jueves, 18 de diciembre de 2014

“Colofón”, mejor que “colofón final”



La expresión “colofón final” es redundante, pues en la definición de “colofón” (‘remate, final de un proceso’) ya queda incluida de manera explícita la condición de “final”.
Es bastante habitual, sin embargo, encontrarse con frases en los medios de comunicación en las que se usa este añadido superfluo: «El chorro de voz de la soprano estadounidense ha servido de preludio para el “colofón final” de la balada», «La competición de élite masculina será el “colofón final” a unos mundiales llenos de ciclismo» o «Pondrá el “colofón final” un anillamiento científico de aves».
En todos estos ejemplos habría bastado con escribir “colofón”, término que por sí solo ya expresa con rotundidad el “final” de un proceso, su “culminación”.
Por último, conviene recordar que la primera acepción de “colofón”, y así lo recogen la mayoría de los diccionarios, incluyendo el Diccionario de la lengua española, es la de ‘anotación al final de los libros, que indica el nombre del impresor y el lugar y fecha de la impresión, o alguna de estas circunstancias’.

Otros palabros (XXXVI): Desde


Sólo debe usarse cuando denote lugar, tiempo o punto de llegada. Así, serían incorrectas frases como «Señores procuradores, señores consejeros; desde la emoción en el recuerdo de Franco, ¡viva el Rey! ¡Viva España!» (Rodríguez de Valcárcel en su discurso previo al juramento del Rey Juan Carlos I); «La política que pretende impulsar desde la acción del Gobierno» (en vez de “mediante” o “con”); «Esta Cámara, desde una decidida voluntad de colaboración, ejercerá sus funciones desde la cierta significación institucional que le atribuyen las leyes» (en vez de “con”); «Estoy seguro de que ejercitaremos nuestra función con el objetivo de servir a nuestro pueblo desde la lealtad al Rey» (Fernández Miranda).

viernes, 12 de diciembre de 2014

“Prevenir” algo no es lo mismo que “prevenir de” algo



La expresión “prevenir de algo”, con la preposición “de”, significa ‘avisar o advertir de que algo puede ocurrir’ y por ello no es apropiado su uso en lugar de “prevenir algo”, sin la preposición, que significa ‘tratar de evitar o impedir un daño’.
En las noticias se pueden encontrar ejemplos donde aparece este giro usado de modo inapropiado: «El ejercicio se presenta como la vacuna que “previene de” las enfermedades» o «Se han instalado zócalos que “previenen de” rozaduras y el ensuciamiento de las paredes».
Tal como señala el Diccionario del estudiante de la Real Academia Española, cuando “prevenir” significa ‘prever o tratar de evitar un daño o peligro’ o ‘prever un acontecimiento y tomar medidas y precauciones’, no se usa la preposición “de”, que sí puede emplearse con el sentido de ‘informar con anticipación’.
Atendiendo a lo que se quiere expresar, las frases anteriores se podrían haber redactado del siguiente modo: «El ejercicio se presenta como la vacuna que “previene” las enfermedades» o «Se han instalado zócalos que “protegen de” rozaduras y el ensuciamiento de las paredes».
Sí se puede decir “prevenir de algo” cuando tiene los sentidos de ‘avisar’ y ‘alertar’, como en «Sus compañeros le han “prevenido de” las consecuencias que tendría para su carrera», así como cuando se usa con pronombre, con el sentido de ‘protegerse ante alguien o algo’, como en «Se aconseja la vacunación para “prevenirse de” (o contra) la gripe».

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Otros palabros (XXXV): Derrogar


Puede ser tanto una mera “incultez”, al confundir “hacerse (de) rogar” con “hacerse derrogar”, o un arcaísmo del verbo “derogar” (‘dejar sin efecto una norma vigente’), en frases como «El alcalde de Sogamoso derrogó la medida que impedía el tránsito de vehículos pesados por zonas urbanas» o «¿Mantendrán el matrimonio entre personas del mismo sexo o derrogarán la ley?», aunque en este segundo caso también puede tratarse de un calco del gallego, lengua en la que existen ambas formas, o del portugués, en la que se utiliza “derrogar”.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Iff (/ɪf/)


Abreviatura en inglés de la “proposición bicondicional” («sí y sólo si»), que en español suele abreviarse como “ssi”, “sii” o “syss” y que en matemáticas y lógica se expresa con los símbolos lógicos “↔”, “⇔” o “≡”.

martes, 2 de diciembre de 2014

Otros palabros (XXXIV): De mientras


Esta forma procede directamente de la expresión latina “dum interim”, que se usaba en el latín hablado con el significado de “mientras”. En castellano clásico pasó a ser “demientra” o “demientre” y en el español actual las formas correctas son “mientras” o “mientras tanto”, considerándose “de mientras” un arcaísmo, documentado por ejemplo en estos versos de Santa Teresa: ¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a quien os sufre que estéis con él! ¡Oh qué buen amigo hacéis, Señor mío, cómo le vais regalando y sufriendo y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan “de mientras” le sufrís Vos la suya!
Las formas “de mientras”, “para mientras” e incluso “en de mientras” corresponden a usos coloquiales regionales de Mesoamérica (México y Centroamérica) y algunas zonas rurales de España (Navarra). No es un uso literario o culto, sino popular y vulgar, aunque es posible leerlo en diarios y, evidentemente, páginas de internet (Edu Agut nos asegura que «“de mientras”, nuestros ahorros descansan en nuestra cuenta corriente y no nos dan ningún tipo de rendimiento»).

lunes, 1 de diciembre de 2014

Otros palabros (XXXIII): Deflagrar


Dicho de una sustancia, ‘arder súbitamente con llama y sin explosión’. Aunque extendido en el lenguaje periodístico, es impropio su uso con el sentido de “estallar”, así como el del sustantivo derivado “deflagración” (‘combustión que se produce con gran rapidez, acompañada de llama y sin explosión’) como “explosión”.
“Explosión” hace referencia a una ‘ruptura violenta de un cuerpo por la acción de un explosivo o por el exceso de presión interior, provocando un fuerte estruendo’; y “estallar” indica el ‘reventar, abrirse o romperse (algo) violentamente con ruido seco e intenso, saliendo al exterior lo que contiene’.
En consecuencia, “deflagrar” no es sinónimo de “estallar” o “explotar”, ni “deflagración” es sinónimo de “estallido” o “explosión”.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Otros palabros (XXXII): Dársena


Palabra de origen árabe que significa ‘en aguas navegables, parte resguardada artificialmente para surgidero o para la cómoda carga y descarga de embarcaciones’, etimología que no han entendido en gran parte de las estaciones de autobuses y ferrocarriles del país antes conocido como España, donde pueden oírse por megafonía anuncios como «el autobús con destino Logroño “efectuará su salida” [es decir, “saldrá”] en la “dársena” cuatro» que obligan a visualizar un autobús provisto de remos.
No obstante, ya hay diccionarios, como el Clave, que recogen este nuevo uso: ‘acera situada al borde de la calzada, en la que los pasajeros esperan las llegadas y salidas de los vehículos’.
También es cada vez más común el uso del anglicismo “dock” (/dɒk/), también con connotaciones náuticas, cuando son más fáciles de entender otros vocablos como “andén”, “vía”, “parada”, “paradero”, “cochera”, etc.

lunes, 24 de noviembre de 2014

“Victimar” no es lo mismo que “victimizar”



“Victimar” significa ‘matar, asesinar’, mientras que “victimizar” es ‘convertir en víctimas a personas o animales’ y, por lo tanto, no es adecuado emplearlos indistintamente.
En los medios de comunicación se encuentran frases como «Bajo custodia el sospechoso de “victimizar” con arma de fuego a mujeres en Brooklyn» o «El Gobierno boliviano está abusando de manera peligrosa de la “victimación” como mecanismo de defensa».
Lo adecuado en el primer caso habría sido emplear «Bajo custodia el sospechoso de “victimar” con arma de fuego a mujeres en Brooklyn» puesto que se refiere a “matar”, y en el segundo, sería «El Gobierno boliviano está abusando de manera peligrosa de la “victimización” como mecanismo de defensa», ya que se refiere a ‘transformar en víctimas’.
No debe confundirse ninguna de las dos palabras anteriores con una tercera: “victimarizar”, que significa ‘convertir en “victimario”’ (“homicida”).

