jueves, 31 de julio de 2014

El espanglish informático: ¿invasión, colonización o globalización?


En uno de los famosos dardos en la palabra de Fernando Lázaro Carreter, recogidos en forma de libro y ahora publicados con regularidad en un periódico nacional, puede leerse:

El estudio adultera a muchos tontos su memez ingénita. Abundan los bobos cuyo desarrollo ha sido entorpecido por los libros, pero sin debilitarlo mucho. Algunos, incluso, tienen fama de doctos, aunque tarde o temprano, y a veces con frecuencia, asoman la patita. Eso no va a ocurrir en un futuro próximo, pues se está produciendo una regresión del lenguaje, la cual, lejos de enmascarar la necedad ingénita, va a potenciarla. Muy pronto tendremos tontos inalterados, puros, como un manantial. Y los habrá también reciclados, restituidos a su condición en cuanto se adapten a la posmodernidad, cuyo ariete es internet. Figurarán entre ellos muchos que conversan con conocidos o desconocidos por pantalla, valiéndose de un lenguaje pretendidamente universal, escueto y económico (Carreter 2000).

Las palabras del profesor Lázaro Carreter no son, sin embargo, las únicas que alertan sobre el progresivo deterioro del idioma en el novedoso campo de internet. Un debate más activo de lo que pudiera pensarse lleva años abierto en la propia red virtual, donde abundan los foros de discusión sobre el nuevo lenguaje que está generando el mundo de la informática. En contra de lo que pudiera pensarse, no son pocos los que abogan por la utilización poco menos que indiscriminada de préstamos y anglicismos, ya sean adaptados al español o no. Y para apoyar sus tesis claman que una lengua debe estar constantemente en evolución, y que de nada sirve oponerse tercamente al avance imparable de la tecnología.

Tal vez la contaminación lingüística sea algo inherente al desarrollo de las lenguas. Unamuno solía decir que meter palabras nuevas es meter nuevos matices e ideas. La contaminación del latín y su progresiva evolución y mezcla con las lenguas locales, hasta desembocar en otras lenguas, es el ejemplo más contundente de aquéllos que defienden el préstamo, el neologisrno y el calco, como una mejora de la lengua que los recibe y nunca como un deterioro o como una rendición. La cuestión en esto del lenguaje, como decía Humpty Dumpty, está en quién es el que manda.

En informática, en internet, manda el inglés. Todo el desarrollo tecnológico se ha producido en esa lengua; por tanto es muy dificil sustraerse a ella. Cuando la vía de entrada de los préstamos no se producía a la velocidad que permite hoy la técnica, las cosas eran más fáciles. Préstamos, neologismos o calcos ha habido siempre, pero esta oleada, o avalancha, derivada de los avances científicos en las comunicaciones, demanda de la comunidad lingüística una atención urgente y una acción rápida. Por si fuera poco, la traducción de textos relacionados con la informática es una de las más activas en la actualidad. Nadie duda ya, incluso los más legos en la materia, que la comunicación a través de internet hace que inglés y español se relacionen con una intimidad y una intensidad que no tenían hasta ahora. Por eso se produce el híbrido, el cíberespanglish: la última variante del espanglish.

El espanglish es una vieja realidad lingüística de los grupos hispanos de los Estados Unidos, aunque no pueda hablarse de un espanglish único para todo el país: no es igual el espanglish de Nueva York que el de Los Ángeles. Pero, sin duda, todas sus variantes tienen como objetivo la comunicación a cualquier precio: aunque el precio sea un extraño monstruo híbrido. Se trata de un reflejo perfecto del llamado "melting pot". Es decir, el lenguaje revela el encuentro, y a veces el encontronazo, de dos culturas bien disparejas. Para algunos, como el profesor de la Universidad de Yale Roberto González Echevarría, «la mezcla de español e inglés, lejos de ser inocua, perjudica a los propios hablantes» (Echevarría 1997). Y, en el mismo artículo, publicado en The New York Times, Echevarría concluye: «el espanglish es una capitulación» (1997).

El periodista Javier Valenzuela, en cambio, en un artículo publicado en el diario El País, destacaba el vigor del espanglish, particularmente en Nueva York, en las comunidades de dominicanos y puertorriqueños. «Un artículo reciente en The New York Times calificaba al espanglish como la tercera lengua en Nueva York, después del inglés y del español» (Citado en Soca 2000).

Pero la realidad de este espanglish fronterizo no está cercana a nosotros y responde a un fenómeno concreto, en un lugar determinado. Las expresiones de los hablantes americanos de espanglish se han hecho muy populares, pero seguramente no se producirán nunca fuera del contexto mestizo en el que han nacido. Bien es verdad que expresiones como «Voy a parquear la troca», por «voy a aparcar el camión» (I'm going to park the truck), o «deliberamos groserías», en lugar de «repartimos la compra» (we deliver groceries), o «te llamo para atrás», en lugar de «te vuelvo a llamar» (I'll call you back) resultan graciosas y algo surrealistas. Y pueden ser todavía más surrealistas, si cabe: «¿me sharpeneas el lápiz?», dicen los hispanos en Texas; o, igualmente en Texas, «vamos a comprar la bironga», en lugar de «vamos a comprar la cerveza». Sin olvidar las mezclas aberrantes, algunas tan increíbles como las que señala el propio Valenzuela en su mencionado artículo de El País. «Mi padre's infidelity. Are cuernos genetic?", perteneciente a un titular de la revista bilingüe Latina (Citado en Soca 2000).

El espanglish cibernético, o cíberespanglish, aunque se produzca en comunidades concretas, se difunde con mucha rapidez. Sabemos que no conoce fronteras y que campa a sus anchas por el tormentoso océano de internet. La tecnología globaliza los idiomas y, en este caso, está globalizando a toda velocidad una jerga o jerigonza que alcanza a gran parte de la población hablante de español en las dos orillas. Como dice Bernard Cassen «el que llega a la Red debe amoldarse a una cultura preexistente, que no es en absoluto planetaria, sino anglosajona, por no decir norteamericana» (Cassen 1998: 224-228).

El castellano se utiliza en apenas el dos por ciento de los lugares de la red. Pero basta introducirse en una sala virtual de los llamados chats, donde a menudo hay presentes comunicantes españoles y latinoamericanos simultáneamente, para comprobar cómo el idioma es sometido a todo tipo de vejaciones sin que a nadie parezca importarle. No sólo los acentos brillan por su ausencia, amparándose a menudo en la justificación de que colocarlos crea problemas para los programas informáticos que no pueden identificarlos; no sólo la eñe desaparece y es sustituida por formas como -ny-, por ejemplo en anyo; no sólo se acorta febrilmente todo lo que parece que sobra (así, la preposición "de" pasa a ser sólo la letra d; la expresión "fin de semana" ha mutado y ha pasado a ser una sola, "finde", víctima de la más asombrosa mutilación). Y no sólo es eso.

