miércoles, 30 de marzo de 2011

El crespón, negro por definición

Antonio Machín García, Director de la Oficina de Corrección del Español (Revista Donde Dice... N.º 2.)


A veces el hablante se enreda solo y, como las olas, una sobre otra, envuelve las palabras, unas con otras, de tal manera que acaba diciendo lo mismo pero más largo.
Esta acumulación innecesaria e inútil de vocablos que repiten un mismo pensamiento, aunque expresado de forma distinta, da lugar a curiosas, y a veces jocosas, redundancias.
Hay muchos ejemplos verdaderamente singulares de esos ejercicios malabares. Como esa pieza que pusieron de moda los políticos intentando confundir al personal con “proyectos de futuro”, cuando todo el mundo sabe lo difícil que resulta concebir un proyecto para el mes anterior; o esos otros avispados que pretenden no dejar pistas y “se bifurcan en dos direcciones” tocados con una espléndida “peluca postiza” por si las moscas; o los que, como quien no quiere la cosa, “hablan tres idiomas diferentes”; o aquellos que, por una “casualidad imprevista”, se ven obligados a “prever con antelación” (cuando no preveer) una “utopía inalcanzable”.
Lo mismo ha ocurrido con los “crespones negros” que se vieron sobre numerosas banderas y sábanas blancas en sentida reacción al atentado terrorista de la estación de Atocha, de Madrid.
Quienquiera que se haya molestado en “volver a releer” el Diccionario de la Real Academia, habrá podido percatarse de que en la segunda acepción de esta palabra se explica que crespón es una ‘tela negra que se usa en señal de luto’. Es decir, que no hay crespones rojos ni amarillos ni de cualquier otro color. El crespón es negro por sí mismo, por definición; como negra es la pena y, para algunos, la propia vida. En nuestra cultura, este extremo de la escala cromática, opuesto al blanco, es color infausto y triste y suele asociarse generalmente a lo negativo y funerario; aunque muchos lo utilicen también para ir de fiesta por la noche.

Descuidos descuidados

Emilio Bernal Labrada, de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (Revista Donde Dice... N.º 2.)


Lo siento, amigos, por la redundancia. Pero, ¿cuándo es que un descuido puede considerarse descuidado? Bueno, es algo así como el interés compuesto. O sea, un descuido encima de otro, por decirlo más claramente. Solo que en este caso es, más bien, DESinterés compuesto.
Es evidente que los presentadores tienen gran interés (pero con “DES-“) en decir las cosas bien, puesto que tienden a dirigirse al menor denominador común (para seguir la analogía con las matemáticas). Que es precisamente lo que ocurre con el inglés norteamericano de nuestros días. El lenguaje hablado de los medios informativos anglos no se esfuerza mucho —con honrosas excepciones— por mostrar elegancia, diversidad de vocabulario, pulcritud, ni menos un poco de gracia o de ingenio (lo canto, honradamente, tal como lo veo). Por el contrario, se revela partidario de lo chabacano, ramplón y vulgar, como si se temiera confundir al público con alguna voz o frase levemente tangencial a un nivel idiomático de cierta categoría.
Que cómo se logra este resultado en español, se preguntarán ustedes. Pues muy fácil. Se piensa en inglés. ¿Hablaba del DESinterés compuesto? Pues vean ustedes cómo se hacen estas operaciones sin calculadora y sin el menor esfuerzo, copiando los errores y las deficiencias de las noticias en inglés. Es así como se llega a eso, al error múltiple o compuesto. O sea, el error cometido en inglés se aplica, se duplica y se complica cuando se translitera a nuestro pobre e indefenso idioma.
De los millares de ejemplos que se suceden a diario, sólo voy a brindarles unos pocos, casi —diríase— al azar. Nos dicen que murió un personaje «al chocar el helicóptero en que viajaba». ¿Conque chocó, eh? Pero contra qué: ¿un camión o un tren? ¿Iba volando tan bajo que lo interceptó otro vehículo? No, amigos. Como sabemos, los helicópteros y demás aeronaves no suelen chocar sino que, por lo general, se estrellan. Lo que ha pasado es que el estrellado locutor (y no, desde luego, “locutor estrella”) ha transliterado una imprecisión del inglés, que usa crash para accidentes de ambos tipos.
Otro caso del nivel más burdo de lenguaje es el que incurre nuestro recitador noticiero al decir que alguien «ha roto la ley». Creo que aquí lo roto es el agujereado vocabulario de quien así se expresa, puesto que las leyes no se rompen como sucede con un objeto físico (se rompe un vaso, una camisa). No hace falta ser abogado para saber que la ley se viola, se infringe. No sé por qué sospechamos que nuestro amigo el estrellado transliteró directamente del inglés break que, para ser consecuente con los aplanadores principios de ese idioma, es voz de carácter vernáculo más bien que término profesional.
Luego, ya en el orden social, tenemos esta noticia de asombrosa redacción: «se ha identificado el matrimonio más viejo del mundo». ¿Es un matrimonio de ancianos? Pues no, claro, es la versión rectilínea, originada otra vez en un mínimo denominador común: oldest. Lo que nos han querido decir es duradero, para así diferenciarlo de la edad de los cónyuges, ¿no?
Habíamos comentado en un artículo anterior la mala costumbre de emplear “dejar” (por transliteración de leave, que no siempre corresponde). Pues bien, la solución del acertijo que planteamos sobre let you know es la siguiente. No es cosa de “dejar saber” (lo literal), sino de “avisar”, “advertir”, “informar”, “notificar”. Si yo le comunico a usted algo que antes le ocultaba, sí puede que se lo “deje saber”. Si no, pues a lo dicho: “avisar”, etc.
El otro aspecto en que se usa (y se abusa de) “dejar” para traducir leave es el siguiente: «El Sr. García dejó el país», nos dicen (transliteración de left the country). Pregunta: ¿en qué lugar (o cómo) lo dejó? Puede que García dejara su sombrero o su maleta, pero aquí lo que se quiere decir es que García “se fue” o “salió del” país, o en todo caso lo “abandonó”.
Les advertimos, pues, que el DESinterés compuesto deviene en el concepto titular del DESCUIDO DESCUIDADO.

