viernes, 31 de enero de 2014

Core business (/kɔːʳˈbɪznɪs/)


Expresión inglesa empleada para designar la actividad que constituye el centro de las acciones de una empresa y suele coincidir con su negocio originario. Puede reemplazarse en español por “actividad principal”, “actividad esencial” o “negocio principal”, que tienen el mismo sentido. No es muy acertada la traducción literal “corazón de la empresa”.

jueves, 30 de enero de 2014

Montar (las escaleras)


Mucha atención a los tacañones que prefieren utilizar el Google Translate antes que pagarle cuatro perras al traductor de turno, ya que no es lo mismo “montar” unas escaleras (armalas, juntar sus piezas…) que “subir” unas escaleras, y cada vez son más los periódicos, páginas de internet, etc. en donde nos encontramos con el espantoso calco “montar las escaleras”, del francés “monter les escaliers” (subir las escaleras). Como muestra, véase este incomprensible texto sobre un “sillón elevador de escalera” (es decir, “[plataforma] salvaescaleras”) que «puede significar la diferencia entre quedarse en ti en [sic] casa o tener que mover».

Intensificar: verbos alternativos



“Reforzar”, “fortalecer”, “fomentar”, “aumentar”, “redoblar”, “incrementar”, “impulsar”, “reactivar”, “acentuar”, “avivar”, etc. son alternativas al verbo “intensificar” del que, en ocasiones, se abusa innecesariamente.
Es común encontrar en la prensa que se “intensifican” los lazos comerciales, las relaciones, la cooperación o la participación; pero los lazos también se pueden “reforzar”, las relaciones se “fortalecen”, la cooperación se “fomenta” y la participación puede tratar de “aumentarse”.
Con frecuencia aparece en los medios que se “intensifican” los esfuerzos, las actividades, las iniciativas, unas medidas, una determinada campaña e incluso el cambio. Los esfuerzos pueden “redoblarse”, las actividades “incrementarse”, las iniciativas y las campañas “impulsarse”, unas medidas pueden “reactivarse” y el cambio “promoverse”.
Leemos u oímos habitualmente que se intensifica un debate, una inversión en algo, una sospecha, las tensiones, los combates, las críticas o las protestas; cuando los debates se pueden también “alimentar”, las inversiones “aumentar”, las sospechas “acrecentarse”, la tensión “acentuarse”, los combates “avivarse” y las críticas y las protestas “arreciar”.
Aunque, en rigor, el empleo de estas palabras con el verbo “intensificar” no es en ningún caso incorrecto, es conveniente recordar que el español ofrece múltiples alternativas y que el hablante puede escoger la del matiz más adecuado a cada caso.

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Cómo puedo ayudarlo?


Trasposición literal del inglés “how may I help you?”, en lugar de otras posibilidades más propias como “¿qué desea?”, “¿en qué puedo servirle?” o “¿qué puedo hacer por usted?”.

¿Pero qué demonios dice aquí?



