lunes, 31 de diciembre de 2012

La cultura de la queja



El título de este artículo es también la traducción del título de un libro de Robert Hughes (The Fraying of America) publicado en España por Anagrama en 1994. Un libro interesante para cualquiera y especialmente útil para comprender ciertos aspectos de una sociedad judicializada que produce gran cantidad de cultura y tecnología. Esa denominada «cultura de la queja» tiene una influencia directa y precisa en los productos que fabrica y exporta, y, por ende, en las traducciones y los traductores que debemos trabajar con ellos.
O, por comenzar con un ejemplo ilustrativo: hace dos años compré una botella de champán en Estados Unidos. Sobre la etiqueta de la botella había otra, de fondo rojo y letras blancas, en la que se daban instrucciones precisas para el descorche del vino espumoso, y cito textualmente:
  1. No utilice sacacorchos.
  2. No dirija la botella hacia otras personas cuando vaya a descorcharla.
  3. No agite la botella.
  4. No se apunte a los ojos u otras zonas sensibles cuando vaya a descorchar la botella.
Al pie de las instrucciones había un parrafito en el que se describían, además, los daños que podía llegar a causar un corcho de botella de champán en el cuerpo de un ser humano.
Las instrucciones de instalación de un juego en CD-ROM que tuve que traducir hace años eran, literalmente, estas que siguen:
  1. Compruebe que tiene una unidad lectora de CD-ROM.
  2. Abra la unidad lectora.
  3. Introduzca el CD-ROM en la unidad lectora de CD-ROM y ciérrela.
  4. Se abrirá el programa de instalación automáticamente.
    Siga las instrucciones que aparecen en pantalla para efectuar la instalación.
Mi traducción quedó reducida a esto:
Introduzca el CD-ROM en la unidad.
Siga las instrucciones de instalación que aparecen en pantalla.

A mi cliente casi le da un soponcio. «¡Cómo puedes tomarte la libertad de eliminar texto de la traducción!», dijo. La discusión —lingüística, en principio— desembocó en un debate sociopolítico y filosófico, en el que yo, más o menos, vine a concluir lo siguiente: «Hacer una traducción literal de ese texto es un insulto a la inteligencia del lector hispanohablante». Lo paradójico fue que el traductor que convirtió aquel texto al francés hizo exactamente lo mismo que yo, y eso que no habíamos hablado previamente.
Pero lo que aquí sería un insulto o, al menos, una falta de respeto al lector, en Estados Unidos no es sino un resultado lógico de esa cultura de la queja. En previsión de que cualquier cliente introduzca el CD-ROM en una abertura cualquiera de su ordenador, con ello reviente la máquina y luego denuncie al fabricante del programa por daños y perjuicios morales por un monto desmesurado, el fabricante se cura en salud añadiendo cláusulas e instrucciones que uno podría sospechar que están destinadas a lectores oligofrénicos.
Y aunque todo esto resulta jocoso y puede que distante para algunos lectores, les insto a que vayan a la cocina y tomen el manual de instrucciones de su horno microondas. Si es relativamente nuevo, podrán comprobar que una de las advertencias es no introduzca animales vivos. Hace años, una señora en Estados Unidos metió a su gato mojado en el microondas con la intención de secarlo, pero el gato salió desecado y con un fuerte olor a churrasco. La señora, que adoraba al felino, denunció al fabricante del horno y ganó un pleito porque este no decía que el horno no sirviese para secar animales vivos mojados.
Colegas traductores: que impere la cordura. Como decía en otros trujamanes de esta serie, recordemos que nuestro cometido es traducir, no solo letras, palabras y oraciones, sino situaciones culturales. En España y en los países hispanohablantes no vivimos la situación social, cultural, económica y política de otros países. Traduzcamos y adaptemos, no trasvasemos situaciones. Seamos responsables.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Mashup (/mæʃʌp/)


Sustantivo derivado del verbo “to mash up” (“aplastar”, “hacer puré”, “machacar”, “pisar”, “hacer pulpa”, “moler”, “tamizar”) para designar en general a una “mezcla” o “revoltijo”. En particular, se trata de un término utilizado desde hace tiempo en el mundo de la música y, más recientemente, en el de la informática. En el primer caso, en el que también se denomina “pop bastardo”, se trata de un género de música popular consistente en la combinación de dos o más temas musicales, frecuente sobre todo en la escena musical del hip hop y la música electrónica. El segundo es una página de internet o una aplicación que toma los datos, presentaciones y funcionalidad de una o más fuentes para presentarlas de una forma totalmente distina a como aparecen en estas y así crear nuevos servicios.

Marqueta / Marketa


Aunque el DRAE sí recoge el vocablo “marqueta” (‘porción de cera sin labrar’), para el uso al que me refiero sería más apropiada (por decir algo) la segunda grafía, ya que en algunos lugares de EE. UU. se está poniendo de moda entre los “espanglish-hablantes” (es decir, aquellos que hablan mal tanto el castellano como el inglés y distorsionan ambos) el uso de este término para referirse al “mercado” o “market” (/'mɑ:(r)kɪt/).

Ecos terminológicos de la guerra


¿A quién se le ocurre pensar que tiene un pequeño «radar» en la cocina? Según el Readers Digest de agosto de 1958,

the new device will cook a sirloin steak in one minute, a plump Thanksgiving turkey in little more than half an hour. Used for some time in restaurants, Pullman diners and ocean liners, radar ranges are now being produced for the home.

Por poco llamamos radar al microondas. Y no habríamos ido desencaminados, ya que radar range fue el nombre que recibió el primer horno de microondas.

El término radar, acrónimo de radio detection (o detecting) and ranging, se hizo público en 19411. Terminada la guerra, el ingeniero militar Percy Spencer experimentaba un día con un magnetrón -el corazón del radar- cuando se dio cuenta de que se le había fundido una chocolatina que llevaba en el bolsillo. Acababa de nacer, por pura casualidad, el horno de microondas (

Si el microondas nació en la posguerra como un producto derivado de un artilugio militar, otros inventos y descubrimientos -es decir, otros conceptos y otras palabras- surgieron en plena guerra. Dios aprieta pero no ahoga, y en los momentos más difíciles el homo sapiens agudiza el ingenio. La creatividad científica y técnica es un elemento fundamental de las guerras modernas. En los momentos más críticos de la Segunda Guerra Mundial, el equipo de ingenieros de Wernher von Braun sentó las bases de la tecnología del espacio. Entretanto, en el bando aliado, la élite científica y técnica se reunía con mandos militares en recintos secretos -laboratorios de ideas herméticos como cisternas- que darían nombre después de la guerra a los think tanks civiles (dicho sea de paso, think tank significa «cerebro» en inglés coloquial americano).

En aquellos laboratorios de ideas se devanaban los sesos algunas lumbreras civiles y militares como el doctor Spencer ya mencionado; el futuro premio Nobel William Shockley, coinventor del transistor (acrónimo de transfer resistor), pionero de Silicon Valley y padre de la revolución informática del último cuarto del siglo xx; o el general Henry H. Arnold, fundador en 1948 de la sociedad rand Corporation, el primer think tank civil en el sentido actual del término (se diría que el acrónimo rand -research and development- apunta, con medio siglo de antelación, al título de nuestro Programa Marco).