La expansión del correo electrónico y del mundo virtual ha traído como consecuencia una adaptación rápida de muchos términos de la informática o de internet que no existían en español, aunque en muchos casos existan palabras que quieren decir exactamente lo mismo. Muy conocido, aunque superado, es el glosario recogido por Yolanda Rivas, de la Universidad de Texas, en Austin, al que se puede acceder electrónicamente (Rivas 1995). No obstante, son ya varios los diccionarios de espanglish, o, al menos, las listas de términos de esta jerga que también pueden consultarse en la propia internet.

Yolanda Rivas pone ejemplos extremos de espanglish informático en las comunidades de hispanos de Estados Unidos, pero advierte de que, vía internet, muchos de ellos comienzan a tener éxito en los países de Latinoamérica: «voy a emailearlo ahorita; zoomea más para verlo más grande; necesito rebutear la computadora otra vez» (Rivas 1996). Estamos de acuerdo en que ninguno de nosotros escribiría o hablaría en esos términos, al menos de momento. Para John Lipski, director del departamento de español de la Universidad de Nuevo México, lo que ocurre con el espanglish informático no es diferente a lo que pasó con la invasión árabe de España, o la conquista Normanda de Inglaterra (Citado en MCI Tecnoguía 1999). Claro que ahora la invasión no sólo no es cruenta, sino que es mucho más rápida y llega hasta la misma pantalla del ordenador. Lo cierto es que el espanglish informático responde a soluciones urgentes, a menudo improvisadas, pero no pocas de esas soluciones acaban por tener éxito y permanecen. Hay lenguajes mixtos, como el pidgin chino inglés, o el yiddish, que han triunfado como tales.

El espanglish informático suele identificarse con palabras híbridas, donde la raíz es casi siempre inglesa. Los préstamos, extranjerismos o neologismos no son espanglish si realmente vienen a cubrir un hueco en el idioma. Según definición de Valentín García Yebra: «El préstamo trata de llenar una laguna en la lengua receptora, laguna generalmente relacionada con una técnica nueva, con un concepto desconocido entre los hablantes de esa lengua» (García Yebra 1987: 75-90). Históricamente algunos extranjerismos han permanecido como tales, mientras otros se han convertido en préstamos naturalizados, incorporados a nuestro sistema fónico y a la acentuación. Siguiendo de nuevo a García Yebra, «el traductor que recurre al extranjerismo enfrenta directamente a los lectores con una palabra de la lengua original y, en el mejor caso, les facilita su aprendizaje y el descubrimiento de su lignificado por el contexto. [...] Desde el punto de vista del traductor el extranjerismo es una confesión de impotencia» (García Yebra 1987: 75-90).

En lo que llamamos espanglish la adaptación forzada de términos ingleses al español suele ocurrir con palabras que podrían traducirse perfectamente a nuestro idioma, sin utilizar el extranjerismo o el barbarismo. Esta es la razón que ha encendido algunas alarmas, aunque quizás no las suficientes. En palabras de Jesús Arrimadas «Ni los técnicos, ni los lingüistas, ni los traductores, estamos siendo capaces de crear, particularmente en nuestro país, el vocabulario que debe acompañar al desarrollo científico. [...] Ante esta situación [...] adoptan la solución de la facilidad: emplear en español términos extranjeros sin hacer el menor esfuerzo por traducirlos o por realizar un adaptación correcta capaz de elevarlos a la categoría de préstamos. [...] En muchos casos no sabemos si estamos leyendo español o una especie de híbrido grotesco que bien podría ser catalogado, con una buena dosis de humor, de esperanto técnico» (Arrimadas 1987: 49-73).

Según Leonor Pérez y Magdalena Vivancos los términos ingleses tienen diferentes posibilidades de entrada en nuestro idioma (Pérez 1994: 343-350). Algunos están sometidos, dicen, a procesos de metaforización, otros son préstamos, otros calcos semánticos, otros son nuevas creaciones neológicas. En sentido amplio estamos hablando de anglicismos que son presentados de una u otra forma en nuestro idioma, según la naturaleza de su aceptación en la lengua meta.

La metaforización respeta normalmente la metáfora que ya existía en la lengua original: así decimos "el ratón", "los menús desplegables", "los textos bajables" o "colgar una página en la red". Muchas de estas metaforizaciones, como señalan Leonor Pérez y Magdalena Vivancos, son en realidad calcos de otras metáforas de la lengua extranjera: "proceso de datos", "mando a distancia", "disco duro", "atajos del teclado".

En cuanto a los préstamos, es evidente que el proceso de entrada se ha acelerado en los últimos años hasta alcanzar una velocidad de vértigo. Por un lado está el préstamo importado que permmece en la L2 tal y como es en la L1. Es el método de traducción, si puede llamarse así, más extendido. Lamentablemente a veces los textos están tan trufados de anglicismos que, salvo para un especialista, su interpretación se hace harto difícil. De hecho, es su carácter de lenguaje especializado, o de jerga profesional, lo que justifica la utilización del préstamo en ausencia de una palabra igual o parecida en la lengua meta. Y pueden encontrarse ejemplos a miles en las revistas del ramo de la informática o en los manuales de algunos aparatos. He aquí algunos, tomados al azar: «establece las páginas de códigos que serán usados en el switch»; «haga un back up de los ficheros al otro disco»; «no olvides completar la información con tu nick»; «evite que se arranquen las aplicaciones que estaban funcionando antes del último shutdown».

¿Por qué no traducir "switch", "back up", "nick" y "shutdown" por "conmutador", "copia de seguridad", "apodo", "cierre" o "apagado", respectivamente, en cada uno de los casos anteriores?

Algunos términos, por supuesto, están ya plenamente integrados, incluso en el lenguaje común, tal vez porque la tecnología empieza a llegar a casi todos los ciudadanos. Aún siendo préstamos importados, se utilizan ampliamente palabras como "software", "hardware", "bus", "módem" o "input".

El problema, como digo, reside en que muchos de los préstamos importados o extranjerismos que se han quedado en la lengua podrían haber sido traducidos. Tal vez su posible traducción no haya tenido éxito, o quizás el término inglés estaba ya demasiado implantado entre los hablantes como para cambiarlo. Es lo que se ha dado en llamar el espanglish producido por "cambiar de un idioma a otro" en el transcurso de la oración. Y éste es el espanglish más común entre los hablantes de español que viven fuera de los Estados Unidos.

Con todo, son los préstamos sustituidos los que realmente generan mayor cantidad de lenguaje; también los que generan mayor cantidad de problemas. Con García Yebra diremos: «estaría muy bien que se crearan entidades capaces de ayudar a los traductores a resolver los problemas que en este campo surgen constantemente. La Real Academia Española y las Academias de los países hispanohablantes son organismos de gran autoridad y prestigio, pero suelen actuar con retraso» (García Yebra 1987: 75-89). La lengua meta recibe, transforma o naturaliza los préstamos, mediante adaptaciones que van desde la fonética o la asimilación ortográfica hasta las derivaciones con sufijos o desinencias. Lo que se consigue es la creación de híbridos. Los más frecuentes del vocabulario informático son los que tienen el radical en la L1 y el sufijo en la L2.

