miércoles, 22 de diciembre de 2010

Contraproductivo



La tendencia clara es la siguiente: si tenemos una palabra en castellano que llevamos utilizando toda la vida (por ejemplo: “contraproducente” —‘se dice del dicho o acto cuyos efectos son opuestos a la intención con que se profiere o ejecuta’—), pero encontramos otra en inglés que se le parece, independientemente del significado (por ejemplo: “counterproductive” /kaʊntəprə'dʌktɪv/, que en este caso sí que significa lo mismo), en todos los casos se adapta el castellano para que se parezca lo más posible al inglés. De esta manera, conseguimos que engendros como “contraproductivo” proliferen cada vez más.
Por otra parte, en la jerga de la Economía también se utiliza mucho el adjetivo “self-defeating” /ˌselfdɪˈfiːtɪŋ/, que podría traducirse perfectamente por “contraproducente”.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Blíster


A cuenta de este palabro tuve mis más y mis menos con un jefecillo de unos conocidos y omnipresentes grandes almacenes de este país antes conocido como “España”. El muy cazurro, tras venderme una cámara de fotos digital y una tarjeta de memoria para utilizar con ésta (perdón, con la misma) pero de un formato no compatible con aquélla, porfiaba en su negativa a cambiarla por otra adecuada o a devolverme el importe de la compra, ya que «el “blíster” estaba deteriorado y no iba a poder revenderla». En ese momento, el único significado de “blíster” que me venía a la cabeza era “ampolla”, y como el cateto ya me estaba levantando unas cuantas, decidí abreviar los trámites y pedir una hoja de reclamaciones, momento a partir del cual todo fue como la seda (ya puestos, terminé devolviendo también la cámara y realizando la compra en otro establecimiento). Más adelante, ya en frío, caí en la cuenta de que en inglés también existe el término “blister pack” /'blɪstə(r)pæk/ (“envase tipo burbuja” o, tal como lo define el DRAE, ‘envase consistente en una lámina sobre la que va pegada una cubierta de plástico transparente con cavidades en las que se alojan los distintos artículos’). Como de costumbre, recortamos las expresiones de las que nos apropiamos, con lo que cuando las soltamos en los países anglosajones es difícil hacernos entender (allí, “blister” si no va seguido de “pack” es, simplemente, “ampolla”).
También he encontrado la versión “blistter”, si bien es cierto que se trataba de una frase que también incluía “camviartelo” y terminaba con “¡¡¡”.

Factoring (/ˈfæktərɪŋ/)



Esta es una de esas palabras que parecen inglés pero no lo son, ya que no es un término muy utilizado en los países anglosajones (y no aparece en la mayoría de sus diccionarios, aunque sí en Wikipedia). Lo que sí es más común (en inglés) es el verbo “to factor” (/'fæktə(r)/), referido a las matemáticas (‘resolver un entero o un polinomio en factores’). Y lo que sí que existe (en castellano) es el “contrato de factoraje”, que obliga a alguien (el factor o empresa de factoraje, que suele ser una entidad financiera) a prestar a otra persona o empresa, a cambio de un precio, servicios de contabilidad y cobro de facturas, normalmente asumiendo además el riesgo de insolvencia de los deudores y, en ocasiones, anticipando el importe de dichas facturas. Por supuesto, una entidad financiera solvente le hablará de “factoring”, mientras que, si le hablan de “contrato de factoraje”, probablemente se trate de un chiringuito financiero de la peor calaña.
(Si se fijan en la foto, verán la clara relación entre el uso de estos términos y la degeneración en el uso del kateyano).

jueves, 16 de diciembre de 2010

Extricación



En castellano hay palabras como “liberación”, “rescate”, “desenredo” o “evolución”, pero como en inglés dicen “extrication” (de “extricate” /'ekstrɪkeɪt/: “desenredar”, “rescatar”, “sacar”, “lograr salir de”), mola mucho más referirse al “rescate, ‘extricación’ y traslado de heridos” (clara redundancia: rescate y extricación), incluso impartiendo cursos de “extricación”, definiéndola como ‘procedimiento por el cual se extrae a una persona de un vehículo siniestrado’ (es decir, “liberación” o “rescate”).
Sin embargo, a la persona que se ocupa del rescate de víctimas en un siniestro no se la denomina “extricador” (ni tampoco, gracias a Dios, “extricacionador”), sino “rescatista”, una curiosa invención (bien formada, por otra parte) que mezcla “rescatador” (que sería una de las palabras correctas, además de “salvador” o “socorrista”) con “escapista” (práctica según la cual en ocasiones el accidentado podría “extricarse” a sí mismo, cual Harry Houdini).