Cisternas para Mesopotamia.

Pero si el concepto de think tank se asocia propiamente con la Segunda Guerra Mundial, ya en la primera existieron laboratorios de ideas avant la lettre, como el Inventions Committee británico. En uno de ellos, el Landships Committee, creado por Winston Churchill en 1915, se desarrolló en secreto una máquina de guerra blindada capaz de cruzar las líneas de trincheras y alambradas y destruir las ametralladoras del enemigo; su nombre codificado era Water Carrier for Mesopotamia. Aparentemente, los técnicos e ingenieros trabajaban en la construcción de grandes cisternas móviles para la guerra en el desierto contra el ejército otomano. Como código abreviado, se barajaron las palabras cistern y reservoir; al final se optó por otra con el mismo sentido: (mobile water) tank. El artefacto tenía, en efecto, un cierto parecido con una gran cisterna, con planchas de acero unidas por remaches.

Los primeros carros de combate tuvieron su bautismo de fuego en la batalla del Somme, el 15 de septiembre en 1916. La primera intervención de los monstruos de metal no fue muy efectiva, pero sí espectacular. Tres días después, The Times informaba de la novedad:

"Tanks" is what these new machines are generally called, and the name has the evident official advantage of being quite undescriptive.

Se iniciaba así la guerra mecanizada y la palabra «tanque» adquiría una nueva acepción, la que le dio el teniente coronel Ernest Swinton, en cuya idea se basó el proyecto. Su carro de combate tuvo sin duda un gran impacto en el imaginario colectivo de la época, ya que la Academia introdujo la novedad en la siguiente edición de su Diccionario (1925), en un lugar preferente de la entrada «tanque»:

(del ingl. tank) m. Automóvil de guerra blindado y artillado, que, moviéndose sobre una llanta flexible o cadena giratoria, puede andar por terrenos muy escabrosos.

Pero, dadas las circunstancias, el tanque podía haberse llamado igualmente «cisterna», «nave terrestre» o, sobre todo, «acorazado terrestre». En efecto, la idea de Swinton cayó en terreno abonado ya por la narración Los acorazados terrestres (The Land Ironclads), publicada en 1903 por H. G. Wells, en la que combaten blindados muy parecidos a las «cisternas para Mesopotamia» de la batalla del Somme.

Ambulancias imperiales.

Es poco probable que Napoleón tuviera un laboratorio de ideas, al menos tal como lo entendía el general Arnold; pero no por ello caerían todas en saco roto. La ambulancia moderna se remonta -salvando todas las distancias, que no son pocas- a la idea del barón Dominique-Jean Larrey, cirujano del ejército francés.

Larrey diseñó las ambulances volantes tiradas por caballos en la campaña del Rin, en 1796, para socorrer y transportar a los heridos con la máxima rapidez. La idea de Larrey se inspiraba en la artillería volante del propio ejército napoleónico.

El barón Larrey sirvió también en la campaña de España, pero la palabra «ambulancia» no entró en el drae hasta la edición de 1884; en ella, se define «ambulancia volante» como «la que lleva los auxilios á la misma línea de batalla».

Ambulancia volante diseñada por el barón Larrey

French logistics.

El invento de Larrey confirma la importancia capital de la logística en las campañas del gran estratega corso, mucho antes de que uno de sus generales formulara la teoría por escrito. Y nos encontramos aquí con un falso escollo lingüístico con el que hace pocos años tropezaban todavía los traductores más reacios a aceptar «anglicismos». Hoy es difícil recorrer un par de kilómetros por cualquier autopista sin encontrar un camión con un lema del tipo «Pérez Logística S.L.» impreso en el toldo.

La Academia, que anda a veces con el paso cambiado, introdujo la entrada «logística» en 1803, con la definición: «teórica, tratado, ó discurso de los números, cantidades, raíces, &c. y de las reglas de la aritmética superior e inferior», y mantuvo esta definición hasta 1822. Luego la palabra desapareció en un agujero negro durante 150 años y no fue reflotada hasta 1970, con la nueva acepción en lugar preferente: «parte del arte militar que atiende al movimiento y avituallamiento de las tropas en campaña», como voz procedente del francés logistique. La logística civil no entró en el drae hasta 2002, con la definición: «conjunto de medios y métodos necesarios para llevar a cabo la organización de una empresa, o de un servicio, especialmente de distribución», ahora -en todas sus acepciones- como voz procedente del inglés logistics.

Decimos que la RAE ha ido con el paso cambiado también en este caso porque introdujo la acepción matemática justo cuando los franceses inventaban la logística militar; la suprimió del Diccionario cuando la logística se imponía decididamente como una de las ramas del arte de la guerra, y ha introducido la acepción civil con treinta años de retraso.

Como señalan los propios autores anglosajones, el origen del concepto moderno de logística es francés, y no americano. El padre de la logística militar fue el general suizo del ejército napoleónico Antoine-Henri Jomini, que en su Précis de l'art de guerre (1836) la definió como «l'application pratique de l'art de mouvoir des armées»2. Los estrategas militares estadounidenses se apoderaron del concepto a finales del siglo xix; pero fue el almirante George C. Thorpe quien lo reelaboró e introdujo como una teoría establecida en la doctrina del ejército norteamericano, con su obra Pure Logistics: The Science of War Preparation, publicada en 19173. En Pure Logistics, todavía hoy un manual histórico de referencia, Thorpe reconoce la paternidad del barón de Jomini en la génesis de la logística militar moderna.

La vertiente civil de la logística se desarrolló en los Estados Unidos en los años cincuenta del siglo pasado a partir de la experiencia de la logística militar. Podría decirse, por tanto, que este antiguo concepto decimonónico cruzó el Atlántico con un pasaje francés para volver, posmoderno y remozado, con un ticket anglosajón.

Task force.

Es difícil hablar de logística militar sin recordar otro término cuya traducción ha causado quebraderos de cabeza durante muchos años. No intentaremos aquí la misión imposible de dar con una equivalencia adecuada para el término task force, que seguirá traduciéndose por «grupo operativo», «grupo de trabajo», «grupo especial», «grupo ad hoc», «grupo de tareas», «equipo de trabajo», «unidad operativa», «fuerza operativa», etcétera. En cambio, sí puede tener algún interés señalar el origen militar de este término y entender su significado original -que sigue vigente en la OTAN-.

El poderío militar de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo xx hace olvidar a veces que la gran potencia naval en la primera mitad del siglo era el Reino Unido y que la flota estadounidense no contaba entonces con bases adecuadas ni siquiera en su propio territorio (y el puerto más importante en el Pacífico, Pearl Harbor, fue arrasado por los japoneses). Esta debilidad inicial se tornó en una gran ventaja operativa, ya que obligó a los estrategas militares a un ejercicio ingente de logística móvil en alta mar, en cuyo contexto cristalizó en 1941 el sistema de task forces.

