miércoles, 29 de octubre de 2014

Fuente


Casi todas las traducciones del inglés “font” (/fɒnt/) equivalen a las acepciones españolas de “fuente” (‘pila baustismal’, ‘aquello de que fluye con abundancia un líquido’…). Sin embargo, no es correcto el uso de “fuente”, por tratarse de un falso amigo del inglés, para referirse al ‘conjunto de caracteres de un tamaño y estilo determinados’.
La confusión, como explica D. Ricardo Soca en la página El Castellano, proviene del hecho de que “font” tiene dos significados diferentes, a cada uno de los cuales corresponde una etimología distinta y una traducción específica al español. En su primera acepción, vertida al español como “fuente”, la palabra “font” llegó al inglés proveniente del irlandés antiguo “fans”, que la había tomado, a su vez, del latín “fons, fontis” (“fuente”, “manantial”).
En la segunda acepción, “font” o “fount” llegó al inglés a partir del francés “fonte” (/fɔ̃t/), que no significa “fuente”, sino “fundición de metal” (los caracteres de la antigua tipografía inventada por Gutenberg eran de metal fundido en moldes), con origen en el latín “funditus”, participio de “fundere” (“fundir”, “fabricar”). Hasta la universalización del uso de los ordenadores y la infinidad de disparates lingüísticos que trajo consigo, siempre se llamaron “tipos [móviles]”, del vocablo latino “tipus” y éste del griego “týpos” (“señal”, “huella”, “copia”, “forma”), y jamás se los había llamado “fuentes”.
Hay quien intenta inventarse el origen de esta acepción calcada del inglés alegando que “fuente” puede ser sinónimo de “matriz”, de “origen”, pero es una etimología absolutamente falsa.

martes, 28 de octubre de 2014

Coste efectivo


Término económico y contable bien utilizado cuando se trata del equivalente del inglés “effective cost”, pero calco innecesario cuando es una mala traducción de “cost-effective” /kɒstɪˈfektɪv/ (“rentable”, “beneficioso”, “eficiente en relación con su coste” —no “eficaz” en este caso—), como por ejemplo en la frase «la cría de pollo es más “coste efectiva” y contamina menos que la de otros tipos de animales que se crían para carne». Del mismo modo, no hay que inventarse nada raro del estilo de “coste-efectividad” para trasladar al español la expresión “cost-effectiveness” /ˌkɒstɪˈfektɪvnɪs/ (“rentabilidad”, “relación coste-rendimiento”).

Otros palabros (XXVIII): Cubrición


En castellano significa “coito”, “apareamiento”, “cópula” (sobre todo referido a los animales: ‘acción y efecto de cubrir el macho a la hembra’). Sin embargo, se conoce que a algunos las palabras “cubrimiento” o “cobertura” les parecen demasiado sencillas y naturales, por lo que se decantan por inventar una nueva para pergeñar desatinos como «El bipartito está poniendo en peligro la “cubrición” del AVE a su paso por Orihuela» (Antonio Rodríguez Barberá), «mejorar la “cubrición” de la tinta de impresión», «proceder a la “cubrición” de las gradas de un estadio» o «pintura para exteriores de máxima “cubrición”».

lunes, 27 de octubre de 2014

Flyer / Flier (/ˈflaɪə/)


Anglicismo común en el campo de la publicidad (también calcado como “fláyer” y “flayer”) para referirse a lo que en español llamamos, según el tamaño del texto impreso, “folleto [publicitario]” (de una sola página), “prospecto”, “panfleto [institucional]” (‘hoja o impreso publicitarios, generalmente de pequeño formato, que suele repartirse en lugares públicos’), “octavilla [informativa]”, “suelto” (‘escrito inserto en un periódico que no tiene la extensión ni la importancia de los artículos ni es mera gacetilla’), “pasquín” o “mariposa”, pero no el falso amigo “volante [propagandístico]”, que en inglés se denomina “referral note”.
Como indica Fernando A. Navarro en Cosnautas, pese a que en ocasiones las traducciones pueden ser equivalentes, en inglés lo distinguen de “leaflet” o “brochure” (folleto impreso en una sola página, pero plegado: díptico o tríptico) y de “booklet” o “pamphlet” (folleto [de 5 a 48 páginas], encuadernado o no).

jueves, 23 de octubre de 2014

“Huso horario” y no “uso horario”