La aparición del cine, y posteriormente de la televisión, ha marcado una de las fases más importantes de la historia de las comunicaciones. En poco tiempo, dichos medios pasaron a constituir un soporte rápido y eficaz de difusión de información y de ocio y, dado que la gran mayoría de las emisiones provenían (y provienen) de los EE. UU., la traducción surgió como un intermediario indispensable entre los distintos países, entre las diversas culturas.
Aún cuando la televisión pueda servir de mecanismo de unificación y didáctica de las lenguas, resulta también un infortunado coladero de calcos del inglés, de expresiones artificiales e incluso absurdas con las que nos sentimos bombardeados cada día. Entre los años 1960 y 1975, los doblajes realizados en México, Puerto Rico y Florida se convirtieron en una cantera de giros no existentes en el español, como es el caso de «¡Déjame sólo!» (Leave me alone), cuando en nuestro idioma siempre se había dicho «¡Déjame en paz!».
Muchos de estos anglicismos, en ocasiones muy obvios, pasaron desapercibidos para el ajustador y el director de doblaje, e incluso para parte de la audiencia, que desde entonces ha asistido de manera pasiva a un fenómeno lingüístico sin precedentes. Una cantidad considerable de palabras se han traducido de forma poco acertada y se escuchan a diario en los medios de comunicación. Son expresiones a las que ya nos hemos acostumbrado y que aceptamos sin escrúpulos. Afortunadamente, algunos de estos giros no se han introducido en nuestra habla cotidiana. Es decir, que no nos sorprende oírlos, pero tenemos la suficiente conciencia lingüística como para no utilizarlos. Esto ocurre principalmente en el lenguaje vulgar o malsonante. Pongamos un ejemplo: imaginemos que nuestro hijo regresa a casa a las cinco de la mañana cuando se supone que había salido a tomar un helado a las siete de la tarde. Lógicamente estamos preocupados, ansiosos y hasta furiosos. Sinceramente: ¿cuántos de nosotros diríamos, «¿dónde demonios has estado?»? En la misma línea, ¿cuántos exclamaríamos «¡diablos!» al recibir un martillazo en el pulgar? Casi puedo permitirme el lujo de afirmar que la respuesta es un cero rotundo. Sin embargo, estas interjecciones, calcadas del inglés hell, se suceden día tras día en nuestro televisor.
Ante esta coyuntura evidente, es labor de los traductores asegurarse de que estos errores no se reproduzcan. De hecho, son cada vez más los profesionales que huyen del conformismo y rechazan la cómoda excusa de «es que la gente ya está acostumbrada a oírlo». Estos traductores, en un contexto como el expuesto en el primer ejemplo, sustituirían «demonios» por los castizos «coño» o «cojones», que resultarían más pertinentes. Del mismo modo, en el segundo caso dirían «¡mierda!» o «¡ay!», pero nunca «¡diablos!». Creo que estamos de acuerdo en que las expresiones malsonantes no deben usarse gratuitamente (salvo casos como South Park, pero eso es otra historia), si bien tampoco pueden rechazarse cuando proceda, esto es, cuando el contexto lo requiera. Si se trata de crear un lenguaje creíble, seamos realistas y reconozcamos que existen ocasiones (y no son tan pocas) en las que utilizamos el lenguaje soez.
No obstante, todos sabemos que estas opciones, estas traducciones acertadas, se ven la mayoría de las veces frustradas por el responsable de la versión definitiva, que suele defender las fórmulas absurdas del tipo «diablos» o «recórcholis» (en serio, esto lo he oído en alguna película). A los directores de marketing, que tienen la última palabra, les interesa vender su producto y consideran que la receta más prometedora es la que conjuga tradicionalismo y puritanismo.
Por tanto, nos encontramos ante un círculo vicioso en el que la televisión y el cine no reflejan fielmente la manera como una comunidad utiliza su lengua. Pero esto no es lo peor: el verdadero problema surge cuando ocurre justo lo contrario, es decir, cuando los espectadores adoptan en su forma de hablar diaria a estos monstruitos lingüísticos que escuchan en los medios audiovisuales. En este sentido, las emisiones que cuentan con niveles de audiencia desorbitados son fuentes importantes de vocablos de calidad dudosa. Tal es el ejemplo clásico del calco «nominar», que ha adquirido una nueva connotación a raíz de su uso incorrecto en ciertos programas. Así, se ha rizado el rizo hasta conseguir que algunos lo empleen con los significados de «castigar» o «rechazar».
Este contexto, en el que la sociedad de masas está al orden del día, nos lleva a un nuevo fenómeno: Internet. Éste último constituye una enredadera que trepa a una velocidad asombrosa, relegando a un segundo plano, cuando no sustituyendo, al soporte papel. Desgraciadamente, se trata ya de un campo prácticamente incontrolable. Todo el mundo puede publicar material en Internet, por lo que es el vehículo perfecto para la profusión de documentos mal escritos: me resultaría imposible calcular el número de faltas de ortografía y de redacción que detecto cada día cuando navego por la red. Por otro lado, el uso masivo del correo electrónico está trayendo como resultado que ya casi nadie escriba las tildes. Impera la ley del mínimo esfuerzo y a mucha gente ya no le daña la vista leer, por poner un ejemplo, palabras esdrújulas no acentuadas. Es como si se hubiera creado un virus informático-lingüístico, y quizás tendríamos que comenzar a plantearnos si no nos encontramos ante el nacimiento de un nuevo lenguaje, el español de Internet... ¿Hasta dónde podrán llegar sus efectos? ¿Llegarán a desaparecer por completo las tildes?
Pero no todo es incontrolable en la red, ya que también existen espacios destinados a difundir noticias, artículos de actualidad, etc. Aún así, en ocasiones he tenido que descartar material que había descargado de páginas web para mis cursos de español, por ser absolutamente ininteligible. El motivo era que se trataba de una mala traducción. Recuerdo el ejemplo de una noticia sobre París publicada en una página española, donde aparecían párrafos completamente incomprensibles y calcos espantosos del francés, tales como «montar las escaleras» (monter les escaliers), cuando en España siempre las subimos.
Son ya muchos los profesionales y estudiosos de la traducción que debaten sobre la influencia que los medios audiovisuales ejercen sobre el lenguaje. Los traductores debemos luchar por ser escuchados, debemos reivindicar la calidad lingüística y el cuidado estilístico que se exige en la traducción literaria. No olvidemos que la traducción de productos audiovisuales es uno de los campos del sector que genera un mayor número de puestos de trabajo y que atrae a más público. Aprovechemos este privilegio para hacer gala de nuestra profesión de una forma digna. Inventemos un antivirus que desinfecte al español de los extranjerismos y que nos permita utilizar los medios de comunicación para explotar la riqueza de nuestra lengua, no para mancharla con barbarismos.

