como: ¿chuldaius maylain oryur? Tal cual. Ni un previo amago de «buenos días», ni «hola», ni nada. Entonces el marinero, impasible, mientras aguanta la proa para que no toque el pantalán, responde, muy serio «Yene comprampá». La mujer lo mira desconcertada, repite la pregunta, el marinero repite «yene comprampá, señora», y como el barco ya está parado y el viento hace caer la popa a una banda, la pava le da sus amarras al marinero y se va corriendo a popa con la guía para trincar el muerto.
En ésas, el patrón ha parado el motor y se acerca a la proa, mirado preocupado el costado herrumbroso de un viejo barco de hierro que está amarrado junto a él. Tampoco hace el menor esfuerzo introductorio en lengua aborigen. «Itis tuniar», dice a palo seco. «¿Haventyu a beterpleis?» Y en ese momento pienso yo: tiene huevos aquí, el almirante. Como buena parte de sus compatriotas, no hace el menor esfuerzo por hablar en español, y da por sentado que todo cristo tiene que trajinar el guiri. A buenas horas iba yo a amarrar en Falmouth con la parla de Cervantes. De cualquier modo, el marinero lo mira flemático, asiente con la cabeza y dice «ahá» cuando el otro termina de hablar, luego encoge los hombros, acaba de colocar las amarras en los norays, y mirándolo a los ojos, muy claro y vocalizando, le dice: «No te entiendo, tío. Aquí, espanis langüis».
A todo esto, el viento ha hecho que la popa del barco se vaya a tomar por saco, y la negra las pasa moradas tirando del cabo del muerto para aguantarlo. «¡Aijeiv tumachwind!», grita. El marinero se la señala al inglés y le aconseja: «Vete a ver lo que dice, hombre». El inglés mira a la mujer –a la que con el esfuerzo se le ha salido medio fuera una teta espectacular–, mira alrededor, mira el costado oxidado del barco sobre el que caen y le hace gestos con las manos al marinero, acercando las palmas para indicar que están demasiado cerca. «Tuuniar», repite. «Tuuniar». El marinero se ha puesto en cuclillas, para mirar más descansado cómo el guiri se la pega. «Aquí es lo que hay», responde ecuánime. «¿Guat?», pregunta el otro. El marinero se rasca la entrepierna, sin prisa. «Si me pasas un esprín –sugiere– igual te lo sujeto.» El inglés, antes despectivo y ahora visiblemente angustiado, hace gestos de no entender y luego corre hacia popa a ayudar a la mujer a aguantar el barco, que a estas alturas está atravesado en el amarre que da pena verlo. «Plis», pregunta a gritos desde allí, desesperado y rojo por el esfuerzo de tirar del cabo. «¿Duyunotpikinglis?» Ahora, por fin, el marinero sí comprende lo que le dicen. «No», responde. «¿Y tú?... ¿Espikis espanis, italian, french, german?... ¿Nozing de nozing?» Luego, sin esperar respuesta, mete una mano en el bolsillo del pantalón, saca un paquete de tabaco, enciende con mucha parsimonia un pitillo y se vuelve hacia mí –que estoy dándoles mordiscos a los obenques para no caerme al agua de risa– y a los curiosos: un pescador, un guardia de seguridad y un mecánico de Volvo que se han ido congregando en el pantalán para mirar a la negra. «Pues no lo tiene chungo ni ná», comenta el marinero. «El colega.»

martes, 16 de noviembre de 2010

CEO



Si ser un “manager” (/'mænɪdʒə(r)/) o un “chief” (/tʃɪ:f/) mola, imagínense, teniendo en cuenta lo cool que son las siglas y los acrónimos, que en nuestra tarjeta de visita aparezcan las letras “CEO”, del inglés “chief executive officer” (/tʃɪ:fɪg'zekjʊtɪv'ɒfɪsə(r)/). En realidad, si escribimos “consejero delegado”, “director ejecutivo”, “ejecutivo delegado”, “jefe ejecutivo”, “presidente ejecutivo”, “principal oficial ejecutivo”, “director general”, “primer ejecutivo”, etc. es más probable que los demás se enteren mejor de cuál es nuestro puesto de trabajo que si nos rendimos a la tentación de la pedantería de poner “CEO”, pero qué más da: lo importante son las apariencias.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Expresa, olla