En esta nueva organización, el capitán de un buque pasaba a depender de dos mandos, uno operativo (task commander), responsable de la misión, y otro administrativo (type commander), especializado en la disciplina, la formación y el mantenimiento de un determinado tipo de naves, por ejemplo portaaviones o destructores. Las task forces se organizaban de forma flexible, en función de los objetivos, subdivididas en grupos operativos (task groups) y estos, en unidades operativas (task units), normalmente en torno a uno o más portaaviones. Una vez concluida la operación, los diferentes buques se reintegraban en sus escuadrones y divisiones de origen. La más simbólica de la guerra del Pacífico fue la Task Force 38/58.

Esta revolución organizativa, cuya finalidad era optimizar la integración, la flexibilidad y la eficiencia de las fuerzas navales y aéreas a miles de millas de los Estados Unidos, despertó la imaginación de la sociedad norteamericana. Como era de esperar, la idea de task force se introdujo muy pronto -con significados más o menos afines- en el mundo empresarial, y algunos decenios más tarde en las administraciones públicas, algo más lentas de reflejos.

Salvando las distancias, es evidente la analogía con las task forces que suelen organizarse actualmente en nuestras administraciones, en las que funcionarios de direcciones generales o instituciones distintas se integran temporalmente en una estructura operativa con un mandato concreto, mientras siguen vinculados a la estructura administrativa de origen. Es obvio que «grupo de trabajo», «grupo ad hoc», etcétera, solo reflejan muy pálidamente el significado de un término tan expresivo como task force.

El significado militar puede ayudar también a entender los términos derivados joint task force, combined task force y combined joint task force, que aparecen a veces en nuestros documentos. Empleando la terminología de la otan y del Ministerio de Defensa español, la primera, la «fuerza operativa conjunta», es la combinación de subelementos de dos o tres armas (tierra, mar y aire); la segunda, la «fuerza operativa combinada», es la combinación de subelementos de más de un país; la tercera, la «fuerza operativa combinada (y) conjunta», es la combinación de subelementos de dos o tres armas procedentes de más de un país.

El palet, héroe de Normandía.

No puede olvidarse, en este contexto, un invento aparentemente humilde pero decisivo en el sistema de task forces y en la logística naval en el Pacífico: la herramienta que la Academia llama «palé» («paleta» según las normas une; también llamado «palet» en el sector del transporte) y el drae define como «plataforma de tablas para almacenar y transportar mercancías».

La Segunda Guerra Mundial situó el palet y la tecnología de la paletización en el centro de la logística móvil estadounidense, tanto en el Pacífico como en los desembarcos de Sicilia y Normandía. Partiendo de esta experiencia, la nueva tecnología se impuso rápidamente en el sector del transporte civil ya desde finales de la guerra (no por casualidad The Palletizer, un boletín de la marina, se convirtió en 1945 en una revista civil en la que se promovían las últimas técnicas de transporte) y ha sido uno de los puntales del comercio mundial en la segunda mitad del siglo xx. Puede decirse, por tanto, que la inclusión en 2002 de la entrada «palé» en el drae se ha producido con algunos años de retraso. «Paletizar» y «paletización» tendrán que esperar unos decenios más.

Por otra parte, dice el diccionario académico que la voz «palé» procede del francés palée. Una etimología harto dudosa, ya que el nombre de este objeto en francés es palette. Es más probable que la palabra española proceda, en sus tres variantes escritas, de la lengua del país en que se desarrolló la tecnología de la paletización; aunque la voz inglesa pallet -como tantas otras- hunda sus raíces en el francés medieval.

¡Es un jeep!

Según el Diccionario panhispánico de dudas (2005):

todoterreno [...] es el equivalente español de la voz inglesa jeep, anglicismo innecesario que se ha adaptado ocasionalmente al español en la forma yip [...] Aunque no se censura el uso de la adaptación, resulta preferible la formación española todoterreno.

Es ya un tópico recordar que no hay dos palabras sinónimas, pero desde luego «jeep» y «todoterreno» no lo son. De acuerdo con la definición del drae, un todoterreno es «un vehículo que sirve para circular por zonas escarpadas e irregulares». El nombre genérico «jeep» designa, por su parte, a un tipo concreto de todoterreno muy ligero y maniobrable, desarrollado por American Bantam en 1940 y fabricado por Willys y Ford desde 1941 hasta el final de la guerra4; y por extensión y hasta el presente, a otros todoterrenos con una factura similar.

El imaginario colectivo asocia el jeep con el ejército de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, en la que participaron más de seiscientos mil vehículos de este tipo. La palabra «jeep», tal como la usa Manuel Vicent en este texto, sin ninguna marca tipográfica, es un anglicismo obviamente necesario:

Cuenta Robert Capa que después del desembarco de Normandía iba en un jeep con el escritor en dirección a París y al encontrarse con una escuadrilla de aviones alemanes, Hemingway saltó del vehículo, se tiró en la cuneta y el terror lo dejó medio postrado con el trasero muy subido y la cabeza debajo de un matojo. Robert Capa desde el jeep le hizo una foto en esta postura ridícula. (El País)

A diferencia de otros casos como el clínex, el támpax o el teflón, jeep no era una marca registrada que pasara a usarse genéricamente. La marca Jeep®, hoy propiedad de Daimler-Chrysler, no fue registrada por Willys hasta 1950, cuando el nombre era ya patrimonio público desde hacía varios años.

Durante medio siglo se ha venido reproduciendo la teoría según la cual la palabra jeep procede de la pronunciación descuidada de las siglas gp, cuyo significado sería general purpose [vehicle]. Hoy parece evidente que esta etimología no tiene fundamento5. La palabra jeep se venía usando en la jerga militar desde la Primera Guerra Mundial, y en los años treinta estaba de moda entre los mecánicos y soldados, que ya habían dado este nombre informal a otros automóviles, e incluso a pequeñas aeronaves, mucho antes de la fabricación del jeep propiamente dicho.

Presentación pública del jeep Willys
en las escalinatas del Capitolio en febrero de 1941
(Foto: Washington Daily News)

Se llamaba jeep, especialmente, a los vehículos y motores en fase de pruebas, a los artilugios extraños o contrahechos y también a los reclutas y novatos.

Por otra parte, es probable que el nombre del personaje Eugene the Jeep, creado en 1936 por Elzie C. Segar en las tiras cómicas de Popeye, influyera en la consolidación de la jerga aplicada a este legendario vehículo militar. Eugene the Jeep era una criatura semejante a un perro, que solo pronunciaba el sonido jeep, tenía el don de la ubicuidad, trepaba por paredes y techos y era capaz de resolver todo tipo de problemas. No es descabellada la teoría de que los jóvenes soldados relacionaran lúdicamente el pequeño y revolucionario todoterreno con el fabuloso compañero de Popeye6.

Eugene the Jeep en una edición de 1936, cuatro años antes del desarrollo del jeep

La hipótesis más verosímil apunta a que esos antecedentes confluyeron y el nombre jeep cristalizó de forma espontánea, a finales de 1940, entre los técnicos y militares que participaban en la fase de pruebas. En cualquier caso, la palabra saltó a los medios de comunicación y se hizo de dominio público a partir de febrero de 1941, después de una presentación a la prensa en la que el ejército demostró las formidables prestaciones del nuevo vehículo en las escalinatas del Capitolio. A la pregunta de uno de los presentes: «What is this thing?», un conductor de pruebas respondió: «It's a jeep!». La palabra «jeep» empezaba a rodar en la prensa el día siguiente y hoy se encuentra en todos los diccionarios del mundo. En 2002, la Academia introducía la entrada «todoterreno» en el suyo...