martes, 28 de enero de 2014

Open source (/'əʊpənsɔ:s/)


Término acuñado en la famosa reunión de Palo Alto de 1998, con el que se conoce a las aplicaciones informáticas distribuidas y creadas libremente, más orientadas a los beneficios prácticos de compartir el código fuente que a las cuestiones éticas y morales. En castellano puede utilizarse la expresión “código abierto”.

Open (/'əʊpən/)


Anglicismo innecesario para referirse, en algunos deportes como el tenis, el golf o el ajedrez, al “abierto” o ‘competición deportiva abierta a todas las categorías de participantes’, es decir, no reservado solo a maestros y profesionales, sino también a aficionados.

lunes, 27 de enero de 2014

“Incurrir en gastos”, uso apropiado



Se “incurre en gastos” solo cuando el gasto se percibe como algo negativo.
Los medios de comunicación utilizan habitualmente la expresión “incurrir en gastos” como simple sinónimo de ‘gastar’, como en «De la misma forma aseguró que donde más se “incurrió en gastos” por concepto de indemnización fue en la nacionalización de la empresa», y no de ‘gastar indebidamente’, que es su significado preciso.
Tanto el Diccionario académico como el Diccionario del español actual, de Seco, Andrés y Ramos, definen el verbo “incurrir” como ‘caer en un error o falta’ (incurrir en delito) y ‘pasar a ser objeto de una actitud o sentimiento desfavorable’ (incurrir en sospecha), es decir, el complemento siempre tiene que referirse a un concepto que incluya un sentido negativo.
Por lo tanto, son adecuadas frases como «Se expone que la petrolera “incurrió en gastos” que superaban su capacidad institucional» o «”Incurrió en gastos” excesivos en sobresueldos y dietas».
Sin embargo, en el ejemplo inicial lo apropiado habría sido escribir «De la misma forma aseguró que donde más se “gastó” por concepto de indemnización fue en la nacionalización de la empresa», pues en este caso el gasto no encierra matiz negativo.