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Freeware (/ˈfriːw3ːʳ/)


Término compuesto por el adjetivo “free–” (“libre”, “gratuito”) y la terminación “–ware” (‘conjunto de utensilios’) para designar los “programas de dominio público” o “programas de libre acceso”, aplicaciones informáticas que se distribuyen sin coste para el usuario y por tiempo ilimitado, en ocasiones incluyendo también el código fuente. Se trata de la variante gratuita del “shareware” /ˈʃɛəʳˌwɛəʳ/ (de “share”: “compartir”): “versión de prueba” o “programa de uso compartido”, en la que el usuario puede instalar el programa de forma gratuita, pero con limitaciones en el tiempo de uso o en algunas de las formas de uso, o con restricciones en las capacidades finales.

Cuero de patente


Zafio calco del inglés “patent leather” /ˈpeɪtəntˈleðəʳ/ (“charol”, “cuero barnizado”), omnipresente en varias páginas de venta a distancia de productos fabricados en China, nación famosa por el cuidado y el mimo que ponen tanto en sus procesos productivos como en las traducciones.
No obstante, sí que se trata de un tipo de cuero específico, inventado en Bruselas pero patentado en Inglaterra a finales del siglo XVIII, caracterizado por la aplicación en su preparación de una composición química similar al esmalte de uñas que le otorga brillo e impermeabilidad. Unos años más tarde, el inventor Seth Boyden de Newark, Nueva Jersey, emprendió su fabricación comercial en los EE. UU. utilizando un aceite de linaza basado en una capa de laca.

martes, 18 de noviembre de 2014

Otros palabros (XXXI): Culturizar


Como bien dice D. Joel Aguirre, al hecho de adquirir o acrecentar la cultura, de volverse más culto, se le denomina “cultivar(se)” (‘desarrollar, ejercitar el talento, el ingenio, la memoria, etc.’: «Le gusta “cultivar” su mente con ejercicios matemáticos»). La palabra “culturizar” sí existe, pero posee un significado muy diferente (‘civilizar, incluir en una cultura’: «Los romanos “culturizaron” a los pueblos conquistados»). De este modo, pecan de incultas aquellas personas (fácilmente encontradas en programas de radio y televisión) que utilizan la voz “culturizar” para referirse a que alguien se ejercita en las artes, las ciencias, las lenguas, etc. «Algunas actrices de telenovelas deberían “culturizarse” para no decir tanta tontería», dijo un día la presentadora de un programa de chismes. Desde luego, debió decir “cultivarse”.

Otros palabros (XXX): Ascendencia


Un titular de la sección de deportes de El País nos hablaba sobre la “ascendencia” de Cristiano Ronaldo, para después asegurar que «Si el liderazgo de un futbolista se mide desde [sic] la “ascendencia” que tiene en los partidos, el suyo, ahora, es incuestionable.»
Desconozco la influencia a este respecto que puedan llegar a tener la ‘procedencia u origen’ o el ‘conjunto de ascendientes o antecesores’ del futbolista portugués. Es cierto que tanto su “ascendencia” (su madre) como su “descendencia” (su hijo) suelen ocupar uno de los palcos del estadio Santiago Bernabéu, pero en realidad estaríamos hablando del “ascendiente” (‘influencia sobre alguien o algo’), que tampoco hay que confundir con “ascendente” (‘que asciende’).
El Diccionario panhispánico de dudas y la Fundéu estiman que no hay motivo para censurar el uso del término “ascendencia” con el sentido de “ascendiente”, o el de éste con el de “ascendente”, pero yo soy partidario de utilizar las palabras correctamente y no crear confusión.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Cierre del gobierno


Calco de la expresión inglesa “government shutdown” (/ˈgʌvnməntˈʃʌtdaʊn/), que designa la medida por la cual se cierran departamentos y agencias de la Administración de los Estados Unidos.
En el sistema político estadounidense, si el Congreso no aprueba los presupuestos del Estado, el presidente, en un mecanismo parecido al cierre patronal, puede cerrar los departamentos de la Administración que considera no esenciales, generalmente como una medida de presión. Así, no es el “gobierno” lo que cierra, por lo que es impropio hablar de “cierre del gobierno”, “cierre gubernamental”, “suspensión del gobierno federal” u otras traducciones que pueden encontrarse en la prensa.
Como indica la Fundéu, otras alternativas adecuadas serían “cierre [parcial] de la Administración” (los servicios esenciales continúan abiertos y activos), “suspensión de actividades de la Administración”, “parada de actividades de la Administración” o “cese de actividades de la Administración”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Otros palabros (XXIX): Cuenteada


El verbo “cuentear” existe como tal y está registrado en varios diccionarios, entre ellos el DRAE, que lo define como ‘engañar, convencer con falsos rumores’.
El problema viene cuando a alguien se le ocurre buscar un nombre chocante para hacer resaltar algún tipo de información. Así, el estupendo Museo del Libro Fadrique de Basilea de la ciudad de Burgos programaba a finales del año 2012 unas supuestas “visitas cuenteadas”, es decir, según sus palabras, «pasadas por el filtro de “La Poesía es un Cuento”». Sin embargo, lo que realmente son dichas visitas es “contadas” (de “contar” —‘referir un suceso, sea verdadero o fabuloso’—, de donde deriva también “cuento”), no “cuenteadas” (de “cuentear”), a no ser que lo responsables de dicho museo pretendieran “engañar” o “convencer con falsos rumores” a sus visitantes. Un error parecido se popularizó cuando Bush II tan limpiamente ganó las elecciones presidenciales de los EE. UU. en el año 2000 tras el famoso “recuento” de Florida, cuando un redactor de Internacional de un diario titulaba: «Se repite el “cuenteo” en Florida», cuando en todo caso debió decir “conteo” (‘acción y efecto de contar’).

miércoles, 29 de octubre de 2014

Fuente


Casi todas las traducciones del inglés “font” (/fɒnt/) equivalen a las acepciones españolas de “fuente” (‘pila baustismal’, ‘aquello de que fluye con abundancia un líquido’…). Sin embargo, no es correcto el uso de “fuente”, por tratarse de un falso amigo del inglés, para referirse al ‘conjunto de caracteres de un tamaño y estilo determinados’.
La confusión, como explica D. Ricardo Soca en la página El Castellano, proviene del hecho de que “font” tiene dos significados diferentes, a cada uno de los cuales corresponde una etimología distinta y una traducción específica al español. En su primera acepción, vertida al español como “fuente”, la palabra “font” llegó al inglés proveniente del irlandés antiguo “fans”, que la había tomado, a su vez, del latín “fons, fontis” (“fuente”, “manantial”).
En la segunda acepción, “font” o “fount” llegó al inglés a partir del francés “fonte” (/fɔ̃t/), que no significa “fuente”, sino “fundición de metal” (los caracteres de la antigua tipografía inventada por Gutenberg eran de metal fundido en moldes), con origen en el latín “funditus”, participio de “fundere” (“fundir”, “fabricar”). Hasta la universalización del uso de los ordenadores y la infinidad de disparates lingüísticos que trajo consigo, siempre se llamaron “tipos [móviles]”, del vocablo latino “tipus” y éste del griego “týpos” (“señal”, “huella”, “copia”, “forma”), y jamás se los había llamado “fuentes”.
Hay quien intenta inventarse el origen de esta acepción calcada del inglés alegando que “fuente” puede ser sinónimo de “matriz”, de “origen”, pero es una etimología absolutamente falsa.

martes, 28 de octubre de 2014

Coste efectivo


Término económico y contable bien utilizado cuando se trata del equivalente del inglés “effective cost”, pero calco innecesario cuando es una mala traducción de “cost-effective” /kɒstɪˈfektɪv/ (“rentable”, “beneficioso”, “eficiente en relación con su coste” —no “eficaz” en este caso—), como por ejemplo en la frase «la cría de pollo es más “coste efectiva” y contamina menos que la de otros tipos de animales que se crían para carne». Del mismo modo, no hay que inventarse nada raro del estilo de “coste-efectividad” para trasladar al español la expresión “cost-effectiveness” /ˌkɒstɪˈfektɪvnɪs/ (“rentabilidad”, “relación coste-rendimiento”).