* * *

Con sobrados motivos para lamentarlo, el ser humano es un homo bellicus. En el curso de la historia, desde el bumerán hasta internet, la ciencia y la tecnología militar han acompañado siempre al hombre en su larga aventura innovadora. Una aventura en la que las palabras nuevas son las relucientes monedas de cambio de nuevas ideas y nuevos conceptos. Sin darnos cuenta siquiera, usamos a diario decenas de palabras acuñadas por el genio militar en algún momento de la historia.

Amadeu Solà Gardell
Parlamento Europeo
amadeu.sola@europarl.europa.eu

1 En el New York Times del 18 de noviembre. El radar se había usado con éxito en Inglaterra el año anterior. El acrónimo radar, de origen estadounidense, se impuso al término y las siglas usados en el Reino Unido en los inicios de la nueva tecnología: radio direction finder (rdf).
2 Reeditado por Éditions Ivrea, París, 1977 y 1994. La actual definición de la otan es: the science of planning and carrying out the movement and maintenance of forces, NATO Handbook, 2002.
3 Reeditado por National Defense Univesirty Press, Washington, d.c., 1986.
4 El primer prototipo de jeep (Bantam Pilot Model) fue desarrollado por American Bantam Car Company y entregado al ejército estadounidense el 23 de septiembre de 1940. Bantam solo fabricó unos pocos miles de unidades, que en su mayor parte fueron exportadas al Reino Unido y la Unión Soviética. El diseño del jeep se atribuye hoy al equipo de ingenieros de la misma sociedad Bantam. Un contencioso de primera hora entre fabricantes sobre el procedimiento de licitación y los derechos de propiedad del diseño y la marca emboscaron durante décadas la génesis del jeep. Los aspectos más controvertidos de la fase inicial de desarrollo se aclararon en 1988 con la reedición del informe militar sobre el caso («Informe Rifkind»), elaborado durante la guerra: Herbert R. Rifkind: The Jeep: Its Development and Procurement under the Quartermaster Corps, 1940-1942, General Administrative Services, Office of the Quartermaster General, 1943; reeditado por iso Publications, Londres, 1988.
5 Cf. Jim Allen, «Will The Real Jeep Please Stand Up», Fourwheeler, marzo de 1995: «Over the years, much ado has been made over the name Jeep having been derived from its military nomenclature, gp, for General Purpose. This can be disproved easily by noting that until mid-1942, the Army designation for the truck was command reconnaissance, not general purpose (that would come later)». El significado de las siglas gp, en cuya interpretación se basaba la etimología tradicional, muy probablemente apócrifa, ha sido objeto de muchas controversias. En la nomenclatura usada por Ford en sus jeeps destinados al ejército, gp no significaba general purpose; g era el código de Government unit, es decir, «unidad destinada al ejército», y p, un dato técnico que significaba 80 [inch] W/B [wheelbase] reconnaissance car, es decir, «automóvil de reconocimiento con una batalla de 2032 mm» -esto es, jeep en lenguaje coloquial-. Así pues, traduciendo la nomenclatura de Ford a lenguaje llano, gp significaba simplemente «jeep para el ejército». Cf. doc. Ford Parts Numbering System, Service School for us Army Instructors on Ford us Army Vehicles, Ford Motor Company, 1941 [copia propiedad de Ray Cowdery].
6 La asociación de ideas se vería abonada por el estreno el 13 de diciembre de 1940, en plena fase de pruebas, del corto de dibujos animados Popeye Presents Eugene, The Jeep, de Dave Fleischer.

“A expensas de” no significa “a la espera de”



La expresión “a expensas de” quiere decir ‘a costa de’, ‘por cuenta de’ o ‘a cargo de’: «El viaje fue “a expensas de” la empresa».
Sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar en los medios la expresión “a expensas de” usada erróneamente con el sentido de “a la espera de”: «El Plan de Emergencia Municipal, “a expensas del” visto bueno del pleno», «El traspaso del centrocampista francés Lass Diarra está “a expensas del” reconocimiento médico que debe pasar en las próximas horas», «Se ha abierto un compás de espera, “a expensas del” diseño del fondo de rescate que planifica el Ministerio de Hacienda».
En todos estos casos lo adecuado habría sido decir “a la espera” o “a la expectativa”, en lugar de “a expensas”.

¿Es nimia la toponimia?



A juzgar por las decisiones de algunos políticos y gobernantes, tanto en España como fuera de nuestro país, podría parecer que la toponimia es algo nimia, aunque algunas de esas decisiones pretendan, curiosamente, darle una relevancia notoria para que, al final, el resultado sea constrictor como una boa.

En mi opinión, en los últimos años se han venido tomando decisiones toponímicas muy erradas por varias razones: desconocimiento histórico, desidia lingüística y contemporización política acomplejada; a veces, una mezcla de las tres. Algunas decisiones no son fáciles pues, al fin y al cabo, estamos hablando, como siempre, del idioma, que no es una ciencia exacta sino una gran masa que se hiñe y mezcla en las bocas de cientos de millones de hablantes, y raro sería que todos la amasáramos del mismo modo.

Debido a una ristra de decisiones políticas internacionales, trocamos Angora por Ankara. También cambiamos Bengala por Bangladesh, aunque ese país que fue en sus tiempos una región de la India siempre ha tenido el mismo nombre y, de hecho, tal y como lo pronuncian sus aborígenes, la cosa se parece más a Bengala que a Bangladesh (bangala-des). Igual ocurre con Ceilán y Sri-Lanka (serilánk). ¿Hemos ganado algo con el cambio de nombre? Creo que no. Pero sí que hemos perdido algo —nada grave, pero apreciable— y es el linaje de una palabra y de las expresiones que con ella formamos, al igual que los gentilicios, vetustos ellos y consolidados en nuestra habla: el tigre bengalí, las luces de bengala, los lanceros bengalíes, el té ceilandés, la lana y el gato de Angora...

En general, casi todas las culturas y países han adaptado a su sistema fonético los nombres de poblaciones y lugares que visitaban con frecuencia. La adaptación de la grafía y del sonido fue, como en tantas ocasiones, paralela al establecimiento de relaciones comerciales. A los españoles del siglo xxi empieza a resultarnos raro pensar que alguien no pueda pronunciar con cierta soltura palabras foráneas como bourg o toulousse, pero eso era impensable hace siglos, incluso hace poquitos decenios. Aun más: mucha gente, no nos engañemos, ni sabe pronunciarlas ni tiene por qué saberlo. Por esa razón, el apellido Stewart pasó a ser Estuardo al traspasar nuestras fronteras y asentarse en palacio. Por ese mismo motivo, muchos topónimos llegaron al español a través del latín y no a través de la lengua original del lugar en el que se ubicaba la ciudad o el pueblo en cuestión.