jueves, 23 de enero de 2014

Biker movie (/ˈbaɪkəʳˈmuːvɪ/)


Subgénero cinematográfico centrado en las bandas de moteros y popularizado tras la publicación del libro de Hunter S. Thompson sobre Los Ángeles del Infierno, además de los incidentes ocurridos durante el rodaje de Los ángeles salvajes, en el que el guionista y ayudante de dirección Peter Bogdanovich fue apaleado por unos extras moteros. Inaugurado con Salvaje en 1953, alcanza su culmen con Easy Rider.

miércoles, 22 de enero de 2014

Adviso


Consultar un diccionario es tan tedioso y palabras españolas como “consejo” o “aviso” son tan enrevesadas que empresas como “Zebralution”, “Frutas Loar”, “Canby” o “Qazko” (o sus traductores automáticos) se ven obligadas a inventarse el término “adviso”, a imagen y semejanza del inglés “advice” /ədˈvaɪs/ (“consejo”, “asesoramiento”, “aviso”, “notificación”). No tardaremos en ver otras versiones como “advisorio parental” (de “parental advisory” o “advertencia para padres”) o “adviso medical” (de “medical advice” o “consulta médica”).

Circuito


Falso amigo parcial que puede dar lugar a equívocos si uno no es cuidadoso y realiza una traducción acrítica. Aunque los diccionarios bilingües suelen incluir “circuito” como primer equivalente del inglés “circuit” (/ˈs3ːkɪt/), conviene dedicar unos segundos a seguir leyendo el resto de posibilidades (“vuelta”, “recorrido”, “rodeo”, “órbita”) para no cometer errores como «El atleta corrió dos “circuitos” de la pista» (de «The athlete ran two “circuits” of the track»), que podría haberse traducido por «El atleta dio dos “vueltas” a la pista»; o «El “circuito” de la Luna alrededor de la Tierra» (de «The Moon’s “circuit” around the Earth»), que debería haberse traducido como «La “órbita” de la Luna alrededor de la Tierra».

Línea (en línea con)


“En línea con” es un calco innecesario del inglés que puede sustituirse por otros giros adecuados en español, como “en consonancia con”, “conforme a”, “con arreglo a”, “según”, “de acuerdo con”, “de conformidad con” o “en conconrdancia con”, en función del contexto.
Esta locución no aparece incluida en los principales diccionarios de uso ni en los académicos, y probablemente su empleo obedezca a una traducción de “in line with (something)”, recogida en el Oxford Advanced Learner’s Dictionary con el significado de ‘similar a algo o estrechamente relacionado con algo’, para lo que ya existen en español las opciones mencionadas.

martes, 21 de enero de 2014

Online (/ɒn'laɪn/) / Offline (/ˈɒfˌlaɪn/)


Hoy en día son multitud los servicios y comunicaciones que pueden hacerse “en pantalla” (online help: ayuda en pantalla), “[de manera] electrónica” (online services: servicios electrónicos), “por internet” (online registration: registro por internet), “conectado”, “digital”, “a distancia”, “en línea”, “en directo” o “en red” (para referirse al hecho de estar conectado a una red de datos o de comunicación y para indicar que algo está disponible a través de internet). La pregunta es: si un banco (por ejemplo) ofrece este servicio, ¿por qué lo llaman “banca online”, utilizando una palabra en español y otra en inglés, en vez de “online banking” o “banca a distancia”, que sería más coherente y homogéneo?
El antónimo sería “offline”: “en desconexión” (offline browsing), “desconectado”, “sin conexión a internet”, “fuera de línea” o “sin necesidad de estar conectado” (referido al hecho de visitar ciertas páginas sin estar conectado a internet).

