martes, 30 de septiembre de 2014

Búlder


También denominado “[escalada en] bloque[s]” o “blocar”, es la adaptación gráfica del inglés “bouldering” o “boulder” /ˈbəʊldəʳ/ (“roca”, “peña”, “losa”, “peñasco”) que designa la modalidad de la escalada libre en la que se busca la máxima dificultad reduciendo el uso de accesorios, incluidos los del equipo de seguridad convencional de la escalada (cuerda, arnés, elementos de fijación), limitándose a los pies de gato y poco más. Suele practicarse en bloques de roca o pequeñas paredes de hasta ocho metros de altura para minimizar los daños en caso de caída, además de contar con colchonetas de seguridad (“crash pad” /kræʃpæd/) y la ayuda de compañeros “porteros” en la parte de abajo para que la posible caída no tenga mayores consecuencias.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Expectancia / Expectación


Calco del inglés “expectancy” (/ɪksˈpektənsɪ/), que significa “expectación” o “esperanza de vida” (tanto en solitario como en la expresión “life expectancy”), muy utilizado en el campo de la psicología de la motivación.
También es muy común usar “expectación” (‘inquietud o ansiedad que genera la espera de algo que interesa’, ‘curiosidad o interés’), e incluso la grafía incorrecta “espectación”, con el sentido de “expectativa” (‘espera’, ‘esperanza o posibilidad razonable de que algo suceda’), especialmente en plural, por calco censurable del inglés “expectation” (/ˌekspekˈteɪʃən/).

Emocionalismo

 

Calco del inglés “emotionalism” (/ɪˈməʊʃnəlɪzəm/) utilizado en lugar de “emotividad”, “emoción” o “sentimentalismo” en algunos ámbitos como la filosofía (los “emocionalistas” anteponen las emociones a los juicios morales, legitimando la arbitrariedad en la conducta y en las convicciones) o la religión (concepto de que la fe proviene de las emociones y que éstas aumentan aquélla, dejando de lado los dogmas o las enseñanzas para sustituirlos por testimonios emotivos, música apasionada, “milagros”, etc.)

martes, 23 de septiembre de 2014

Otros palabros (XXV): Conveniar


La primera vez que escuché esta palabra fue en boca de Cristóbal “no tengo remedio” Montoro en una de sus magníficamente crípticas alocuciones: «estamos hablando de “conveniar” y esos “convenios” no van a ser como los actuales: “convenios” que se “convenian” y después, cuando no hay dinero por parte de la Comunidad Autónoma, se retira el dinero y permanece el “convenio”». Pues eso, que el convenio está conveniado. ¿Quién lo desconveniará? El desconveniador que lo desconvenie buen desconveniador será.
Ya en el año 2010, más de dos años antes, la Fundéu respondía a una consulta sobre este término indicando que «la palabra “conveniar” existe, por cuanto se usa y está bien formada. No obstante, todavía no figura en los diccionarios y es probable que haya personas que no la entiendan bien, de modo que es preferible no usarla en contextos donde la precisión es importante.» Tres años más tarde y unos meses después de que nuestro nunca bien ponderado ministro sentara cátedra en el asunto, la misma Fundéu dedicaba una de sus recomendaciones al palabro que hoy nos ocupa: «el verbo “conveniar”, derivado de “convenio”, está bien formado en español, por analogía con otros verbos surgidos a partir de sustantivos terminados en -nio, como “ingeniar”, de “ingenio”, o “testimoniar”, de “testimonio”. A pesar de que la mayoría de los diccionarios aún no recogen el verbo “conveniar”, sí lo hace el Diccionario de americanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española (Asale), que lo define como ‘acordar mediante convenio algo’.»
En efecto, se trata de un americanismo empleado en Cuba y Nicaragua. En otros países suele utilizarse la perífrasis “acordar mediante convenio” o bien verbos como “acordar”, “concertar”, “firmar”, “pactar” o “convenir”, que pueden funcionar como sinónimos en la mayoría de los contextos, haciendo innecesario recurrir al neologismo.

