viernes, 27 de septiembre de 2013

Fuenting


Junto con el “balconing”, otra modalidad dentro ese tipo de “deportes de riesgo” turístico-etílicos que bien podrían agruparse dentro de un nuevo neologismo: el “tonting”. Los anglosajones, con más sentido común a la hora de crear nuevas palabras (no tanto con el alcohol, pues británicos, australianos y neozelandeses son quienes engrosan las listas de heridos por esta costumbre año tras año), han denominado “fountain jumping” a esta práctica de saltar, previa ingesta de unos cuantos litros de alcohol, desde lo alto de la Fuente de la Navarrería para después caer en brazos de la multitud (o no), durante las entrañables fiestas de San Fermín en Pamplona.

Dummy (/ˈdʌmɪ/)


Sustantivo y adjetivo inglés que significa “maniquí”, “tonto”, “de juguete”, “de fogueo” o “vacío”. Suele utilizarse en la expresión “crash test dummy” (/ˈkræʃˈtestˈdʌmɪ/) para designar al “maniquí de prueba de choque/impacto”, que hace referencia al muñeco utilizado para las pruebas de seguridad de los automóviles: réplicas a escala natural de personas, con el peso y las articulaciones creadas para replicar el comportamiento del cuerpo humano en una colisión, así como numerosos instrumentos para recolectar toda la información posible )velocidad de impacto, fuerza de compresión, torsión del cuerpo, desaceleración, etc.).
Últimamente también se ha venido utilizando con el sentido de ‘persona inexperta o principiante en una materia’ («Me han regalado un libro de cocina para “dummies”»).

jueves, 26 de septiembre de 2013

Bloatware (/ˈbləʊtweə(r)/)


Palabra compuesta por el verbo “to bloat” (“inflar”, “hinchar”) y la terminación “-ware” (“conjunto de utensilios”), que designa la “aplicación informática hinchada” o “programa informático innecesario”, es decir, aquellas instalaciones que usan una mayor cantidad de recursos del sistema sin que de ello se deriven beneficios evidentes para los usuarios finales.

Noir


Del vocablo francés “noir” /nwaʀ/ (“negro”) nace el término “film noir” (“cine negro”), así como el “noir” como género literario (“novela negra”). Curiosamente, dicho género cinematográfico no nació en Francia, sino en EE. UU., durante las décadas de los cuarenta y cincuenta (El halcón maltés se considera el primer exponente), y tampoco fue acuñado por un francés, sino por el italiano Nino Frank. Las características del género, a caballo entre el cine de bandas y el cine social, son los hechos delictivos y criminales, con un fuerte contenido expresivo (lenguaje elíptico y metafórico), una característica estilización visual (iluminación en claroscuro, escenas nocturnas con humedad en el ambiente) y ausencia de fronteras entre el bien y el mal.

Noche al día, de la


No sé si es en broma o en serio, pero esto es lo que me encuentro en la traducción al castellano de la palabra “overnight” (/əʊvə'naɪt/) en la guía del Movimiento Zeitgeist, pergeñada por un tal Cristian Fernández. No sé cuál será el dominio del español del tal Cristian, pero la expresión sonará rara a cualquier preescolar de cualquier país de habla hispana (a los bachilleres, universitarios y demás seguro que les parece fantástica, viendo cómo está la educación), ya que lo normal es decir “de la noche a la mañana”.

martes, 17 de septiembre de 2013

Nobel


Nombre de los premios instituidos por el químico sueco del siglo XIX Alfred Nobel y otorgados anualmente por la fundación sueca del mismo nombre como reconocimiento de méritos excepcionales en diversas actividades. En su lengua de origen, el sueco, es palabra aguda (/nobél/), y así se recomienda pronunciarla en español, a pesar de que la pronunciación llana /nóbel/ está muy extendida, incluso entre personas cultas. No debe confundirse con el adjetivo “novel” (‘principiante’, ‘que se estrena en una actividad’ —y por esto no se concede ningún premio—), que además es voz aguda, luego no es correcta la forma llana “nóvel”.
Cuando se refiere al nombre del premio, se escribe con inicial mayúscula y es invariable en plural (Los premios Nobel). Cuando se refiere a la ‘persona o institución galardonada con este premio’, se escribe con minúscula y hace el plural en “-es” (cinco nobeles).