miércoles, 15 de enero de 2014

Millardo


Adaptación gráfica de la voz francesa de reciente incorporación al castellano “milliard” (/miljaʀ/), cuyo uso, si bien abstruso y falto de tradición en el habla española, puede ser recomendable por economía (es más corto que “mil millones”) para desterrar el empleo de la palabra “billón” con el sentido de 109, calco rechazable del inglés estadounidense y que puede dar lugar a peligrosas confusiones.
No obstante, se trata de un sustantivo que, al igual que “decena”, “veintena”, “centena” o “millar” no forma parte de la nomenclatura numeral, por lo que debe usarse de modo aislado y nunca combinarse con otros numerales: sería incorrecto decir «El presupuesto es de un “millardo” 420 millones» y debería decirse «El presupuesto es de 1,420 “millardos”» (leído “uno coma/con cuatrocientos veinte” o «El presupuesto es de 1420 millones» (leído “mil cuatrocientos veinte”).
Además de los países de habla inglesa (Australia, Canadá [excepto la zona francófona], Irlanda, Nueva Zelanda, Sudáfrica, Reino Unido [a veces se usa la escala larga] y Estados Unidos), también hay otros donde utilizan la denominada “escala corta de numeración” y el vocablo “billion” (/ˈbɪlɪən/) no coincide con la definición en español (doce ceros): Brasil, Bulgaria, China, las dos Coreas, Grecia, Irán, Japón, La India, Letonia, Puerto Rico, Rusia y Turquía.

¿Honorífico, honorario o de honor?



“Presidente honorario” o “presidente de honor”, mejor que “presidente honorífico”, son las formas adecuadas de referirse al ‘presidente de una compañía o institución que tiene los honores de ese cargo, pero no su poder ejecutivo’.
El Diccionario académico señala que “honorario”, referido a una persona, es ‘que tiene los honores pero no la propiedad de una dignidad o empleo’, mientras que “honorífico” lo define como ‘que da honor’.
De este modo, si bien es cierto que un “presidente honorario” ostenta un título “honorífico”, pues el cargo le confiere honores a su titular, no por ello diremos que la persona que lo desempeña —el presidente— es “honorífica”, sino “honoraria”.

martes, 14 de enero de 2014

Ombudsman (/ˈɒmbʊdzmən/)


Voz sueca, derivada del nórdico antiguo “umbothsmathr” (“umboth” —“comisión”— y “mathr” —“hombre”—) que significa literalmente “hombre administrativo” o “hombre que representa a” (es decir, “comisionado” o “representante”, figura pública que nació en el siglo XIX para proteger los derechos civiles en representación del rey —el nombre completo era y es “justitieombusdman”, que traducido es “comisionado de justicia”—, un árbitro entre el Estado y el ciudadano) y que se ha asimilado en otras naciones para nombrar al ‘alto funcionario público encargado de proteger los derechos fundamentales de los ciudadanos ante los poderes públicos’, es decir, la persona designada por el gobierno para recibir, investigar y dictaminar sobre las denuncias de abusos o excesos perpetrados por alguna institución o funcionario público: “defensor del pueblo”, en España y en la mayor parte de América del Sur; “defensor de los derechos humanos”, en México y algunos países centroamericanos; “defensor de los habitantes”, en Costa Rica; “procurador de los derechos humanos”, en Guatemala; etc.
Para los usos extensivos en que esta palabra se refiere a la figura que defiende los derechos de otros colectivos, se recomienda emplear la voz “defensor”, seguida del complemento especificativo correspondiente: “defensor del lector”, “defensor del consumidor”, etc. No obstante, nuestra fauna empresarial, extremadamente influenciable por las tendencias provenientes del Imperio, suele optar por expresiones del estilo de “ombudsman corporativo” (“defensor del empleado”).

jueves, 9 de enero de 2014

Astroturfing (/ˈæstrət3ːfɪŋ/)