Extrañamiento


Aunque no muy común, también se trata de un falso amigo. Mientras que el castellano “extrañamiento” quiere decir “admiración o extrañeza que produce una cosa” o “acción y efecto de extrañar o extrañarse”, el inglés “estrangement” (/ɪ'streɪndʒmənt/) no tiene demasiado que ver, ya que sería el equivalente de “distanciamiento”, “alejamiento”, “inadaptación”, “falta de integración” o “aislamiento”. Lo mismo sería aplicable (perdón, lo mismo aplicaría) a “extrañado” y “estranged”.

Extensivo


Aparte de su significado original en castellano (que se extiende o se puede extender, comunicar o aplicar a más cosas) y de su uso para referirse a un sistema de explotación agrícola (aquél que no maximiza la productividad a corto plazo del suelo con la utilización de productos químicos, el riego o los drenajes, sino que hace uso de los recursos naturales presentes en el lugar), últimamente se está utilizando también este vocablo como calco del inglés “extensive” /ɪk'stensɪv/ (“extenso”, “vasto”, “amplio”, “exhaustivo”, “de consideración”, “de gran alcance”), tal como podemos ver, por ejemplo, en la página del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación en frases como “el Consulado General cuenta con información extensiva sobre las recomendaciones a seguir en caso de emergencias”.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Crouton / Crutón / Crotón



La pedantería es lo que tiene: si nos empeñamos en intentar llamar la atención con galicismos innecesarios, obviando las múltiples posibilidades del castellano (“picatoste”, “tostón”, “currusco”, “cuscurro”, “coscurro”, “mendrugo” o, simplemente, “pan frito”), lo único que conseguimos es hacer el ridículo con expresiones redundantes como “crouton de pan”. Evidentemente, para los amigos de los préstamos absurdos, nunca habrá comparación posible entre un “crouton” y un “picatoste”, pero por desgracia para ellos es lo mismo. Hay que reseñar que la ortografía correcta en francés sería “croûton” (/krutÕ/).

jueves, 2 de diciembre de 2010

Oído menos acostumbrado

Fernando Galván (catedrático de Filología Inglesa y rector de la Universidad de Alcalá); El País, domingo 7 de noviembre de 2010.

Un reciente informe de Eurostat revela que casi la mitad de los españoles entre 25 y 64 años no conoce ninguna lengua extranjera. El dato nos sitúa a la cola de los países europeos en dominio de idiomas, solo superados por húngaros, rumanos y portugueses. Y eso, a pesar de que los españoles dedican, en las fases obligatorias de la enseñanza, un promedio de tres horas semanales a estudiar inglés. ¿Cómo es posible que, después de tantas horas dedicadas al estudio, muchos de nuestros jóvenes sean incapaces de entender y de comunicarse en este idioma en situaciones de la vida cotidiana? Pues bien, el hecho es que, salvo en casos excepcionales o muy restringidos, la mayoría de nuestra población no está sometida al inglés hablado en casi ninguna circunstancia. Cuando el estudiante sale del aula, acaba su exposición oral al idioma. No lo escucha en la radio, ni en la televisión, ni en el cine... Algo que no ocurre en otros países que, quizás no dediquen más horas a la enseñanza del inglés de las que empleamos en España, pero donde, desde edades muy tempranas, los niños están acostumbrados a que sus personajes favoritos de la televisión o el cine se expresen, de manera natural, en inglés.
Una de las actividades que más facilita el conocimiento de los idiomas es la exposición a otras lenguas, particularmente, si ésta se realiza durante la niñez, cuando más permeables somos al aprendizaje. En España, la inmensa mayoría de los estudiantes solo oye hablar en inglés en el colegio, durante las horas de clase específicamente previstas para aprender idiomas. Sin embargo, en casi todos los países de nuestro entorno (incluyendo los iberoamericanos), los estudiantes no se limitan a escuchar otros idiomas en el aula: cuando salen del colegio, en sus casas o en el cine, siguen expuestos a otras lenguas, porque sus películas y series favoritas les llegan en versión original. Siguiendo la terminología actual, el inglés se convierte en una materia transversal, que aprenden mientras están haciendo otra cosa.
En España, sin embargo, el franquismo impuso el doblaje de las películas, para impedir la influencia de otros idiomas que no fueran la lengua oficial, y porque de esta manera resultaba mucho más sencillo aplicar la censura. Los que conozcan el caso de la versión española de la película Mogambo recordarán probablemente la ridícula manipulación de la historia y de los personajes que la censura, para preservar ciertos valores morales, perpetró mediante el doblaje. Si bien el doblaje tiene sin duda sus ventajas y facilita al espectador el disfrute de las películas, una de las desventajas principales, sin embargo, y en cuanto afecta a nuestro dominio de lenguas extranjeras, es que ha traído como resultado que nuestro oído esté menos acostumbrado a otros idiomas que el de la gran mayoría de nuestros vecinos. Tal vez por ello muchos españoles se sienten ridículos al tratar de hablar inglés, y desistan de aplicarse en la pronunciación, al resultarles muy forzado oírse pronunciar unos fonemas que no escuchan nunca en la vida diaria.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Aprenda inglés con Brad Pitt y Angelina Jolie

