sábado, 30 de agosto de 2014

El «beautiful peppers» o el «happy octupus», traducciones que tienen los menús españoles


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Los turistas que vienen a España tienen la opción de deleitarse los ojos con la traducción de nuestros menús. Aunque parezca de chiste, las «potatoes bravas» o el «beautiful peppers» son de verdad, y lo cierto es que se lo pasan en grande cuando ven las traducciones literarias [sic] que hacemos de algunos platos.
Aunque parezcan cosas que sólo se pueden ver en chistes de redes sociales, las traducciones literarias [sic] de las cartas de los restaurantes gracias a los sistemas informáticos y las traducciones automáticas son de verdad. Cosas como «she came in a bottle» para referirse a «vino en botella» no son cosa de broma, son de verdad... y los extranjeros evidentemente no tienen ni idea de qué quieren decir esas frases.
A saber cómo se las apañan para pedir en cartas que son un auténtico cúmulo de horrores ortográficos ante sus ojos. Eso sí, se lo toman a risa, y lo cierto es que no es para menos. Cómo no disfrutar la vista con el «pulpo a la gallega», o «happy octopus», o con las «potatoes bravas» cuando uno quiere unas «patatas bravas». Y para rematar, un «beautiful peppers», o «bonito con pimientos».

viernes, 29 de agosto de 2014

Otros palabros (XXI): Crecimiento negativo y otros tecnicismos

Una de las pruebas fehacientes de que los políticos y los economistas que los asesoran están convencidos de que el ciudadano medio es imbécil redomado es esta especie de oxímoron eufemístico propio del neolenguaje políticamente correcto que nos vemos obligados a sufrir en la actualidad.


Si preguntáramos a algún miembro de ese gremio, nos diría que el término es «técnicamente correcto» —pese a que en todo caso debería ser “cambio”, “incremento” o, mejor aún, “decremento” (Δ), nunca “crecimiento”—, pero cualquiera con dos dedos de frente se dará cuenta de que el objetivo de esta antífrasis semánticamente incoherente es enmascarar su verdadero significado (“decrecimiento” o “contracción”) para apaciguar al rebaño. Del mismo modo, tampoco existen las “ganancias negativas” o los “beneficios negativos”, sino las “pérdidas” (y, por supuesto, tampoco existe el “crecimiento cero”, sino el “estancamiento”). Y es que estamos hablando de una pseudociencia en la que los “beneficios empresariales” son “excedentes”, pero los beneficios del trabajador son “costes laborales”, algo con lo que nos han machacado tanto que han conseguido incorporarlo a nuestro subconsciente («excedente bueno, coste malo»). Está por ver si se habla de “drecimiento positivo” cuando vuelva el crecimiento; me temo que no.