Nightclub (/'naɪtklʌb/)


Aunque en realidad en el léxico inglés es el equivalente a nuestros “club nocturno”, “sala de fiestas” o “discoteca”, en estos pagos le hemos otorgado una connotación sexual o erótica que puede resultar confusa. Si un inocente británico entrara en un “nightclub” español se llevaría una buena o mala sorpresa, según como lo mire, ya que para ellos es más un cabaré de espectáculos sin ninguna connotación sexual o erótica, mientras que nosotros lo hemos convertido en un fino y sofisticado burdel.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Medical


Calco del inglés y del francés “medical” (/'medɪkəl/ y /medikal/), equivalente de palabras en español como “médico”, “medicinal” o “clínico”. Se trata de un ejemplo de terminación léxica equivocada por influencia de un adjetivo inglés, muy común en el caso de los terminados en “-ic”, “-al” y “-ical” (también se da con el sustantivo inglés “individual” /ˌɪndɪˈvɪdjʊəl/, que debe traducirse por “individuo” pero que muchos confuden con “individual”, que en castellano es sólo un adjetivo: ‘perteneciente o relativo al individuo’, ‘que es de cada individuo o para un solo individuo’, ‘particular, propio y característico de alguien o algo’), utilizado incluso entre estudiantes del MIR como una tal kelia que pregunta en un foro: «ola a todos deseo comprar un diccionario “medical” de preferencia ultima edicion y guia terapeutica tb si hay y de preferecncia ultima edicion (sic) no importa si ta (!) usado o no asias (!) mi email es (…)». Espero que lo encontraras, Kelia, y que fuera “ultima edicion”.
También es muy típico de la jerga deportiva el calco “condición médica”, tomado de “medical condition” (/'medɪkəlkən'dɪʃən/), cuando es español debería usarse “enfermedad”, “dolencia” o “afección”.

Meme (/'mi:m/)


Acrónimo formado por “memory” /'memərɪ/ (“memoria”) y “gene” /dʒi:n/ (“gen”), creado por Richard Dawkins en su libro El gen egoísta, donde lo describe como ‘unidad teórica de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra, o de una generación a la siguiente, de manera análoga a como la información genética se transmite a través del ADN’. El diccionario Webster lo define como ‘idea, comportamiento, moda o uso que se extiende de persona a persona dentro de una cultura’. También se emplea cada vez con mayor frecuencia para referirse a cualquier imagen o texto, a menudo de contenido humorístico, que se comparte viralmente en las redes sociales durante un periodo breve.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Español latino y español neutro


Español latino.
Es una inexactitud muy común hoy en día el referirse a los “hispanos” como “latinos”, haciendo un calco del muchas veces peyorativo inglés “latin” /'lætɪn/ (que puede traducirse tanto como “latino” o “hispano”). Si bien una de las acepciones de “latino” es ‘natural de los pueblos de Europa y América en que se hablan lenguas derivadas del latín’, hay que tener en cuenta que también se utiliza el término “América latina” (o “Latinoamérica”) para referirse a las partes del Nuevo Mundo que fueron colonizadas por naciones de la Europa “latina” (entendida como derivado del nombre “latín”, el idioma que hablaban los antiguos romanos, y por extensión las zonas de Europa que recibieron mayor influencia del Imperio Romano y que hoy hablan lenguas romances) como España, Francia o Portugal. Sin embargo, hay zonas del Caribe, Centro y Suramérica que fueron dominadas por Inglaterra u Holanda; y partes de Norteamérica en Canadá y Estados Unidos que fueron colonizadas por Francia y España pero no se consideran “latinoamericanas”. Además, las poblaciones indígenas, muy numerosas en Guatemala (donde el 50 % de la población desciende de los mayas y habla lenguas indígenas), Ecuador (en cuyas sierras domina el Quechua), Paraguay, Bolivia, México o Perú, difícilmente pueden considerarse “latinas”. Incluso en los países más “blancos”, la trama indígena jamás está totalmente ausente y participa claramente en la conformación de la fisonomía nacional. Tampoco es enteramente apropiado el nombre de “latinos” para la considerable presencia de descendientes de africanos y asiáticos en el continente, además de otras comunidades como los agricultores galeses de la Patagonia, los alemanes de la Santa Catarina brasileña y el sur de Chile, etc.