Boy (/bɔɪ/)


Neologismo de cuño reciente para referirse al chico del cuerpo de baile en las revistas y espectáculos musicales o al que actúa bailando en espectáculos eróticos cuyo número principal consiste en ir desnudándose al ritmo de la música, además de, en Argentina, al sirviente nativo, doméstico o personal, de las colonias africanas y asiáticas. No tiene ninguna relación con su origen etimológico, ya que ninguna de las acepciones de “boy” en inglés (“niño”, “chico”, “joven”, “muchacho”, “hijo”) tiene relación alguna con las connotaciones de estos usos que se nos han ocurrido por aquí

jueves, 24 de marzo de 2011

Box (/bɒks/)


De entre los varios significados de esta palabra en inglés (“caja”, “cajón”, “casilla”, “recuadro”, “estrado”, “palco”, “estuche”, “área”, “cabina”, etc.) hay unos cuantos que se han adoptado en castellano para utilizar este neologismo, bien como sustitutos de palabras ya existentes en castellano (en una cuadra o hipódromo, “caseta” o “compartimento” individual dotado de servicios para los caballos; en un hospital, “compartimento” que se reserva a los enfermos ingresados en urgencias o que necesitan estar aislados; en diversos establecimientos, “compartimento”, “cabina”, “apartado” o “reservado” para ofrecer atención individualizada; “apartado” o “casilla” postal o de correos) o para definir conceptos nuevos (‘en un circuito de competición, zona destinada a la asistencia técnica de los vehículos que participan en una carrera’: parece que las palabras “taller” o “garaje” no recogen todas las connotaciones necesarias).

Dipear



Calco absurdo del inglés “dip” /dɪp/ (“mojar”, “bañar”, “meter” o “untar” como verbo y “salsa” como sustantivo) para, según la única definición que he podido encontrar, ‘pasar algo por una salsa antes de comerlo’ (es decir, “mojarlo”, “bañarlo”, “meterlo” o “untarlo”). Es evidente que las campañas publicitarias de una conocida marca de aperitivos (perdón, snacks) han surtido efecto y han conseguido que utilicemos los verbos españoles sólo para las ocasiones en las que lo que untamos no sea un “nacho”, “totopo” o aperitivo de maíz (perdón, tortilla chip) en una salsa picante, de queso o de guacamole, a ser posible de la marca original: no seamos cutres, que eso de preparar el guacamole en casa con un aguacate fresquito será muy sano, pero es de pobres.

Atrezo


Adaptación gráfica de la voz italiana “attrezzo” /attret’tso/ (conjunto de objetos y enseres necesarios para una representación escénica). Es inadmisible la grafía “atrezzo”, que no es ni italiana ni española, aunque paradójicamente es la más común por estos lares (incluso el oráculo Google me sugiere “quizás quiso decir atrezzo” si realizo una búsqueda sobre las palabras “atrezo” o “attrezzo”). No debe olvidarse la existencia de la voz española “utilería”, que significa lo mismo.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Migrante

Revista Donde Dice... N.º 2.


Se recomienda que no se use el término migrante porque no está registrado en los diccionarios de español. El DRAE indica que “migrar” equivale a ‘emigrar’ o ‘cambiar de residencia’, y a ‘inmigrar’ o ‘llegar a un país para establecerse en él’. El Vox explica que “migrar” es ‘dejar una persona su lugar de residencia para establecerse temporal o definitivamente en otro país o región’, o también ‘dejar los animales un lugar para dirigirse a otro de condiciones climáticas más propicias a su especie’. De los verbos “emigrar” e “inmigrar” tenemos los sustantivos “emigrante”, “emigración”, “inmigrante” e inmigración, pero no ocurre lo mismo con “migrar”, pues si bien existe la voz “migración”, y también el término “migratorio”, en ningún diccionario de uso del español aparece la palabra migrante, pese a que esta se usa en algunos países de América.