Como la sufijación es un procedimiento derivativo de mucho éxito en el castellano, quizás por eso se han creado muchos verbos a partir de palabras inglesas: "beepear", "printear", "faxear", "surfear", "downloadear", "forwardear", "clickear", "linkar", "mailear", "atachar" o "de1etear", están entre los más utilizados, según los especialistas de la Texas A&M International University. Por supuesto, el éxito en España de esas palabras varía considerablemente. "Clicar", "cliquear" y "hacer clic" han triunfado, aparentemente, sobre, por ejemplo, "pulsar", aunque cada vez se dice más "pinchar con el ratón"; "deletear" lo he escuchado alguna vez en la expresión imperativa "deletea eso", pero es raro, aunque muy habitual en Latinoamérica; y, por supuesto, "hacer un deleleo"; o "surfear la red", se utilizó brevemente, pero desapareció en beneficio de "navegar", posiblemente modelado sobre el nombre comercial Navigator; "linkar" o "linquar" sólo tuvo una forma popular entre informáticos, "ligar", pero el público en general prefiere decir "enlazar", aunque "link" sí ha tenido éxito como sustantivo; "downloadear", "atachar" y "forwardear" no se utilizan aquí, pero sí se utilizan, y mucho, entre latinoamericanos; "mailear" tampoco, y "hacer un mailing" es otra cosa.

En cambio, verbos como "chatear", "escanear" o "resetear" parecen adoptados definitivamente por el idioma. "Indexar", que cuenta con base latina, aparece ya en el diccionario de la RAE (1992) como término específico de la informática. Pero vanos han sido los intentos por sustituir "chatear" y "chat" por "charlar" y "charla", aunque muchos de los que participan en los foros de discusión del espanglish en la red los apoyen. Una extraña prevención, que parece consistir en evitar palabras de uso corriente, hace que el español abandone la traducción lógica a favor de estos préstamos. "Charlar" sugiere oralidad, no escritura, dicen los más reacios a abandonar "chat"; pero muchos de esos "chats" son ya orales, tienen voz. Y, además, la palabra inglesa "chat" también sugiere oralidad. En cuanto a "escanear", a pesar de que la Academia Española incluye en su diccionario la palabra "escáner", aunque sólo en su acepción médica, parece que no lleva camino de ser sustituida por ninguna otra. Algo similar le ocurre a ''resetear", que podría traducirse por restaurar o por inicializar. (Con todo, este último término, no reconocido por la Real Academia, pertenece al grupo de los calcos de verbos ingleses terminados en -ize: "initialize", "computerize", etc: "inicializar", "computerizar", etc., que son también muy comunes en la jerga informática).

El sustantivo "chat" ha dado, además, otros sustantivos derivados, como "chateadores" y, mucho más curioso, el término "chateros". En la misma línea se han creado "neteros", derivado de "net", o "interneteros", derivado de internet (aunque "internauta", de base latina, es en mi opinión la versión más lógica; con todo, tanto "chateros" como "neteros" parecen aludir soterradamente a una especie de adictos a los "chats" y a la red, mientras que "internauta" no recoge ese matiz). Estas muestras de espanglish informático están presentes prácticamente en cualquier país de habla hispana. Otros sustantivos ingleses persisten, lo mismo que "chat", aunque quizás con menos posibilidades de éxito, como por ejemplo "beeper", por buscador, localizador, o, más común, "attachment". Bien es cierto que cada vez se dice más "archivo adjunto", a pesar de estar formado por dos palabras.

Como se ve, el criterio de brevedad a toda costa es quizás uno de los criterios prioritarios a la hora de establecer el lenguaje de internet. Abreviar, apocopar, parece casi una obsesión. Una de las quejas habituales de los internautas, o de los técnicos informáticos, estriba en que el castellano, sin duda menos proclive a las modificaciones y a las combinaciones que el inglés, siempre acaba proponiendo soluciones demasiado largas. Y acostumbrados como están al uso masivo de siglas y acrónimos, a los que nos referiremos más tarde, los internautas acaban prefiriendo "attachment" a "archivo adjunto", o "e-mail" a "correo electrónico". En muchas ocasiones se propone una solución intermedia, mediante la cual se mantiene el término inglés, pero acompañado por un verbo en español, normalmente "hacer": en lugar de "forwardear" se dice "hacer un forward"; en lugar de "backupear", "hacer un backup"; en lugar de "resetear", "hacer un reset"; y así sucesivamente.

Pero de todos los términos de la jerga de Internet, quizás sea "e-mail" y sus derivados el que mayor debate suscita. Las listas de mensajes y los foros de discusión sobre el espanglish están literalmente pobladas de opiniones diversas sobre la mejor manera de traducir este término al castellano. Para algunos debe mantenerse como préstamo, sin modificaciones, o como mucho transcribiendo su fonética: "ímeil". Si hace años que lo hacemos con "fútbol", ¿por qué no hacerlo con "ímeil"?, arguyen. De hecho, el calco "balompié" ha demostrado, con respecto a "fútbol", un éxito menor. ¿Qué ocurrirá con "correo electrónico"? ¿O con "e correo"? ¿O con "correo e", que proponen otros? En mi opinión, cualquiera de ellas puede triunfar, o incluso varias. Aunque estas dos últimas, "e correo", y "correo e", junto a todas las otras posibilidades que ya se mueven en la red ("banca e", "comercio e", etc.) no resultan viables, por mucho que ya se estén usando: históricamente el español no reconoce abreviaturas de esa naturaleza, que, en cambio, sí son muy normales en inglés. Hay quien piensa que "mensaje" sería una traducción suficiente, sin el añadido "electrónico", que podría deducirse del contexto en muchos casos (pero no en todos). Y están los defensores a ultranza de "emilio", un término simpático y resultón, bastante aceptado, que bien podría acabar siendo un hallazgo y quedándose para siempre.

Web y site figuran también entre los términos más polémicos. Por lo que se refiere a web, la traducción directa por "tela de araña" no parece gustar a nadie. El préstamo no modificado es quizás el más usado, mientras que la traducción propuesta a menudo, "malla", tampoco goza de muchos adeptos. Mucho menos "multimalla mundial", que se ha propuesto a veces: por muy español que suene, aquí se impone la praxis tecnológica que nos recuerda que la mayoría de los sitios de la red comienzan precisamente por www, y no por mmm. Quizás "red", lo mismo que para net, sea la versión que perdure. Más típico es el híbrido "página web", que no parece tener rival. En cuanto a site, el calco "sitio" parece ser el preferido, sin duda por su similitud fonética con la palabra inglesa. "Lugar" o "lugar de la red" aparece también de vez en cuando.

Algunos conceptos, como snail mail (expresión peyorativa para referirse al correo convencional) o spam son creaciones novedosas incluso dentro del inglés. Spam ha sido adoptado, a pesar de contar con términos tan próximos como junk mail. Pero, como ya hemos dicho, las posibilidades combinatorias del inglés parecen infinitas. Spam no ha sido convenientemente traducido al español: se habla de "correo spam", "correo basura", o "buzoneo" (sin añadiduras), aunque algunos proponen la improbable versión "buzonfia" (por las relaciones con "bazofia", claro está): sería peor el remedio que la enfermedad.