Si ya es estúpido decir “olla exprés” en vez de “olla de presión” u “olla rápida” (los acólitos de Bill Gates encargados del Guorz me recomiendan que cambie “exprés” por “Express”, con e mayúscula, pero no me da la gana: “exprés”, escrito con tilde y terminado en una sola s, es la adaptación gráfica en español de de la voz inglesa express /ɪk'spres/, “rápido”, “urgente”), no digamos “olla expresa”.
Lo mismo opino de quienes creen que “tren expreso” es un tren “rápido”, cuando no se trata de eso exactamente, sino de un tren de pasajeros que circula de noche y se detiene solo en las estaciones principales del trayecto. En metros como el de Nueva York sí que se diferencia entre trenes “local” (que paran en todas las estaciones y trenes “express” o “directos” (que solo pasan por las más importantes, saltándose el resto), lo cual ha dado pie a los zotes del espanglish a inventarse otra acepción del verbo “expresar” para rebuznar despropósitos como «este tren se “expresa” hasta la 42 y luego hasta la 59».
Casos parecidos serían los de “cafetera exprés”, “divorcio exprés”, “servicio de correos exprés”, “despido exprés” o “secuestro exprés”.
Del mismo modo, el pago de una multa, factura, etc. con descuento en un plazo determinado debe denominarse “pronto pago” mejor que “pago exprés”.

Expiración


Realizando los trámites para el envío de unos productos perecederos, el empleado de Correos me indicó que tenía que rellenar la “fecha de expiración”. «¿La de quién?», le pregunté yo, «¿La mía o la suya?» Pensando que yo era un demente, intentó explicármelo con más claridad: «Mire, aquí, donde dice ‘expiry date’, tiene que poner la “fecha de expiración”». Viendo que mi ironía nos iba a llevar por muy mal camino, cedí a su claramente bienintencionada explicación y rellené la “fecha de caducidad” en la casilla correspondiente. Y es que “expiración”, en castellano, se refiere a la “Parca”, es decir, a la “muerte”, “fallecimiento”, “defunción”, “trance”, “partida”, “acabamiento”, “final”; mientras que “expiry date” /ɪk'spaɪərɪdeɪt/ (también “expiration date”) significa “fecha de vencimiento”, “fecha de caducidad”. Sólo hay un caso en el que podría traducirse por “expiración”: cuando vence el plazo de un alquiler o contrato, pero puede dar lugar a confusión, luego no es recomendable.
Más alarmante es que el mismo texto, “fecha de expiración”, aparezca en el caso de la Tarjeta Sanitaria Europea. En mi caso indica el 3 de agosto de 2010. Ese día, por si acaso, no fui a trabajar y me quedé en casa viendo las cuatro partes de Destino Final, para estar preparado.

Existencia, venir a


Los grandes humoristas de la traducción, Movimiento Zeitgeist, se superan a sí mismos y traducen “come into existence” (“nacer”, “ver la luz”, “venir al mundo”, “originarse”) por “venir a existencia”. Cuando impera la ley del mínimo esfuerzo, es mejor no meterse en camisas de once varas.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Blazer (/'bleɪzə(r)/) / Bléiser


Se trata de un tipo de “americana” o “chaqueta” que por doquier definen como “deportiva” o “de deportes” (DRAE incluido); me imagino que se trata de un vocablo del espanglish con efecto rebote, es decir, que quieren decir de sport (o casual) pero no se acuerdan de la palabra “informal” y lo dan la vuelta de nuevo traduciéndolo por “deportivo”. Este tipo de chaqueta fue deportiva en sus inicios (tiene su origen en la marina y en la indumentaria de algunos deportes), pero hoy en día es una chaqueta de vestir, si bien con un corte más informal (bolsillos de parche, botones metálicos, etc.), a menudo utilizada para uniformes de colegios o compañías aéreas. No son aceptables las formas “blazier” ni “blasier”, que no tienen ninguna justificación etimológica.