Hay muchos otros ejemplos de eufemismos que pretenden disfrazar la realidad:
o   “Activos adjudicados” (“inmuebles embargados a deudores desahuciados”).
o   “Actualización de precios” (“subida de tarifas”).
o   “Aterrizaje suave de los precios” (“pinchazo de la burbuja inmobiliaria”).
o   “Auxiliar técnico de clasificación y reparto” (“cartero”).
o   “Bajas civiles” o “daños colaterales” (“muertes”).
o   “Barrio de tipología especial” (“poblado de chabolas”).
o   “Brazo armado” (“grupo terrorista”).
o   “Campechano” (“chabacano”).
o   Catering social” (“comida de beneficencia”).
o   “Cese temporal de la convivencia” (“separación” o “divorcio”).
o   “Concurso de acreedores” (“suspensión de pagos”).
o   “Conflicto laboral” (“huelga”).
o   “Controlador de accesos” (“portero”).
o   “Copago” (“repago”).
o   “Cosméticamente diferente” (“feo”).
o   “Dentición alternativa” (“dentadura postiza”).
o   “Desindexación” (“pérdida de poder adquisitivo”).
o   “Económicamente explotado” o “persona en situación de precariedad” (“pobre”).
o   “Flexibilidad laboral” (“facilidades para el despido”).
o   “Fuerte” (“obeso”).
o   “Gravamen complementario” o “consolidación fiscal” (“subida de impuestos”).
o   “Impacto asimétrico de la crisis” (“siempre pagan los mismos”).
o   “Incursiones aéreas” (“bombardeos”).
o   “Inminente cambio de paradigma profesional” (“despido”).
o   “Institución penitenciaria” (“cárcel”).
o   “Interrupción del embarazo” (“aborto”).
o   “Intervención humanitaria” o “campaña militar” (“guerra colonial”).
o   “Inversión estratégica” (“inversión deficitaria”).
o  “Medidas excepcionales para incentivar la tributación de rentas no declaradas”, “afloramiento de bases” o “regularización de rentas y activos no declarados” (“amnistía fiscal” o “blanqueo de capitales”).
o   “Mejora del vínculo democrático” (“pucherazo en las elecciones locales”).
o   “Métodos de persuasión” (“torturas”).
o   “Moderación salarial” o “apretarse el cinturón” (“bajada de sueldos”).
o   “Persona bajita” (“enano”).
o “Persona con capacidades diferentes” (“discapacitado”, que ya es en sí un eufemismo —fallido— de “minusválido”).
o   “Procedimiento de ejecución hipotecaria” (“desahucio”).
o   “Racionalización de la red de oficinas”, “ajuste de plantilla” o “expediente de regulación de empleo” (“despidos colectivos”).
o   “Reformas estructurales necesarias” u “optimizaciones” (“recortes”).
o   “Relevar” (“despedir”).
o   “Repliegue táctico” (“retirada”).
o   “Restablecer el orden” (“dispersar a los manifestantes”).
o   “Reto” o “desafío” (“crisis” o “problemas”).
o   “Sección de contactos” (“explotación sexual”).
o   “Servicios de información” (“espionaje”).
o   “Socializar el debate interno” (“discutir”).
o   “Tensiones de tesorería” (“quiebra”).
o   “Titularidad indirecta del Estado” (“nacionalización”).
o   “Usuario” o “cliente” (“paciente” o “enfermo”).
o   “Vehículo de liquidación a largo plazo” o “Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria” (“banco malo”).


Además, la penúltima crisis financiera ha afinado la habilidad de nuestros politicastros a la hora de enmascarar las decisiones impopulares con expresiones edulcoradas (provocando en ocasiones la hilaridad de la prensa internacional, como en el caso de la revista Time y su titular “Tú dices tomate, yo digo rescate” cuando nuestros próceres se empecinaron en negar a toda costa que España hubiera sido rescatada e insistían en llamarlo “línea de crédito”):
o   Artur Mas: “tique moderador sanitario”.
o   Cristóbal Montoro: “novedad tributaria”.
o   Fátima Báñez: “movilidad exterior”.
o   Ignacio González y Javier Fernández Lasquetty: “externalización”.
o  José Luis Rodríguez Zapatero: “desaceleración económica”, “condiciones adversas”, “deterioro del contexto económico”.
o  Luis de Guindos: “préstamo en condiciones extremadamente favorables”, “apoyo financiero”, “deterioro adicional importante”.
o   María Dolores de Cospedal: “indemnización en diferido en forma de simulación”.
o   Mariano Rajoy: “devaluación competitiva de los salarios”.
o   Marina del Corral: “impulso aventurero de la juventud”.
o   Soraya Sáenz de Santamaría: “recargo temporal de solidaridad”.


Estos son los mismos elementos que, fieles a la máxima de que lo que no se nombra no existe (y eso que Rajoy insistió en que llamaría «al pan, pan y al vino, vino»), nos hablan de Educación y Sanidad “gratuitas”, intentando que olvidemos que las pagamos con nuestros impuestos, de los más altos de la UE en proporción a las rentas del trabajo (ya que las rentas del capital poco contribuyen).


Incluso en mi pequeña capital de provincias se pergeñó un imaginativo circunloquio para intentar distraer al lector sobre el gran número de sucursales bancarias que se han cerrado en varias poblaciones: «Las entidades financieras redefinen su presencia en los pueblos pequeños».


Del mismo modo que en 1984 Gran Hermano cambiaba la Historia para tener controlado al pueblo, hoy en día los políticos promocionan el eufemismo para que nuestro vocabulario, en lugar de adecuarse a nuestros intereses, lo haga a los suyos y a los de sus amos de la banca, las corporaciones y otros grupos de interés (propietarios de la gran mayoría de medios de comunicación). Como ya nos advertía Álex Grijelmo allá por 1987, «El problema radica en el peligro de que nuestro propio sistema lingüístico esté manipulado antes de que pronunciemos palabra: en que las expresiones que a un determinado grupo no le convienen las pensemos entre algodones. No sólo que las pronunciemos con suavidad y temor, sino que incluso aniden en nuestro subconsciente previamente edulcoradas. De ese modo, los verdaderos conceptos parecen darnos miedo, y la realidad queda entonces disfrazada y escondida».