"Correo caracol" (otros proponen "correo por caracol") pertenece a la categoría de calco, una de las más productivas de la traducción al español. Calcos muy aceptables del lenguaje infonnático pueden ser: "correo caracol", "lista de correo" (mailing list), "conexión remota" (remote login), "caballo de Troya" (Trojan horse), etc. Pero algunos calcos pueden ser tan dudosos, o tan ridículos, como "acontecimientos de ratón", por "mouse action", "comando" (command) en lugar de "orden", "soportar" (support) por "permitir", "remover" (remove) en lugar de "eliminar", o "salvapantallas", que ya está prácticamente aceptado.

Por último, existe un grupo numeroso y sin duda preocupante de neologismos léxicos que desembocan en espanglish, que es el formado por las siglas, las abreviaturas y los acortamientos.

Ya hemos dicho más arriba que el lenguaje de internet se caracteriza por su tendencia a abreviar y a cercenar palabras: en inglés no es un procedimiento extraño. De hecho, los glosarios y diccionarios internacionales de siglas empiezan a ser más comunes entre los traductores. Siglas, sigloides o acrónimos, según la terminología más aceptada, invaden nuestra vida cotidiana, así que el siglo XXI, aún más que el ya terminal siglo XX, merecerá con más motivo el titulo de «siglo de siglas». En español las siglas suelen leerse como si de una palabra se tratara; es decir, son lexicalizadas, la sigla deja de reconocerse y de pronto nos encontramos ante un nuevo lexema: por ejemplo, «sida». La mayoría de los lingüistas llaman a esto acrónimo. Pero en el mundo de internet la sigla suele conservar el aspecto original del inglés: es decir, que sus componentes no se traducen previamente. Así decimos lenguaje ASCII, y no SACII (Standard americano de codificación para el intercambio de información); decimos FTP y no PTF (protocolo de transferencia de ficheros); decimos GSM y no SGC (sistema global de comunicaciones); o decimos HTTP y no LMHT (Lenguaje de marcado de hipertexto). No extraña, entonces, que en el lenguaje espanglish se haya generado el sorprendente verbo «efetepear», utilizado en Latinoamérica, a partir de la sigla «FTP».

Los acortamientos de palabras que se producen en el lenguaje de internet, en los que suele perderse el fragmento final (los casos de pérdida del fragmento inicial, aféresis, son muy raros) resultan muy productivos, especialmente porque dan lugar al fenómeno de la combinación (blending, en inglés). Así encontramos Ebone (red troncal europea) a partir de European Bone. Por supuesto la ya mencionada email, a partir de electronic mail. O emoticon, a partir de emotional icon; la propia palabra espanglish estaría en este apartado. Algunas de estas formaciones mixtas, e híbridas, ya en su origen, han sido traducidas de manera discutible: así, además de «email», los internautas emplean los «emoticonos» (que recoge el término icono), o los «emoticones», que no son otra cosa que esas figuras compuestas con paréntesis, guiones, etc. (los llamados smileys, por ejemplo) que pueblan los «chats», o las charlas, formando un nuevo lenguaje pictográfico, iconográfico o más bien jeroglífico. En los foros de discusión del espanglish informático se debatía las últimas semanas en torno a la modernísima palabra telewebber, que algunos han osado traducir como «telegüevón». O sobre el nombre que debe darse a los usuarios de la no menos novedosa tecnología WAP: para la mayoría, los que usan la tecnología WAP no son otra cosa que «wapos». Y, al parecer, la expresión «dotcom», si es que puede considerarse una expresión, ha sido incluida ya en algunos diccionarios ingleses como vocablo con todas las consecuencias.

En realidad, todo un universo de lenguaje abreviado, más allá de las siglas que representan términos técnicos, se extiende por internet. Las conversaciones de los «chats» están trufadas de siglas y acrónimos (la mayoría de tres letras) para cuya comprensión se necesita tener al lado un completo diccionario. Y, en efecto, existen algunos muy completos, que reúnen los llamados chat acronyms y el email shorthand, en general conocidos como netlingo. La lengua inglesa, a menudo tan dúctil y receptiva, no ha dudado en generar docenas de ellos: ASAP (as soon as posible) o AKA (also known as) hace tiempo que están en el lenguaje corriente. Otros, en cambio, son de nuevo cuño: y cada día hay más. Por ejemplo TIA (thanks in advance) o BFN (bye for now). Como dice Lázaro Carreter «habrá que aprender esto si se quiere gozar de las cálidas amistades cibernéticas con un mínimo de prestancia» (Carreter 2000).

En suma: el desarrollo vertiginoso de la informática y, aún más, el despliegue de las comunicaciones globales a través de internet está produciendo en el idioma castellano una afluencia masiva de neologismos, la mayoría de ellos anglicismos de tipo técnico. Quizás nunca tanto como ahora se hizo incontrolable el nacimiento de nuevas palabras y su traducción, su inclusión como calco o como préstamo importado o préstamo sustituido.

Para muchos lingüistas, nos encontramos ante una agresión, una arremetida contra la cultura y lengua españolas derivada de la superioridad económica y tecnológica de países como los Estados Unidos. Según ellos, el espanglish informático sería una muestra negativa de la globalización cultural llevada a cabo a través de Internet.

Pero otros piensan que, en lugar, de intentar poner puertas al campo, lo mejor será cuidar con celo qué términos deben ser adoptados como préstamos, por no tener traducción posible, y cuáles no. Cuáles deben ser españolizados, sin provocar hibridaciones aberrantes, o traducidos a través del procedimiento del calco.

Con todo, conviene no olvidar que los hablantes suelen, con el tiempo, imponer sus opciones. Cuando a principios de siglo se adaptaba a toda velocidad el vocabulario del fútbol, recién llegado de Inglaterra, los periódicos escribían sistemáticamente "referee" en lugar de "árbitro", y "match" en lugar de "partido". Pero esos préstamos no triunfaron. Y, en cambio, "fútbol" se impuso sobre "balompié" y "corner" sobre "saque de esquina".

El espanglish informático empieza a ser considerado en toda su dimensión. Por ejemplo, el Amherst College de Massachusetts acaba de crear la primera cátedra mundial de espanglish. Se trata de la cátedra dirigida por el lingüista mexicano Ilán Stavans, autor del primer diccionario de espanglish que, por lo que parece, saldrá a la calle a comienzos del año 2001.

OBRAS CITADAS

ARRIMADAS, Jesús. Préstamos, barbarismos y neologismos en la traducción científica y técnica. En Problemas de la traducción. Mesa Redonda, 1983. Madrid: Fundación Alfonso X el Sabio, 1987.

CASSEN, Bernard. La omnipresencia del inglés no es inevitable. En RAMONET, Ignacio. Internet, el mundo que llega. l.ª edición. Madrid: Alianza, 1998.