Cada una de las partes en que queda dividida la superficie terrestre por veinticuatro meridianos igualmente espaciados y en que suele regir convencionalmente un mismo horario es un “huso horario” (del latín “fusus”), escrito con hache, no “uso horario”.
No resulta difícil encontrar en los medios de comunicación frases como «El Congreso se plantea utilizar el “uso horario” británico en España para facilitar la conciliación» o «Los actuales anfitriones tienen la peculiaridad de ser los primeros en desarrollar el torneo con diferente “uso horario”», en las que lo adecuado habría sido escribir “huso horario”.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Listófono


Término forgiano que surge como posible traducción del inglés “smartphone” /smɑːtfəʊn/ alternativa a la más literal “teléfono inteligente” (‘teléfono móvil que ofrece funciones más avanzadas que un teléfono convencional y presenta características parecidas a las de un ordenador personal —correo electrónico, pantalla táctil, teclado QWERTY, conexión a internet, geolocalización, etc.—’).

martes, 21 de octubre de 2014

Otros palabros (XXVII): Cuarentañero


Propuesta lingüística avalada por AR (la presentadora de televisión antes conocida como Ana Rosa Quintana) para sustituir al adjetivo “cuarentón”, por considerarlo peyorativo.
Si bien el término está recogido por algunos diccionarios como el Clave, a mi entender sólo es despectivo si así lo expresa el hablante o así lo percibe el oyente (tanto como podría serlo “quinceañero”, dependiendo de la entonación y del contexto). Se trata simplemente de una manera coloquial de decir “cuadragenario” (‘persona que tiene entre 40 y 49 años’), ya que el hecho de tener veinte, treinta o cuarenta años conlleva tanto rasgos positivos como negativos. Todo lo demás no es sino una suerte de síndrome de Peter Pan, o ínfulas de quienes echan de menos esas décadas expresadas con los sufijos –era y –ero, como si cumplir los cuarenta fuera una deshonra o algo de lo que renegar o avergonzarse.
Lo mismo sería aplicable a las décadas posteriores (“cincuentón”, “sesentón”, “setentón”…), para las que muchas voces reclaman la igualación de los sufijos (“cincuentañero”, “sesentañero”, “setentañero”); y es que hoy en día la vejez está muy mal vista, e incluso hay quien aboga por proscribir los venerables adjetivos “viejo” o “anciano” y sustituirlos por el abstracto “mayor”, lo cual nos llevaría tarde o temprano a proscribir a las propias personas ancianas (aún más de lo que ya están).
Independientemente de poder estar a favor o en contra del cambio de sufijo, ¿quién nos asegura que el nuevo –ero no vaya a retomar los matices negativos de –ón, del mismo modo que “tercera edad” ha terminado por adoptar las connotaciones de “viejo”?

Clivaje


Tecnicismo calcado del inglés “cleavage” /ˈkliːvɪdʒ/ (“división”, “escisión” y también “escote”, “canalillo”) y del francés “clivage” /klivaʒ/ (“división”, “jerarquización”, “talla”, “tallado”). El verbo inglés “cleave” /kliːv/ (“partir”, “surcar”, “atravesar”) proviene del inglés medio “cleven” y éste a su vez del inglés antiguo “clēofan”, derivado del griego “γλύφειν” (“tallar”, “cincelar”, “esculpir”), de donde también proviene el español “glifo” (‘canal vertical que sirve como elemento decorativo’) y sus derivados “petroglifo”, “triglifo”, “jeroglífico”, etc.
No figura en el DRAE, pero sí lo recoge el Vocabulario Científico y Técnico de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (‘Hendidura en un cristal con la formación de dos superficies lisas. Se produce en planos cristalinos’). En catalán, pese a contar ya con el término “clivella” (“fisura”, “grieta”), la influencia europea hizo que “clivatge” se adoptara a principios del siglo XX.
Es común en el ámbito de la cristalografía, la mineralogía y la joyería (sobre todo de la talla de piedras preciosas) para designar el método para “tallar” en facetas gemas en bruto, especialmente el diamante, mediante la percusión precisa para segmentarlas o henderlas aprovechando sus puntos o planos naturales de exfoliación.
También se utiliza en los campos de la psicología profunda y de la politología con el sentido de “brecha”, “[línea de] conflicto”, “desdoblamiento”, “división”, “fractura”, “segmentación” y “separación” (“escisión” generada por posiciones contrapuestas sobre una cuestión —Iglesia-Estado, capital-trabajo…— o “división” entre clases sociales), así como en los de la bioquímica (‘mecanismo de “ruptura”, “corte”, “fragmentación” o “desdoblamiento” de una molécula grande mediante un proceso enzimático para originar fragmentos de menor tamaño’) o la embriología (‘“división” o “segmentación” mitótica del oocito con reparto equitativo del material hereditario’). Puede que el uso de “cleavage” con el sentido de “escote” tenga que ver con el hecho de que, tras la fecundación del cigoto, el primer indicio del proceso de segmentación sea la aparición de una “hendidura” o “canalillo” en la membrana celular.

