jueves, 12 de septiembre de 2013

Español latino y español neutro


Español latino.
Es una inexactitud muy común hoy en día el referirse a los “hispanos” como “latinos”, haciendo un calco del muchas veces peyorativo inglés “latin” /'lætɪn/ (que puede traducirse tanto como “latino” o “hispano”). Si bien una de las acepciones de “latino” es ‘natural de los pueblos de Europa y América en que se hablan lenguas derivadas del latín’, hay que tener en cuenta que también se utiliza el término “América latina” (o “Latinoamérica”) para referirse a las partes del Nuevo Mundo que fueron colonizadas por naciones de la Europa “latina” (entendida como derivado del nombre “latín”, el idioma que hablaban los antiguos romanos, y por extensión las zonas de Europa que recibieron mayor influencia del Imperio Romano y que hoy hablan lenguas romances) como España, Francia o Portugal. Sin embargo, hay zonas del Caribe, Centro y Suramérica que fueron dominadas por Inglaterra u Holanda; y partes de Norteamérica en Canadá y Estados Unidos que fueron colonizadas por Francia y España pero no se consideran “latinoamericanas”. Además, las poblaciones indígenas, muy numerosas en Guatemala (donde el 50 % de la población desciende de los mayas y habla lenguas indígenas), Ecuador (en cuyas sierras domina el Quechua), Paraguay, Bolivia, México o Perú, difícilmente pueden considerarse “latinas”. Incluso en los países más “blancos”, la trama indígena jamás está totalmente ausente y participa claramente en la conformación de la fisonomía nacional. Tampoco es enteramente apropiado el nombre de “latinos” para la considerable presencia de descendientes de africanos y asiáticos en el continente, además de otras comunidades como los agricultores galeses de la Patagonia, los alemanes de la Santa Catarina brasileña y el sur de Chile, etc.


Fue el economista político Michel Chevalier quien en 1836 acuñó el término “América Latina” cuando publicó las crónicas de sus viajes por el continente americano que, para él, reproducía las divisiones étnicas de Europa, con una América del Sur católica y “latina” como la Europa meridional y una América del Norte protestante y anglosajona. De este modo, muchos intelectuales y políticos europeos y suramericanos comenzaron a utilizar el adjetivo “latina” para subrayar el contraste con la América anglosajona. Durante el siglo XX, el término adquirió cada vez más prestigio para oponerse al intervencionismo estadounidense y para designar el destino geopolítico común de la región al sur del Río Grande, aunque es evidente la imposibilidad de agrupar en una única región, ya sea ésta cultural o geopolítica, realidades tan dispares como las de Chile y Brasil, economías bastante fuertes, junto con las de Haití o Nicaragua, con ingresos per cápita entre los más bajos del mundo.


Entonces, ¿qué se entiende geográficamente por América Latina? ¿El conjunto de los países de América del Sur y América Central? Puede, pero según los geógrafos México pertenece a América del Norte. ¿Las naciones al sur del río Bravo? Eso impilcaría admitir que Guyana y Belice, donde se habla inglés, o Surinam, de habla holandesa, forman parte de América Latina. Si afirmamos que se trata de un concepto cultural, podríamos afirmar que cubre las naciones de cultura latina de América. Sin embargo, nunca nadie ha pensado incluir a Canadá en el subconjunto latinoamericano, pese a que, con Quebec, es quizá infinitamente más latino que Belice y tanto como Puerto Rico, estado libre asociado de Estados Unidos.