El riesgo, también en palabras del presidente de la agencia Efe, estriba en que «Cuando las personas ya se han acostumbrado tanto a esa palabra que lo asocian inmediatamente al concepto que se quería edulcorar, deja de ser un eufemismo y hace falta buscar otro para taparlo.»
Pero no sólo se conforman con el eufemismo barato, sino que hay virtuosos que se atreven con la metáfora facilona, como cuando los economistas se meten a dietistas y nos dicen que «tenemos mucha grasa, debemos hacer dieta y entonces volveremos a estar bien» (intentando convencer al ciudadano de que ha estado “comiendo demasiado” y ahora le toca “adelgazar”, y que esa “dieta”, aunque le duela, es lo mejor que le puede pasar) o utilizan la imagen de la resaca (cargando la culpa en quien la sufre, por haberse “emborrachado”, dando a entender que todo el que lo está pasando mal es porque ha “cometido excesos”).

jueves, 28 de agosto de 2014

Otros palabros (XX): Comunitarizar


Feo verbo, si bien correctamente formado y habitual desde hace años en la jerga europea, relativo a transformar algo en comunitario, a dar a algo o a alguien carta de naturaleza comunitaria, respecto de la Comunidad Europea.

martes, 26 de agosto de 2014

Modernos y elegantes



Desde que las insignias se llaman pins; los homosexuales, gays; las comidas frías, lunchs, y los repartos de cine, castings, este país no es el mismo. Ahora es mucho más moderno. Durante muchos años, los españoles estuvimos hablando en prosa sin enteramos. Y, lo que es todavía peor, sin damos cuenta siquiera de lo atrasados que estábamos. Los niños leían tebeos en vez de comics, los jóvenes hacían fiestas en vez de parties, los estudiantes pegaban posters creyendo que eran carteles, los empresarios hacían negocios en vez de business, las secretarias usaban medias en vez de panties, y los obreros, tan ordinarios, sacaban la fiambrera al mediodía en vez del catering. Yo mismo, en el colegio, hice aerobic muchas veces, pero como no lo sabía —ni usaba, por supuesto, las mallas adecuadas—, no me sirvió de nada. En mi ignorancia, creía que hacía gimnasia.


Afortunadamente, todo esto ya ha cambiado. Hoy, España es un país rico a punto de entrar en Maastricht, y a los españoles se nos nota el cambio simplemente cuando hablamos, lo cual es muy importante. El lenguaje, ya se sabe, es como la prueba del algodón: no engaña. No es lo mismo decir bacon que tocino —aunque tenga igual de grasa—, ni vestíbulo que hall, ni inconveniente que handicap. Las cosas, en otro idioma, mejoran mucho y tienen mayor prestancia. Sobre todo en inglés, que es el idioma que manda.


Desde que Nueva York es la capital del mundo, nadie es realmente moderno mientras no diga en inglés un mínimo de cien palabras. Desde ese punto de vista, los españoles estamos ya completamente modernizados. Es más, creo que hoy en el mundo no hay nadie que nos iguale. Porque, mientras en otros países toman sólo del inglés las palabras que no tienen —bien porque sus idiomas son pobres, cosa que no es nuestro caso, o bien porque pertenecen a lenguajes de reciente creación, como el de la economía o el de la informática— nosotros más generosos, hemos ido más allá y hemos adoptado incluso las que no nos hacían falta. Lo cual demuestra nuestra apertura y nuestra capacidad para superarnos.


Así, ahora, por ejemplo, ya no decimos bizcocho, sino plum-cake, que queda mucho más fino, ni tenemos sentimientos, sino feelings, que es mucho más elegante. Y de la misma manera, sacamos tickets, compramos compacts, usamos kleenex, comemos sandwichs, vamos al pub, quedamos groggies, hacemos rappel y, los domingos, cuando salimos al campo —que algunos, los más modernos, lo llaman country—, en lugar de acampar como hasta ahora, vivaqueamos o hacemos camping. Y todo ello, ya digo, con la mayor naturalidad y sin damos apenas importancia.