viernes, 10 de octubre de 2014

La "peseta" que es "peineta"



Todo parece indicar que a los muchos méritos de Luis Aragonés ha de sumarse ahora el de introducir en la lengua castellana un error que ha acabado por convertirse en costumbre y, por lo tanto, en expresión admitida y usada por el común de los hablantes. El llamado «Sabio de Hortaleza» o también «Zapatones» no sólo consiguió la Eurocopa con la selección española de fútbol, sino que atesora una trayectoria importante como teórico de la literatura y, ahora, como lingüista. En mi Lo que hay que oír, un libro de 1995, ya recogí aquella advertencia memorable suya que tanto iluminó a quienes amamos la lectura: «No es bueno leer demasiado. Yo tenía un amigo que se puso a leer a Kafka, y se volvió maricón».

Pues bien, durante un partido, cuando entrenaba al Atlético de Madrid, el Abuelo levantó el dedo de en medio, cerrando los demás, para mostrar así su desacuerdo con una decisión del árbitro Ansuategui Roca. Al castigarle por ello el Comité de Competición, «Don Luis» teorizó ante los periodistas: «No tiene nada que ver una "peineta", que es lo que yo he hecho, con un corte de mangas. Lo primero es un gesto típico español, y lo segundo, una ofensa».

Yerra un poco Aragonés al considerar «gesto típico español» extender «el dedo impúdico», como lo llamaba San Isidoro, el «digitus infamis», al que se refiere el poeta clásico latino Juvenal. Pero acierta al crear el neologismo peineta y engrandencer así el acervo léxico español. Un fenómeno, el ex entrenador del Real Oviedo: fútbol, literatura, lingüística, nada le es ajeno.

Hacer la peineta no cuenta con tradición escrita en castellano hasta la irrupción del lexicógrafo Aragonés y de los periodistas que lo fijaron en los diarios. Al mostrar el dedo corazón extendido, «se expresa alguna burla infamante», como nos sigue enseñando el santo medieval antes citado.

No hay que confundirlo con hacer una higa, pues, en este caso, se saca la punta del pulgar por entre el índice y el dedo corazón con el fin de ahuyentar algún maleficio o con el de provocar, si se mueve «al mismo tiempo la muñeca hacia la persona a quién se quería enfrentar», como enseña José María Iribarren en su prodigioso El porqué de los dichos.

La acción de Luis Aragonés hacia el colegiado se llamaba en español hacer una peseta no hacer una peineta. Se confundió (vaya usted a saber si por la semejanza entre peseta y peineta), se tomó nota de su confusión, se popularizó y ahora ya todos los medios hablan de la peineta de Aznar.

«Las academias jamás pueden considerarse ni dueñas, ni censoras, ni administradoras de la lengua. Son simplemente organismos de apoyo y de ayuda a ese organismo prodigioso de comunicación cuyos dueños son los hablantes», dice Darío Villanueva, secretario de la Real Academia Española (y presidente del tribunal que juzgó mi tesis de doctorado, que voy a empezar a darme yo autobombo, visto lo que hay), a Andrés Montes en declaraciones para La nueva España.

Algunos hablantes han decidido que se llame hacer la peineta a lo que antes se llamaba hacer la peseta y, si la cosa persiste, dentro de unos años encontraremos en el Diccionario de la RAE lo siguiente: «Hacer la peineta. 1. loc. verb. coloq. Extender hacia alguien el dedo corazón, manteniendo los demás recogidos, como gesto de provocación y menosprecio». Y se añadirá, en los diccionarios de uso, que antes se conocía como hacer la peseta, pero que el fútbol puede con todo. Y se explicará en cualquier lexicón de argot que se acompaña a veces con las locuciones monta aquí y verás París, o monta aquí que te llevo pa Madrí, como recoge Pepe Monteserín.