Kernel (/ˈk3ːnl/)


Vocablo inglés que significa “pepita”, “grano”, “meollo”; a su vez derivado del alemán “kern” (“núcleo”, “hueso”). Se utiliza en varios campos científicos (matemáticas, química…), pero sobre todo en informática para designar el “núcleo del sistema” o parte principal de un sistema operativo, encargado del manejo de los dispositivos, la gestión de la memoria, del acceso a disco y en general de casi todas las operaciones del sistema que permanecen invisibles.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Lujurioso


El vocablo inglés “luxurious” (/lʌgˈzjʊərɪəs/) se define como ‘sumamente cómodo, elegante o placentero, especialmente si implica un gran dispendio’ (“lujoso”, “de lujo”, “suntuoso”), mientras que el español “lujurioso” tiene un significado bien diferente, ya que está relacionado con la “lujuria” (“lust” /lʌst/), un vicio ‘consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales’ (DRAE).
Puede encontrarse una ligera similitud semántica con una rara acepción de “luxurious” (‘que proporciona placeres excesivos o sensuales’). Sin embargo, traducir “luxurious” por “lujurioso” es tan cómodo como peligroso y puede llevar a situaciones embarazosas y escandalosas, como ocurriría en la frase «The elegant settings of Bateaux London’s “luxurious” restaurant cruisers on the River Thames».
No obstante, “luxurious” y “lujurioso” sí que fueron sinónimos en el pasado. Hay dos acepciones obsoletas de “luxurious” que evocan vívidamente la idea de “lujurioso” (“lustful” /ˈlʌstfʊl/): ‘lascivo, libidinoso’ y ‘apasionadamente deseoso de algo’. Ambas datan del siglo XIV y comenzaron a desaparecer en la segunda mitad del XVII, cuando el término comenzó a utilizarse en un nuevo sentido al referirse a cosas u objetos: ‘lujoso o referido al lujo, caracterizado por o haciendo ostentación del lujo’.
En lo que respecta a la relación entre los vocablos ingleses “luxurious” y “lustful”, su sinonimia estuvo vigente durante “sólo” un siglo y ello fue debido al hecho de que “lustful” se utilizaba meramente para denotar ‘deseo en exceso’, sin connotaciones sexualmente explícitas hasta finales del siglo XVI.
La polisemia ya estaba presente en su origen latino común “luxus” (del indoeuropeo “leug”: ‘girar, doblar’), en el que se entremezclaban tres significados: “exuberancia”, “lujo” y “desenfreno”, aunque todas compartían la connotación básica de “exceso”. Después el español, al contrario que el latín, diferenció claramente entre dos ideas por medio de dos palabras, “lujoso” y “lujurioso”. El inglés, por su parte, expresó ambos sentidos con sólo una palabra (“luxurious”) hasta hace tres siglos, antes de que “lustful” y “luxurious” comenzaran a denotar conceptos diferentes y ésta experimentara una mejora.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Glamurización


Además de lo ya reseñado en su momento sobre el habitual malentendido en el uso del término “glamur” (y sus múltiples variantes), últimamente se ha puesto también de moda el término “glamurización”, calco del inglés “glamorization” /ˈglæməraɪzeɪʃən/ (“idealización”) que a su vez deriva del verbo “glamorize” /ˈglæməraɪz/ (“embellercer”, “hacer parecer más atractivo”).

Literacia


Feo e innecesario calco del inglés “literacy” (/ˈlɪtərəsɪ/) para intentar sustituir a palabras comunes y conocidas por cualquier hispanohablante que se precie, como “alfabetismo” (“literacy rate” o “índice de alfabetismo”), “albafetización” (“literacy campaign” o “campaña de albafetización”), “conocimientos” (“computer literacy” o “conocimientos informáticos”), “don” (“scientific literacy” o “don para las ciencias”) o “lectoescritura” (“literacy test” o “examen —que no test— de lectoescritura”).
Es muy común la expresión “literacia de información” (también “literacia de la información”) para referirse a la destreza o capacidad de identificar, localizar, evaluar, entender y utilizar la información adecuadamente, por medio de un uso óptimo de las nuevas fuentes y tecnologías. No obstante, en este caso el calco también es innecesario, pues el español cuenta con términos como “competencia” o “aptitud”.
Para quienes no se conforman con “literacia”, que sepan que también existe la “numeracia”, calco del inglés “numeracy” (/ˈnjuːmərəsɪ/), que designa la habilidad con los números o para la aritmética.