Doméstico



En inglés el vocablo “domestic” (/də'mestɪk/), además de significar lo mismo que “doméstico” en castellano, tiene el significado de “nacional”, es decir, de lo que pertenece a la vida interior de una nación y, por paronimia con nuestro adjetivo, frecuentemente se oye hablar de “vuelos domésticos” (en vez de “interiores”), “jurisdicción doméstica” (en vez de “intestina”), o incluso de “asuntos domésticos”, “economía doméstica” y “producción doméstica” (en lugar de “nacional”, “interna”, etc.), pero se trata de un uso incorrecto, ya que “doméstico” no puede usarse en español como sinónimo de “nacional”, “interno” o “propio de un país”. En castellano, la palabra “doméstico” deriva del latín “domus” (“casa”); así, aplicada a tareas o quehaceres, se refiere a ‘la casa o que tiene relación con ella’ (asuntos domésticos, rencillas domésticas), y en otras acepciones es ‘que se cría en la compañía del hombre o que con el trato de la gente se hace manso o apacible, a diferencia de lo que se cría en el campo’ y, en el ámbito deportivo, ‘el ciclista que ayuda al corredor principal del equipo durante la carrera’. Así, al hablar de cosas de la casa puede decirse también “hogareño” y “casero”; al referirnos a animales, “amaestrado”, “manso” y “domado” y, si usamos “doméstico” como sustantivo, podemos simultanearlo con “sirviente” y “criado”.
Como bien dijo D. Fernando Lázaro Carreter, «¿por qué enfadarnos por la situación de Gibraltar cuando tan dócilmente cedemos trozos de soberanía en nuestra lengua?»

Coaligarse o coligarse, no coalicionarse

Revista Donde Dice... N.º 2.


El término coalicionarse no es correcto en español. En las informaciones que aparecieron en la prensa tras el resultado de las elecciones alemanas se ha extendido el uso del verbo coalicionarse, que algunos hablantes han creado a partir del sustantivo “coalición” y que no está recogido en los diccionarios españoles, mientras que sí existen los verbos “coaligarse” y “coligarse”, que significan ‘unirse varias personas o grupos para conseguir algún fin’, así como las expresiones “hacer una coalición” o “formar una coalición”. Asimismo, en lugar coalicionado, otro término también de uso creciente, conviene utilizar el tradicional término “coaligado”. Sí es correcto, sin embargo, el término “coalicionista”, recogido por el DRAE con el significado de ‘miembro de una coalición o partidario de ella’.

Calcinar


Hay que tener en cuenta que en ocasiones el uso de este verbo se debe a la influencia de la palabra francesa “calciner” /kalsine/ (reducir a carbón o a cenizas) y no es exactamente un sinónimo de “carbonizar”. Según el DRAE, el verbo “calcinar” significa ‘reducir a cal viva los minerales calcáreos, privándolos del ácido carbónico por el fuego’ y también ‘abrasar por completo, especialmente por el fuego’, mientras que “carbonizar” significa ‘reducir a carbón un cuerpo orgánico’. Por lo tanto, en nuestro idioma, como solo se calcinan los minerales, no se puede hablar de “calcinado” para referirse a una persona que ha muerto abrasada, sino que se debe hablar de “carbonizada”. Igualmente, en las informaciones sobre incendios forestales, no se debe hablar de ‘árboles calcinados’, pues se olvida que los árboles se carbonizan porque se hacen carbón y no cal. Así, debe utilizarse “carbonizar” cuando se trate de personas y “calcinar” cuando se haga referencia a materias no orgánicas (automóviles, etc.)

martes, 22 de marzo de 2011

Crionizar


Mientras que el término más común en inglés es “cryonics” (/'kraɪɒnɪks/), que algunos traducen como “criogenética” o “criogenia” y otros como “criónica” (todas ellas comparten la etimología griega “κρύος” /kryos/: “frío”, “helado”) para referirse a la práctica de conservar (“criopreservar”) mediante frío a humanos o animales a quienes la medicina actual ya no puede mantener con vida hasta que su reanimación sea posible en un futuro, en castellano existe una disensión entre el uso de “criogenización” y “criogenizar”, o “crionización” y “crionizar”. Sin embargo, el único término de esta familia aceptado por el DRAE es “criogenia” (‘obtención de muy bajas temperaturas’; ‘estudio de los procesos que tienen lugar a temperaturas extremadamente bajas’), formación que, en principio, descarta los usos “crionización” y “crionizar” a favor de “criogenización” y “criogenizar”, que seguirían la misma estructura que “criogenia”. Así, no es apropiada la frase “el niño fue ‘crionizado’ durante cuatro días hasta que recuperó su ritmo cardiaco”, utilizada en el artículo “El milagro del bebé ‘congelado’” del nº 1220 de XL Semanal.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Buddy movie (/'bʌdɪ'mʊ:vɪ/)