Fue el economista político Michel Chevalier quien en 1836 acuñó el término “América Latina” cuando publicó las crónicas de sus viajes por el continente americano que, para él, reproducía las divisiones étnicas de Europa, con una América del Sur católica y “latina” como la Europa meridional y una América del Norte protestante y anglosajona. De este modo, muchos intelectuales y políticos europeos y suramericanos comenzaron a utilizar el adjetivo “latina” para subrayar el contraste con la América anglosajona. Durante el siglo XX, el término adquirió cada vez más prestigio para oponerse al intervencionismo estadounidense y para designar el destino geopolítico común de la región al sur del Río Grande, aunque es evidente la imposibilidad de agrupar en una única región, ya sea ésta cultural o geopolítica, realidades tan dispares como las de Chile y Brasil, economías bastante fuertes, junto con las de Haití o Nicaragua, con ingresos per cápita entre los más bajos del mundo.


Entonces, ¿qué se entiende geográficamente por América Latina? ¿El conjunto de los países de América del Sur y América Central? Puede, pero según los geógrafos México pertenece a América del Norte. ¿Las naciones al sur del río Bravo? Eso impilcaría admitir que Guyana y Belice, donde se habla inglés, o Surinam, de habla holandesa, forman parte de América Latina. Si afirmamos que se trata de un concepto cultural, podríamos afirmar que cubre las naciones de cultura latina de América. Sin embargo, nunca nadie ha pensado incluir a Canadá en el subconjunto latinoamericano, pese a que, con Quebec, es quizá infinitamente más latino que Belice y tanto como Puerto Rico, estado libre asociado de Estados Unidos.


Otros términos son mucho menos controvertidos y más fáciles de delimitar: “Suramérica” (también “América del Sur”, “Sudamérica” o “América Meridional”), una definición puramente geofísica (subcontinente atravesado por la línea ecuatorial, con la mayor parte de su área en el Hemisferio Sur y situado entre el Océano Pacífico y el Océano Atlántico); “Hispanoamérica” (o “América Hispana”), región integrada por las naciones americanas de habla española; “Iberoamérica”, naciones ibéricas (Portugal, Andorra, España) más las naciones americanas que se independizaron de su dominación colonial española y portuguesa. Por su parte, “Latinoamérica”, pese a ser la denominación más polémica (rechazada tanto por indigenistas como por hispanistas), es la que más se usa en la actualidad (sobre todo en los EE. UU., donde se definen a sí mismos como “América” y al resto como “latinos”), postergando a “Hispanoamérica” e “Iberoamérica” a causa de confusas ideas políticas.


Así, el término “latino” se utiliza más bien por comodidad, pero muchas veces sin conocimiento de causa, ignorando todos sus límites y ambigüedades, e incluso de manera despectiva para referirse a la parte más pobre y menos desarrollada del continente, o incluso, como es el caso de los EE. UU., como denominación de una raza o color de piel que, al no ser homogénea se mire por donde se mire, esa sociedad racista utiliza como cajón de sastre donde meter a quienes no son ni blancos, ni negros (perdón, “afroamericanos”), ni indios (perdón, “nativos americanos”), ni asiáticos.


Del mismo modo, ¿de qué estamos hablando cuando utilizamos la expresión “español latino” referida a la lengua de doblaje cinematográfico o a la lengua de las traducciones? Difícil papeleta responder a esta pregunta a la vista de todo lo anterior, aunque es evidente que se trata de un término demasiado generalizador, pues ya hemos visto que ni todos los americanos son latinos, ni todos los latinos están en América, ni en toda América se habla español. Es además excesivamente reduccionista, pues hay grandes diferencias entre el español de México y el de Argentina, o entre el de Colombia y el de Chile, por no hablar de las diferencias en el habla de cada zona de cada país.


Así, lo que las grandes agencias de traducción y doblaje han conseguido con esa invención suya del “español latino” es una especie de revoltijo que, en su opinión, es entendible en todos los países de habla hispana, pero que en realidad resulta extraño y cacofónico para todos sus destinatarios. En un alarde de diplomacia mal entendida, han preferido tenernos descontentos a todos antes que tener contentos sólo a unos pocos con tal de quitarse la responsabilidad de elegir quiénes podrían ser esos pocos.