El que escriba «habrir» no debería graduarse


(Mejor te hiría si habrirías tu halguno).

Escribir habrir es una falta de ortografía tan descabellada e inverosímil que parece un signo de rebeldía, como quien escribe okupa. Sin embargo, cuando una profesora de Hispánicas —letras— y otra de Agrónomos —ciencias— repasan en común mentalmente las faltas más habituales de sus alumnos aparece pronto el dichoso habrir. ¿Cómo llegan a una falta tan rocambolesca? Probablemente, conjeturan las docentes, porque no distinguen «habría» del verbo haber de «abría» (casi siempre escrito sin acento) de abrir. Los fallos ortográficos y de expresión son frecuentes en unos estudiantes que con esa ortografía no hubiesen pisado la Universidad. Los profesores reconocen que el panorama es desolador, pero pocos bajan la nota de un examen por la ortografía y la expresión —menos aún en las carreras de ciencias— y no existen reglas comunes para baremar este asunto en los departamentos de las facultades.


«Hay algo de verdad y algo de tópico. Si no hubiera sido por la métrica, el poeta podría haber dicho tal vez ‘cualquier ortografía pasada / fue mejor’. Antes había un sector de la población que no estudiaba y que apenas sabía escribir. Ese sector hoy ha accedido a la enseñanza y, por supuesto, escribe mejor», explica el académico Salvador Gutiérrez, que fue el encargado de coordinar la Ortografía de la lengua española, el polémico volumen de la RAE. «Sin embargo, los que antes estudiaban debían someterse a un largo y duro aprendizaje de corrección idiomática y, como consecuencia, su ortografía alcanzaba un nivel mucho más elevado que el que tienen los que, por ejemplo, acceden hoy a la Universidad».


«El problema no es solo de ortografía. También, o más, de prosodia. Es decir, la organización de la sintaxis: los puntos, las comas… Entiendo “baca”, pero puedo no entender el discurso si no se organiza bien. Es difícil de marcar, pero no se esfuerzan», plantea Flor Salazar, profesora de Filología Hispánica en la Universidad Complutense. «Por ejemplo, está muy de moda no poner las sangrías después del punto y aparte. Hemos copiado a los anglosajones y eso tenía su utilidad», prosigue. «Yo, cuando era pequeña, todos los días hacía una redacción. Y es lo que deberían de [sic] hacer ahora. Redacción, redacción, redacción. Recuerdo a una compañera de facultad que, hace 40 años, tuvo un cero por escribir “disminutivo”».


Amparo Medina Bocos, profesora jubilada de Lengua en secundaria, remarca también la importancia de las tildes. «No es lo mismo ‘revólver’ que ‘revolver,’ pero está socialmente mejor visto que escribir vailar. Hemos caído en la dejadez. En la calle lees cafeteria y antiguedades. Nada».


«Si un estudiante escribe que la toma de la Bastilla tuvo lugar en 1787 es probable que no obtenga un sobresaliente, aunque quizá tampoco un suspenso. Pero si escribe que la toma de la Bastilla tuvo lugar en 1987, o —como parece que escribió una vez cierto estudiante— que lo que tuvo lugar en 1789 fue la toma de la Pastilla, entonces no necesita una calificación, sino en rigor un aviso de que no ha llegado a ponerse en condiciones de ser calificado en un examen de Historia», opina José Luis Pardo, catedrático de Filosofía en la Complutense. «Creo que este es el mismo caso de las faltas de ortografía (cuando son graves): no es lo mismo si un alumno de primero de Filosofía escribe Witgenstein con una te de menos que si escribe el dever ser con uve. Hay que suspenderle, claro está. No hay otra manera de hacerle notar que no cumple las condiciones, pero conviene que se entere de que ha suspendido no por falta de conocimientos, sino por no reunir las condiciones previas necesarias para poder ser calificado. Es como si en la escuela de ingenieros se preguntasen si hay que ser exigentes en la construcción de puentes o si se debe levantar un poco la mano, aunque algunos viaductos se caigan a la primera ventolera».