¿Por qué se decía hacer la peseta? Pongámonos firmes por respeto y leamos al gran cervantista andaluz don Francisco Rodríguez Marín: «Véase una peseta columnaria acuñada en América, de las que valían cinco reales de vellón; repárese la disposición en que están figurados en el reverso y la columna de Gades, y se notará que medianamente semeja la mano en actitud sobredicha». He aquí la explicación del dicho.

«Hacer la peseta es trazar con los dedos un signo fálico», sigue Iribarren instruyéndonos, a semejanza del que parecían mostrar el reverso de las pesetas columnarias. Como ya no hay pesetas, ni columnarias ni de las otras, «lo que no son pesetas son puñetas», así que valga hacer la peineta, si se quiere, por lo que antes era hacer la peseta, valga lo que deseen y usen los hablantes, viva Luis Aragonés y siga viviendo Cartagena.

“Intérprete” y “traductor”, profesiones diferentes



“Intérprete” alude a quien traslada textos orales de un idioma a otro, ya sea en conferencias, ruedas de prensa o reuniones de trabajo, mientras que, de acuerdo con el Diccionario académico, el “traductor” trabaja con obras escritas.
Sin embargo, en los medios se emplea frecuentemente la palabra “traductor” para referirse a quien en realidad ejerce como “intérprete”: «Los “traductores” afganos que ayudaban a las tropas españolas en sus contactos con la población local…», «Defensa se deja atrás a sus “traductores” en Afganistán» o «Mourinho tenía funciones de “traductor” en las que ayudaba al entrenador inglés Bobby Robson».
Si bien “traductor” puede emplearse en un sentido amplio para referirse al profesional que vuelca de un idioma a otro palabras tanto escritas como habladas, la Academia apunta hacia el uso especializado de “traductor”, que se ocupa de obras escritas y presta máxima fidelidad a detalles y matices, e “intérprete”, que trabaja con textos orales y, respetando el discurso original, atiende además al tono de cada situación comunicativa específica.
Por tanto, en los ejemplos anteriores habría sido preferible escribir «Los “intérpretes” afganos que ayudaban a las tropas españolas en sus contactos con la población local…», «Defensa se deja atrás a sus “intérpretes” y “traductores” en Afganistán» o «Mourinho tenía funciones de “intérprete” en las que ayudaba al entrenador inglés Bobby Robson».
Cabe señalar, además, que “interpretación simultánea” es aquella en la que el “intérprete” trabaja, generalmente en una cabina, al mismo tiempo que el orador habla y sin que éste interrumpa su discurso; mientras que en la “interpretación consecutiva” el orador va intercalando pausas regulares para que el “intérprete” intervenga de vez en cuando.
Esta distinción entre “traductor” e “intérprete” es extensiva a los verbos correspondientes “traducir”, más apropiado para textos escritos (aunque válido también en el sentido más amplio de ‘expresar en otra lengua’), e “interpretar”, más preciso para referirse a la labor de estos profesionales en conferencias, ruedas de prensa o reuniones de trabajo.

jueves, 9 de octubre de 2014

Otros palabros (XXVI): Accequible


Cacofónico cruce, documentado en algunas zonas de seseo, entre “asequible” (‘que puede conseguirse o alcanzarse’) y “accesible” (‘que tiene acceso’, ‘de fácil acceso o trato’, ‘de fácil comprensión, inteligible’).
Pese a que “asequible” y “accesible” funcionen como sinónimos para muchos medios de comunicación, en realidad no lo son (además del hecho de que “asequible”, en su uso erróneo con el significado de “accesible”, está haciendo desparecer a este último). Es frecuente confundir el uso de estas dos voces por su proximidad semántica: “accesible” deriva del verbo latino “accedere” (‘llegar, acceder’), mientras que “asequible” procede de un derivado del verbo latino “assĕqui” (‘conseguir, adquirir’). De ahí que para referirse a objetos que, por su precio moderado, pueden ser adquiridos sin dificultad, se use con preferencia “asequible” («a precio “asequible”») y no “accesible”.