Español neutro.
Otra solución a medias es el denominado “español neutro”, “español internacional”, “español común” o “español estándar”, es decir, un intento estrictamente comercial de crear una lengua que sirva para cualquier país del ámbito hispánico, cuyo resultado ha sido un híbrido ajeno a todos los países por igual. La búsqueda de un léxico común, supuestamente comprensible por todos los hablantes, ha resultado totalmente fallida debido a lo imposible de encontrar palabras concretas que entiendan absolutamente todos los hispanohablantes. Además, se persigue una lengua hablada sin entonación, música o acento de ningún sitio en particular, con lo que se pierde toda la riqueza y matices de los millones de hablantes para lograr un habla robotizada (valga como ejemplo el vocabulario de los niños hoy en día, calco de los dibujos animados, onomatopeyas anglicadas incluidas). Todo un ejercicio estéril para dar vida artificial a una mera muleta, basándose únicamente en razones comerciales, es decir, en la falsa creencia de que sale mucho más barato hacer una sola traducción al español, cuando lo que sale realmente caro es ofrecer trabajos de mala calidad que no satisfacen a nadie.


Incluso hay quien va aún más lejos en este intento de convertirnos en un rebaño de ovejas sin identidad, como la Ley 23.316 de “Doblaje en idioma castellano neutro, según su uso corriente en nuestro país, de películas y/o tapes, publicidad, prensa y series a los efectos de su televisación”, promulgada en Argentina en 1986. La cosa empezó con mal pie desde su gestación, puesto que en el propio encabezamiento ya metieron la conjunción anglicada “y/o” y una palabra en inglés (“tape” /teɪp/: “cinta”). Por supuesto, tampoco se consultó a ningún especialista en temas lingüísticos para la elaboración de la ley, que de manera totalmente arbitraria e incomprensible tomó como norma predominante la culta madrileña. Así, el resultado fue, entre otros muchos despropósitos, la eliminación del bellísimo voseo rioplatense, sustituido por el “tú”, la utilización abusiva de oraciones en voz pasiva calcada del inglés, la importación de leísmos y loísmos inéditos hasta entonces, los errores de concordancia con el verbo haber (“hubieron problemas”), faltas ortográficas, etc. Como culminación de este quimérico intento de ponerle puertas al campo, esta ley fue complementada dos años más tarde mediante una reglamentación según la cual «Se entenderá por idioma castellano neutro al hablar puro, fonética, sintáctica y semánticamente, conocido y aceptado por todo el público hispanohablante, libre de modismos y expresiones idiomáticas de sectores». Es evidente que no existe ninguna variedad del castellano libre de modismos, y mucho menos aceptada por todos los hispanohablantes.


Afirma mi admirado Xosé Castro que la existencia de esta supuesta «variedad de español válida para todos los países de habla hispana, distinta a la variedad local y común para todos los hispanohablantes, hará que las comunicaciones se modernicen y agilicen, con lo que nuestro idioma será más competitivo y asequible para un mayor número de fabricantes, y se evitará la disgregación de nuestra terminología, lo que sólo puede traernos perjuicios a largo plazo como comunidad». En mi opinión, no es esa disgregación terminológica el pie de donde cojea el español, si es que realmente cojea una lengua que ocupa el tercer lugar entre las más usadas en internet (la segunda en Twitter), con una comunidad de más de 500 millones de personas distribuidas en 21 países donde es idioma oficial, además de numerosas comunidades y ciudadanos que lo leen, escuchan o hablan en el resto del mundo. También el inglés tiene una enorme diversidad entre sus variantes británica, estadounidense, australiana… lo cual no es óbice para que sea el idioma más hablado sin necesidad de recurrir a versiones abstractas, aunque las agencias de traducción se empeñen también en exigir el denominado “standard English”.