Aunque algunos quieran convencerse de lo contrario, en España nunca ha habido empalizadas con ejércitos fronterizos al estilo de Astérix y Obélix que impidiesen el trasiego de personas y mercancías entre los antiguos reinos peninsulares. Quizá teniendo en mente este concepto alcazabado de lo que hoy llamamos España (esa nación pluricultural y plurilingüe), algunos consideran que no hay más toponimia que la que vale, es decir, la del lugar en el que se ubica la población en cuestión. Y así se han dictado leyes para recordar a la ciudadanía el correcto nombre de algunas poblaciones, cuales son: Illes Balears, A Coruña, Ourense, Girona y Lleida. Nada se dice en esta ley sobre otros muchísimos topónimos vascos, gallegos, catalanes, valencianos... que no han sido aclarados por ley, y quizá los legisladores, movidos por un sentimiento ecológico destinado a ahorrar papel, solo hayan dictado norma sobre las poblaciones que reclamaron salir de la ambigüedad con ahínco. El resto deberá apañárselas como pueda.

Como hablantes no debemos dejarnos arrastrar por las mareas políticas, que ora suben ora bajan. Los hablantes sabemos bien qué hay que hacer. Aunque se dicte una ley que promueva el monolingüismo toponímico (respetable, pero paradójico en un país que presume de plurilingüe), nuestra forma de hablar no tiene por qué cambiar. En gallego, Jaén se llama Xaén aunque el topónimo oficial sea Jaén. En catalán, Teruel se llama Terol aunque aquel sea su topónimo oficial. En español, Girona se llama Gerona aunque aquel sea su topónimo oficial (por ley). Y Barcelona se pronuncia con c, aunque, en teoría, su topónimo oficial (con una fonética también oficial, suponemos), nos indique que debemos pronunciar algo así como Barselona (con ele nasal).

Se mezclan churras con merinas cuando se mezcla la toponimia con ciertos términos arrojadizos como centralismo, nacionalismo, españolismo, autodeterminación, etc., o se emplean los casos de topónimos forzadamente convertidos al español durante la dictadura de Franco como argumento para defender una toponimia monolingüe y excluyente. (Que sea monolingüe no es tan grave como que además justifique su existencia negando la de topónimos en otras lenguas, principalmente la española).

Algunos medios de comunicación, en ocasiones tremendamente iconoclastas, pero a fin de cuentas obligados a su público, se han apuntado a esta nueva tendencia con una euforia envidiable que ya querría para sí cualquier institución de defensa de la lengua. Y entre las dudas toponímicas y el temor al que dirán, surgen nuevas situaciones lingüísticas, entre ridículas y lamentables. He ahí el diario La Voz de Galicia —por citar uno—, que pare nuevos gentilicios españoles sobre las mesas de su redacción sin anestesia epidural. De este parto indoloro surgió ourensano, ampliamente empleado por sus redactores aunque ningún hispanohablante con dos dedos frente ose decirlo. Pero lo dirán. Y dirán gironés en lugar de gerundense, y lleidatán o lleidatano en lugar de leridano, y londrinense y barselonés y gibraltarian y bueno, lo que pueda dar de sí el caletre de estos nuevos lexicógrafos y neologistas de nuevo cuño.

Mientras tanto, en algunas televisiones autonómicas y nacionales, se debaten entre decir los topónimos en español, en su lengua o en una tercera. Algunos hay que ya pronuncian los topónimos foráneos à la étrangère porque si aplicamos una política monolingüe en esta época de universalización, habrá que ser coherentes. Así son las cosas ahora: o todo o nada o cada uno por su lado.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Aquaplaning


También visto como “acuaplaning”, “acuaplaneo” y “aquaplanning” (doblar las letras siempre mola mazo), nos encontramos ante una extrañísima construcción compuesta por “aqua” (“agua” en latín, que en castellano suele convertirse en “acua”: “acuarela”, “acuario”, “acuático”, etc.) y “planing”, una especie de deformación del verbo “planear”. Salvo por la idolatrada terminación –ing, no es realmente un calco ni un anglicismo, puesto que el término inglés es “hydroplaning” (de donde podría provenir la versión “hidroplaneo”).
Se trata del peligroso fenómeno de la conducción consistente en la pérdida de contacto entre el neumático y la superficie de la calzada, provocada por la entrada de una delgada capa de agua entre ambos que, debido a la velocidad del vehículo, no puede ser desalojada por el neumático y se introduce entre este y la calzada, levantando literalmente la rueda, es decir, despegándose el neumático de la carretera, con lo que aumenta considerablemente la distancia de frenado y se pierde el control sobre el vehículo, produciéndose el consabido “patinazo”.

“Soundtrack” en español es “banda sonora”



En las noticias de espectáculos se suele hacer referencia a la pieza musical o conjunto de canciones asociadas a una película, serie de televisión u otro tipo de obra mediante el término del inglés “soundtrack” (/'saʊndtræk/): «Javiera Mena, Camila Moreno y Astro son parte del “soundtrack” de la cinta»; «Es la fecha de salida del último “soundtrack” de la saga de Harry Potter»; «Hoy sus álbumes ondean como bandera de una época y forman parte del “soundtrack” de la vida de varias generaciones».
En español existe la expresión “banda sonora”, de modo que el uso del anglicismo “soundtrack” es innecesario. Una vez mencionado “banda sonora”, también se puede emplear la sigla “BSO” (“banda sonora original”).
Así, en los ejemplos citados habría sido preferible: «Javiera Mena, Camila Moreno y Astro son parte de la “banda sonora” de la cinta»; «Es la fecha de salida de la última “banda sonora” de la saga de Harry Potter»; «Hoy sus álbumes ondean como bandera de una época y forman parte de la “banda sonora” de la vida de varias generaciones».

martes, 18 de diciembre de 2012

Dúplex


Voz procedente del adjetivo latino “duplex” (“doble”) que se emplea en la actualidad con los significados de ‘sistema técnico de comunicaciones que permite simultáneamente transmitir y recibir información’, sentido tomado del francés (/dyplƐks/); y ‘piso o apartamento de dos plantas unidas por una escalera interior’, sentido tomado del inglés estadounidense (/'djʊ:pleks/).

Campus


El español ha incorporado esta palabra proveniente del inglés (/'kæmpəs/ —“ciudad universitaria”, “recinto universitario”, “sede principal de una empresa”—), que a su vez la tomó del latín (“llanura”). Comenzó a usarse en español a mediados del siglo XX (está en el Diccionario académico desde 1989) para designar el ‘conjunto de terrenos y edificios que pertenecen a una universidad’. Es invariable en plural (“los campus”), a diferencia del latín (“campi”) o del inglés (“campuses”).
También suele utilizarse para referirse a un “campo de entrenamiento deportivo”, acepción para la que en inglés se utiliza el término “camp” (/kæmp/).

lunes, 17 de diciembre de 2012

Croché


Adaptación gráfica de la voz francesa “crochet” /krƆʃƐ/ (“gancho”, “ganchillo”, “corchete”, “rodeo”), que se usa en español con dos sentidos: ‘labor de punto que se hace con aguja de gancho’, cuyo equivalente español es “ganchillo”, y en la jerga del boxeo, ‘golpe dado de abajo arriba con el brazo en forma de gancho’, sentido con el cual es preferible usar el equivalente español “gancho”.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Marketing (/'mɑ:(r)kətɪŋ/)


