viernes, 11 de agosto de 2017

Puta RAE kakakulopedopis

Penúltima reflexión sobre el iros-gate.

El pasado 16 de julio, el escritor y periodista Arturo Pérez-Reverte, miembro de la RAE desde 2003, adelantó extraoficialmente en la red social Twitter, en respuesta a una consulta de otro usuario, que dentro de unos meses la Real Academia registrará «iros» como variante del imperativo pronominal de la segunda persona del plural del verbo «ir», cuando hasta ahora sólo se consideraba correcta la forma «idos» (imperativo del verbo «ir» más el enclítico «-os»). El director de la Academia Darío Villanueva lo confirmaba poco después, a falta de completar el proceso en las academias americanas. Como explicó más tarde el también académico Félix de Azúa, la idea partió del propio Pérez-Reverte junto con otros novelistas, pues «Nadie escribiría “idos a la mierda”, sino “iros a la mierda”».


La validez de este rotacismo (la conversión en consonante rótica /r/ de un fonema que no lo es, como la «-d» en este caso, para facilitar una pronunciación más cómoda o relajada) llega algo tarde, pues la mayoría de los hablantes peninsulares ya se habían decantado espontáneamente por la opción «iros» desde hace tiempo. Y digo «hablantes peninsulares» porque la única variedad del español que diferencia entre «ustedes» y «vosotros» en la conjugación es la peninsular (y no en todo el territorio, puesto que la «-d» final se aspira o no se pronuncia en gran parte de España, sobre todo la meridional), lo que corresponde aproximadamente al 5 % de los hispanohablantes, y es ajena al resto (Canarias y América), donde dicha persona gramatical, tanto en el uso de confianza como en el de cortesía, es «ustedes», por lo que en lugar de «idos» se utiliza «váyanse» o «vayasen».

Y la cosa se complica todavía más en Andalucía, (como si el ínclito Huan Porrah no la hubiera complicado lo suficiente con su traducción de Er Prinzipito), ya que en la zona occidental utilizan «ustedes» en el registro informal, pero se conjuga tanto en la tercera persona del plural («¿Ustedes a qué hora se “van”?») como en la segunda, como si estuvieran diciendo «vosotros» («¿Ustedes a qué hora os “vais”?»).


Como la lengua no es cuestión de mayorías y las disyuntivas gramaticales no se pueden dirimir de manera asamblearia, por mucho que se empeñen algunos, fue cuestión de segundos que los tuiteros y blogueros (sobre todo los peninsulares) blandieran sus navajas para retarse a un duelo del que todavía quedan rescoldos, como es habitual cada vez que la RAE se pronuncia sobre cualquier materia de su incumbencia.


A un lado, quienes consideran que no todo vale cuando impide una comunicación efectiva o contradice la norma culta, la etimología o la elegancia. Por desdicha, muchos olvidan o desconocen que la RAE, si bien más tarde que temprano (a la espera de ver si un uso determinado realmente arraiga o si se trata de una moda pasajera), suele dar por válido lo que adquiere un uso general, y que su Diccionario hace tiempo que dejó de ejercer la (¿antipática?) función normativa que algunos se obstinan con añoranza en continuar otorgándole. También están quienes esgrimen argumentos incontestables como el de la «almóndiga» o el de la «cocreta» (cuya supuesta inclusión en el DLE es uno de los temas recurrentes para atacar a la RAE o a quien se ponga por delante), e incluso, perdiendo de vista la etimología (y la metátesis), el del «crocodilo» o el del «murciégalo». Esos «almóndiga» y «murciégalo», junto con «toballa» y «asín», son útiles para discernir entre quienes saben utilizar un diccionario (es decir, quienes se fijan en las marcas «desus.» —«desusado»— o «vulg.» —«vulgar»—) y quienes se limitan a afirmar rotundamente que la palabra «existe» o que «está en la Real Academia “de la lengua”». Y es que, pese a la extendida idea de que lo que se incluye en el DLE es ley, no todas las más de 90 000 palabras que recoge son «adecuadas».