Uno de los principales problemas con los que se enfrentan aquellos que se obsesionan en utilizar palabras que no entienden es que corren el riesgo de hacerse un “cacao mental” con otras que se parezcan pero no tengan nada que ver. Eso es lo que le ha ocurrido a D. David Benedicte, autor de la entrevista a Santiago Segura y Kiko Rivera, titulada “Dos hombres y un ‘desatino’” y publicada en XL Semanal el 6 de marzo de 2011. En este caso, pudiendo utilizar términos como “película de camaradas”, “comedia de compinches” o un largo etcétera (amigos, amigotes, cuates, hermanos, machos, güeys, gallos) o, en caso de desear ardientemente regocijarse en su contumacia, obviando la posibilidad de dedicar tres segundos a consultar un diccionario, nuestro buddy teclea el invento “baggy movie”. De todos modos, pensándolo bien y teniendo en cuenta lo orondo de las cinturas de los dos protagonistas de Torrente 4, puede que el vocablo “baggy” /'bægɪ/ (“holgado”, “suelto”, “grande”, “ancho”) no sea del todo inapropiado en este caso y que el cuate Benedicte haya parido el término más adecuado para un nuevo sub-subgénero (“comedia de gordinflones”) dentro del subgénero de las películas de camaradas.

martes, 15 de marzo de 2011

Bobsleigh (/'bɒbsleɪ/) / Bobsled (/bɒbsled/)


Literalmente puede traducirse por “trineo”, y de una modalidad de descenso en trineo se trata, junto con el “luge” y el “skeleton”, de entre las celebradas en los Juegos Olímpicos de Invierno.

Chicana / Chicane (/ʃɪ'keɪn/)



Calco inglés (aunque también podría provenir del francés) para referirse, tanto en la vía pública como en automovilismo, motociclismo y bobsleigh, a la zona preparada para que los vehículos reduzcan la velocidad por medio de una serie de curvas artificiales en zigzag que interrumpen una recta.

lunes, 14 de marzo de 2011

Güisqui no gustó, ¿gustará pirsin?

Lunes, 14 de marzo de 2011 (El País).