Diccionario de la Lengua Española. Real Academia Española. Vigésimoprimera edición. Madrid: Espasa Calpe, 1992.

GARCIA YEBRA, Valentín. Préstamo y calco en español y alemán. Su interés lingüístico y su tratamiento en la traducción. En Problemas de la traducción. Mesa Redonda, 1983. Madrid: Fundación Alfonso X el Sabio, 1987.

GONZÁLEZ ECHEVARRÍA, Roberto. Hablar Spanglish es devaluar el español. The New York Times. 1997.

LÁZARO CARRETER, Fernando. Escritura electrónica. En El dardo en la palabra. El País, 11 de octubre de 2000.

MCI Tecnoguía. Nuevos sustitutos del idioma para la traducción de la terminología tecnológica. 1999.

PÉREZ, Leonor; VIVANCOS, M. Usos y abusos de los anglicismos en el inglés técnico informático". En Actas del XVIII Congreso de Aedean. Alcalá de Henares, Madrid. 1996.

RIVAS, Yolanda. ¿Hablas Cyberspanglish? Hispanic Online. Abril 1996.
Computer Spanglish Dictionary. 7 de septiembre de 1995.

VALENZUELA, Javier. El vigor del Spanglish. En SOCA, Ricardo. La Página del Idioma Español.

ALGUNOS LUGARES DE INTERÉS EN INTERNET SOBRE EL ESPANGLISH

Foro de lenguaje informático. Centro Virtual Cervantes.

Glosario básico de internet inglés-español de la Asociación de Técnicos de Informática. Rafael Fernández Calvo.

Glosario de términos de internet de la Universidad de Alcalá.

Intrusos cibernéticos (artículo de Mar Cruz Piñol).

Netlingo y Shorthand.

Página de José Antonio Millán (un sitio que ofrece múltiples enlaces y un estudio muy completo de términos informáticos).

Otros palabros (XIX): ¿Aptitud o actitud?


La “aptitud”, del latín “aptitūdo” (“capaz para”), es la capacidad o idoneidad para desempeñar una actividad, el carácter o conocimientos que hacen a una persona “apta” para una función determinada.
Su parónimo “actitud” es la disposición de ánimo para encarar una situación, la forma de actuar de una persona, el comportamiento que emplea un individuo para hacer las cosas.

martes, 29 de julio de 2014

Otros palabros (XVIII): ¿Cociente intelectual o coeficiente intelectual?


Si bien el DPD y la Fundéu consideran que ambas formas son correctas (la voz “coeficiente” designa la ‘expresión numérica de una propiedad basada en la relación entre dos magnitudes’, y ambos términos han coexistido, incluso juntos en la misma página, en publicaciones especializadas), en el campo de la psicología en español, al menos desde 1978, el término correcto para referirse al ‘número que expresa la inteligencia relativa de una persona y que se determina dividiendo su edad mental por su edad física’ es “cociente intelectual”, y así quedó recogido en el DRAE a partir de marzo de 2012.
Nos encontramos pues ante un gran dilema, pues debemos elegir entre calcar de nuestro idolatrado inglés, lengua en la cual utilizan la expresión “IQ” (/aɪkjuː/) o “intelligence quotient” /ɪnˈtelɪdʒənsˈkwəʊʃənt/ (es decir, “cociente”) o utilizar “coeficiente”, palabra más larga, más compleja y que parece más científica y “más mejor”.
No obstante todo lo anterior, si tenemos en cuenta que el “cociente intelectual” es el resultado de dividir la edad mental por la edad cronológica, estaremos de acuerdo en que dicha cifra estará alrededor de uno, la cual se multiplica por cien para poder expresarlo en números enteros (entre 85 y 115 para la mayoría de las personas). Es decir, que multiplicando aquel “cociente” por cien obtenemos el “coeficiente intelectual”.

lunes, 28 de julio de 2014

Disuadir



Disuadir es ‘convencer a alguien para que desista de una idea o propósito’, por lo que se “disuade a alguien de algo”, no se “disuade algo”.
Sin embargo, es frecuente que en los medios de comunicación se emplee este verbo de manera inadecuada: «Las unidades de la operación Atalanta siguen siendo necesarias a lo largo del Cuerno de África para “disuadir la piratería”» o «El arrecife artificial instalado en Gibraltar tiene la finalidad de “disuadir la pesca” de arrastre y permitir la artesanal».
El Diccionario panhispánico de dudas señala que “disuadir” significa ‘convencer [a alguien] para que desista de una idea o propósito’, y se construye con un complemento directo de persona, que indica a quién se convence de desistir, y otro con “de”, que indica la idea o propósito: «Lula pretende “disuadir a Irán de” entregar uranio a Turquía».
Asimismo, señala también que es impropio su uso con complemento directo de cosa, con el sentido de ‘evitar [algo] o hacer desistir [de algo]’, como sucede en los ejemplos señalados.
Por tanto, en las frases anteriores, lo apropiado habría sido decir, por ejemplo: «Las unidades de la operación Atalanta siguen siendo necesarias a lo largo del Cuerno de África para “evitar” la piratería» o «El arrecife artificial instalado en Gibraltar tiene la finalidad de “impedir” la pesca de arrastre y permitir la artesanal».

viernes, 25 de julio de 2014

Odds ratio (/ɒdzˈreɪʃɪəʊ/)


Del inglés “odds” (“probabilidades”) y el latín “ratio” (‘razón o relación entre dos cantidades o magnitudes’) se forma esta expresión utilizada en los estudios de casos y controles epidemiológicos para expresar, por medio de un cociente, la probabilidad de que una condición de salud o enfermedad se presente en un grupo de población expuesto a un riesgo frente a la probabilidad de que ocurra en otro no expuesto pero con condiciones de vida similares. En algunos manuales se traduce como “razón de probabilidades”, “razón de productos cruzados”, “razón de momios” u “oportunidad relativa” (que mantiene la abreviatura original “OR”). En otros se esfuerzan menos y se quedan con el barbarismo “razón de odds”.