Profesionales de la educación invitan a revisar la versión original en cine y televisión - Pero, ¿menos doblaje significa aprender mejor idiomas? (El País, domingo 7 de noviembre de 2010).

«Es tal la polvareda que el asunto ha levantado y tantos y tan encontrados los pareceres, coléricamente mantenidos, que, ciertamente, un espíritu no demasiado combativo se queda un punto en suspenso antes de arriesgarse a meter baza en partida tan disputada». La partida en cuestión es el debate alrededor del doblaje de las películas extranjeras en España y quizá el lenguaje la delate, esta advertencia tiene más de 70 años. Juan de Baeza, periodista de la revista Cinegramas, introducía así un reportaje publicado en el número de septiembre de 1934.
Hoy seguramente el tono del redactor sería distinto, aunque sus temores, parecidos. Porque las pantallas de los cines solo representan uno de los medios y soportes de difusión de las películas; porque el público de 2010 está formado en su mayoría por un exigente Homo televisivus y porque las proyecciones en lengua original -y su relación con el dominio de idiomas, sobre todo el inglés- aún despierta pasiones.
Uno de los últimos en sumarse al debate fue el ministro de Educación, Ángel Gabilondo, quien hace unas semanas reflexionó. ¿Se debe tomar la decisión de no doblar películas para apoyar el aprendizaje de idiomas? En su opinión, se trata de una opción que «incide de manera determinante en el conocimiento de idiomas». Si bien reconoció que España cuenta con una industria y unos profesionales del doblaje muy cualificados, dijo que «también es evidente que en los países donde no se doblan las películas, ello incide claramente en el conocimiento de lenguas».
España es el cuarto Estado en la cola de la UE en dominio de idiomas extranjeros, según un reciente informe de la agencia comunitaria Eurostat. Y esos países a los que aludía el ministro son, entre otros, Suecia, Dinamarca, Holanda, Noruega, Filandia, Eslovenia... De todas formas, aunque Gabilondo aclaró que la versión original, actualmente accesible en algunas decenas de salas en grandes ciudades, no se convertiría en una “panacea” para solucionar el problema, tras sus palabras no tardaron las reacciones.
Julio Morales Merino, director de la escuela de interpretación Doblarte de Madrid, además de traductor y adaptador de series, es contundente: «¿Por qué si hay que enseñar idiomas no prohíben la profesión de traductor y que cada cual se las apañe como pueda para leer a Shakespeare en su idioma o a Schiller en alemán o a Tolstoi en ruso?»
Es una exageración, pero la opinión de Morales refleja una preocupación de dobladores, exhibidores y distribuidores. La semana pasada la Federación de profesionales del doblaje y la sonorización calificó de “impreciso” el argumento que vincula doblaje y escaso conocimiento de idiomas extranjeros. Respalda su postura un informe de la UE. El documento Study on dubbing and subtitling needs and practices in the european audiovisual industry, que abarca 31 países, destaca que “es arriesgado concluir que, la versión original subtitulada favorezca el aprendizaje de ningún idioma, y que el doblaje sea el causante de un nivel inferior de conocimientos lingüísticos”.
Pese a ello, los profesores consultados coinciden en que incluso una exposición indirecta a una lengua puede ayudar a dominarla. Paul Kelly, docente de inglés con más de 20 años de experiencia en Australia, Reino Unido, Italia y España, habla de percepción. «Aunque sea una actividad pasiva, proporciona mucha información, quizás a un nivel inconsciente, sobre el idioma. No solo se trata de estar expuesto a giros», explica. «Se trata más bien de familiarizarse con la música del lenguaje, con cómo se expresa, con la entonación... Esto es algo muy difícil de enseñar en una clase porque los alumnos solo tienen un modelo, el profesor, que en muchos casos cambia su forma de hablar por no estar en contacto con otros nativos, y esto también ocurre de forma inconsciente», añade.