Los extranjerismos enriquecen el léxico español aunque amenazan la coherencia de la ortografía. La RAE trata de adaptarlos, pero el uso manda.
Usted elige: Un friki con pirsin dentro de un yacusi escucha yas y bebe güisqui. O bien: Un freaky dentro de un jacuzzi escucha jazz y bebe whisky. La nueva Ortografía de la Real Academia Española ofrece la primera fórmula para adaptar a la escritura española toda una colección de términos de importación. Pero la RAE propone y los hablantes disponen. El uso es el que libera a las palabras de la cursiva y las integra en el caudal léxico de una lengua sin pedirles el pasaporte. «El tiempo es maestro», decía en el siglo XV el primer gramático castellano, Antonio de Nebrija.
¿Qué tienen en común palabras tan castizas como jamón, charlar, aceite, bloque o, sin ir más lejos, español? Que todas son de origen extranjero. De hecho, los primeros en usar la palabra español, tomada del provenzal, fueron los inmigrantes francos que vivían en Aragón y Castilla a finales del siglo XII. El término había nacido un siglo antes para designar a los hispano godos que habían cruzado los Pirineos buscando refugio tras la invasión árabe. Durante un tiempo llegó incluso a rivalizar con la forma españón, un gentilicio en la estela de bretón y gascón. Jamón, por su parte, desbancó a la primitiva forma castellana pernil -que subsiste en catalán-, porque los hablantes prefirieron para la pierna de cerdo la derivación del jambe francés (jambon), que la más remota de perna latina.
La base del español procede mayoritariamente del latín, introducido en la península Ibérica a finales del siglo III a. C., durante la romanización. Si a la aportación latina se le suman algunas palabras de origen prerromano -que estaban aquí- y otras de origen germánico -que llegaron con los godos-, ya tenemos el llamado léxico patrimonial, es decir, el que nació con la lengua. Mejor dicho, con el que la lengua nació.
Si a eso se le añade el llamado léxico adquirido, fruto de las aportaciones de otros idiomas, se completa la fotografía del vocabulario español. El diccionario de la RAE contiene 88.000 palabras. Según los filólogos, el léxico total de una lengua se calcula añadiendo un 30% al recogido en los diccionarios. Con todo, el hecho de que una palabra salga del DRAE no supone su desaparición total. Así, el Diccionario histórico, en proceso de elaboración, cuenta con unas 150.000 entradas.
Cada época tiene sus extranjerismos. El Renacimiento fue el tiempo de los italianismos, la Ilustración fue el de los galicismos y la actualidad es, sin duda, el de los anglicismos. Sus entradas en nuestro vocabulario no se llevaron a cabo sin traumas. Es ya un clásico de la tensión lingüística la crítica de escritores del siglo XVIII, como Iriarte y Cadalso, a la llegada desde Francia de vocablos como detalle, favorito, interesante o intriga. ¿Cuántos hablantes reconocerían hoy su procedencia?
Salvador Gutiérrez Ordóñez, ponente de la nueva Ortografía, elaborada por la asociación que reúne a la RAE y a las 22 academias de América y Filipinas, resume el camino que lleva a un extranjerismo de la calle al diccionario: «La norma es que si se puede adaptar sin modificación alguna se integre directamente si tiene uso. Si su incorporación necesita un cambio, lo habitual es que pase al diccionario cuando haya una adaptación o bien a la pronunciación o bien a la ortografía españolas». A la pronunciación se adaptó bafle. A la ortografía, béisbol.
Con todo, la palabra clave es uso, la prueba de fuego de cualquier término sea cual sea su origen. «La Academia tiene unas normas generales para el léxico», explica José Manuel Blecua, que el pasado 16 de diciembre relevó a Víctor García de la Concha en la dirección de la RAE. «Se examina una época -los 10 últimos años- con documentación tomada de varias fuentes y, a ser posible, de diferentes países de habla hispana. También se tiene en cuenta el registro en que se usa: que se utilice en la lengua culta, que tenga presencia en la prensa... Es muy interesante la información que dan los suplementos dominicales de los periódicos. Reúnen la efervescencia de la lengua en toda su variación». A esto hay que sumar los movimientos de ida y vuelta de la propia RAE: «Se quitó la pe de psicología y luego nos dimos cuenta de que en la escritura la pe seguía vivísima».
Todas las palabras tienen doble vida: una oral y otra escrita. Los extranjerismos, durante mucho más tiempo. «Ese es el problema de los préstamos en todas las lenguas, el problema de pirsin, por ejemplo», dice Blecua. Dado que para la codificación interesa la vida escrita, las dudas están servidas. A veces por el lado de la escritura, a veces por el de la oralidad. En España se pronuncia fútbol y vídeo lo que en Latinoamérica es futbol y video. «La variación es connatural con las lenguas», subraya el director de la RAE. «A los hablantes les cuesta mucho entenderlo, pero es así».
Más que cualquier otro código, el pilar de la unidad de la lengua es la ortografía, que se sobrepone a la variedad léxica -pileta, piscina, alberca- y a fenómenos fonéticos como el seseo -García Márquez y Juan Marsé escriben igual “cien” aunque cada uno lo pronuncie de forma diferente-. En aras de esa unidad y consciente de que un sistema no puede mantenerse plagado de excepciones, la Academia propone siempre que se respeten las normas de adaptación de los extranjerismos aunque a veces lleve al límite el principio básico de cualquier idioma: la comunicación. ¿Qué demonios es un disco de yas?
«Admitir jazz sin cursiva significa que la jota tiene una nueva pronunciación», explica Salvador Gutiérrez Ordóñez, que sostiene que la forma yas está documentada. No obstante, sin tono apocalíptico, añade: «No digo que eso no ocurra. De hecho, vamos camino de ello porque estamos rodeados del inglés, el italiano, el catalán, el vasco. Ahí están palabras como jazz mismo, pero también Giovanni, Joan y Jon. Es tal la avalancha que es muy posible que eso ocurra aunque la RAE siga luchando por la adaptación».
Como recuerda él mismo, ese doble sonido ya se da con la w, que tiene una pronunciación como be -wolframio, Wagner- y otra como u, sobre todo para las palabras de origen inglés -de web a waterpolo pasando por sándwich que, por cierto, hasta 1927 no se impuso oficialmente al suculento emparedado. La última fórmula, además, es una alternativa relativamente reciente a adaptaciones exitosas como las que dieron lugar a váter y vagón.
La w fue, también, la protagonista de uno de los casos más extravagantes de tensión entre norma y uso. La palabra whisky no entró en el diccionario académico hasta 1984, aunque entonces, como hoy mismo, remitiera a güisqui. Y todo a pesar de que en 1963 empezó a comercializarse en España el popular DYC segoviano, que, bien es cierto, multiplicó su producción en los años ochenta.
Whisky es un extranjerismo (tomado del inglés) procedente de otro (tomado del gaélico uisce beatha, agua de vida) que se resiste en las estanterías de los bares a los consejos de la Academia. Consejos que, en el caso de güisqui, Gutiérrez Ordóñez considera fruto de un exceso de celo porque «la w y la k pertenecen a nuestro alfabeto». Efectivamente, la w fue la última letra en incorporarse al abecedario del español. Lo hizo oficialmente en la Ortografía de 1969, aunque ya en la Edad Media se empleaba para escribir nombres propios de origen germánico como el del rey godo Wamba, también transcrito como Bamba.