Aunque se trata de una práctica tan antigua como las relaciones públicas o la política (“intoxicar”: ‘dar un exceso de información manipulada con el fin de crear un estado de opinión propicio a ciertos fines’), el término “astroturfing” (también denominado en ocasiones “crowdturfing” si se lleva a cabo en Internet) sí es relativamente nuevo. Se utiliza para referirse al intento de promoción de una idea, producto o proyecto mediante el uso de identidades falsas (o incluso la compra de seguidores en las redes sociales, como hizo recientemente “Vomistar” para lavar su imagen tras la denuncia de un despido improcedente, o como es práctica habitual en artistas de reconocida calidad como Justin Bieber o Lady Gaga) en foros, listas de correo o comentarios en bitácoras que parecen apoyarla (o también en ocasiones desprestigiarla o contaminar la imagen de la competencia a modo de trol) como si fueran auténticas y espontáneas expresiones populares. El término tiene su origen en “Astroturf™”, una marca de césped artificial popular en los campos de fútbol americano, haciendo un curioso símil relativo a la falta de autenticidad de quien hace “astroturfing”, que es más falso que el césped de plástico. Las personas que llevan a cabo estas acciones, se llaman “astroturfers” o “intoxicadores”.
Otra versión sería el “astroturfing periodístico”: como los periodistas suelen obtener información e investigar en Internet, no es difícil que resulten engañados si no corroboran con fuentes verídicas las historias que encuentran. Además, una vez que un medio importante ha publicado una noticia falsa, es muy factible que otros medios la reproduzcan. La lista de noticias falsas que han alcanzado a los medios periodísticos y difusión mundial es sorprendente, y continuamente siguen apareciendo nuevos casos.
El “astroturfing” está basado en leyes psicológicas como la “prueba social” (los individuos tendemos a considerar válido un argumento cuando otros ya lo han aceptado) o la “espiral del silencio” (estamos más predispuestos a expresar una idea cuando sabemos que es mayoritaria, y a mantenernos en silencio cuando sabemos o percibimos que es minoritaria), de las cuales se aprovechan empresas como Google Local, Yelp o CitySearch para escribir reseñas falsas en Internet con el objetivo de manipular a los consumidores, que en general consideran dichas reseñas más creíbles que la publicidad.
Ejemplo de oferta de “trabajo” publicada por una empresa de SEO (“Search Engine Optimization” o “mejora del posicionamiento en buscadores”): «Necesitamos una persona que pueda enviar múltiples críticas positivas a los principales sitios de la revisión (sic). Ejemplo: Google Maps, Yelp, Citysearch. Debe ser de diferentes direcciones IP. Los comentarios serán sólo unas cuantas oraciones. Debe contar con algunos conocimientos sobre cómo funcionan los filtros Yelp. La experiencia previa es un valor añadido, somos una empresa de marketing».

miércoles, 8 de enero de 2014

Okay (/əʊ'keɪ/)


Esta palabra inglesa, que hay quien afirma que proviene de alguna de las guerras mundiales, cuando se escribía “0K” para indicar que no había habido bajas (“zero killed”), ha sustituido en muchos casos a los equivalentes en castellano (“vale”, “sí”, “de acuerdo”, “conforme”, “comprendo”, “ya”, “(muy) bien”, “bueno”, “como quieras”, “hecho”, “dale” e incluso “venga”, “digo” o “ta” en Uruguay y “vaya pues” en México y Centroamérica), sobre todo en el caso de las expresiones “dar el visto bueno” o “aprobar”, que ya casi nadie utiliza, puesto que ahora suele decirse “dar el ‘okey’”.

martes, 7 de enero de 2014

Flopping (/flɒpɪɳ/)


A partir del verbo “to flop” /flɒp/ (“desplomarse”, “dejarse caer”) se forma el sustantivo “flopping”, referido a la ‘sobreactuación de algunos jugadores de baloncesto al contacto con un contrincante para tratar de engañar al árbitro y lograr que pite una falta’, que puede sustituirse en español por “simulación” o “exageración”. Asimismo, para referirse a la norma que trata de erradicar este tipo de actuaciones en las canchas de baloncesto, pueden emplearse los términos españoles “normativa antisimulación” o “normativa antiexageración” en lugar del inglés “anti-flopping”.