Obviamente, esos cambios de lenguaje han influido en nuestras costumbres y han cambiado nuestro aspecto, que ahora es mucho más moderno y elegante. Por ejemplo, los españoles ya no usamos calzoncillos, sino slips, lo que nos permite marcar paquete con más soltura que a nuestros padres; ya no nos ponemos ropa, sino marcas; ya no tomamos café, sino coffee, que es infinitamente mejor, sobre todo si va mojado, en lugar de con galletas, que es una vulgaridad, con cereales tostados. Y cuando nos afeitamos, nos ponemos after-shave, que aunque parezca lo mismo, deja más fresca la cara.


En el plano colectivo ocurre exactamente lo mismo que pasa a nivel [sic] privado: todo ha evolucionado. En España, por ejemplo, hoy la gente ya no corre: hace jogging o footing (depende mucho del chándal y de la impedimenta que se le añada); ya no anda, ahora hace senderismo; ya no estudia: hace masters; ya no aparca: deja el coche en el parking, que es muchísimo más práctico. Hasta los suicidas, cuando se tiran de un puente, ya no se tiran. Hacen puenting, que es más in, aunque, si falla la cuerda, se matan igual que antes. Entre los profesionales, la cosa ya es exagerada. No es que seamos modernos; es que estamos ya a años luz de los mismísimos "americanos" [sic]. En la oficina, por ejemplo, el jefe ya no es el jefe; es el boss, y está siempre reunido con la public-relations y el asesor de imagen o va a hacer business a Holland junto con su secretaria. En su maletín de mano, al revés que los de antes, que lo llevaban repleto de papeles y de latas de fabada, lleva tan sólo un teléfono y un faxmodem por si acaso. La secretaria tampoco le va a la zaga. Aunque seguramente es de Cuenca, ahora ya no lleva agenda ni confecciona listados. Ahora hace mailings y trainings —y press-books para la prensa—, y cuando acaba el trabajo va al gimnasio a hacer gym-Jazz o a la academia de baile para bailar sevillanas. Allí se encuentra con todas las de la jet, que vienen de hacerse liftings, y con alguna top-model amante del body-fitness y del yogourt desnatado. Todas toman, por supuesto, cosas light, y ya no fuman tabaco, que ahora es una cosa out, y cuando acuden a un cocktail toman bitter y roastbeef, que, aunque parezca lo mismo, es mucho más digestivo y engorda menos que la carne asada.


En la televisión, entre tanto, ya nadie hace entrevistas ni presenta, como antes, un programa. Ahora hacen interviews y presentan magazines, que dan mucha más prestancia, aunque aparezcan siempre los mismos y con los mismos collares. Si el presentador dice mucho O. K. y se mueve todo el rato, al magazine se le llama show —que es distinto que espectáculo—, y si éste es un show heavy, es decir, tiene carnaza, se le adjetiva de reality para quitarle la cosa cutre que tendría en castellano. Entre medias, por supuesto, ya no nos ponen anuncios, sitio spots, que, aparte de ser mejores, nos permiten hacer zapping. En el deporte del basket —que antes era el baloncesto—, los clubs ya no se eliminan, sino que juegan play-offs, que son más emocionantes, y a los patrocinadores se les llama sponsors, que para eso son los que pagan. El mercado ahora es el marketing; el autoservicio, el self-service; el escalafón, el ranking; el solomillo, el steak (incluso aunque no sea tártaro); la gente guapa, la beautiful, y el representante, el manager. Y desde hace algún tiempo, también, los importantes son vips; los auriculares, walk-man; los puestos de venta, stands; los ejecutivos, yuppies; las niñeras, baby-sitters, y los derechos de autor, royalties. Hasta los pobres ya no son pobres. Ahora los llamamos homeless, como en "América" [sic], lo que indica hasta qué punto hemos evolucionado.