Bot (/bɒt/)


El Glosario básico inglés-español para usuarios de internet, de Rafael Fernández Calvo, define este acortamiento de “robot” (del checo “robota”: “trabajo”, “prestación personal”), empleado en el campo de la informática, como ‘programa que recorre la red llevando a cabo tareas concretas, sobre todo creando índices de los contenidos de los sitios’.
Aunque el Diccionario de la lengua española recoge en el avance de su vigésima tercera edición una acepción del término “robot” como ‘programa que explora automáticamente la red para encontrar información’, el uso en el ámbito de la informática está imponiendo el acortamiento “bot” para aludir a aquel programa que sirve principalmente para efectuar tareas simples y repetitivas en internet o simular la conducta humana.
Términos derivados de “bot” serían “botnet” (/bɒtnet/) y “knowbot” (/nəʊbɒt/). El primero es un acrónimo compuesto por la terminación de “robot” y “net” (“red”) para designar la ‘colección de aplicaciones informáticas que se ejecutan de manera autónoma, normalmente a modo de “gusano” alojado en un servidor infectado, con la capacidad de infectar a otros servidores; el artífice (o “pastor”) puede controlar de forma remota todos los ordenadores o servidores infectados, normalmente con fines poco éticos’. El segundo es otro acrónimo compuesto por “know” (“saber”, “conocer”) y la terminación de “robot” para designar el ‘programa que explora automáticamente la red para encontrar información’. También son llamados “robots virtuales” o “robots de conocimiento”.

jueves, 24 de julio de 2014

Depresante


Son pocas las ocasiones en las que el inglés “depressant” /dɪˈpresnt/ puede traducirse literalmente por “depresante”.
En la jerga médica, cuando se habla de determinados fármacos (“immunodepressant”, “depressant agent” o “depressant drug”), los equivalentes en español respectivamente serían “inmunodepresor” (‘sustancia o método que disminuye o anula las reacciones inmunitarias de un organismo’) y “[fármaco] depresor” (‘sustancia que disminuye la actividad de algunos centros nerviosos’); nunca “depresante” (y mucho menos “agente depresante” o “droga depresante”). También es común que grupos farmacológicos con nombre compuesto en inglés (“appetite-depressant [agent]”, “sympathetic-depressant [agents]) tengan en español un nombre de una sola palabra sin mención expresa del adjetivo “depresor” (“anorexígeno”, “simpaticolítico”).
Cuando el adjetivo inglés “depressant” hace referencia a la “depresión” psiquiátrica, en español tampoco decimos “depresante”, ni tampoco “depresor” como en los casos anteriores, sino “depresivo” (‘perteneciente o relativo a la depresión’): “anti-depressant [agent]” (“antidepresivo”), “tetracyclic antidepressant” (“antidepresivo tetracíclico”), “tricyclic antidepressant” (“antidepresivo tricíclico”), junto a otras opciones más coloquiales como “sedante”, “calmante” o “tranquilizante”.
Sí que se utiliza “depresante” en el campo de la minería (la flotación de minerales en concreto) para designar al ‘reactivo que actúa de manera opuesta al activador y contrarresta la acción del colector que hace hidrofílica la superficie del mineral’.

Departir


La etimología revela que dos palabras tan diferentes semánticamente como el inglés “depart” /dɪˈpɑːt/ (“partir”, “irse”, “marcharse”, “salir”) y el español “departir” (‘hablar, conversar’) comparten un origen común.
Esa oposición semántica puede aclararse consultando un diccionario de latín. El verbo “dispertĭre” se formó añadiendo el prefijo “dis–” (“alejamiento”) al verbo “partĭre” (“separar”, “dividir”), que proviene del sustantivo de la tercera declinación “pars, partis” y puede significar tanto “parte”, “porción” como “partido”, “bando”, “facción” o “lugar”, “región”. Así, la naturaleza polisémica de “pars” es el elemento que salva la distancia entre los significados español e inglés. De este modo, “to depart” quiere decir “separar lugares”, es decir, dejar un lugar para irse a otro. Por otra parte, “departir” significa “lado” o “bando”; de hecho, una conversación puede interpretarse metafóricamente como ir de un lado a otro: el hablante y el oyente intercambian sus papeles, las ideas se expresan y se comprenden.
Es curioso cómo los hablantes modelan cada término. En este caso, ambos descienden de la misma raíz latina —y por consiguiente del mismo significado—, pero los han separado semánticamente, convirtiéndolos en falsos amigos.

viernes, 18 de julio de 2014

Cronut (/ˈkrəʊnʌt/)


Como bien reseña D. Fernando A. Navarro en su imprescindible Diccionario de dudas y dificultades de traducción del inglés médico, «en los últimos tiempos, se ha puesto de moda en los Estados Unidos crear piezas híbridas de bollería para las que acuñan nombres supuestamente ingeniosos por contracción; por ejemplo, “crookie” (de “croissant” y “cookie”), “cragel” (de “croissant” y “bagel”), “puffin” (de “pancake” y “muffin”), “duffin” (de “donut” y “muffin”), “wonut” (de “waffle” y “donut”) y “browkie” (de “brownie” y “cookie”)».
La última locura que nos va a llegar importada desde el Soho neoyorquino, creada por el pastelero Dominique Ansel, es este pastel, mitad “cruasán”, mitad “dónut” (o, simplemente, un “cruasán” redondo), frito en aceite, rebozado en azúcar, relleno de crema y glaseado, en lugar del vulgar horneado del obsoleto “cruasán”.
Si los orondos hipsters de la Gran Manzana madrugan para hacer cola durante horas, cual glamurosa Carrie Bradshaw en su Magnolia’s Bakery, y conseguir uno de esos saludables dulces por el módico precio de cinco dólares (o hasta cien en la reventa) para poder publicar la foto en las redes sociales, ¿qué no haremos por aquí para imitar o incluso superar esa fiebre pastelera, plaga de ratones incluida?

miércoles, 16 de julio de 2014

Otros palabros (XVII): Choni


Además de ser desde hace tiempo un vocablo del léxico de Canarias, utilizado para referirse a los extranjeros en tono despectivo y como sinónimo de “chulo”, “tonto” o “farruco”, en el año 2010 se popularizaron los apelativos “choni” (cuyo máximo exponente es la inefable Belén “la princesa del pueblo” Esteban) y “choni-glam” (a la cabeza Lady Gaga y Kesha con sus vestidos de vinilo, plataformas imposibles, grandes escotes, medias con carreras, sobredosis de maquillaje y ropa interior a la vista).
Se trata de un término muy televisivo, ya que además de Gran hermano, impresionante cantera de chonis de todo tipo (Mercedes Milá la primera), la serie Los Serrano ya incluía un personaje llamado “la Choni”. Más tarde se han subido al carro otros éxitos televisivos como Aída (con su hija “la Lore” y su amiga “la Macu”), Física o química (con “la Yoli” —nótese que la mayoría de chonis usan el artículo “la” delante de su nombre abreviado—), Quién quiere casarse con mi hijo o la enésima variante de Shore (Jersey, Geordie, Gandía), entre muchas otras.

martes, 15 de julio de 2014

Bunkering (/ˈbʌŋkərɪŋ/)


Voz inglesa que se utiliza cada vez más en lugar del español “petroleo” (de “petrolear”: ‘dicho de un buque: abastecerse de petróleo’) para designar “repostaje”, “abastecimiento” o “suministro” de combustible en el mar de barco a barco por medio de “gasolineras flotantes”, “barcos gasolinera” o “buques gasolinera”.
Además del grave impacto medioambiental que provoca esta práctica, en muchas ocasiones el “bunkering” se lleva a cabo en aguas internacionales para evadir las imposiciones tributarias que gravan los carburantes.