De ahí que la recentísima edición de la Ortografía proponga la forma wiski. «Hubiera sido lo más fácil desde el principio», afirma el ponente de la obra. «Hay que optar por una escritura española que sea lo más cercana a la palabra de origen. Si no, los hablantes no aceptan la adaptación». ¿Tiene wiski alguna posibilidad de asentarse? «No todo está perdido: en el propio inglés se dice whisky y whiskey. Si no se populariza wiski, se seguirá escribiendo en cursiva».
Hay dos fenómenos que juegan en contra de la popularización de las recomendaciones académicas, que, pendientes de la bendición por el uso, tratan de conciliar la etimología con el precepto de escribir como se habla. Esos dos fenómenos son la alfabetización universal y la globalización. Las lenguas están ahora menos solas que nunca. Es posible que la forma yas esté documentada; más raro sería que el documento fuese un disco de jazz o el cartel de un festival. Además, la globalización lingüística -potenciada por los medios de comunicación- tiene un matiz psicológico que derriba fronteras.
Según José Antonio Pascual, coordinador del Diccionario histórico, «los hablantes se resisten porque, cuando apareció, el whisky era una bebida muy moderna en comparación con el coñac. Beber güisqui suena más rancio, como si fumaras Güinston. Te separas demasiado de las otras lenguas. Además, ningún fabricante quiere usar güisqui en sus etiquetas. Su licor parecería peor, una imitación. Bastaría leerlo para decir: uy, este es el español».
Ese resorte de postín es el que prefiere croissant a cruasán, pero también el que importó un término como restaurante, que ingresó en el diccionario académico en 1803 en el sentido de "el que restaura" y solo en 1925 incorporó, en su segunda acepción, el concepto de "establecimiento donde se sirven comidas". «Era una palabra que estrictamente no hacía falta», explica Pascual. «Estaban las casas de comida y los mesones, pero sonaba más fino, como ahora brasserie, un lugar que en Francia no es ni mejor ni peor que un restaurante».
Además, la forma española de algunas palabras de origen extranjero varía según las generaciones. Así, en los años noventa del siglo pasado Disney propuso a los nietos del mundo hispanohablante que llamaran Aladín al mismo personaje que sus abuelos llamaban Aladino. A la vez, las retransmisiones de la NBA pusieron poco a poco en circulación el original basket para algo que desde 1947 se llama baloncesto. Y algo parecido sucede con el baile de Mao Tse-tung a Mao Zedong y de Pekín a Beijing. «Ninguna de esas formas es de origen español», dice José Antonio Pascual. «Una es la transliteración a través del francés y la otra, a través del inglés. Ahora los chinos prefieren el inglés».
A todo ello hay que añadir el capítulo de batallas perdidas. Una de ellas empezó a librarse en 1984 cuando el diccionario de la RAE incluyó mercadotecnia como traducción del rutilante marketing. «Esa batalla estaba perdida de antemano», reconoce Gutiérrez Ordóñez. «Hay palabras que no cuesta nada admitir. Marketing se usa en todo el mundo, hasta en japonés creo. Era un concepto nuevo y la palabra no existía en español». Tal vez la adaptación ortográfica del préstamo hubiera tenido más suerte que la creación de un término nuevo. Ya se dio entre fútbol y el calco balompié. Por dejar a márquetin en el banquillo, el marketing barrió a la mercadotecnia.
Tanto el nuevo director de la RAE como el coordinador de la Ortografía han formado parte de la comisión académica de lenguaje científico y técnico, que se reúne en la sala Lázaro Carreter. Allí cuenta José Manuel Blecua que un término como pendrive ha sido objeto de un largo informe pero que todavía está en cuarentena: «El uso es el que estabiliza una denominación. Por mucho que la Academia se intente adelantar y llamarlo, por ejemplo, lapicero o memoria USB, si la gente lo llama pendrive... Lo que puede hacer la RAE es, por un lado, ver por dónde van a ir los tiros y orientar hacia una de la soluciones; por otro, reconocer que los tecnicismos los hacen los técnicos». Es lo que ha hecho al recomendar libro electrónico frente a ebook.
La Academia Española es, como su nombre indica, Real. Es decir, reina pero no gobierna, propone pero no impone. Aunque los libros de texto suelen seguir sus indicaciones -hace años, por ejemplo, que no acentúan solo-, atrás quedaron los tiempos en que su poder era ejecutivo. Como se recordó en la presentación de la Ortografía que propone Catar y mánayer, un grupo de maestros madrileños se constituyó en 1843 en Academia Literaria y Científica y acordó una reforma radical de la ortografía que se empezó a enseñar en las escuelas. Al año siguiente, para atajar la segregación, Isabel II declaró oficial el Prontuario de la RAE. Hoy una ortografía por decreto sería imposible. Pirsin o piercing, usted elige.
Así se adapta una palabra importada.
- Escribir como se habla: en 1492, el mismo año en que Cristóbal Colón llegó al Caribe para traer a Europa el primer americanismo -canoa-, Antonio de Nebrija publicó su Gramática castellana, la primera de una lengua romance, es decir, derivada del latín. En sus Reglas de orthographía, Nebrija formuló el principio que, más de 500 años después, todavía sirve de columna vertebral al sistema ortográfico español: «Assi tenemos de escribir como pronunciamos i pronunciar como escribimos».
- De beefsteak a bistec: junto a la etimología de una palabra y a su uso diario, el principio fonético -escribir como se habla- es la ley de oro que ha hecho del español una lengua de ortografía relativamente simple en comparación con sus vecinas: en francés, por ejemplo, una palabra puede llevar hasta tres acentos gráficos. Además, la cercanía entre pronunciación y escritura es la base para la adaptación de cualquier extranjerismo, un proceso que la nueva Ortografía de la RAE detalla en torno a tres posibilidades: 1) Asimilar los fonemas del vocablo original inexistentes en español a los más próximos de nuestro sistema (del francés flèche >flecha; del inglés shoot >chute). 2) Modificar o simplificar grupos de letras y pronunciaciones ajenas a nuestro idioma, o estructuras silábicas de difícil articulación, para sustituirlas por las que resultan más naturales en español (del nahua tzictli >chicle; del inglés beefsteak >bistec). 3) Pronunciar las letras presentes en la lengua original con el valor fonológico que tienen en español (del italiano ciarlare >charlar; del francés bidet >bidé).
- De judo a yudo: siguiendo esos criterios, la nueva Ortografía propone adaptaciones como yudo, sexi, mánayer, cáterin y pirsin en lugar de judo, sexy, manager, catering y piercing. Estas formas pueden, naturalmente, seguir usándose, pero deberán escribirse en cursiva. El tiempo y los hablantes dirán si prefieren el criterio de la Real Academia Española o el de la Real Federación Española de Judo.