Para ser ricos del todo y quitarnos el complejo de país tercermundista que tuvimos algún tiempo y que tanto nos avergonzaba, sólo nos queda ya decir siesta —la única palabra que el español ha exportado al mundo, lo que dice mucho en favor nuestro— con acento "americano" [sic].


lunes, 25 de agosto de 2014

Honesto / Honestidad


Según el contexto, puede ser una correcta traducción del inglés “honest” (/ˈɒnɪst/) o un falso amigo. “Honest” puede traducirse por “honesto” en casi todos los casos salvo cuando se refiere a ‘frank, sincere, open and direct’, cuando debe traducirse por “franco”, “claro” o “sincero”. De hecho, la expresión más comúnmente calcada es el típico “to be honest”, que se suele traducir erróneamente por “para ser[te] honesto” en lugar de “a decir verdad”, “para serte sincero” o “lo cierto es que”.
Así, nuestra “honestidad” (“decencia”, “pudor”, “recato”) equivaldría al inglés “modesty” (/ˈmɒdɪstɪ/), mientras que nuestra “honradez” (“integridad”, “probidad”, “rectitud”) equivaldría al inglés “honesty”. La acepción de “honestidad” como sinónimo de “sinceridad” es absolutamente extraña al castellano, lengua en la que con toda naturalidad se puede ser “franco” y, al mismo tiempo, “indecente”, “indecoroso”, “desvergonzado”, “golfo”, “insensato” y “ladrón” (es decir, todo menos “honesto”, pero con absoluta “sinceridad”).
Aunque incluso el DRAE recoje “honesto” y “honrado” como sinónimos desde 1869, se trata de acepciones relativamente recientes, como explicaba D. Fernando Lázaro Carreter en su columna La omnímoda vigencia de la honestidad: «Ahora se califica de “honestos” a quienes antes se calificaba de “honrados”. Definían los académicos dieciochescos “honradez” como ‘Aquel género de pundonor que obliga al hombre de bien a obrar siempre conforme a sus obligaciones, y cumplir la palabra en todo’, y “honestidad” como ‘moderación y pureza contraria al pecado de la lujuria’. Hoy se acabó la distinción, y la “honradez” ha sido prácticamente jubilada: la “honestidad” ha invadido vorazmente su territorio semántico.»
La distinción comenzó a volverse borrosa en la primera mitad del siglo XX, aunque todavía en 1970 D. Salvador de Madariaga nos regalaba una de las definiciones más ingeniosas y claras: «en español, si se me perdona una definición somera y algo cínica, la “honradez” es la conducta limpia de la cintura para arriba, y la “honestidad” lo es de cintura para abajo».
Volvamos a Lázaro Carreter para que nos explique el porqué de tal alteración semántica: «en el plenario influjo del inglés hay que buscar la causa de la confusión». Idea esta de la influencia foránea, ya sea del inglés “honest” o del francés “honnête” (/ɔnɛt/), que también comparten otros eruditos como Torrents del Prats. Lo que está claro es que ni el inglés ni el francés establecieron tan enérgica diferencia entre “honrado” y “honesto” como nuestra lengua, quizá por la obsesión con la honra que caracterizaba a los españoles antiguos.
Hoy en día, la asimilación semántica entre el inglés “honest” y el español “honesto” está consiguiendo reducir drásticamente la frecuencia de uso de la palabra “honrado”.
Etimológicamente, el significado también es confuso. Tanto “honest” como “honesto” vienen del latín “honestus”, una palabra que combinaba los significados actuales de “honrado” y “honesto”: ‘honorable, conforme a la moral, virtuoso’. De hecho, la misma confusión se dio también en el inglés y francés antiguos, en los que “honest” y “honnête” estaban relacionado con el “honor”, “probidad” o “integridad” en el caso de los hombres, o con la “virtud” o la “castidad” en el de las mujeres («Una mujer honesta es un tesoro escondido», sentencia una máxima de Rochefoucauld), significados que fueron quedando paulatinamente obsoletos con la evolución de las costumbres sexuales, y sustituidos por la acepción utilizada hoy en día. Incluso “les honnêtes filles” es un eufemismo antifrásico e irónico en francés para “prostitutas”.

viernes, 1 de agosto de 2014

Floodear


A partir del verbo inglés “flood” /flʌd/ (“inundar”, “saturar”, “desbordar”, “anegar”, “abrumar”) se forma este innecesario calco utilizado en la jerga informática («estaba “floodeando” mucho y le tiraron el post») para designar la participación desmesurada de un usuario en un foro de internet sin aportar información relevante, repitiendo constantemente los mismos mensajes, o la participación en cualquier discusión con la intención de tomar protagonismo y evitar que discurra normalmente. Es un comportamiento mal visto y suele ser castigado con la expulsión del usuario.
Como sustantivo, un “flood” consiste en mandar a alguien mucha información en poco tiempo para intentar que se sature.