David Overton concuerda y aporta su experiencia: «Los estudiantes de países sin doblaje, donde solo se proyectan películas con subtítulos, suelen tener mejor comprensión del inglés hablado, mejor fluidez y más vocabulario». Sencillamente, «tienen mejor feeling del idioma». «Por otra parte, muchos, como los sudamericanos, suelen tener más dificultades con la gramática que los españoles porque han tenido menos estudios formales», aunque en algunos países de América Latina circulen más películas en versión original que en España.
La profesora Karen Hees insiste, en cambio, en la importancia de la emisión de programas y series en versión original en televisión. En la era de la TDT y de los canales de pago, la televisión podría convertirse (superados algunos inconvenientes técnicos) en una oportunidad más para acostumbrarse a los idiomas (lo que en el 90% de los casos quiere decir adaptarse al inglés y a las producciones de Hollywood o de la industria estadounidense). Fox publicitó en las últimas semanas la emisión en inglés, con subtítulos en español, de la última temporada de House.
Esto, recuerda Pablo Viñuales, director de programación de la cadena, se hace desde hace varias temporadas con los estrenos adelantados de series como House, Caso abierto o 24. ¿Los motivos? «Lograr acercarnos más al estreno en EE UU y satisfacer la demanda de un grupo importante de espectadores de la televisión de pago para los que la emisión en versión original subtitulada es un valor añadido», explica. Desde esta temporada, además, también se puede en Digital+ con la opción de la versión en inglés con subtítulos, «precisamente porque sabemos que hay una parte de nuestra audiencia que lo prefiere», aclara.
En cualquier caso, la historia enseña que la mayoría del público se acaba adaptando a la oferta existente. Hubo un tiempo, en los primeros años del cinematógrafo, en que los actores y el narrador se expresaban a través de rótulos. Más tarde, la técnica les dio el habla y ahí empezaron las complicaciones. Las películas mudas tenían un código y las sonoras, otro, además de un mercado que desde sus inicios tuvo una vocación muy internacional. El cine ya era una industria y quería el mayor número de clientes. A veces, a costa incluso del desarrollo de un guión. Uno de los argumentos más frecuentes de los defensores de la versión original es la vinculación del arraigo del doblaje en España con la censura franquista.
Cierto es que las esperpénticas maniobras de la comisión de censores de la dictadura llegaron a destrozar -y solo es un ejemplo célebre- la historia de Mogambo, de John Ford, ya que en la España de los cincuenta era inconcebible que el personaje interpretado por Grace Kelly, una mujer casada, pudiera mantener una relación adúltera con Clark Gable. El doblaje y unos diálogos modificados ayudaron en ese caso a convertir al marido de Kelly en su improbable hermano. Así, el adulterio pasó a incesto. Pero, además de una trama coherente, ¿escuchar a los protagonistas en su idioma habría ayudado al público español a aprender inglés? Y, después de sufrir durante décadas un doblaje forzoso, ¿sería ahora legítimo imponer la versión original?
Elena Palacios, 23 años de oficio a sus espaldas (voz de personajes de Padres forzosos, Caso abierto, Urgencias, Lost...), opina que «al cine no se va para aprender inglés, que para eso están las escuelas», y señala a algunos compañeros de profesión como responsables de una “campaña de demonización del doblaje”. «Creen que la razón de que el público no vaya a ver cine español la tienen los actores de doblaje, están dispuestos a darnos un empujón, sin la oportunidad de debatirlo o simplemente de defender nuestra postura» y recuerda que en «en Estados Unidos forma parte del aprendizaje de un actor» antes de preguntarse: «¿Por qué no dejamos las cosas como están, con libertad para escoger?»
Licia Alonso, como muchos actores, cree que hay otras prioridades. «Lo que hay que defender es un buen cine, unos buenos guiones, un buen trabajo en general. Como actriz de imagen además de mi faceta como actriz de doblaje, deseo que haya mucho cine, muchas series de televisión, muchos teatros repletos», cuenta. «Cuando al público se le da un buen producto en nuestro idioma, su respuesta es masiva».