Este anglicismo ya está demasiado implantado en nuestro lenguaje cotidiano como para hacer entender a nadie que en castellano tenemos las palabras “mercadotecnia” y “mercadeo”. Lo malo es que actúa como un virus contagioso, haciendo que dejemos de utilizar “cuota de mercado” para sustituirlo por “market share” (/'mɑ:(r)kɪtʃeə(r)/), “mercado de estraperlo” por “black market” (/blæk'mɑ(r):kɪt/), “mercado de valores” por “stock market” (/stɒk'mɑ:(r)kɪt/), “mercado alcista” por “bull market” (/bʊl'mɑ:(r)kɪt/), “mercado bajista” por “bear market” (/beə(r)'mɑ:(r)kɪt/) “publicidad” por “acciones de ‘marketing’”, etc. Incluso creamos nuevos términos prácticamente de la nada, como es el caso de “neuromarketing” (‘aplicación de técnicas neurológicas al ámbito de la investigación de mercados, estudiando los efectos de la publicidad sobre el cerebro humano con la intención de predecir las conductas de los consumidores’), “marketinero” o “marquetinero” (calco de “marketer”, es decir, “promotor”, “vendedor”), “marketizar” o “marketización” (‘orientar la organización hacia las necesidades del cliente’), etc.
También se ha propuesto la adaptación gráfica “márquetin”, lo que ha aprovechado Teresa Forcades en su revelador libro Los Crímenes de las Grandes Compañías Farmacéuticas para pergeñar el híbrido “márqueting”.

Marchante


Calco del francés “marchand” /marʃã/ (“vendedor”), que en su uso en nuestra habla ha adquirido connotaciones más concretas y definidas en relación con el arte (‘persona que comercia especialmente con cuadros u obras de arte’). Es innecesario usar en su lugar la voz francesa “marchand” y, mal que les pase a las “miembras”, es común en cuanto al género: el/la marchante.

Máquina de contestar / Máquina contestadora


El último rebuzno en vagancia y negligencia. Como “contestador (automático)” es un término tan complicado, hay quien prefiere las traducciones directa de “(telephone) answering machine” (/'ɑːnsərɪŋmə'ʃɪ:n/). La versión espanglish “máquina anseradora” aún no ha llegado por lo complicado de su pronunciación, pero todo se andará.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Grilla


Además de la ‘hembra del grillo’, cada vez es más común encontrarse con este término, calcado no de “grill” como pudiera parecer, sino de “grille” /grɪl/ (“rejilla”, “reja”) o “grid” /ɡrɪd/ (“rejilla”, “cuadrícula”, “red”). Suele utilizarse para designar la “parrilla” o “rejilla” en la programación de radio o televisión (“programme schedule”, “scheduled programming” o “station programming” en inglés: nada que ver ni con “grid” ni con “grille”) o la parrilla de salida de alguna competición (“starting line” en inglés).

Kick-off meeting (/'kɪkɒf'mi:tɪŋ/)


Del verbo “to kick off” (“comenzar”, “inaugurar”, “lanzar”) y “meeting” (“reunión”, “sesión”, “encuentro”, “entrevista”) tenemos esta expresión que tanto gusta a los gurús del management patrios, cuyos ojos llegan al extremo de hacer chiribitas cuando se encuentran con el acrónimo “KOM”. La concurrencia será nula si organizamos una “reunión preparatoria”, “reunión de lanzamiento” o “reunión de arranque de proyecto”, pero un “kick-off meeting” está destinado a llenar el aforo hasta la barrera.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

Ambigú


Adaptación gráfica de la voz francesa “ambigu” /ãbigy/ (“ambiguo” —en francés antiguo, ‘mezcla de cosas de naturaleza diferente’—), que se usa en español con los sentidos de ‘comida compuesta de platos normalmente fríos que se sirven todos a la vez y espacio donde se disponen’ y ‘lugar de un local de espectáculos donde se sirven bebidas y cosas de comer’ (el DRAE lo recoge como sinónimo de “bufé”).

martes, 11 de diciembre de 2012

Cloche


Adaptación gráfica de la voz inglesa clutch /klʌtʃ/ (“embrague”, “apretón”, “abrazo fuerte”), que se usa en países como Cuba, la República Dominicana, Venezuela y Colombia. Aunque innecesario (no debe olvidarse que el término español equivalente es “embrague”), es anglicismo asentado en esas zonas.
Además, el verbo “to clutch” significa “agarrar” o “tener firmemente agarrado”, lo que quizá haya dado nombre a un tipo de bolso denominado “clutch bag”, “clutch purse” o, simplemente, “clutch”, característico por su pequeño tamaño y por lucirse habitualmente agarrado a la mano o debajo de las axilas, en lugar de colgado o sujetado por las asas. Si bien solía tratarse de un accesorio típico de bodas u otro tipo de celebraciones, hoy en día la influencia de las celebrities ha conseguido convertirlo en un must para cualquier tipo de ocasión (perdón, evento). Para las más clásicas y timoratas a la hora de lucir estos “minibolsos”, “carteras” o “bolsos de mano” tan fashion, nada como los geniales consejos de Úrsula Ibars Llanas: «solo hay que plantearse como (sic) puede cambiar un look de jeans si se complementa con un maxibolso o, si por el contrario, se hace con un “clutch”. Le da un toque elegante y distintivo, que lo aparta del look cotidiano».

viernes, 7 de diciembre de 2012

La ortografía es el reflejo de la educación

¡Maquilla tu mente!


Demostración patente de que quienes “rebuznan” el espanglish, especialmente aquellos que se vanaglorian de ello y aseguran que se trata de una lengua, simplemente son personas que, por no dominar ni el inglés ni el castellano, crean una especie de híbrido cacofónico y antojadizo que utilizan a modo de cajón de sastre para ir metiendo cualquier ocurrencia que vayan teniendo. En este caso mezclan la expresión “make up one’s mind” (“decidirse”) con el verbo “make up” /meɪkʌp/ (“maquillar(se)”).
Es curioso que, de entre todos los significados de “make up” (“inventar”, “componer”, “preparar”, “ensamblar”, “montar”, “compensar”, “cubrir”, “recuperar”, “resolver”, “completar”) hayan elegido el que menos cuadra con el sentido de “make up one’s mind”. De este modo, hacen que el invento “cambiar las mentes” (de “change of mind”: “cambio de opinión/parecer/idea”), obra de las lumbreras de Investigar 11S, parezca lo más normal del mundo.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Manierismo


Mucho ojo con esta palabra a la hora de traducir, ya que puede ser un falso amigo según el contexto: mientras que al hacerlo del castellano al inglés “manierismo” (‘estilo artístico difundido por Europa en el siglo XVI, caracterizado por la expresividad y la artificiosidad’) siempre se va a traducir por “mannerism” (/'mænərɪzəm/), no ocurre lo mismo a la inversa, ya que “mannerism” suele utilizarse para referirse no tanto al mencionado estilo artístico (aunque también), sino con el sentido de “peculiaridad”, “gesto” o “amaneramiento”, palabras que bien podría haber utilizado Cristian Fernández para traducir la frase “language, dialect, mannerisms, traditions and accent of the British Culture” (“lengua, dialecto, peculiaridades, tradiciones y acento de la Cultura Británica”) en la versión en castellano de la guía del Movimiento Zeitgeist.