Otros términos son mucho menos controvertidos y más fáciles de delimitar: “Suramérica” (también “América del Sur”, “Sudamérica” o “América Meridional”), una definición puramente geofísica (subcontinente atravesado por la línea ecuatorial, con la mayor parte de su área en el Hemisferio Sur y situado entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico); “Hispanoamérica” (o “América Hispana”), región integrada por las naciones americanas de habla española; “Iberoamérica”, naciones ibéricas (Portugal, Andorra, España) más las naciones americanas que se independizaron de su dominación colonial española y portuguesa. Por su parte, “Latinoamérica”, pese a ser la denominación más polémica (rechazada tanto por indigenistas como por hispanistas), es la que más se usa en la actualidad (sobre todo en los EE. UU., donde se definen a sí mismos como “América” y al resto como “latinos”), postergando a “Hispanoamérica” e “Iberoamérica” a causa de confusas ideas políticas.


Así, el término “latino” se utiliza más bien por comodidad, pero muchas veces sin conocimiento de causa, ignorando todos sus límites y ambigüedades, e incluso de manera despectiva para referirse a la parte más pobre y menos desarrollada del continente, o incluso, como es el caso de los EE. UU., como denominación de una raza o color de piel que, al no ser homogénea se mire por donde se mire, esa sociedad racista utiliza como cajón de sastre donde meter a quienes no son ni blancos, ni negros (perdón, “afroamericanos”), ni indios (perdón, “nativos americanos”), ni asiáticos.


Del mismo modo, ¿de qué estamos hablando cuando utilizamos la expresión “español latino” referida a la lengua de doblaje cinematográfico o a la lengua de las traducciones? Difícil papeleta responder a esta pregunta a la vista de todo lo anterior, aunque es evidente que se trata de un término demasiado generalizador, pues ya hemos visto que ni todos los americanos son latinos, ni todos los latinos están en América, ni en toda América se habla español. Es además excesivamente reduccionista, pues hay grandes diferencias entre el español de México y el de Argentina, o entre el de Colombia y el de Chile, por no hablar de las diferencias en el habla de cada zona de cada país.


Así, lo que las grandes agencias de traducción y doblaje han conseguido con esa invención suya del “español latino” es una especie de revoltijo que, en su opinión, es entendible en todos los países de habla hispana, pero que en realidad resulta extraño y cacofónico para todos sus destinatarios. En un alarde de diplomacia mal entendida, han preferido tenernos descontentos a todos antes que tener contentos sólo a unos pocos con tal de quitarse la responsabilidad de elegir quiénes podrían ser esos pocos.

Español neutro.
Otra solución a medias es el denominado “español neutro”, “español internacional”, “español común” o “español estándar”, es decir, un intento estrictamente comercial de crear una lengua que sirva para cualquier país del ámbito hispánico, cuyo resultado ha sido un híbrido ajeno a todos los países por igual. La búsqueda de un léxico común, supuestamente comprensible por todos los hablantes, ha resultado totalmente fallida debido a lo imposible de encontrar palabras concretas que entiendan absolutamente todos los hispanohablantes. Además, se persigue una lengua hablada sin entonación, música o acento de ningún sitio en particular, con lo que se pierde toda la riqueza y matices de los millones de hablantes para lograr un habla robotizada (valga como ejemplo el vocabulario de los niños hoy en día, calco de los dibujos animados, onomatopeyas anglicadas incluidas). Todo un ejercicio estéril para dar vida artificial a una mera muleta, basándose únicamente en razones comerciales, es decir, en la falsa creencia de que sale mucho más barato hacer una sola traducción al español, cuando lo que sale realmente caro es ofrecer trabajos de mala calidad que no satisfacen a nadie.