Pardo modela a los próximos filósofos y José Manuel Sánchez Ron, en la Autónoma de Madrid, a los que un día serán físicos. Este cuatrimestre el académico de la Lengua ha decidido bajar la puntuación en Historia de la Ciencia, una asignatura optativa, por los fallos «aunque de una manera generosa; no condicionará su aprobado. He tomado esta decisión individual a la vista de que no conduce a nada decirles que presten atención porque saldrán mejor preparados». El primer día de clase, el científico les recuerda la importancia de escribir bien. «Les digo que no soy su colega y, por tanto, que no pueden escribir como un SMS a los amigos».


El inglés es la lengua franca en ciencias, pero se niega a que se escuden en el argumento de que lo importante es ser capaces de resolver las fórmulas y problemas. «Es la manifestación de un movimiento posmoderno. La ortografía no es un juicio relativo, es una ley absoluta», dice Ron.


Consensuar que se valore la forma y no solo el contenido de lo escrito no parece fácil. Hace una década un grupo de profesores de Hispánicas en la Complutense propuso al decanato un reglamento común al que ampararse ante las quejas estudiantiles, pero este adujo que el asunto no era de su competencia. «Debe bajarse la nota (incluso hasta llegar al suspenso) cuando se trata de faltas graves y/o muy reiteradas. No debería ser preciso ningún reglamento, como tampoco para ir a clase completamente vestido y calzado o no entrar en el aula con mascotas, y el simple decoro (el sentimiento de vergüenza ante el reproche común) debería bastar para que se inhibieran los infractores», sugiere Pardo. Aunque, realista, concluye: «Está claro que esto ha dejado de ocurrir, de modo que es preferible que haya una norma común, si fuera posible de Estado, porque esto sería lo más parecido a no tener que estar todo el rato advirtiendo lo que en realidad no haría falta advertir porque es de sentido común».


Que se lo digan a un profesor de un grado en Comunicación en una prestigiosa universidad pública española enfrentado a sus alumnos por su decisión de rebajar la nota con las faltas. Eso ha supuesto el suspenso de más de uno. «La culpa es de los alumnos, claro, pero también de los docentes. Rebajamos mucho el listón y obviamos la necesidad de subrayar que se debe escribir correctamente en cualquier caso, pero más en el nuestro, porque somos profesionales de la palabra», sostiene desde el anonimato. «Algunos alumnos te dicen que se tiene que valorar solo el conocimiento de la materia y no cómo se escriben las palabras porque para eso existen correctores. Pero en las redacciones apenas queda esa figura y ya no hay tiempo para corregir. Y, aunque los hubiera, no sería excusa».


Este docente esboza un presente y futuro negro en la Universidad: «La comunidad educativa tiene cada vez más miedo a imponerse. Los alumnos se atreven a decir y hacer cosas que en nuestra generación nunca habríamos hecho, y los profesores se asustan —en algunos casos— o, sencillamente, evitan los problemas porque, con la crisis, ven recortados sus ingresos, aumentado su trabajo y lo último que les apetece es enfrentarse a reclamaciones y quejas».


En la Comunidad Valenciana quieren ponerle coto a las faltas en las PAU (Pruebas de Acceso a la Universidad), eso sí, solo en las asignaturas de Lengua y Literatura II. En la Selectividad se rebajará hasta tres puntos por las faltas (0,25 por las grafías y 0,15 por las tildes), un descuento que llegará a los cuatro en 2015. El recorte es paulatino para dar tiempo a los institutos a que solventen el problema. La reforma de los planes de estudio del Ministerio de Educación prevé también reválidas al terminar la primaria y la secundaria. Dos pruebas externas que quizá obliguen al profesorado a hacer hincapié en la ortografía.