lunes, 14 de julio de 2014

El arte de comparecer



Los políticos hablaban hasta hace poco ante los periodistas en rueda de prensa. Ahora comparecen. Comparecen en un accidente ferroviario, comparecen ante el Congreso, comparecen en el juzgado… Comparecen con preguntas o sin ellas. Pero comparecen.
José Antonio Griñán sí que las admitió el 24 de julio, al presentarse así ante los informadores: «Comparezco ante ustedes para explicarles que renunciaré a la presidencia de la Junta de Andalucía». Y el hecho de que unas veces se admitan las preguntas y otras no, sirve además para que el sustantivo “comparecencia” y el verbo “comparecer” no se vean dañados por connotación peyorativa alguna.
En el verano de 1975, un redactor de La Voz de Castilla escribió una broma bajo una foto que retrataba al entonces gobernador civil de Burgos, Jesús Gay Ruidíaz, al salir del coche oficial para supervisar las tareas de los bomberos que luchaban contra el fuego en un monte cercano a Oña (donde ardieron 600 hectáreas). El texto del pie decía: «El gobernador civil llega a la inauguración del incendio». Entonces no se comparecía, pero se inauguraba mucho. La broma no llegó a imprimirse, claro.
La presencia pública de los altos cargos de ahora recuerda algo a todo aquello, porque el mérito no reside en lo que puedan explicar, sino en el mero hecho de comparecer. Tras la tragedia del tren de Santiago, hubo mucha comparecencia de políticos, que observaron en la misma vía férrea las consecuencias del accidente. Mucha comparecencia y pocas explicaciones. Y llama la atención este cambio en el viejo verbo “comparecer”, antes estrictamente jurídico y ahora polivalente y manejable a gusto del compareciente.
El primer Diccionario académico definía así, en 1729, la voz “comparecencia”: ‘El acto de comparecer y presentarse uno ante un juez o superior, en cumplimiento del orden que se le ha intimado’. Y similar sentido se daba al verbo “comparecer”. Lejos de diluirse ese barniz legal, fue reforzándose. Así, en 1956 “comparecer” sigue circunscrito al terreno jurídico pero con un matiz adicional importante: se comparece en virtud de un llamamiento.
El Diccionario de 1992 mantiene el uso de “comparecencia” reducido al campo del derecho, si bien añade al verbo “comparecer” la innovadora acepción de ‘aparecer inopinadamente’, quizás por influencia del inglés “to appear” (/əˈpɪəʳ/), que significa tanto “aparecer” como “comparecer”; y que persiste en la vigente edición de 2001 (en la que desaparece por tanto el matiz de que para comparecer hace falta ser convocado). En esa última edición se añade asimismo en “comparecencia” una acepción con el adjetivo “parlamentaria”: ‘Presentación del Gobierno, de sus miembros, así como de otros cargos, ante los órganos parlamentarios a efectos de informe y debate’.
El corpus académico del español desde los orígenes del idioma hasta el año 1975, que recoge miles de obras literarias y de documentos escritos, y que consta de 250 millones de registros, anota 226 usos de “comparecencia”. Todos se refieren al ámbito del derecho, o al menos a una cierta formalidad legal.
En el corpus del español actual (desde 1975), con 160 millones de registros, el 83 % de los 1.712 casos (según la propia estadística del banco de datos) corresponde a “prosa jurídica”, lo que no excluye que en los restantes se use también en un contexto relativo a los juzgados o al Parlamento.
Como consecuencia de todo ello, la voz “comparecencia” en el actual Diccionario ofrece cuatro acepciones, todas con la marca “Derecho”: ‘Acción y efecto’ de comparecer, y ‘personación’ o ‘audiencia’ en un proceso, además de la ya referida ‘comparecencia parlamentaria’.
Vemos por tanto la evolución experimentada: En un principio, “comparecencia” y “comparecer” se aplicaban a quien acude ante el juez o ante un superior al que se rinden cuentas; más tarde se añadió el Parlamento, y siempre se comparecía después de ser convocado o llamado.
En el último tramo de este trayecto semántico, a los dos poderes anteriores (judicial y legislativo) se ha incorporado otro, “el cuarto poder”: la prensa. Pero no se comparece ya por iniciativa ajena. Así como el juez y el Parlamento convocan, los periodistas son convocados. El compareciente no es llamado, sino que llama. A su voluntad y a su antojo.
Dentro de la misma maniobra, la expresión “rueda de prensa” se va arrinconando para dejar paso a esta “comparecencia” voluntaria. El compareciente, además, suele explicarse de pie, con tribuna o atril, en posición superior. No con la cabeza a similar o inferior altura como sucedería en el juzgado. Para eso es un alto cargo, para estar en alto.
He ahí el remate en la transformación interesada de la palabra, que ahora ocupa íntegramente el espacio —tanto jurídico como general— que antes correspondía a “personarse”. En un principio, comparecía un ciudadano ante un juez que le convocaba y le interrogaba. Y ahora puede comparecer una autoridad ante quien ella decida, sin convocatoria de nadie y acaso sin contestar preguntas, como en las inauguraciones de antaño. Sin embargo, “comparecencia” y “comparecer” guardan el viejo prestigio de la formalidad y la rendición de cuentas. Jugada redonda.

viernes, 11 de julio de 2014

Escor


Calco del inglés “score” (/skɔːʳ/) utilizando en algunos países de Hispanoamérica en lugar de “resultado”, “tanto” o “puntuación”. También es muy común en el lenguaje médico para hablar, por ejemplo, de los “escores de dolor” en relación con los estudios de tratamientos analgésicos.
Además, en la jerga cinematográfica es cada vez más común emplear el anglicismo crudo “score” para referirse a la “partitura”, “música” o “banda sonora” de una película o serie de televisión.