Otros palabros (XXVIII): Cubrición


En castellano significa “coito”, “apareamiento”, “cópula” (sobre todo referido a los animales: ‘acción y efecto de cubrir el macho a la hembra’). Sin embargo, se conoce que a algunos las palabras “cubrimiento” o “cobertura” les parecen demasiado sencillas y naturales, por lo que se decantan por inventar una nueva para pergeñar desatinos como «El bipartito está poniendo en peligro la “cubrición” del AVE a su paso por Orihuela» (Antonio Rodríguez Barberá), «mejorar la “cubrición” de la tinta de impresión», «proceder a la “cubrición” de las gradas de un estadio» o «pintura para exteriores de máxima “cubrición”».

lunes, 27 de octubre de 2014

Flyer / Flier (/ˈflaɪə/)


Anglicismo común en el campo de la publicidad (también calcado como “fláyer” y “flayer”) para referirse a lo que en español llamamos, según el tamaño del texto impreso, “folleto [publicitario]” (de una sola página), “prospecto”, “panfleto [institucional]” (‘hoja o impreso publicitarios, generalmente de pequeño formato, que suele repartirse en lugares públicos’), “octavilla [informativa]”, “suelto” (‘escrito inserto en un periódico que no tiene la extensión ni la importancia de los artículos ni es mera gacetilla’), “pasquín” o “mariposa”, pero no el falso amigo “volante [propagandístico]”, que en inglés se denomina “referral note”.
Como indica Fernando A. Navarro en Cosnautas, pese a que en ocasiones las traducciones pueden ser equivalentes, en inglés lo distinguen de “leaflet” o “brochure” (folleto impreso en una sola página, pero plegado: díptico o tríptico) y de “booklet” o “pamphlet” (folleto [de 5 a 48 páginas], encuadernado o no).

jueves, 23 de octubre de 2014

“Huso horario” y no “uso horario”



Cada una de las partes en que queda dividida la superficie terrestre por veinticuatro meridianos igualmente espaciados y en que suele regir convencionalmente un mismo horario es un “huso horario” (del latín “fusus”), escrito con hache, no “uso horario”.
No resulta difícil encontrar en los medios de comunicación frases como «El Congreso se plantea utilizar el “uso horario” británico en España para facilitar la conciliación» o «Los actuales anfitriones tienen la peculiaridad de ser los primeros en desarrollar el torneo con diferente “uso horario”», en las que lo adecuado habría sido escribir “huso horario”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Listófono


Término forgiano que surge como posible traducción del inglés “smartphone” /smɑːtfəʊn/ alternativa a la más literal “teléfono inteligente” (‘teléfono móvil que ofrece funciones más avanzadas que un teléfono convencional y presenta características parecidas a las de un ordenador personal —correo electrónico, pantalla táctil, teclado QWERTY, conexión a internet, geolocalización, etc.—’).

martes, 21 de octubre de 2014

Otros palabros (XXVII): Cuarentañero


Propuesta lingüística avalada por AR (la presentadora de televisión antes conocida como Ana Rosa Quintana) para sustituir al adjetivo “cuarentón”, por considerarlo peyorativo.
Si bien el término está recogido por algunos diccionarios como el Clave, a mi entender sólo es despectivo si así lo expresa el hablante o así lo percibe el oyente (tanto como podría serlo “quinceañero”, dependiendo de la entonación y del contexto). Se trata simplemente de una manera coloquial de decir “cuadragenario” (‘persona que tiene entre 40 y 49 años’), ya que el hecho de tener veinte, treinta o cuarenta años conlleva tanto rasgos positivos como negativos. Todo lo demás no es sino una suerte de síndrome de Peter Pan, o ínfulas de quienes echan de menos esas décadas expresadas con los sufijos –era y –ero, como si cumplir los cuarenta fuera una deshonra o algo de lo que renegar o avergonzarse.
Lo mismo sería aplicable a las décadas posteriores (“cincuentón”, “sesentón”, “setentón”…), para las que muchas voces reclaman la igualación de los sufijos (“cincuentañero”, “sesentañero”, “setentañero”); y es que hoy en día la vejez está muy mal vista, e incluso hay quien aboga por proscribir los venerables adjetivos “viejo” o “anciano” y sustituirlos por el abstracto “mayor”, lo cual nos llevaría tarde o temprano a proscribir a las propias personas ancianas (aún más de lo que ya están).
Independientemente de poder estar a favor o en contra del cambio de sufijo, ¿quién nos asegura que el nuevo –ero no vaya a retomar los matices negativos de –ón, del mismo modo que “tercera edad” ha terminado por adoptar las connotaciones de “viejo”?

Clivaje


Tecnicismo calcado del inglés “cleavage” /ˈkliːvɪdʒ/ (“división”, “escisión” y también “escote”, “canalillo”) y del francés “clivage” /klivaʒ/ (“división”, “jerarquización”, “talla”, “tallado”). El verbo inglés “cleave” /kliːv/ (“partir”, “surcar”, “atravesar”) proviene del inglés medio “cleven” y éste a su vez del inglés antiguo “clēofan”, derivado del griego “γλύφειν” (“tallar”, “cincelar”, “esculpir”), de donde también proviene el español “glifo” (‘canal vertical que sirve como elemento decorativo’) y sus derivados “petroglifo”, “triglifo”, “jeroglífico”, etc.
No figura en el DRAE, pero sí lo recoge el Vocabulario Científico y Técnico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (‘Hendidura en un cristal con la formación de dos superficies lisas. Se produce en planos cristalinos’). En catalán, pese a contar ya con el término “clivella” (“fisura”, “grieta”), la influencia europea hizo que “clivatge” se adoptara a principios del siglo XX.
Es común en el ámbito de la cristalografía, la mineralogía y la joyería (sobre todo de la talla de piedras preciosas) para designar el método para “tallar” en facetas gemas en bruto, especialmente el diamante, mediante la percusión precisa para segmentarlas o henderlas aprovechando sus puntos o planos naturales de exfoliación.
También se utiliza en los campos de la psicología profunda y de la politología con el sentido de “brecha”, “[línea de] conflicto”, “desdoblamiento”, “división”, “fractura”, “segmentación” y “separación” (“escisión” generada por posiciones contrapuestas sobre una cuestión —Iglesia-Estado, capital-trabajo…— o “división” entre clases sociales), así como en los de la bioquímica (‘mecanismo de “ruptura”, “corte”, “fragmentación” o “desdoblamiento” de una molécula grande mediante un proceso enzimático para originar fragmentos de menor tamaño’) o la embriología (‘“división” o “segmentación” mitótica del oocito con reparto equitativo del material hereditario’). Puede que el uso de “cleavage” con el sentido de “escote” tenga que ver con el hecho de que, tras la fecundación del cigoto, el primer indicio del proceso de segmentación sea la aparición de una “hendidura” o “canalillo” en la membrana celular.

viernes, 10 de octubre de 2014

La "peseta" que es "peineta"



Todo parece indicar que a los muchos méritos de Luis Aragonés ha de sumarse ahora el de introducir en la lengua castellana un error que ha acabado por convertirse en costumbre y, por lo tanto, en expresión admitida y usada por el común de los hablantes. El llamado «Sabio de Hortaleza» o también «Zapatones» no sólo consiguió la Eurocopa con la selección española de fútbol, sino que atesora una trayectoria importante como teórico de la literatura y, ahora, como lingüista. En mi Lo que hay que oír, un libro de 1995, ya recogí aquella advertencia memorable suya que tanto iluminó a quienes amamos la lectura: «No es bueno leer demasiado. Yo tenía un amigo que se puso a leer a Kafka, y se volvió maricón».