«Terminar con las faltas es complicado porque el resto de profesores consideran que es un tema de Lengua que no les compete y no bajan la nota», lamenta Javier López, periodista de formación y docente de Lengua en el instituto Serranía de Alozaina (Málaga). Existe también la queja inversa: ¿si no le suspende el de Lengua, cómo lo voy a hacer yo en Historia? «El español no es patrimonio de los profesores de Lengua. Es de todos. Y cada uno en su ámbito tiene que enseñar su léxico y en clase de Matemáticas no puedes dejar que un niño escriba hangulo. No puedes», razona Medina Bocos.


Hace tres cursos, López, de 37 años, comenzó a ser profesor de Lengua y Literatura y le sorprendió «una didáctica del siglo XIX en el XXI». En su opinión, para mejorar la ortografía «ya no sirve, como funcionó con generaciones anteriores, hacer dictados o copiar muchas veces una palabra mal escrita». Él mantiene contacto a través de las redes sociales con sus alumnos y les obliga a expresarse con corrección. «Cuando escribías una carta te esforzabas, aunque fuese a un amigo, porque era algo de lo que quedaba constancia y decía mucho de ti. Por eso quiero que entiendan que en Tuenti o en Facebook también se puede escribir bien y tienen que elevar el registro. La relación alumno-profesor no puede ser la misma que entre ellos». López saltó a los medios con su campaña Tu ignorancia me alimenta. «Por cada falta que le restaba puntos en el examen tenían que traer un producto si querían recuperar la nota», recuerda. Y así donaron 500 kilos de comida.


No todo son malas noticias. Hay una minoría muy preocupada por la lengua. Lo constatan en el departamento de dudas de la RAE, Español al Día, que recibe un centenar de preguntas diarias. «Cada vez más gente accede a la educación media y superior y un buen dominio de la herramienta lingüística es imprescindible para acceder a puestos de trabajo cualificados. También ahora hay más medios para obtener información y resolver cuestiones lingüísticas, como los diccionarios de dudas o servicios como el nuestro, que permiten a los hablantes obtener respuesta a sus preguntas sin tener que buscarla por sí mismos en manuales de gramática u obras de referencia, a menudo difíciles de entender y digerir», cuentan.


El descrédito del uso del lenguaje es tal que unas oposiciones a Policía Municipal en Las Palmas de Gran Canaria levantaron polvareda el año pasado por esta razón. Cien candidatos denunciaron ante el registro del Ayuntamiento la prueba ortográfica que solo aprobaron 17 de los 168 opositores. La prueba consistía en descubrir los fallos de 22 frases en 10 minutos. La cuestión es: ¿debe el Estado bajar el nivel requerido? «No es que las instituciones hayan de ser severas, sino justas», matiza Gutiérrez, también catedrático de Lingüística en la Universidad de León. «Los que desean acceder a un puesto de la Administración no solo han de conocer los asuntos que atañen a la plaza a la que concursa, sino también a la lengua en que se expresan. Si los policías tienen que redactar informes o levantar actas, han de demostrar en la oposición que pueden hacerlo de forma correcta».


El filósofo Pardo no da crédito: «Denuncian al Estado los infractores de la norma más elemental para la convivencia (el uso respetuoso y compartido de la lengua), pero si el Estado permitiese las infracciones, que es lo que sí sería un delito atroz y una dejación escandalosa, nadie pondría una denuncia. Todo un ejemplo de moralidad pública». Y se muestra categórico: «Los organismos no deben dejar de castigar a los infractores de la ortografía como no dejan de hacerlo con los infractores de las normas de tráfico».

(Especialidad de Neumonología del Hospital Universitario de Burgos).

Con la reforma educativa del ministro Wert, los alumnos de secundaria recibirán un 25 % más de clase de Inglés, Matemáticas y Lengua. Quizá entonces el drama de las faltas se acabe o, al menos, se aminore. De alcanzarse este objetivo, será el adiós al hit del momento: ola k ase.