Por poner un ejemplo, ¿es realmente necesario evitar el uso de “ordenador” o “computadora” y sustituirlos por “equipo informático”? En España decimos “ordenador” y en Hispanoamérica “computadora”. Salvo por parte de quienes aún no hayan conseguido superar la actitud glosocéntrica de imaginar que el mejor español es el propio, el del país o la región donde uno vive, a ningún español le va a resultar extraño leer o escuchar la palabra “computadora”, y no creo que hispanoamericano alguno vaya a sentirse molesto al encontrarse con el vocablo “ordenador”. Sin embargo, el término “equipo informático” es ajeno (a la par que rebuscado y pedante) para ambos. ¿Qué necesidad hay de crear una lengua artificial, de imponer una norma que no necesitamos, cuando ya compartimos una en la que nos entendemos todos y que incluso nos permite comprender los aspectos básicos de otras lenguas romances como el gallego o el catalán?


Del mismo modo, los argentinos (entre otros) practican la natación en una “pileta”, palabra que en el vecino Uruguay equivale a “lavabo” o “fregadero”, ya que allí, al igual que en España, se bañan en una “piscina”. Por su parte, los mexicanos (entre otros) utilizan la “alberca”, que es un “pantano” o “embalse” en España, un “lavabo” o “fregadero” en Colombia, y un “comedero” en Bolivia y Perú. No obstante, con un mínimo de sentido común y prestando un poco de atención al contexto es extremadamente fácil entender cualquiera de estas palabras. ¿O acaso queremos leer “Cien años de soledad”, “Rayuela” y demás en su traducción al “español neutro”? ¡Sería fantástico disfrutar de estas obras maestras una vez reducido el vocabulario a la mínima expresión y eliminado todo rastro de regionalismos, dialectismos y demás! La ley del mínimo esfuerzo y, una vez más, el triunfo de la mediocridad.


El profesor Raúl Ávila, en su estudio titulado Los medios de comunicación masiva y el español internacional, presentado en el II Congreso Internacional de la Lengua Española (Valladolid, 2001), analiza los noticieros de los principales canales de televisión del mundo hispanohablante y llega al resultado de que el número de palabras distintas, palabras no comunes, palabras que no todos los espectadores de los distintos países pueden entender por igual, es mínimo: sólo el 1,2 por ciento.


Mejor nos iría a todos si las agencias de traducción y doblaje dieran tanta importancia a la norma culta como a la quimérica creación de esta lengua artificial (o a sus cuentas de resultados, que es lo que realmente les importa al fin y al cabo). En lo que concierne al léxico y a la escritura (no a los acentos orales), es esa expresión culta formal, al contrario que inventos o apaños empobrecedores que sólo sirven a intereses comerciales, la que configura la norma, el código compartido que hace posible que hispanohablantes de muy distintas procedencias se entiendan sin dificultad y se reconozcan miembros de una misma comunidad lingüística. Como dijo D. Mariano Cebrián Herreros, profesor de la Universidad Complutense de Madrid, en el I Congreso Internacional de la lengua española «El español y los medios de comunicación» celebrado en 1997 en Zacatecas (México) al hablar de «La lengua en la información televisiva»: «No se trata de buscar un idioma neutro que elimine los estilos de cada medio ni el estilo de cada uno de los periodistas usuarios que siempre son enriquecedores, sino de alcanzar una corrección del idioma común y un uso modélico.»

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Nick / nickname (/'nɪkneɪm/)


Aunque “nick” sólo significa “corte”, “muesca”, “mella” o “hendidura”, últimamente suele utilizarse como abreviatura de “nickname”, el equivalente inglés de “apodo”, “mote”, “sobrenombre”, “pseudónimo” o “alias”. Por supuesto, no utilicen ninguno de estos anticuados vocablos para referirse al ‘apodo o sobrenombre que utiliza un usuario en internet para acceder a determinados servicios’ o quedarán en ridículo. La nomenclatura correcta para ese mundillo es “nickname”.