Manera, en toda


Traducción al espanglish “como a mí me da la gana” de las expresiones inglesas “in any way” (“de algún modo”, “de alguna manera”, “acaso”, “sea como sea”, “de una u otra forma”, “de cualquier manera”, “sea como fuere”) o “anyway” /'enɪweɪ/ (“de todos modos”, “de todas formas”, “de cualquier manera”).

miércoles, 28 de noviembre de 2012

“Escasa afluencia” es una contradicción



El término “afluencia” se refiere a la ‘concurrencia en gran número de personas o cosas a un lugar o sitio determinado’, por lo que no son adecuadas expresiones como “poca afluencia” o “escasa afluencia”.
Así, en frases como «Un estudio determina cuáles son los centros con “escasa afluencia” en esa franja horaria» o «Se comprobó que la “poca afluencia” de viajeros y de mercancías no hacían rentables las líneas de ferrocarril», lo recomendable habría sido utilizar términos como “asistencia” o “concurrencia”, que no tienen ese matiz.
Sí es apropiado usar “afluencia”, sin embargo, en titulares como «Once embarcaciones limpian a diario la costa en los meses de “máxima afluencia” de bañistas» o «Las calles de la fiesta recuperan la alegría perdida con una “afluencia masiva”».

Foco, fuera de


Equivalente de la expresión inglesa “out of focus” (/aʊtɒv'fəʊkəs/) que suele utilizarse en la jerga de la fotografía o la óptica como equivalente de “desenfocado” o “borroso”. Sin embargo, no es correcto adaptarla directamente cuando nos referimos en sentido figurado a “disperso”, “distraído”, “falto de concentración” o “como ido”, tal como encontramos en el artículo del 14 de marzo de 2012 de Robert Álvarez en El País, donde afirma que «durante algunas fases del partido se le vio realmente “fuera de foco”». Del mismo modo, tampoco es correcto utilizar el término “enfocado”, como calco de “focused”, cuando lo que se quiere decir es “concentrado” o “centrado”.
Nos hace dudar si se trata simplemente de un anglicismo o si, yendo un poco más lejos, es una mala traducción de otro artículo de algún colega anglosajón. Me inclino más bien por la primera opción, puesto que basta con un breve paseo por la Red para llegar a la conclusión de que es un calco bastante popular en el periodismo deportivo: «Entramos “fuera de foco”, a ver qué pasaba, enfatizó el capitán del conjunto», «Avasallan a un rival “fuera de foco”, débil en el juego y en su actitud y jugará (sic) la final», etc.

martes, 27 de noviembre de 2012

Futón


Aunque, como la gran mayoría de los artículos de consumo, para nosotros es como si viniera de los EE. UU. (donde lo pronuncian /'fʊ:tɒn/), en realidad tanto el término como el objeto en sí proviene de Japón (布団), cuyos ideogramas significan “tela” (“fu”) y “masa” (“ton”).
Los futones (‘colchoneta plegable de algodón que se apoya directamente sobre el suelo y sirve como asiento o como cama’) se utilizan mucho en Japón, donde el espacio es escaso, de tal modo que contar con la posibilidad de plegarlos y guardarlos durante el día permite a los japoneses maximizar sus pequeños alojamientos. En los años cuarenta, durante la II Guerra Mundial, los estadounidenses descubrieron estas colchonetas al estilo japonés, y más tarde se llevaron la idea de vuelta con ellos, junto con el término para describirla. No fue hasta los años ochenta cuando el diseñador William Brouwer les añadió un sencillo armazón de madera y su popularidad comenzó a extenderse por todo Occidente, haciendo que los fabricantes comenzaran a producirlo en masa. De hecho, en los EE. UU. los futones también se denominan “Brouwer bed” (“cama Brouwer”).

Facepalm (/'feɪspɑːm/)


Término coloquial inglés (de “face”, cara, y “palm”, palma de la mano) que designa la acción de llevar la palma de la mano a la cara, como signo de desconcierto o desesperación. Se utiliza sobre todo en las discusiones de internet como expresión de vergüenza, frustración, incredulidad o indignación. A pesar de ser algo tan común, todavía no se ha inventado ninguna palabra para definir este gesto en español.

lunes, 26 de noviembre de 2012

«Spanglish» (José María Carrascal)



Escribí por primera vez sobre el «spanglish» hace la friolera de veinte años. Entonces era una curiosidad, casi un chiste. Hoy es un medio idioma, o un idioma doble, que se derrama por la vida norteamericana con el vigor de la leche hervida no retirada a tiempo. El «spanglish» nace en los barrios de las ciudades norteamericanas y entre una población muy especial: los jóvenes de la segunda generación, que en casa hablan español y en la calle, inglés, sin llegar a dominar correctamente un idioma ni el otro. Les falta sobre todo mucho vocabulario de su lengua materna, y cuando no saben cómo decir algo en español, ¿qué hacen? Pues lo más simple: apropiarse del término inglés y españolizarlo. Surge así un idioma híbrido, que resulta a la vez gracioso y sacrílego. La enfermera se convierte en «nursa» (nurse en inglés), el techo, en «rufo» (roof), la adolescente, en «tinajera» (teenager), y el atracador, en «jalopero» (de hold up, atracar).
En algunos casos, el trasvase produce efectos hilarantes. Por ejemplo, cuando se oye: «Voy a vacunar la carpeta». Nada que ver con Medicina. Se trata, simplemente, de dar una pasada a la alfombra (carpet) con la aspiradora (vacuum cleaner). Pero lo que empezó como un simple recurso de chicos con un vocabulario español muy pobre, que completaban entrando a saco en el inglés, se ha ido extendiendo e incluso poniendo de moda en los programas ligeros de radio y televisión, comedias y entrevistas, alcanzando al público general norteamericano. Por no hablar ya de la publicidad, siempre proclive a forzar el lenguaje para lograr el mayor efecto posible. Suena a español, pero es inglés con otra ortografía, pronunciación y final de palabra, que se castellaniza. El producto no es ni una cosa ni otra, sino la corrupción de ambas lenguas.
Hay quien ha querido ver en ello un fenómeno parecido al del latín vulgar en el medievo, que derivó en las lenguas romances. Los expertos advierten que nada tiene que ver una cosa con la otra. Aquello fue la evolución natural de una lengua hacia otras completamente nuevas. O sea, un avance. El «spanglish», en cambio, es la tosca amalgama de dos lenguas perfectamente desarrolladas, reducidas a lo más elemental. O sea, un retroceso. La protesta de la comunidad intelectual ha sido tan amplia como sonora. El profesor González Echevarría, que lleva la cátedra de Literatura Comparada en la Universidad de Yale, sentencia rotundamente en el «New York Times» que el «spanglish» es una capitulación tanto personal como cultural, pues da a entender que el español no tiene términos suficientes para expresar la realidad diaria, y tuviera que pedírselos prestados al inglés. Quienes lo usan se automarginan de ambas culturas, ya que no son capaces de expresarse propiamente en cualquiera de ellas.
Yo voy más lejos y atribuyo la aparición de este semiidioma a la llamada «educación bilingüe» que ha pretendido darse a los niños hispanos en Estados Unidos, y que debido a su pésima calidad, los ha hecho analfabetos de hecho en ambos idiomas. No han aprendido bien el inglés y no han salido del español elemental que aprendieron malamente de sus padres, quedándose en una tierra de nadie, sin ser capaces de expresarse correctamente en ninguna de las dos lenguas. Ese es el «spanglish».
Las consecuencias van mucho más allá del terreno cultural, para adentrarse en el social y económico. Mientras no dominen el inglés, los hispanos en Estados Unidos no avanzarán en la escala social, por elevado que sea su número. El «spanglish», con toda su gracia, es un callejón sin salida: Ni siquiera les servirá si quieren alcanzar un puesto de responsabilidad en firmas hispanas, pues allí se les exigirá un español correcto. O dicho de otro modo: la mejor forma de conservar un español correcto es aprender un inglés correcto también. El mejunje de ambas lenguas no ayuda a la una, a la otra, ni, a la postre, a quien lo chapurree, por muy de moda que esté en televisión USA.