Se + han = «san».
- El punto final no existe y las frases no arrancan con mayúsculas. Estas se usan indistintamente.
- «Haber» y «a ver» es el mayor quebradero de cabeza.
- Por contagio de la manera de escribir por móvil desaparece la "ch", que pasa a ser "x". Mucho es muxo.
- La "g" es hoy "w". Uno no es guapo sino wapo.
- Las palabras acortadas en los apuntes de clase —"tb" por también o "pq" por porque— se ven en los exámenes.
- Los términos se funden: derrepente, asique, osea.
- «Hecho» de hacer y «echo» de echar no se distinguen.
- Aparecen nuevas palabras como el gerundio tuviendo.
- Una "s" por una "x" (espectativas) y una "n" que no existe (transtorno).

martes, 16 de septiembre de 2014

Otros palabros (XXIV): Conectorización


Me ha costado apartar la vista de la pantalla cuando he recibido un mensaje electrónico (perdón, email) de nuestro Técnico Informático que rezaba «Debido a trabajos de “conectorización” en el armario de red de Oficinas se va a proceder a cerrar los servicios de la Red Local». Si no fuera por lo esotérico de su profesión, me pondría en contacto con él para consultarle sobre las diferencias entre “conectorizar” y “conectar” (‘enlazar entre sí aparatos o sistemas, de forma que entre ellos pueda fluir algo, como agua, electricidad, señales, etc.’), así como entre “conectorización” y “conexión” (‘acción y efecto de conectar’, ‘punto donde se realiza el enlace entre aparatos o sistemas’), pero me temo que la respuesta sería aún más críptica.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Handbike (/hændbaɪk/)


Partiendo de “hand” /hænd/ (“mano”) y “bike” /baɪk/ (“bicicleta”), se forma el término “handbike” o “bicicleta de manos”, alternativa a la silla de ruedas para que tanto parapléjicos como tetrapléjicos puedan disfrutar saliendo a pedalear con familia o amigos. Los tipos van desde lo más básico —un simple dispositivo manual acoplado a la parte frontal de la silla de ruedas— hasta las de competición —que pueden alcanzar velocidades superiores a los ochenta kilómetros por hora—, pasando por estructuras de bicicleta más o menos compactas, en las que se puede ir sentado, recostado e incluso tumbado.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Otros palabros (XXIII): Conectabilidad


Si ya de por sí el lenguaje informático abusa de los sustantivos abstractos en “–dad” (“funcionalidad” —“servicios”, “funciones”, “características”, “rendimiento”—, “potencialidad”, etc.), en este caso no bastan ni la clásica “conectividad” (‘capacidad de dos o más elementos para trabajar conjuntamente y transmitirse datos e información en un entorno informático heterogéneo’) ni el archisílabo “interconectividad” (‘en informática, conexión de actividades entre varias redes’) y se hace necesaria la invención del término “conectabilidad”.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Otros palabros (XXII): Apechusque


«No te pongas a las nueve, que no te vale el “santolio”; como te dé una miaja de “apechusque”, la “roscas”», aseguraba D.ª Petra Alarcón del Hoyo, vecina de Honrubia (Cuenca), en relación con el cierre del servicio de urgencias nocturnas en 21 zonas rurales. Eliminando los localismos castellanomanchegos, nos venía a explicar que cualquier problema de salud (apechusque) por nimio que éste sea (miaja, convertida en este caso en peculiar unidad de medida) puede equivaler a perder la vida (la roscas) y habrá que recurrir a la extremaunción (santolio o “santos óleos”).
El DRAE recoge la acepción “apechusques” como localismo de Andalucía, La Mancha y Murcia con el significado de ‘utensilios o herramientas’, y la Wikilengua lo incluye en su lista de regionalismos de Ciudad Real como ‘cosa, normalmente referido a un objeto grande y pesado’. La bitácora El bienhablao detalla un poco más el significado (‘herramienta, utensilio o aperos utilizados en las labores del campo’) y añade otra acepción más: ‘malestar repentino que puede complicarse’.