Pues bien, durante un partido, cuando entrenaba al Atlético de Madrid, el Abuelo levantó el dedo de en medio, cerrando los demás, para mostrar así su desacuerdo con una decisión del árbitro Ansuategui Roca. Al castigarle por ello el Comité de Competición, «Don Luis» teorizó ante los periodistas: «No tiene nada que ver una "peineta", que es lo que yo he hecho, con un corte de mangas. Lo primero es un gesto típico español, y lo segundo, una ofensa».

Yerra un poco Aragonés al considerar «gesto típico español» extender «el dedo impúdico», como lo llamaba San Isidoro, el «digitus infamis», al que se refiere el poeta clásico latino Juvenal. Pero acierta al crear el neologismo peineta y engrandencer así el acervo léxico español. Un fenómeno, el ex entrenador del Real Oviedo: fútbol, literatura, lingüística, nada le es ajeno.

Hacer la peineta no cuenta con tradición escrita en castellano hasta la irrupción del lexicógrafo Aragonés y de los periodistas que lo fijaron en los diarios. Al mostrar el dedo corazón extendido, «se expresa alguna burla infamante», como nos sigue enseñando el santo medieval antes citado.

No hay que confundirlo con hacer una higa, pues, en este caso, se saca la punta del pulgar por entre el índice y el dedo corazón con el fin de ahuyentar algún maleficio o con el de provocar, si se mueve «al mismo tiempo la muñeca hacia la persona a quién se quería enfrentar», como enseña José María Iribarren en su prodigioso El porqué de los dichos.

La acción de Luis Aragonés hacia el colegiado se llamaba en español hacer una peseta no hacer una peineta. Se confundió (vaya usted a saber si por la semejanza entre peseta y peineta), se tomó nota de su confusión, se popularizó y ahora ya todos los medios hablan de la peineta de Aznar.

«Las academias jamás pueden considerarse ni dueñas, ni censoras, ni administradoras de la lengua. Son simplemente organismos de apoyo y de ayuda a ese organismo prodigioso de comunicación cuyos dueños son los hablantes», dice Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española (y presidente del tribunal que juzgó mi tesis de doctorado, que voy a empezar a darme yo autobombo, visto lo que hay), a Andrés Montes en declaraciones para La nueva España.

Algunos hablantes han decidido que se llame hacer la peineta a lo que antes se llamaba hacer la peseta y, si la cosa persiste, dentro de unos años encontraremos en el Diccionario de la RAE lo siguiente: «Hacer la peineta. 1. loc. verb. coloq. Extender hacia alguien el dedo corazón, manteniendo los demás recogidos, como gesto de provocación y menosprecio». Y se añadirá, en los diccionarios de uso, que antes se conocía como hacer la peseta, pero que el fútbol puede con todo. Y se explicará en cualquier lexicón de argot que se acompaña a veces con las locuciones monta aquí y verás París, o monta aquí que te llevo pa Madrí, como recoge Pepe Monteserín.

¿Por qué se decía hacer la peseta? Pongámonos firmes por respeto y leamos al gran cervantista andaluz don Francisco Rodríguez Marín: «Véase una peseta columnaria acuñada en América, de las que valían cinco reales de vellón; repárese la disposición en que están figurados en el reverso y la columna de Gades, y se notará que medianamente semeja la mano en actitud sobredicha». He aquí la explicación del dicho.

«Hacer la peseta es trazar con los dedos un signo fálico», sigue Iribarren instruyéndonos, a semejanza del que parecían mostrar el reverso de las pesetas columnarias. Como ya no hay pesetas, ni columnarias ni de las otras, «lo que no son pesetas son puñetas», así que valga hacer la peineta, si se quiere, por lo que antes era hacer la peseta, valga lo que deseen y usen los hablantes, viva Luis Aragonés y siga viviendo Cartagena.

“Intérprete” y “traductor”, profesiones diferentes



“Intérprete” alude a quien traslada textos orales de un idioma a otro, ya sea en conferencias, ruedas de prensa o reuniones de trabajo, mientras que, de acuerdo con el Diccionario académico, el “traductor” trabaja con obras escritas.
Sin embargo, en los medios se emplea frecuentemente la palabra “traductor” para referirse a quien en realidad ejerce como “intérprete”: «Los “traductores” afganos que ayudaban a las tropas españolas en sus contactos con la población local…», «Defensa se deja atrás a sus “traductores” en Afganistán» o «Mourinho tenía funciones de “traductor” en las que ayudaba al entrenador inglés Bobby Robson».
Si bien “traductor” puede emplearse en un sentido amplio para referirse al profesional que vuelca de un idioma a otro palabras tanto escritas como habladas, la Academia apunta hacia el uso especializado de “traductor”, que se ocupa de obras escritas y presta máxima fidelidad a detalles y matices, e “intérprete”, que trabaja con textos orales y, respetando el discurso original, atiende además al tono de cada situación comunicativa específica.
Por tanto, en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir «Los “intérpretes” afganos que ayudaban a las tropas españolas en sus contactos con la población local…», «Defensa se deja atrás a sus “intérpretes” y “traductores” en Afganistán» o «Mourinho tenía funciones de “intérprete” en las que ayudaba al entrenador inglés Bobby Robson».
Cabe señalar, además, que “interpretación simultánea” es aquella en la que el “intérprete” trabaja, generalmente en una cabina, al mismo tiempo que el orador habla y sin que éste interrumpa su discurso; mientras que en la “interpretación consecutiva” el orador va intercalando pausas regulares para que el “intérprete” intervenga de vez en cuando.
Esta distinción entre “traductor” e “intérprete” es extensiva a los verbos correspondientes “traducir”, más apropiado para textos escritos (aunque válido también en el sentido más amplio de ‘expresar en otra lengua’), e “interpretar”, más preciso para referirse a la labor de estos profesionales en conferencias, ruedas de prensa o reuniones de trabajo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Otros palabros (XXVI): Accequible


Cacofónico cruce, documentado en algunas zonas de seseo, entre “asequible” (‘que puede conseguirse o alcanzarse’) y “accesible” (‘que tiene acceso’, ‘de fácil acceso o trato’, ‘de fácil comprensión, inteligible’).
Pese a que “asequible” y “accesible” funcionen como sinónimos para muchos medios de comunicación, en realidad no lo son (además del hecho de que “asequible”, en su uso erróneo con el significado de “accesible”, está haciendo desparecer a este último). Es frecuente confundir el uso de estas dos voces por su proximidad semántica: “accesible” deriva del verbo latino “accedere” (‘llegar, acceder’), mientras que “asequible” procede de un derivado del verbo latino “assĕqui” (‘conseguir, adquirir’). De ahí que para referirse a objetos que, por su precio moderado, pueden ser adquiridos sin dificultad, se use con preferencia “asequible” («a precio “asequible”») y no “accesible”.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La moda del archisílabo



Como se conoce que hablar en prosa era ya muy fácil, ahora nos deleitamos con la prosa archisílaba; a ser posible, requetesilábica. ¿Ande o no ande, caballo grande?; pues, valga o no valga, palabra larga. La consigna es llenarse literalmente la boca. Ante el temor a empequeñecer, nos encampanamos en nuestros vocablos y acabamos la mar de satisfechos en la grandilocuencia. Si al desgraciado circo del chiste le crecían los enanos, en nuestro circo verbal nos crecen a ojos vistas las palabras. Por alguna regla que al psicólogo del lenguaje le tocaría desvelar, el blablablá ya no lo parece tanto cuando se torna un blablablabla. El caso es disfrazar el vacío. De esto siempre han sabido bastante algunos miembros de la universidad y muchos zotes de la orden de fray Gerundio. Hoy, con la ayuda de los comunicadores y su parentela triunfante, la peste se ha adueñado de todos. Un hablante que se precie ha de discurrir, por lo menos, en pentasílabos. Tiene que medir sus palabras, sí, pero no para elegir la más justa, sino la más rimbombante. No es preciso rastrear tan sólo en ciertas jergas abstrusas del día (verbigracia, la pedagógica) para probar este fenómeno. En nuestro común empeño por prolongar las palabras nada importa, incluso revolver su significado. Así que escogeremos siempre ejercitar en lugar de «ejercer», complementar por «completar», cumplimentar por «cumplir», señalizar por «señalar», climatología por «clima» o «tiempo», metodología por «método», y problemática por «problema». En la reciente consagración universal del comentar, aun a costa de variar su sentido, no es lo de menos que posea una sílaba de ventaja sobre los modestos «contar», «decir» o «hablar». ¿Acaso hay alguna otra razón de más peso para preferir la ética a la «moral» o para que tantos caigan todavía en el preveer?