Cidí / Sidí / Dibidí


Lecturas pseudoinglesas (en realidad sería /sɪ:dɪ:/) de las siglas CD (“compact disc”). En español debe leerse /zedé/ o, mejor aún, el equivalente en castellano “disco compacto”.
Algo parecido ocurre con las siglas DVD (“digital versatile disc” o “digital video disc”), que los pedantes pronuncian /dibidí/ (en realidad sería /dɪ:vɪ:dɪ:/) mientras miran por encima del hombro a quienes dicen /deubedé/ (o /debedé/, dependiendo del nombre con que se denomine la letra v).
Como a los pedantes al final se les termina viendo el plumero, quienes pronuncian “cidí”, “sidí” o “dibidí” suelen ser los mismos que también dicen “cederrum” en lugar de “cederrón” (añadiendo una “o” a CD-ROM, como si se tratara de una “habitación” —“room” /ruːm/— en lugar de un tipo de memoria —“read-only memory”—) o /yiga/ o /giga/ en lugar de /xiga/ (para después, incoherentemente, no mantener el mismo criterio con “gigante”, que tiene la misma raíz).

Mandatorio


Muchos desaprensivos, tan pronto encuentran un vocablo parecido al español como “mandatory” (/'mændətərɪ/), siguen el movimiento natural de su pensamiento (una tosca lógica aplastante: de “mandar”, “mandatorio”) y lo traducen por “mandatorio” en lugar de “obligatorio”, “preceptivo” o “forzoso”. Además, como se parece a “mandatario” (“leader” /'lɪ:də(r)/ en inglés), algunos terminan confundiendo ambos términos.
Ya puestos, en la visita de Madrileños por el mundo a Las Vegas, uno de los participantes va más allá y se atreve no solo con el adjetivo, sino también con el adverbio “mandatoriamente”.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Mandatar


La agencia EFE asegura que se trata de un verbo apropiado en español, ya que los medios de comunicación lo utilizan a menudo. No es un gran argumento, pero veamos los ejemplos que aportan, ricos en ese uso anglicado de la voz pasiva tan del gusto de nuestros “piriodistas”: «Al menos 110 misiles han sido lanzados contra Libia en el primer día de la intervención “mandatada” por Naciones Unidas»; «Se resolvió por unanimidad “mandatar” a los legisladores oficialistas votar el proyecto alternativo que deja sin efecto la Ley de Caducidad»; «La ONU decidió “mandatar” a la OTAN para que interviniese en Libia»; «Afirmó que el Banco Central Europeo no está “mandatado” para actuar en el mercado cambiario con el fin de manipular a la baja la paridad con otras divisas»; «El Foro Consultivo sobre Biotecnología fue “mandatado” para evaluar los beneficios y riesgos de la biotecnología moderna».
Afirman asimismo que está correctamente formado a partir del sustantivo “mandato” y que, pese a no haber sido recogido aún por la Real Academia Española, sí figura en otros diccionarios, como el Diccionario de uso del español de América y España Vox o el Diccionario Clave, con los significados de ‘otorgar la capacidad de representación personal o la de gestión y desempeño de uno o más negocios’ y ‘dar un mandato’. No hay, pues, según la agencia EFE, motivo para tildar de impropio su uso, bastante extendido en los ámbitos políticos, diplomáticos y administrativos (todos ellos, como todo el mundo sabe, conocidos por su buen uso de la lengua).
Sin embargo, siguiendo el mismo razonamiento (el hecho de que esté correctamente formado a partir del sustantivo “mandato”), podemos indagar un poco más y observar que el significado de “mandato” es ‘acción de mandar (ordenar)’, luego sería suficiente con los verbos “mandar”, “ordenar”, “establecer”, “dar/conferir un mandato”, etc. para expresar todos los significados arriba expuestos, quedando claro que “mandatar” no es sino una deformación innecesaria que a muchos, en una de esas bromas pesadas del subconsciente, les recuerda a “maniatar”.
Otros ejemplos de esta horrenda palabra pueden encontrarse en la Resolución del Comité Confederal Extraordinario de UGT del 1 de febrero de 2011 («en interés de los trabajadores y trabajadoras [sic], “mandata” a la CEC para que proceda a suscribir el citado Acuerdo»), en el manifiesto de rechazo de CC. OO. a la supresión del Ministerio de Igualdad del 21 de octubre de 2010 («compromisos de igualdad europeos e internacionales que “mandatan” a los gobiernos al tratamiento de los temas de igualdad») o en el comunicado de CC. OO. en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora del 5 de marzo de 2011 («un retroceso en las políticas de género [sic] y una ruptura con los compromisos que “mandatan” a los gobiernos al tratamiento de los temas de igualdad»).

Manage up (/'mænɪdʒʌp/)


Según el Urban Dictionary, es el procedimiento de manejar o dirigir a tu superior de manera que tus compañeros y tú podáis hacer vuestro trabajo sin interferencias; es decir, el arte de relacionarse con los jefes y de moverse en las alturas o, en palabras de los gurús del management, “promocionarse a uno mismo”, “tener mano izquierda” o “gestionar nuestro propio desempeño”, aunque algunas técnicas no son aptas para personas dotadas genéticamente con unas dosis mínimas de moral y dignidad.

Mánager


Voz tomada del inglés “manager” (/'mænɪdʒə(r)/), con la que se designa al ‘directivo de una empresa’ y al ‘representante de un artista o deportista’. Por ser palabra esdrújula, en español debe acentuarse y permanecer invariable en plural: “los mánager”. Aunque suele pronunciarse /mánayer/, imitando al inglés, en español debe adaptarse la pronunciación a la grafía y decirse /mánajer/. Es común en cuanto al género: “el/la mánager”.
No obstante, antes de usar esta palabra recordemos que en nuestro idioma tenemos los equivalentes “director”, “gerente”, “encargado”, “jefe”, “administrador”, “entrenador”, “director técnico” (de un equipo deportivo), “representante”, “agente” o “apoderado”.
“Management” (/ˈmænɪdʒmənt/) también es un anglicismo evitable, ya que equivale a los términos españoles “dirección”, “gestión” o “administración”. También significa ‘cuerpo directivo de una empresa’, caso en el que debe sustituirse por “dirección”, “gerencia” o “directiva”.