Newsletter (/'njʊ:zletə(r)/)


Junto con las variantes “eNewsletter” y “e-newsletter”, equivalente en inglés (¡con lo que mola!) de la “hoja informativa” o “boletín informativo [periódico]” que se envía a los suscriptores de un servicio, socios de una organización o clientes de una empresa con fines informativos o publicitarios, o bien del “boletín digital” o “boletín electrónico” en el caso de internet, cuyo envío se realiza por correo electrónico.

martes, 10 de septiembre de 2013

Femicidio


Calco de la palabra inglesa “femicide” (/'femɪsaɪd/), publicada impresa por primera vez en 1801 (no en 1976, como indica el Observatori de Neologia del IULA) por alguna persona poco ducha en la manera de formar palabras a partir de raíces latinas, y mantenida de ahí en adelante debido a la pereza por salir de la ignorancia. Se trata de un disparate etimológico, puesto que el término correcto debería ser en todo caso “feminicidio”; aunque ninguno de los dos consta en el diccionario académico, este último sí que está recogido en algunos de uso y se emplea con frecuencia en los medios de comunicación.
“Feminicidio” designa el asesinato de mujeres por el hecho de serlo, como una forma extrema de violencia machista; no sólo individual, sino también el homicidio sistemático de mujeres, en especial en contextos donde no existe un fuerte reproche social o cultural de estos hechos (por ejemplo, hay culturas donde el “feminicidio” consiste en dar muerte a las niñas cuando nacen).
Se forma con la raíz latina “femin-” (de “femina”, “mujer”) más el interfijo conectivo “-i-” y el sufijo “-cidio” (del verbo “cædere”, “matar”). De esa misma raíz latina derivan palabras cultas (no populares), como “feminismo”, “femineidad” o “afeminar”, además de términos de origen popular (que cambian la “-i-” por una “-e-”) como “femenino” o “femenil” (etimológicamente deberían ser “feminino” y “feminil”). Restar palabras a la raíz equivale a perder el sentido de la palabra, es decir, que a “femicidio” le falta la sílaba “-ni-”, ya que las inexistentes raíces “femi-” o “fem-” carecen de significado.
Incluso hay quien se inventa supuestas diferencias, gramaticalmente insostenibles, entre “femicidio” y “feminicidio”. Por ejemplo, D.ª Ligia Pérez de Pineda, en la “Colección dudas del idioma” de la Universidad Francisco Marroquín, arguye que “femicidio” es el ‘asesinato de mujeres considerado como homicidio, sin destacar las relaciones de género [sic] ni las acciones u omisiones del Estado’, mientras que “feminicidio” sería el ‘asesinato de mujeres por su condición de género [sic], es decir, tomando en cuenta las relaciones de poder y vinculado con la participación del Estado por acción u omisión, derivado de la impunidad existente’.
Estos neologismos, tanto el correcto “feminicidio” como el incorrecto “femicidio” han producido los derivados “femicida” (mal formado) y “feminicida” (bien formado), que funcionan como sustantivo (‘perpetrador de un femicidio’) o adjetivo (‘que es causante de un feminicidio’), pero no son muy comunes.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Newsgroup (/'njʊ:zgrʊ:p/)


Literalmente, “grupo de noticias”; es decir, sistema similar a los grupos de discusión de internet en el que los participantes leen y envían mensajes de debate sobre diferentes noticias.

New Age (/'nju:'eɪdʒ/)


Aparte de la retahíla de ciencias ocultas, medicinas alternativas, religiones orientales, etc., se trata de un género musical, también denominado “Nueva Era”, caracterizado por sus melodías suaves, instrumentales o con voces etéreas e incorporando grabaciones tomadas de la naturaleza.

martes, 3 de septiembre de 2013

Copiar


En nuestras comunicaciones por radio (perdón, “walkie-talkie”) hemos pasado del solecismo «¿me se recibe, me se recibe?» al calco «¿me copias?», del inglés “copy” (/'kɒpɪ/) que, además de “copiar” o “imitar”, significa “recibir”.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Maquero


Neologismo derivado de “Mac” (abreviatura de “Macintosh” con la que actualmente nos referimos a cualquier ordenador personal diseñado, desarrollado, construido, comercializado y vendido por la compañía Apple Inc.) que designa al ‘usuario fiel de los ordenadores Mac de Apple que suele criticar el funcionamiento de Windows, el sistema operativo del competidor Microsoft’.

Desktop /'desktɒp/


Palabra inglesa que se utiliza en el lenguaje computacional para designar la “pantalla principal” de trabajo presente en los sistemas operativos y que es el punto de partida gráfico para realizar cualquier actividad en el ordenador. Como bien indica D. Joel Aguirre, si deseamos conservar la riqueza de nuestro idioma, debemos usar su equivalente “escritorio”.