Es cosa que maravilla cómo, entre gente que enferma al menor esfuerzo conceptual y desconfía por pedante de quien lo intenta; que exige ir a lo concreto y dejarse de abstracciones; que no aguanta la lectura de cuatro folios de tímido pensamiento y acusa a su autor de humillarle con su elevado lenguaje...; entre esa gente, digo, florece la abstracción ampulosa como lo más natural del mundo. Aquí hasta el más lerdo habla como un torpe metafísico en ejercicio. El existir viene a reemplazar en todas partes al «haber», igual que la existencia suple a la «presencia» y la inexistencia a la «carencia» o «ausencia». No se diga, pues, «intención», sino más bien intencionalidad; ni «fin», sino finalidad; ni «potencia» o «capacidad», sino potencialidad; ni «necesidad», sino necesariedad; ni —quizá— «competividad», sino competitividad; ni «crédito», sino credibilidad; ni «voluntad», sino voluntariedad, ni «gobierno» o «gobernación», sino gobernabilidad. La más simple «obligación» se ha convertido en obligatoriedad, el «todo» o «el total» en totalidad (lo mismo que «conjunto» ha venido a parar en globalidad y hasta en globalización), la «razón» deja paso a la racionalidad, el modesto «rigor» se trueca en rigurosidad y la «eficacia» en efectividad. Pero es que toda «disfunción» es disfuncionalidad, así como la «emoción» emotividad, y ya no hay «peligro» sino peligrosidad. Donde estén las motivaciones que se quiten los «motivos», no va usted a comparar, y qué es un «límite» al lado de una limitación y un escueto «valor» si se lo mide con la más sonora valoración, por no mentar la valorización...

Tal vez crean unos de buena fe que las palabras, como sus rostros, se encogen y arrugan, y les conviene un estiramiento. Para otros, ésta es la fórmula segura de alzarse sobre el hablante medio y obtener un secreto prestigio. Y así, lo que comenzó como necio afán de notoriedad por parte de algunos, se expande hasta el infinito gracias al mimetismo de todos los demás. De suerte que ya casi nada se «funda», porque todo se fundamenta (y no en «fundamento» alguno, sino en fundamentaciones); ni nada se «distingue», sino que se diferencia (y la «diferencia» deja su sitio a la diferenciación, lo «diferente» o lo «distinto» a lo diferenciado); ni nada se «usa», pues más bien se utiliza (y hace tiempo que la utilización ha dejado al «uso» en desuso). Puestos a «influir», habrá que influenciar, igual que, metidos a «conectar», lo propio es conexionar y, si se trata simplemente de «formar», más vale, por Dios, conformar o configurar. Los más memos han logrado introducir la incidencia donde vendría a cuento el «efecto» o «impacto», lo incierto por lo «falso», la potenciación por el «impulso» o el seguimiento por el «control».

Claro que, en esta gozosa tarea de descoyuntar el lenguaje ordinario, a menudo mediante la agresión, cada gremio aporta además su particular cagadica. El presunto experto dispone de bula para retorcer el idioma a su antojo, ante la sumisión reverente del resto de legos. El intelectual se recrea en el vehicular frente al «llevar» o «transportar», en el articular frente al «componer» o «enlazar», y lo suyo es problematizar lo que bastaría con «cuestionar». No hay político que no dedique su día a posicionarse y emitir su posicionamiento, en lugar de «pronunciarse», «situarse» o adoptar una «postura» o «decisión», ni del que no se espere que sea ejemplarizante mejor que «ejemplar». Algunos se quejan de resultar criminalizados, que no «incriminados», y otros se disponen a institucionalizar lo que haga falta, sin «instituir» nada. ¿Habrá que referirse aún a la ominipresente negociación, que nunca es un «trato» ni un «diálogo»? Y el, ejecutivo... ah, el ejecutivo de vario- pelaje, que ahora nos ofrece su servicio personalizado (o sea, más que «personal»), ése es hoy un alto militar que ya no proyecta «planes», sino que diseña estrategias. De su boca no faltará el involucrar, porque ha olvidado desde el «abarcar» o «incluir» hasta el «implicar» o «envolver», ni el sobredimensionamiento o la desestructuración de su empresa, para decir yo qué sé...

Seguramente es que vivimos tiempos en que se habla demasiado. Aquella palabra pública, antes reservada a unos pocos y sólo para ocasiones solemnes, rueda hoy incontenible en el espacio, de la publicidad política y de la comercial (esa que todo lo publicita y aun lo serializa). Quienes no han aprendido a valorarla, enseguida la encuentran trivial y están prestos a cambiarla por la primera que se les ofrezca. La feroz competencia para captar el favor del cliente, aturdido por el guirigay, apremia por igual a políticos y mercaderes a renovar cada campaña su mercancía verbal y a dotarla del máximo poder de seducción. Y ese poder en nuestros días no se alcanza por la precisión, la eufonía o la verdad de las voces en juego, sino pura y simplemente por su largura.

Sería fácil demostrar que esa largura, al reducimos en ideas, nos vuelve más cortos. Entretanto, escúchese al comentarista y se sabrá que el encuentro de fútbol finaliza, pero, que no «termina» ni «acaba», por lo mismo que no tiene «final» o «término», sino finalización; y que los goles ni se «meten» ni se «plasman», sino que se materializan. Para el presentador del telediario bombas y bombonas siempre explosionan y nunca «explotan», los bancos se fusionan y jamás se «funden», algunos terroristas quedan reinsertados en lugar de «reinsertos». Portavoces y comunicados de toda laya proponen actuaciones y no «acciones», exigen normativas a falta de «normas» e invocan una reglamentación, que siempre es mejor que un «reglamento». Y a ver quién es el tonto que pertenece hoy a un «grupo» pudiendo formar parte de un colectivo, «promueve» si está en su mano promocionar o encuentra «sentido» a las cosas si les descubre su significación. Ya se ve que este mismo proceso de envaramiento del idioma, más que un hecho «general», es un hecho generalizado. ¿Que una lengua, al fin producto histórico y cosa viva tiene que evolucionar? Pues claro, hombre, pero no está mandado transformarla sólo a golpes de pedantería, ignorancia, pereza o memez de sus usuarios. También está escrito que, quien tenga oídos para oír, que oiga.

jueves, 2 de octubre de 2014

El arresto del desarrollo folicular



Las «falsas cognadas» (o «falsas amigas») son aquellas palabras cuyo significado es diferente del de su equivalente en español.
En nuestro trabajo cotidiano, los correctores de textos médicos nos encontramos muy frecuentemente con estas «falsas amigas», pues la mayor parte de la bibliografía a la que recurren los médicos para elaborar sus trabajos está escrita en inglés. A veces, la traducción de los textos no es del todo profesional, y muchas de estas falsas amigas quedan agazapadas esperando que nadie las descubra. Este es el caso, por ejemplo, de «actual» (de actual, por verdadero, real), «agresivo» (de aggressive, por dinámico, activo, enérgico, audaz) o «silente» (de silent, por asintomático, oculto).
Durante el proceso de corrección de un libro de ginecología, tuve la oportunidad de descubrir una de estas falsas amigas, en un capítulo sobre inducción de la ovulación escrito por una médica argentina. La oración decía:

Estos cambios morfológicos están relacionados con un aumento del estroma ovárico central y el arresto del desarrollo folicular.