Incluso hay quien va aún más lejos en este intento de convertirnos en un rebaño de ovejas sin identidad, como la Ley 23.316 de “Doblaje en idioma castellano neutro, según su uso corriente en nuestro país, de películas y/o tapes, publicidad, prensa y series a los efectos de su televisación”, promulgada en Argentina en 1986. La cosa empezó con mal pie desde su gestación, puesto que en el propio encabezamiento ya metieron la conjunción anglicada “y/o” y una palabra en inglés (“tape” /teɪp/: “cinta”). Por supuesto, tampoco se consultó a ningún especialista en temas lingüísticos para la elaboración de la ley, que de manera totalmente arbitraria e incomprensible tomó como norma predominante la culta madrileña. Así, el resultado fue, entre otros muchos despropósitos, la eliminación del bellísimo voseo rioplatense, sustituido por el “tú”, la utilización abusiva de oraciones en voz pasiva calcada del inglés, la importación de leísmos y loísmos inéditos hasta entonces, los errores de concordancia con el verbo haber (“hubieron problemas”), faltas ortográficas, etc. Como culminación de este quimérico intento de ponerle puertas al campo, esta ley fue complementada dos años más tarde mediante una reglamentación según la cual «Se entenderá por idioma castellano neutro al hablar puro, fonética, sintáctica y semánticamente, conocido y aceptado por todo el público hispanohablante, libre de modismos y expresiones idiomáticas de sectores». Es evidente que no existe ninguna variedad del castellano libre de modismos, y mucho menos aceptada por todos los hispanohablantes.


Afirma mi admirado Xosé Castro que la existencia de esta supuesta «variedad de español válida para todos los países de habla hispana, distinta a la variedad local y común para todos los hispanohablantes, hará que las comunicaciones se modernicen y agilicen, con lo que nuestro idioma será más competitivo y asequible para un mayor número de fabricantes, y se evitará la disgregación de nuestra terminología, lo que sólo puede traernos perjuicios a largo plazo como comunidad». En mi opinión, no es esa disgregación terminológica el pie de donde cojea el español, si es que realmente cojea una lengua que ocupa el tercer lugar entre las más usadas en internet (la segunda en Twitter), con una comunidad de más de 500 millones de personas distribuidas en 21 países donde es idioma oficial, además de numerosas comunidades y ciudadanos que lo leen, escuchan o hablan en el resto del mundo. También el inglés tiene una enorme diversidad entre sus variantes británica, estadounidense, australiana… lo cual no es óbice para que sea el idioma más hablado sin necesidad de recurrir a versiones abstractas, aunque las agencias de traducción se empeñen también en exigir el denominado “standard English”.


Por poner un ejemplo, ¿es realmente necesario evitar el uso de “ordenador” o “computadora” y sustituirlos por “equipo informático”? En España decimos “ordenador” y en Hispanoamérica “computadora”. Salvo por parte de quienes aún no hayan conseguido superar la actitud glosocéntrica de imaginar que el mejor español es el propio, el del país o la región donde uno vive, a ningún español le va a resultar extraño leer o escuchar la palabra “computadora”, y no creo que hispanoamericano alguno vaya a sentirse molesto al encontrarse con el vocablo “ordenador”. Sin embargo, el término “equipo informático” es ajeno (a la par que rebuscado y pedante) para ambos. ¿Qué necesidad hay de crear una lengua artificial, de imponer una norma que no necesitamos, cuando ya compartimos una en la que nos entendemos todos y que incluso nos permite comprender los aspectos básicos de otras lenguas romances como el gallego o el catalán?


Del mismo modo, los argentinos (entre otros) practican la natación en una “pileta”, palabra que en el vecino Uruguay equivale a “lavabo” o “fregadero”, ya que allí, al igual que en España, se bañan en una “piscina”. Por su parte, los mexicanos (entre otros) utilizan la “alberca”, que es un “pantano” o “embalse” en España, un “lavabo” o “fregadero” en Colombia, y un “comedero” en Bolivia y Perú. No obstante, con un mínimo de sentido común y prestando un poco de atención al contexto es extremadamente fácil entender cualquiera de estas palabras. ¿O acaso queremos leer “Cien años de soledad”, “Rayuela” y demás en su traducción al “español neutro”? ¡Sería fantástico disfrutar de estas obras maestras una vez reducido el vocabulario a la mínima expresión y eliminado todo rastro de regionalismos, dialectismos y demás! La ley del mínimo esfuerzo y, una vez más, el triunfo de la mediocridad.