miércoles, 8 de octubre de 2014

La moda del archisílabo



Como se conoce que hablar en prosa era ya muy fácil, ahora nos deleitamos con la prosa archisílaba; a ser posible, requetesilábica. ¿Ande o no ande, caballo grande?; pues, valga o no valga, palabra larga. La consigna es llenarse literalmente la boca. Ante el temor a empequeñecer, nos encampanamos en nuestros vocablos y acabamos la mar de satisfechos en la grandilocuencia. Si al desgraciado circo del chiste le crecían los enanos, en nuestro circo verbal nos crecen a ojos vistas las palabras. Por alguna regla que al psicólogo del lenguaje le tocaría desvelar, el blablablá ya no lo parece tanto cuando se torna un blablablabla. El caso es disfrazar el vacío. De esto siempre han sabido bastante algunos miembros de la universidad y muchos zotes de la orden de fray Gerundio. Hoy, con la ayuda de los comunicadores y su parentela triunfante, la peste se ha adueñado de todos. Un hablante que se precie ha de discurrir, por lo menos, en pentasílabos. Tiene que medir sus palabras, sí, pero no para elegir la más justa, sino la más rimbombante. No es preciso rastrear tan sólo en ciertas jergas abstrusas del día (verbigracia, la pedagógica) para probar este fenómeno. En nuestro común empeño por prolongar las palabras nada importa, incluso revolver su significado. Así que escogeremos siempre ejercitar en lugar de «ejercer», complementar por «completar», cumplimentar por «cumplir», señalizar por «señalar», climatología por «clima» o «tiempo», metodología por «método», y problemática por «problema». En la reciente consagración universal del comentar, aun a costa de variar su sentido, no es lo de menos que posea una sílaba de ventaja sobre los modestos «contar», «decir» o «hablar». ¿Acaso hay alguna otra razón de más peso para preferir la ética a la «moral» o para que tantos caigan todavía en el preveer?

Es cosa que maravilla cómo, entre gente que enferma al menor esfuerzo conceptual y desconfía por pedante de quien lo intenta; que exige ir a lo concreto y dejarse de abstracciones; que no aguanta la lectura de cuatro folios de tímido pensamiento y acusa a su autor de humillarle con su elevado lenguaje...; entre esa gente, digo, florece la abstracción ampulosa como lo más natural del mundo. Aquí hasta el más lerdo habla como un torpe metafísico en ejercicio. El existir viene a reemplazar en todas partes al «haber», igual que la existencia suple a la «presencia» y la inexistencia a la «carencia» o «ausencia». No se diga, pues, «intención», sino más bien intencionalidad; ni «fin», sino finalidad; ni «potencia» o «capacidad», sino potencialidad; ni «necesidad», sino necesariedad; ni —quizá— «competividad», sino competitividad; ni «crédito», sino credibilidad; ni «voluntad», sino voluntariedad, ni «gobierno» o «gobernación», sino gobernabilidad. La más simple «obligación» se ha convertido en obligatoriedad, el «todo» o «el total» en totalidad (lo mismo que «conjunto» ha venido a parar en globalidad y hasta en globalización), la «razón» deja paso a la racionalidad, el modesto «rigor» se trueca en rigurosidad y la «eficacia» en efectividad. Pero es que toda «disfunción» es disfuncionalidad, así como la «emoción» emotividad, y ya no hay «peligro» sino peligrosidad. Donde estén las motivaciones que se quiten los «motivos», no va usted a comparar, y qué es un «límite» al lado de una limitación y un escueto «valor» si se lo mide con la más sonora valoración, por no mentar la valorización...

Tal vez crean unos de buena fe que las palabras, como sus rostros, se encogen y arrugan, y les conviene un estiramiento. Para otros, ésta es la fórmula segura de alzarse sobre el hablante medio y obtener un secreto prestigio. Y así, lo que comenzó como necio afán de notoriedad por parte de algunos, se expande hasta el infinito gracias al mimetismo de todos los demás. De suerte que ya casi nada se «funda», porque todo se fundamenta (y no en «fundamento» alguno, sino en fundamentaciones); ni nada se «distingue», sino que se diferencia (y la «diferencia» deja su sitio a la diferenciación, lo «diferente» o lo «distinto» a lo diferenciado); ni nada se «usa», pues más bien se utiliza (y hace tiempo que la utilización ha dejado al «uso» en desuso). Puestos a «influir», habrá que influenciar, igual que, metidos a «conectar», lo propio es conexionar y, si se trata simplemente de «formar», más vale, por Dios, conformar o configurar. Los más memos han logrado introducir la incidencia donde vendría a cuento el «efecto» o «impacto», lo incierto por lo «falso», la potenciación por el «impulso» o el seguimiento por el «control».