¿Qué significa arresto? En el DRAE, leemos:

arresto. m. Acción de arrestar. // 2. Arrojo o determinación para emprender algo arduo. Tener arrestos para algo. // 3. Der. Detención provisional del acusado en un asunto penal. // 4. Der. Privación de libertad por untiempo breve, como corrección o pena.

Es evidente que la oración en español no quiere decir que ‘el desarrollo folicular ha sido privado de su libertad’; por lo tanto, la respuesta está en el diccionario médico bilingüe:

arrest. Detención, parada.

En consecuencia, la traducción correcta será, según el caso:

cardiac arrest: detención cardíaca, paro cardíaco.
developmental arrest: detención del desarrollo.
epiphyseal arrest: detención epifisaria.
heart arrest: detención cardíaca, paro cardíaco.
maturation arrest: detención de la maduración.

La oración del ejemplo se corrigió de la siguiente manera:

Estos cambios morfológicos están relacionados con un aumento del estroma ovárico central y con la detención del desarrollo folicular.

Asimismo, Jochen Gerstner, en su artículo «Anotaciones al léxico ortopédico», hace referencia a las «perlas» pescadas en el Congreso de la Sociedad Colombiana de Cirugía Ortopédica y Traumatología, celebrado en Bogotá, en diciembre de 1989. Allí destaca, entre otros anglicismos, arresto:

Del verbo arrestar, detener y poner preso. Hoy se emplea más comúnmente en el campo judicial y militar. En ortopedia, se oye consagrado en el término «arresto epifisario», copia servil del inglés: to arrest, que significa ‘impedir, detener, retener, atajar, reprimir, arrestar, prender, recluir, capturar’. Es menos jurídico decir «detención epifisaria».

Otros ejemplos de uso incorrecto de arresto en diferentes países

 • Estados Unidos:

Eutanasia: los refugios deben mostrar un respeto por la calidad de vida y ofrecer la muerte más humanitaria posible a los animales enfermos, lesionados o no deseados. Las consideraciones humanitarias requieren que la eutanasia consista en la pérdida rápida del conocimiento, sin dolor, seguida por el arresto cardíaco o respiratorio, y finalmente la muerte.

• Cuba:

Se practica también el arresto epifisario, que se realiza en las tres falanges a la vez con curetaje de toda la placa de crecimiento. Algunos recomiendan la exéresis de la epífisis, pero esto daña la articulación.

• Costa Rica:

La disociación electromecánica se logra instilando solución cardiopléjica en la raíz aórtica y así en la circulación coronaria. Cardioplejía es el arresto cardíaco intraoperatorio con preservación miocárdica inducida por medio de solución cristaloide hiperkalémica.

• México:

Nuestros resultados apuntan a un arresto de la maduración de linfocitos T en una etapa específica, justo antes de que los timocitos dobles positivos (CD+ CD8+) se conviertan en linfocitos maduros positivos para uno delos dos marcadores.

• Puerto Rico:

Ejemplos de emergencias: 1. Dificultad o arresto respiratorio. 2. Arresto cardíaco.

Expandable


Falso amigo ortográfico del inglés “expandable” /ɪksˈpændɪbl/ (“expandible”, “extensible”), totalmente innecesario sobre todo si tenemos en cuenta que, a la hora de copiar a nuestro idolatrado Imperio, también existía la posibilidad de calcar su sinónimo “expansible” /ɪksˈpænsɪbl/, que ya existe en nuestra lengua.
No debe confundirse con el adjetivo “expendable” (/ɪksˈpendəbl/) que, pese al éxito de las películas de acción de Sylvester Stallone, no significa “mercenario” ni “indestructible”, sino “prescindible”.

martes, 30 de septiembre de 2014

Búlder


También denominado “[escalada en] bloque[s]” o “blocar”, es la adaptación gráfica del inglés “bouldering” o “boulder” /ˈbəʊldəʳ/ (“roca”, “peña”, “losa”, “peñasco”) que designa la modalidad de la escalada libre en la que se busca la máxima dificultad reduciendo el uso de accesorios, incluidos los del equipo de seguridad convencional de la escalada (cuerda, arnés, elementos de fijación), limitándose a los pies de gato y poco más. Suele practicarse en bloques de roca o pequeñas paredes de hasta ocho metros de altura para minimizar los daños en caso de caída, además de contar con colchonetas de seguridad (“crash pad” /kræʃpæd/) y la ayuda de compañeros “porteros” en la parte de abajo para que la posible caída no tenga mayores consecuencias.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Expectancia / Expectación


Calco del inglés “expectancy” (/ɪksˈpektənsɪ/), que significa “expectación” o “esperanza de vida” (tanto en solitario como en la expresión “life expectancy”), muy utilizado en el campo de la psicología de la motivación.
También es muy común usar “expectación” (‘inquietud o ansiedad que genera la espera de algo que interesa’, ‘curiosidad o interés’), e incluso la grafía incorrecta “espectación”, con el sentido de “expectativa” (‘espera’, ‘esperanza o posibilidad razonable de que algo suceda’), especialmente en plural, por calco censurable del inglés “expectation” (/ˌekspekˈteɪʃən/).

Emocionalismo

 

Calco del inglés “emotionalism” (/ɪˈməʊʃnəlɪzəm/) utilizado en lugar de “emotividad”, “emoción” o “sentimentalismo” en algunos ámbitos como la filosofía (los “emocionalistas” anteponen las emociones a los juicios morales, legitimando la arbitrariedad en la conducta y en las convicciones) o la religión (concepto de que la fe proviene de las emociones y que éstas aumentan aquélla, dejando de lado los dogmas o las enseñanzas para sustituirlos por testimonios emotivos, música apasionada, “milagros”, etc.)

martes, 23 de septiembre de 2014

Otros palabros (XXV): Conveniar


La primera vez que escuché esta palabra fue en boca de Cristóbal “no tengo remedio” Montoro en una de sus magníficamente crípticas alocuciones: «estamos hablando de “conveniar” y esos “convenios” no van a ser como los actuales: “convenios” que se “convenian” y después, cuando no hay dinero por parte de la Comunidad Autónoma, se retira el dinero y permanece el “convenio”». Pues eso, que el convenio está conveniado. ¿Quién lo desconveniará? El desconveniador que lo desconvenie buen desconveniador será.
Ya en el año 2010, más de dos años antes, la Fundéu respondía a una consulta sobre este término indicando que «la palabra “conveniar” existe, por cuanto se usa y está bien formada. No obstante, todavía no figura en los diccionarios y es probable que haya personas que no la entiendan bien, de modo que es preferible no usarla en contextos donde la precisión es importante.» Tres años más tarde y unos meses después de que nuestro nunca bien ponderado ministro sentara cátedra en el asunto, la misma Fundéu dedicaba una de sus recomendaciones al palabro que hoy nos ocupa: «el verbo “conveniar”, derivado de “convenio”, está bien formado en español, por analogía con otros verbos surgidos a partir de sustantivos terminados en -nio, como “ingeniar”, de “ingenio”, o “testimoniar”, de “testimonio”. A pesar de que la mayoría de los diccionarios aún no recogen el verbo “conveniar”, sí lo hace el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), que lo define como ‘acordar mediante convenio algo’.»
En efecto, se trata de un americanismo empleado en Cuba y Nicaragua. En otros países suele utilizarse la perífrasis “acordar mediante convenio” o bien verbos como “acordar”, “concertar”, “firmar”, “pactar” o “convenir”, que pueden funcionar como sinónimos en la mayoría de los contextos, haciendo innecesario recurrir al neologismo.