El profesor Raúl Ávila, en su estudio titulado Los medios de comunicación masiva y el español internacional, presentado en el II Congreso Internacional de la Lengua Española (Valladolid, 2001), analiza los noticieros de los principales canales de televisión del mundo hispanohablante y llega al resultado de que el número de palabras distintas, palabras no comunes, palabras que no todos los espectadores de los distintos países pueden entender por igual, es mínimo: sólo el 1,2 por ciento.


Mejor nos iría a todos si las agencias de traducción y doblaje dieran tanta importancia a la norma culta como a la quimérica creación de esta lengua artificial (o a sus cuentas de resultados, que es lo que realmente les importa al fin y al cabo). En lo que concierne al léxico y a la escritura (no a los acentos orales), es esa expresión culta formal, al contrario que inventos o apaños empobrecedores que sólo sirven a intereses comerciales, la que configura la norma, el código compartido que hace posible que hispanohablantes de muy distintas procedencias se entiendan sin dificultad y se reconozcan miembros de una misma comunidad lingüística. Como dijo D. Mariano Cebrián Herreros, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en el I Congreso Internacional de la lengua española «El español y los medios de comunicación» celebrado en 1997 en Zacatecas (México) al hablar de «La lengua en la información televisiva»: «No se trata de buscar un idioma neutro que elimine los estilos de cada medio ni el estilo de cada uno de los periodistas usuarios que siempre son enriquecedores, sino de alcanzar una corrección del idioma común y un uso modélico.»

6 comentarios:

Miguel dijo...

Muchas gracias por el artículo ilustrativo e interesante. Pero como uruguayo debe protestar de viva voz, por dos motivos:
1. En el primer mapa la bandera uruguaya aparece sobre el territorio de Paraguay y la paraguaya sobre el territorio uruguayo.
2. En el mapa en el que se especifica la cantidad de hablantes de cada país, se omitió olímpicamente al Uruguay. Es un tanto ofensivo...

El último que apague la luz dijo...

Muchas gracias, Miguel, por su comentario.

Entiendo que cuando dice "debe" quiere decir "debo", ya que el uruguayo es usted, no yo.

Evidentemente, el error de las banderas es garrafal, por lo que he retirado el primer mapa que menciona.

En relación con el segundo, entiendo que se debe a la falta de espacio, ya que Uruguay no es el único país omitido.

Verónica Colasanto dijo...

Soy traductora profesional Su artículo es excelente y verdadero, de hecho me hizo reflexionar acerca de mi propio trabajo. Un abrazo

El último que apague la luz dijo...

Muchas gracias por su comentario, Verónica.

Me complace saber que ha disfrutado del artículo.

Un abrazo.

Richard dijo...

Muy interesante análisis y muy recomendable lectura, creo que es tremendamente válido en varias áreas del español escrito, en especial la literaria (incluyendo el cine), y todas aquellas que requieren localización (para que puedan cumplir su función correctamente). Sin embargo, hay áreas donde la búsqueda de un lenguaje común o neutro (en la medida de lo posible) es necesario, no con fines comerciales sino para facilitar su función. Me parece que casos típicos en estas áreas son los estudios técnicos y científicos así como también los ensayos académicos, cuyo objetivo es llegar a la mayor cantidad de personas posibles. Me parece que en estos casos, y otros, es inviable la creación de varias versiones para cada español distinto. Sin embargo, estoy de acuerdo en que, si bien es cierto que nos molesta un poco escuchar o leer el "vos" argentino, el "guei" mexicano o la "zeta" española, podemos entender perfectamente lo que quieren decir, y cualquier palabra "bastarda" que aparezca nos abrirá la mente a nuevas ideas.
Richard www.sinclavos.cl

El último que apague la luz dijo...

Muchas gracias por su comentario y, sobre todo, por sus interesantes puntualizaciones, Richard.

He estado echando un vistazo a su estupenda página personal y me ha encantado la sección de malas prácticas.

Saludos cordiales.