Asasinacion


Así, sin ni siquiera molestarse en colocar la tilde que parecería lógico llevara al final (si el vocablo “asasinación” realmente existiera en castellano) aparece este palabro en Investigar 11S, una de las mayores fuentes de espanglish y traducciones holgazanas de toda Internet. Algunas negligencias a la hora de traducir son (un poco) comprensibles debido a la dificultad de enfrentarse con términos complicados sin ningún equivalente parecido en castellano; sin embargo, al encontrarse con la palabra “assassination” (/əsæsɪneɪ'ʃən/) no es demasiado complicado, sin llevar a cabo el arduo y fatigoso trabajo de consultar un diccionario, darse cuenta de que el significado en castellano es “asesinato” (normalmente se utiliza “murder” /'mɜ:də(r)/, pero “assassination” tiene la connotación de “magnicidio” o “asesinato por motivos políticos”).

Breque / Breca / Breka


Adaptación de la voz inglesa brake /breɪk/ (“freno”), usada en el área andina y algunos países centroamericanos para designar el freno de los trenes, y posteriormente extendida a los EE.UU. en el ámbito del espanglish para designar cualquier tipo de freno. A partir de este sustantivo se han formado los derivados “brequear” (“frenar”) y “brequero” (“guardafrenos”). No debe olvidarse que los términos españoles equivalentes son “freno”, “frenar” y “guardafrenos”, respectivamente.
También existe la versión estadounidense “breca” (incluso la aún más fea “breka”) que, como de costumbre, olvida tanto la versión andina-centroamericana como el hecho de que “breca” es un tipo de pez.

jueves, 10 de marzo de 2011

Aseguranza



Cuidado con el uso de esta palabra, que sí que existe en castellano, pero con los significados de “seguridad” o “resguardo” (es decir, lo que en inglés sería “assurance” /ə'ʃʊərəns/), no con el sentido de “insurance” /ɪn'ʃʊərəns/ (“seguro”: ‘contrato por el que alguien se obliga mediante el cobro de una prima a indemnizar el daño producido a otra persona, o a satisfacerle un capital, una renta u otras prestaciones convenidas’), utilizado por uno de los participantes en el programa “Españoles en el mundo – Los Ángeles”, quien cambia el castellano “seguro/subsidio de desempleo” por el espanglish “aseguranza de desempleo”. Del mismo modo, también hay quien lo utiliza en lugar de “insurer” /ɪn'ʃʊərə(r)/ o “insurance company” (“compañía de seguros”, “compañía aseguradora”).

viernes, 4 de marzo de 2011

Antiarrugas, no antiedad

Revista Donde Dice... N.º 1.