Claro que, en esta gozosa tarea de descoyuntar el lenguaje ordinario, a menudo mediante la agresión, cada gremio aporta además su particular cagadica. El presunto experto dispone de bula para retorcer el idioma a su antojo, ante la sumisión reverente del resto de legos. El intelectual se recrea en el vehicular frente al «llevar» o «transportar», en el articular frente al «componer» o «enlazar», y lo suyo es problematizar lo que bastaría con «cuestionar». No hay político que no dedique su día a posicionarse y emitir su posicionamiento, en lugar de «pronunciarse», «situarse» o adoptar una «postura» o «decisión», ni del que no se espere que sea ejemplarizante mejor que «ejemplar». Algunos se quejan de resultar criminalizados, que no «incriminados», y otros se disponen a institucionalizar lo que haga falta, sin «instituir» nada. ¿Habrá que referirse aún a la ominipresente negociación, que nunca es un «trato» ni un «diálogo»? Y el, ejecutivo... ah, el ejecutivo de vario- pelaje, que ahora nos ofrece su servicio personalizado (o sea, más que «personal»), ése es hoy un alto militar que ya no proyecta «planes», sino que diseña estrategias. De su boca no faltará el involucrar, porque ha olvidado desde el «abarcar» o «incluir» hasta el «implicar» o «envolver», ni el sobredimensionamiento o la desestructuración de su empresa, para decir yo qué sé...

Seguramente es que vivimos tiempos en que se habla demasiado. Aquella palabra pública, antes reservada a unos pocos y sólo para ocasiones solemnes, rueda hoy incontenible en el espacio, de la publicidad política y de la comercial (esa que todo lo publicita y aun lo serializa). Quienes no han aprendido a valorarla, enseguida la encuentran trivial y están prestos a cambiarla por la primera que se les ofrezca. La feroz competencia para captar el favor del cliente, aturdido por el guirigay, apremia por igual a políticos y mercaderes a renovar cada campaña su mercancía verbal y a dotarla del máximo poder de seducción. Y ese poder en nuestros días no se alcanza por la precisión, la eufonía o la verdad de las voces en juego, sino pura y simplemente por su largura.

Sería fácil demostrar que esa largura, al reducimos en ideas, nos vuelve más cortos. Entretanto, escúchese al comentarista y se sabrá que el encuentro de fútbol finaliza, pero, que no «termina» ni «acaba», por lo mismo que no tiene «final» o «término», sino finalización; y que los goles ni se «meten» ni se «plasman», sino que se materializan. Para el presentador del telediario bombas y bombonas siempre explosionan y nunca «explotan», los bancos se fusionan y jamás se «funden», algunos terroristas quedan reinsertados en lugar de «reinsertos». Portavoces y comunicados de toda laya proponen actuaciones y no «acciones», exigen normativas a falta de «normas» e invocan una reglamentación, que siempre es mejor que un «reglamento». Y a ver quién es el tonto que pertenece hoy a un «grupo» pudiendo formar parte de un colectivo, «promueve» si está en su mano promocionar o encuentra «sentido» a las cosas si les descubre su significación. Ya se ve que este mismo proceso de envaramiento del idioma, más que un hecho «general», es un hecho generalizado. ¿Que una lengua, al fin producto histórico y cosa viva tiene que evolucionar? Pues claro, hombre, pero no está mandado transformarla sólo a golpes de pedantería, ignorancia, pereza o memez de sus usuarios. También está escrito que, quien tenga oídos para oír, que oiga.