Kernel (/ˈk3ːnl/)


Vocablo inglés que significa “pepita”, “grano”, “meollo”; a su vez derivado del alemán “kern” (“núcleo”, “hueso”). Se utiliza en varios campos científicos (matemáticas, química…), pero sobre todo en informática para designar el “núcleo del sistema” o parte principal de un sistema operativo, encargado del manejo de los dispositivos, la gestión de la memoria, del acceso a disco y en general de casi todas las operaciones del sistema que permanecen invisibles.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Lujurioso


El vocablo inglés “luxurious” (/lʌgˈzjʊərɪəs/) se define como ‘sumamente cómodo, elegante o placentero, especialmente si implica un gran dispendio’ (“lujoso”, “de lujo”, “suntuoso”), mientras que el español “lujurioso” tiene un significado bien diferente, ya que está relacionado con la “lujuria” (“lust” /lʌst/), un vicio ‘consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales’ (DRAE).
Puede encontrarse una ligera similitud semántica con una rara acepción de “luxurious” (‘que proporciona placeres excesivos o sensuales’). Sin embargo, traducir “luxurious” por “lujurioso” es tan cómodo como peligroso y puede llevar a situaciones embarazosas y escandalosas, como ocurriría en la frase «The elegant settings of Bateaux London’s “luxurious” restaurant cruisers on the River Thames».
No obstante, “luxurious” y “lujurioso” sí que fueron sinónimos en el pasado. Hay dos acepciones obsoletas de “luxurious” que evocan vívidamente la idea de “lujurioso” (“lustful” /ˈlʌstfʊl/): ‘lascivo, libidinoso’ y ‘apasionadamente deseoso de algo’. Ambas datan del siglo XIV y comenzaron a desaparecer en la segunda mitad del XVII, cuando el término comenzó a utilizarse en un nuevo sentido al referirse a cosas u objetos: ‘lujoso o referido al lujo, caracterizado por o haciendo ostentación del lujo’.
En lo que respecta a la relación entre los vocablos ingleses “luxurious” y “lustful”, su sinonimia estuvo vigente durante “sólo” un siglo y ello fue debido al hecho de que “lustful” se utilizaba meramente para denotar ‘deseo en exceso’, sin connotaciones sexualmente explícitas hasta finales del siglo XVI.
La polisemia ya estaba presente en su origen latino común “luxus” (del indoeuropeo “leug”: ‘girar, doblar’), en el que se entremezclaban tres significados: “exuberancia”, “lujo” y “desenfreno”, aunque todas compartían la connotación básica de “exceso”. Después el español, al contrario que el latín, diferenció claramente entre dos ideas por medio de dos palabras, “lujoso” y “lujurioso”. El inglés, por su parte, expresó ambos sentidos con sólo una palabra (“luxurious”) hasta hace tres siglos, antes de que “lustful” y “luxurious” comenzaran a denotar conceptos diferentes y ésta experimentara una mejora.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Glamurización


Además de lo ya reseñado en su momento sobre el habitual malentendido en el uso del término “glamur” (y sus múltiples variantes), últimamente se ha puesto también de moda el término “glamurización”, calco del inglés “glamorization” /ˈglæməraɪzeɪʃən/ (“idealización”) que a su vez deriva del verbo “glamorize” /ˈglæməraɪz/ (“embellercer”, “hacer parecer más atractivo”).

Literacia


Feo e innecesario calco del inglés “literacy” (/ˈlɪtərəsɪ/) para intentar sustituir a palabras comunes y conocidas por cualquier hispanohablante que se precie, como “alfabetismo” (“literacy rate” o “índice de alfabetismo”), “albafetización” (“literacy campaign” o “campaña de albafetización”), “conocimientos” (“computer literacy” o “conocimientos informáticos”), “don” (“scientific literacy” o “don para las ciencias”) o “lectoescritura” (“literacy test” o “examen —que no test— de lectoescritura”).
Es muy común la expresión “literacia de información” (también “literacia de la información”) para referirse a la destreza o capacidad de identificar, localizar, evaluar, entender y utilizar la información adecuadamente, por medio de un uso óptimo de las nuevas fuentes y tecnologías. No obstante, en este caso el calco también es innecesario, pues el español cuenta con términos como “competencia” o “aptitud”.
Para quienes no se conforman con “literacia”, que sepan que también existe la “numeracia”, calco del inglés “numeracy” (/ˈnjuːmərəsɪ/), que designa la habilidad con los números o para la aritmética.

El que escriba «habrir» no debería graduarse


(Mejor te hiría si habrirías tu halguno).

Escribir habrir es una falta de ortografía tan descabellada e inverosímil que parece un signo de rebeldía, como quien escribe okupa. Sin embargo, cuando una profesora de Hispánicas —letras— y otra de Agrónomos —ciencias— repasan en común mentalmente las faltas más habituales de sus alumnos aparece pronto el dichoso habrir. ¿Cómo llegan a una falta tan rocambolesca? Probablemente, conjeturan las docentes, porque no distinguen «habría» del verbo haber de «abría» (casi siempre escrito sin acento) de abrir. Los fallos ortográficos y de expresión son frecuentes en unos estudiantes que con esa ortografía no hubiesen pisado la Universidad. Los profesores reconocen que el panorama es desolador, pero pocos bajan la nota de un examen por la ortografía y la expresión —menos aún en las carreras de ciencias— y no existen reglas comunes para baremar este asunto en los departamentos de las facultades.


«Hay algo de verdad y algo de tópico. Si no hubiera sido por la métrica, el poeta podría haber dicho tal vez ‘cualquier ortografía pasada / fue mejor’. Antes había un sector de la población que no estudiaba y que apenas sabía escribir. Ese sector hoy ha accedido a la enseñanza y, por supuesto, escribe mejor», explica el académico Salvador Gutiérrez, que fue el encargado de coordinar la Ortografía de la lengua española, el polémico volumen de la RAE. «Sin embargo, los que antes estudiaban debían someterse a un largo y duro aprendizaje de corrección idiomática y, como consecuencia, su ortografía alcanzaba un nivel mucho más elevado que el que tienen los que, por ejemplo, acceden hoy a la Universidad».


«El problema no es solo de ortografía. También, o más, de prosodia. Es decir, la organización de la sintaxis: los puntos, las comas… Entiendo “baca”, pero puedo no entender el discurso si no se organiza bien. Es difícil de marcar, pero no se esfuerzan», plantea Flor Salazar, profesora de Filología Hispánica en la Universidad Complutense. «Por ejemplo, está muy de moda no poner las sangrías después del punto y aparte. Hemos copiado a los anglosajones y eso tenía su utilidad», prosigue. «Yo, cuando era pequeña, todos los días hacía una redacción. Y es lo que deberían de [sic] hacer ahora. Redacción, redacción, redacción. Recuerdo a una compañera de facultad que, hace 40 años, tuvo un cero por escribir “disminutivo”».


Amparo Medina Bocos, profesora jubilada de Lengua en secundaria, remarca también la importancia de las tildes. «No es lo mismo ‘revólver’ que ‘revolver,’ pero está socialmente mejor visto que escribir vailar. Hemos caído en la dejadez. En la calle lees cafeteria y antiguedades. Nada».


«Si un estudiante escribe que la toma de la Bastilla tuvo lugar en 1787 es probable que no obtenga un sobresaliente, aunque quizá tampoco un suspenso. Pero si escribe que la toma de la Bastilla tuvo lugar en 1987, o —como parece que escribió una vez cierto estudiante— que lo que tuvo lugar en 1789 fue la toma de la Pastilla, entonces no necesita una calificación, sino en rigor un aviso de que no ha llegado a ponerse en condiciones de ser calificado en un examen de Historia», opina José Luis Pardo, catedrático de Filosofía en la Complutense. «Creo que este es el mismo caso de las faltas de ortografía (cuando son graves): no es lo mismo si un alumno de primero de Filosofía escribe Witgenstein con una te de menos que si escribe el dever ser con uve. Hay que suspenderle, claro está. No hay otra manera de hacerle notar que no cumple las condiciones, pero conviene que se entere de que ha suspendido no por falta de conocimientos, sino por no reunir las condiciones previas necesarias para poder ser calificado. Es como si en la escuela de ingenieros se preguntasen si hay que ser exigentes en la construcción de puentes o si se debe levantar un poco la mano, aunque algunos viaductos se caigan a la primera ventolera».