Cuando se hable de tratamientos rejuvenecedores, conviene evitar el término “antiedad” y utilizar las palabras “antiarrugas“, “rejuvenecedora” o “antienvejecimiento“. “Antiedad” se utiliza refiriéndose a lo que en inglés sería anti-aged y anti-aging /ænɵɪ'eɪdʒɪɳ/ y, como “anti-” es un prefijo de origen latino que significa “oponente”, “contrario” o “que protege, previene o lucha contra algo”, en este caso estaría mal empleado, pues no se lucha contra la edad, sino contra los efectos que produce. Cuando se haga referencia a esos productos, es mejor utilizar términos como “crema antiarrugas”, “crema rejuvenecedora” o “tratamiento antienvejecimiento“.

jueves, 3 de marzo de 2011

Desalinizadoras, no desaladoras

Revista Donde Dice... N.º 1.



Se recomienda el uso del término “desalinizadoras” para denominar a las plantas industriales donde se potabiliza el agua de mar. En español no es correcto utilizar el término “desaladoras” con ese significado, pues en nuestra lengua ‘desalar’ ha sido siempre el ejercicio de quitarles la sal a los alimentos conservados en salazón o salmuera.

Elegido y electo

Revista Donde Dice... N.º 1.



Es incorrecto añadir el participio “electo” cuando este se refiera a políticos que están en posesión del cargo para el que fueron elegidos. El verbo “elegir” tiene dos participios, el regular “elegido” y el irregular “electo”. Este último debe acompañar siempre al nombre de un cargo y hace referencia a aquella persona que ha sido nombrada pero que aún no ha tomado posesión de él.
Tras las elecciones generales en España, muchos medios de comunicación se refieren al candidato del partido ganador como presidente “electo”, lo que es un uso inapropiado, ya que no lo es mientras no sea elegido como tal por el nuevo Congreso de los Diputados en la sesión de investidura.
El hecho de que en los comicios un partido consiga una mayoría de escaños no confiere a su candidato a la presidencia la categoría de presidente “electo” hasta que no se produzca en el Congreso la votación para su elección, por lo que en frases como «Tras la abrumadora victoria del PP, Mariano Rajoy se convierte en el presidente “electo”», lo apropiado habría sido hablar de “virtual” o “futuro” presidente.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Filme / filmar


Calcos, respectivamente, del sustantivo inglés “film” (/fɪlm/), equivalente a “película (cinematográfica)”, y del verbo “to film” (registrar imágenes en una película cinematográfica, rodar una película, llevar al cine, hacer una película de). También existen el término “telefilme” o “telefilm”, como traducción de “TV movie”, para denominar la película realizada para ser retransmitida por televisión, y otros derivados como “fílmico”, “filmografía”, “filmoteca” o “microfilm(e)”.

Filet mignon


Del francés “filet” (“filete”, no “medallón” como se empeñan algunos cocineros –perdón, chefs–, por mucho que traducirlo así quede mucho más cool) y “mignon” (“mono”, “lindo”, o “bueno”, “amable”, según el contexto), se trata de un corte de carne (normalmente del buey o la ternera) extraído del psoas mayor y considerado como el rey de los cortes por su sabor y suavidad.

Figura



De la infinidad de significados de este vocablo en castellano (‘forma exterior de un cuerpo por la cual se diferencia de otro’; ‘cara’; ‘estatua o pintura que representa el cuerpo de un hombre o animal’; ‘representación del cuerpo humano’; ‘cosa que representa o significa otra’; ‘cada uno de los tres naipes de cada palo que representan personas, y se llaman rey, caballo y sota’; ‘as’; ‘en la notación musical, signo de una nota o de un silencio’; ‘personaje de la obra dramática’; ‘actor que lo representa’; ‘persona que destaca en determinada actividad’; ‘cambio de colocación de los bailarines en una danza’; ‘gesto, mueca, ilustración’; ‘línea o conjunto de líneas con que se representa un objeto’; ‘espacio cerrado por líneas o superficies’; ‘cada uno de ciertos modos de hablar que se apartan de los más habituales con fines expresivos o estilísticos’; ‘en lo judicial, forma o modo de proceder’; ‘persona ridícula, fea y de mala traza’) ninguno se corresponde con el uso más habitual del inglés “figure” (/'fɪgə(r)/) que, además de “figura” o “tipo”, significa “cifra”, “número”, “cantidad”, “precio” o “suma”. Esto es algo que no han entendido los traductores de la guía del Movimiento Zeitgeist, que nos dicen que una estadística está basada en “figuras” del 2005 (“based on 2005 figures”).
También existe la expresión “dobles figuras”, calco del inglés “double figures” típico de la jerga baloncestística para referirse a los datos estadísticos de los jugadores que consiguen diez o más puntos, rebotes, asistencias, tapones o recuperaciones. Sin embargo, tal como indica la Fundéu, la palabra “figura” no significa en español “dígito” o “estadística”, por lo que se recomienda escribir “cifras dobles”, “números de dos dígitos” o utilizar las expresiones “doble-doble” si un jugador consigue “cifras dobles” en dos categorías, “triple-doble” si alcanza “cifras dobles” en tres categorías, e incluso “cuádruple-doble” si logra el difícil hito de estar en “cifras dobles” en cuatro categorías.