jueves, 2 de octubre de 2014

El arresto del desarrollo folicular



Las «falsas cognadas» (o «falsas amigas») son aquellas palabras cuyo significado es diferente del de su equivalente en español.
En nuestro trabajo cotidiano, los correctores de textos médicos nos encontramos muy frecuentemente con estas «falsas amigas», pues la mayor parte de la bibliografía a la que recurren los médicos para elaborar sus trabajos está escrita en inglés. A veces, la traducción de los textos no es del todo profesional, y muchas de estas falsas amigas quedan agazapadas esperando que nadie las descubra. Este es el caso, por ejemplo, de «actual» (de actual, por verdadero, real), «agresivo» (de aggressive, por dinámico, activo, enérgico, audaz) o «silente» (de silent, por asintomático, oculto).
Durante el proceso de corrección de un libro de ginecología, tuve la oportunidad de descubrir una de estas falsas amigas, en un capítulo sobre inducción de la ovulación escrito por una médica argentina. La oración decía:

Estos cambios morfológicos están relacionados con un aumento del estroma ovárico central y el arresto del desarrollo folicular.

¿Qué significa arresto? En el DRAE, leemos:

arresto. m. Acción de arrestar. // 2. Arrojo o determinación para emprender algo arduo. Tener arrestos para algo. // 3. Der. Detención provisional del acusado en un asunto penal. // 4. Der. Privación de libertad por untiempo breve, como corrección o pena.

Es evidente que la oración en español no quiere decir que ‘el desarrollo folicular ha sido privado de su libertad’; por lo tanto, la respuesta está en el diccionario médico bilingüe:

arrest. Detención, parada.

En consecuencia, la traducción correcta será, según el caso:

cardiac arrest: detención cardíaca, paro cardíaco.
developmental arrest: detención del desarrollo.
epiphyseal arrest: detención epifisaria.
heart arrest: detención cardíaca, paro cardíaco.
maturation arrest: detención de la maduración.

La oración del ejemplo se corrigió de la siguiente manera:

Estos cambios morfológicos están relacionados con un aumento del estroma ovárico central y con la detención del desarrollo folicular.

Asimismo, Jochen Gerstner, en su artículo «Anotaciones al léxico ortopédico», hace referencia a las «perlas» pescadas en el Congreso de la Sociedad Colombiana de Cirugía Ortopédica y Traumatología, celebrado en Bogotá, en diciembre de 1989. Allí destaca, entre otros anglicismos, arresto:

Del verbo arrestar, detener y poner preso. Hoy se emplea más comúnmente en el campo judicial y militar. En ortopedia, se oye consagrado en el término «arresto epifisario», copia servil del inglés: to arrest, que significa ‘impedir, detener, retener, atajar, reprimir, arrestar, prender, recluir, capturar’. Es menos jurídico decir «detención epifisaria».

Otros ejemplos de uso incorrecto de arresto en diferentes países

 • Estados Unidos:

Eutanasia: los refugios deben mostrar un respeto por la calidad de vida y ofrecer la muerte más humanitaria posible a los animales enfermos, lesionados o no deseados. Las consideraciones humanitarias requieren que la eutanasia consista en la pérdida rápida del conocimiento, sin dolor, seguida por el arresto cardíaco o respiratorio, y finalmente la muerte.

• Cuba:

Se practica también el arresto epifisario, que se realiza en las tres falanges a la vez con curetaje de toda la placa de crecimiento. Algunos recomiendan la exéresis de la epífisis, pero esto daña la articulación.

• Costa Rica:

La disociación electromecánica se logra instilando solución cardiopléjica en la raíz aórtica y así en la circulación coronaria. Cardioplejía es el arresto cardíaco intraoperatorio con preservación miocárdica inducida por medio de solución cristaloide hiperkalémica.

• México:

Nuestros resultados apuntan a un arresto de la maduración de linfocitos T en una etapa específica, justo antes de que los timocitos dobles positivos (CD+ CD8+) se conviertan en linfocitos maduros positivos para uno delos dos marcadores.

• Puerto Rico:

Ejemplos de emergencias: 1. Dificultad o arresto respiratorio. 2. Arresto cardíaco.

Expandable


Falso amigo ortográfico del inglés “expandable” /ɪksˈpændɪbl/ (“expandible”, “extensible”), totalmente innecesario sobre todo si tenemos en cuenta que, a la hora de copiar a nuestro idolatrado Imperio, también existía la posibilidad de calcar su sinónimo “expansible” /ɪksˈpænsɪbl/, que ya existe en nuestra lengua.
No debe confundirse con el adjetivo “expendable” (/ɪksˈpendəbl/) que, pese al éxito de las películas de acción de Sylvester Stallone, no significa “mercenario” ni “indestructible”, sino “prescindible”.