Pardo modela a los próximos filósofos y José Manuel Sánchez Ron, en la Autónoma de Madrid, a los que un día serán físicos. Este cuatrimestre el académico de la Lengua ha decidido bajar la puntuación en Historia de la Ciencia, una asignatura optativa, por los fallos «aunque de una manera generosa; no condicionará su aprobado. He tomado esta decisión individual a la vista de que no conduce a nada decirles que presten atención porque saldrán mejor preparados». El primer día de clase, el científico les recuerda la importancia de escribir bien. «Les digo que no soy su colega y, por tanto, que no pueden escribir como un SMS a los amigos».


El inglés es la lengua franca en ciencias, pero se niega a que se escuden en el argumento de que lo importante es ser capaces de resolver las fórmulas y problemas. «Es la manifestación de un movimiento posmoderno. La ortografía no es un juicio relativo, es una ley absoluta», dice Ron.


Consensuar que se valore la forma y no solo el contenido de lo escrito no parece fácil. Hace una década un grupo de profesores de Hispánicas en la Complutense propuso al decanato un reglamento común al que ampararse ante las quejas estudiantiles, pero este adujo que el asunto no era de su competencia. «Debe bajarse la nota (incluso hasta llegar al suspenso) cuando se trata de faltas graves y/o muy reiteradas. No debería ser preciso ningún reglamento, como tampoco para ir a clase completamente vestido y calzado o no entrar en el aula con mascotas, y el simple decoro (el sentimiento de vergüenza ante el reproche común) debería bastar para que se inhibieran los infractores», sugiere Pardo. Aunque, realista, concluye: «Está claro que esto ha dejado de ocurrir, de modo que es preferible que haya una norma común, si fuera posible de Estado, porque esto sería lo más parecido a no tener que estar todo el rato advirtiendo lo que en realidad no haría falta advertir porque es de sentido común».


Que se lo digan a un profesor de un grado en Comunicación en una prestigiosa universidad pública española enfrentado a sus alumnos por su decisión de rebajar la nota con las faltas. Eso ha supuesto el suspenso de más de uno. «La culpa es de los alumnos, claro, pero también de los docentes. Rebajamos mucho el listón y obviamos la necesidad de subrayar que se debe escribir correctamente en cualquier caso, pero más en el nuestro, porque somos profesionales de la palabra», sostiene desde el anonimato. «Algunos alumnos te dicen que se tiene que valorar solo el conocimiento de la materia y no cómo se escriben las palabras porque para eso existen correctores. Pero en las redacciones apenas queda esa figura y ya no hay tiempo para corregir. Y, aunque los hubiera, no sería excusa».


Este docente esboza un presente y futuro negro en la Universidad: «La comunidad educativa tiene cada vez más miedo a imponerse. Los alumnos se atreven a decir y hacer cosas que en nuestra generación nunca habríamos hecho, y los profesores se asustan —en algunos casos— o, sencillamente, evitan los problemas porque, con la crisis, ven recortados sus ingresos, aumentado su trabajo y lo último que les apetece es enfrentarse a reclamaciones y quejas».


En la Comunidad Valenciana quieren ponerle coto a las faltas en las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad), eso sí, solo en las asignaturas de Lengua y Literatura II. En la Selectividad se rebajará hasta tres puntos por las faltas (0,25 por las grafías y 0,15 por las tildes), un descuento que llegará a los cuatro en 2015. El recorte es paulatino para dar tiempo a los institutos a que solventen el problema. La reforma de los planes de estudio del Ministerio de Educación prevé también reválidas al terminar la primaria y la secundaria. Dos pruebas externas que quizá obliguen al profesorado a hacer hincapié en la ortografía.


«Terminar con las faltas es complicado porque el resto de profesores consideran que es un tema de Lengua que no les compete y no bajan la nota», lamenta Javier López, periodista de formación y docente de Lengua en el instituto Serranía de Alozaina (Málaga). Existe también la queja inversa: ¿si no le suspende el de Lengua, cómo lo voy a hacer yo en Historia? «El español no es patrimonio de los profesores de Lengua. Es de todos. Y cada uno en su ámbito tiene que enseñar su léxico y en clase de Matemáticas no puedes dejar que un niño escriba hangulo. No puedes», razona Medina Bocos.


Hace tres cursos, López, de 37 años, comenzó a ser profesor de Lengua y Literatura y le sorprendió «una didáctica del siglo XIX en el XXI». En su opinión, para mejorar la ortografía «ya no sirve, como funcionó con generaciones anteriores, hacer dictados o copiar muchas veces una palabra mal escrita». Él mantiene contacto a través de las redes sociales con sus alumnos y les obliga a expresarse con corrección. «Cuando escribías una carta te esforzabas, aunque fuese a un amigo, porque era algo de lo que quedaba constancia y decía mucho de ti. Por eso quiero que entiendan que en Tuenti o en Facebook también se puede escribir bien y tienen que elevar el registro. La relación alumno-profesor no puede ser la misma que entre ellos». López saltó a los medios con su campaña Tu ignorancia me alimenta. «Por cada falta que le restaba puntos en el examen tenían que traer un producto si querían recuperar la nota», recuerda. Y así donaron 500 kilos de comida.


No todo son malas noticias. Hay una minoría muy preocupada por la lengua. Lo constatan en el departamento de dudas de la RAE, Español al Día, que recibe un centenar de preguntas diarias. «Cada vez más gente accede a la educación media y superior y un buen dominio de la herramienta lingüística es imprescindible para acceder a puestos de trabajo cualificados. También ahora hay más medios para obtener información y resolver cuestiones lingüísticas, como los diccionarios de dudas o servicios como el nuestro, que permiten a los hablantes obtener respuesta a sus preguntas sin tener que buscarla por sí mismos en manuales de gramática u obras de referencia, a menudo difíciles de entender y digerir», cuentan.


El descrédito del uso del lenguaje es tal que unas oposiciones a Policía Municipal en Las Palmas de Gran Canaria levantaron polvareda el año pasado por esta razón. Cien candidatos denunciaron ante el registro del Ayuntamiento la prueba ortográfica que solo aprobaron 17 de los 168 opositores. La prueba consistía en descubrir los fallos de 22 frases en 10 minutos. La cuestión es: ¿debe el Estado bajar el nivel requerido? «No es que las instituciones hayan de ser severas, sino justas», matiza Gutiérrez, también catedrático de Lingüística en la Universidad de León. «Los que desean acceder a un puesto de la Administración no solo han de conocer los asuntos que atañen a la plaza a la que concursa, sino también a la lengua en que se expresan. Si los policías tienen que redactar informes o levantar actas, han de demostrar en la oposición que pueden hacerlo de forma correcta».


El filósofo Pardo no da crédito: «Denuncian al Estado los infractores de la norma más elemental para la convivencia (el uso respetuoso y compartido de la lengua), pero si el Estado permitiese las infracciones, que es lo que sí sería un delito atroz y una dejación escandalosa, nadie pondría una denuncia. Todo un ejemplo de moralidad pública». Y se muestra categórico: «Los organismos no deben dejar de castigar a los infractores de la ortografía como no dejan de hacerlo con los infractores de las normas de tráfico».

(Especialidad de Neumonología del Hospital Universitario de Burgos).

Con la reforma educativa del ministro Wert, los alumnos de secundaria recibirán un 25 % más de clase de Inglés, Matemáticas y Lengua. Quizá entonces el drama de las faltas se acabe o, al menos, se aminore. De alcanzarse este objetivo, será el adiós al hit del momento: ola k ase.


Se + han = «san».
- El punto final no existe y las frases no arrancan con mayúsculas. Estas se usan indistintamente.
- «Haber» y «a ver» es el mayor quebradero de cabeza.
- Por contagio de la manera de escribir por móvil desaparece la "ch", que pasa a ser "x". Mucho es muxo.
- La "g" es hoy "w". Uno no es guapo sino wapo.
- Las palabras acortadas en los apuntes de clase —"tb" por también o "pq" por porque— se ven en los exámenes.
- Los términos se funden: derrepente, asique, osea.
- «Hecho» de hacer y «echo» de echar no se distinguen.
- Aparecen nuevas palabras como el gerundio tuviendo.
- Una "s" por una "x" (espectativas) y una "n" que no existe (transtorno).