jueves, 10 de julio de 2014

Otros palabros (XVI): Austericidio


Elegido palabro del año 2012 por Punto y coma por encima de los otros dos finalistas, “nimileurista” y “yayoflauta” (todos ellos relacionados con la crisis económica). La redacción de la revista se inclinó por este término debido a la fuerza con la que expresa un aspecto importante de la realidad que vivimos actualmente: el agobio socioeconómico del ciudadano medio a causa de la crisis, y por tratarse de una creación novedosa y atrevida, pese a su formación irregular, ya que el sufijo latino “–cidio” va asociado a lo que se mata (el ciudadano), no a aquello con lo que se mata (la austeridad).
Según su defensora, Lucía Guerrero, «la palabra “austericidio” empieza a ocupar un lugar preferente en los medios desde que los gobiernos de países europeos como España iniciaron la adopción de políticas de austeridad para reducir el gasto. Parece que el origen de la expresión hay que buscarlo en las formaciones de izquierda con la finalidad de criticar estas medidas, ya que consideran que sólo conducen a agravar aún más la situación económica de las familias, especialmente las de clase media y baja. El texto más remoto en castellano al respecto del que se tiene constancia es de Gaspar Llamazares, que lo viene usando desde julio de 2012 en su perfil de Twitter, aunque también hay quien afirma que en realidad significaba ‘matar a Paul Auster’.
»Este término está formado por la suma de “austeridad” y el sufijo “–cidio” (del latín “–cidere”, forma combinatoria de “caedĕre”, que significa “matar”), y se utiliza para designar la ‘muerte por austeridad’ —excesiva, se entiende—. No obstante, dicho sufijo va normalmente unido a otra palabra que designa la víctima, como por ejemplo en “suicidio” (‘matarse a sí mismo’) o “fratricidio” (‘matar al propio hermano’). Sin embargo, en el caso de “austericidio”, la austeridad no es la víctima, sino el agente causante de la muerte (‘matar por austeridad’). Así, por analogía con los otros términos acabados en “–cidio”, el significado correcto de “austericidio” debería ser ‘matar a la austeridad’.»
Por su parte, en la Fundéu opinan que, pese a tratarse de una palabra bien formada, no es adecuado emplearla con el sentido de ‘matar por exceso de austeridad’, ya que en realidad se refiere a ‘matar la austeridad’. En su lugar aconsejan emplear alternativas como “austeridazo”, “austeridad suicida”, “austeridad homicida” o “austeridad letal”.
Quizás el meollo del asunto esté en darle la vuelta al palabro y, en lugar de considerarlo la suma de “austeridad” más el sufijo “–cidio”, pensar más bien en un acrónimo de “austeridad” y “suicidio”, es decir, que las austeras medidas que nuestras ilustres lumbreras han estado tomando los últimos años son en realidad un suicidio, tanto en sentido figurado (economía) como literal.

miércoles, 9 de julio de 2014

In-house (/ˈɪnˈhaʊs/)


Expresión inglesa muy utilizada en el mundo empresarial que puede funcionar como adjetivo (“interno”, “propio”, “de planta” —en la empresa—) o como adverbio (“internamente” —dentro de la empresa, desarrollo propio, de producción propia—), para referirse al personal que está “en plantilla” (o a las labores realizadas por éste para el caso del adverbio), en contraposición al personal subcontratado.

Comprensivo


“Comprehensive” es una palabra muy engañosa para el hablante español debido a su similitud tanto con “comprensivo” como con “comprehensivo”, la ortografía arcaica del término. Sin embargo, pese a pertenecer a la misma familia léxica, “comprehensive” difiere radicalmente de vocablos relacionados con la idea de “entender” o “saber” algo como “comprehend” (“comprender”), “comprehension” (“comprensión”) o “comprehensible” (“comprensible”), lo cual puede deducirse fácilmente del contexto en expresiones como «a “comprehensive” list», que evidentemente no sería una lista “comprensiva”, sino una lista “[muy] amplia”, una lista que contiene “todo o casi todo”.
Esta contradicción semántica puede explicarse por medio de la etimología. Tanto “comprehensive” como “comprensivo” derivan del latín “comprehenděre”, que era un verbo compuesto formado por la preposición “cum-” (“con”) y el verbo “apprehenděre” (“coger”, “conquistar”). Por consiguiente, uno de los significados de “comprehenděre” era “coger” o “apoderarse de”. Sin embargo, metafóricamente hablando, cuando alguien “entiende” un concepto —el otro significado de “comprehenděre” (comprender)—, lo coge, lo hace suyo, lo agarra en cierta manera.
Por lo tanto, “comprehensive”, al contrario que el resto de su familia léxica, mantiene únicamente el primer significado y lo modifica añadiendo la idea de completitud. Por su parte, en español rara vez se usa la segunda acepción del DRAE (‘que comprende, contiene o incluye’), más cercana a la inglesa aunque sin la connotación de “todo o casi todo”.

martes, 8 de julio de 2014

Otros palabros (XV): Canibalizar


Aparte de lo evidente (comer carne humana), también se utiliza en sentido figurado para referirse a “reutilizar”, “desmontar” o “desarmar”. Por ejemplo, en la jerga de la aviación, se utiliza para referirse a dejar un aparato fuera de servicio para utilizar sus piezas y reponerlas en otros aparatos del mismo modelo que estén en condiciones de vuelo. No obstante, es un término que puede encontrarse en muchos otros contextos, tales como el empresarial (“canibalización” de recursos por la competencia interna de una organización, es decir, un departamento que “se come” los recursos destinados a otro con el que debería colaborar en vez de competir), industrial (“canibalización” de equipos: desguace de varios equipos averiados para componer uno perfectamente operativo) o comercial (cuando las ventas de un nuevo producto que se lanza al mercado “se comen” las de otros productos existentes sin aumentar realmente las ventas totales de la empresa).

viernes, 4 de julio de 2014

Macfarlán / Macferlán


Epónimo de McFarlane, presunto creador escocés de esta prenda de abrigo masculina muy utilizada a principios del siglo XX; similar a un gabán, pero sin mangas y con una capa corta que cubre la los hombros y el tórax. No debe confundirse con el “sobretodo”, que sí tiene mangas. Y, sobre todo, no hay que confundir “sobretodo” con “sobre todo”, algo cada vez más común en las redes sociales y en los medios de publicación.

Curl (/k3ːl/)


Por muy purista que se sea (y mira que yo me llevo la palma), en ocasiones hay términos que conviene dejar tal cual, ya que se corre el riesgo de perder exactitud.
“Curl” (que también significa “rizo” o “bucle”) se utiliza en el campo del entrenamiento con pesas y suele interpretarse como “flexión”, traducción que no será considerada completamente fiel por los entendidos en esta actividad (no es mi caso), ya que los movimientos que se realizan con las barras o las mancuernas también incluyen “contracciones”, “rotaciones” y “giros”.
Con lo que hay que tener cuidado es con la ortografía: no es lo mismo “curl” que “crul”.

Fuego, en


Calco innecesario de la expresión inglesa “on fire” (/ɒnfaɪəʳ/), utilizada para referirse a alguien que está teniendo mucho éxito o está realizando una actuación formidable (habitualmente un deportista) o que es extremadamente atractivo. En caso de querer traducir del inglés con la mayor literalidad posible, lo más correcto sería utilizar la expresión “en llamas”, aunque yo optaría por otras posibilidades como “está que se sale” o “está en racha” (para el caso de los deportistas) o “esta buenísimo” —entre muchas otras más o menos “publicables”— para el resto.
En español existen expresiones, con una estructura parecida pero significado completamente diferente, como “entrar en fuego” (‘tomar parte por primera vez en una acción de guerra’) o “estar hecho un fuego” (‘estar demasiado acalorado por exceso de una pasión’), que evidencian que las connotaciones de “fuego” son totalmente diferentes de las de “fire” y demuestran la escasa idoneidad de este calco.

martes, 1 de julio de 2014

Focalizar


Calco del inglés “to focalise” /ˈfəʊkəˌlaɪz/ (“enfocar”, “ajustar el foco”, “centrar la atención”, “destacar”, “concentrarse”, “centrarse en algo”) que el DRAE define como ‘hacer converger un haz de luz o de partículas’; ‘centrar, concentrar, dirigir’. No obstante, en inglés, salvo en contextos muy técnicos, es mucho más común el verbo sinónimo “to focus” (/ˈfəʊkəs/).