En el otro bando (y digo «bando» porque leo palabras como «bandera», «enfrentamiento», «batalla», «guerracivilismo» o «las dos Españas» en sus escritos), los «punkis» [sic] de la gramática; los «terroristas» [sic] lingüísticos a quienes no les importa «un pedo» ni «un cagao» que los «putos señores» de la RAE acepten «movidas», porque han «atendido “lo suficiente” en la carrera» (mejor les habría ido si no se hubiesen conformado con el suficiente… y si hubieran atendido algo en aritmética —o tragaran menos fúmbol—, para no quedar en evidencia con expresiones como «minuto 0»); rebeldes y revolucionarios [sic] que «estudian “cosas de la lengua” con corrientes más actuales y más acercadas a “lo que viene siendo” [sic] la ciencia de la lengua»; «piratas» [sic] que publican comunicados oficiales de la RAE; y otros acólitos defensores de la teoría (perdón, certeza irrefutable) de la evolución natural de la lengua (como si además de evolucionar no pudiera también involucionar o degenerar). Todos ellos «flipan to locos» ante «la posición maximalista y ultraconservadora de los guardianes de las esencias puras». Llama la atención que hagan gala de su mala ortografía, gramática y sintaxis, y presuman por ello de «transgresores» (punkis, terroristas, piratas…), probablemente como forma torpe de ocultar sus carencias.

Conviene precisar que, por mucho que se empeñe alguna lingüista «canalla» un poco pez en lexicografía, ni «idos» ni «iros» aparecen ni aparecerán en el diccionario académico, que sólo registra los verbos por su forma de infinitivo (es decir, «ir»), no las combinaciones de formas verbales con pronombres, ni tampoco en el cuadro de conjugación correspondiente, ya que esos cuadros no registran las formas verbales con pronombres enclíticos. Sí registra, irónicamente, el adjetivo «ido» (Dicho de una persona: Que está falta de juicio), lo cual también ha contribuido al uso mayoritario de «iros», puesto que el hablante tiende a evitar la homonimia. Y parece ser que en breve también recogerá «postureo» (‘Actitud artificiosa e impostada que se adopta por conveniencia o presunción’), que viene muy al caso para describir a esos lingüistas «mondos y lirondos».


Paradójicamente, como se puede comprobar en sus textos, los argumentos más groseros e iracundos partieron de estos «lingüistas serios», que finalmente optaron por cerrar filas mofándose de cualquiera que discrepara, con lindezas como «purista», «tradicionalista», «lego», «clasista», «nostálgico recalcitrante» o simplemente «“unx” gilipollas», e imaginativos motes como «El Último Macho Ibérico» o «fanboy [con síndrome de Estocolmo lingüístico]» (variedad que entrará sin duda en la próxima edición del DSM para regocijo de las compañías farmacéuticas y los troles de patentes, que podrán sacar nuevas pastillitas).

Me recuerdan a la famosa escena de El indomable Will Hunting en la que éste le canta las cuarenta a un estudiante de Harvard que, intentando impresionar a unas compañeras, recita de memoria un fragmento del historiador Pete Garrison. El bueno de Will le advierte de que en poco tiempo le dirán que tiene que creer en en James Lemon, después en Gordon Wood… Si cambiamos Historia por Lingüística y Harvard por la universidad española post-LOGSE (sí, ya sé que es mucho imaginar), también podemos cambiar Pete Garrison por Noam Chomsky, James Lemon por Edward Sapir y Benjamin Lee Whorf, y Gordon Wood por John Hamilton McWhorter (por ejemplo). Facilita mucho las cosas y simplifica mucho la vida que alguien te diga en qué o en quién tienes que creer; después basta con acodarse en la barra del bar, ponerse un palillo en la boca y repetirlo como un papagayo.


Para quien no considere necesario permanecer siempre ofendido y desee leer una explicación más cabal y coherente, recomiendo el oportuno artículo de Juan Romeu en Sin Faltas, sobre todo su punto 10: «Hay que tener en cuenta que la RAE está formada por profesionales de la lengua que llevan más tiempo que nosotros dándole vueltas a los problemas del español. Antes de contradecir lo que proponen, sería necesario leer más, conocer mejor la gramática y, sobre todo, ser lo suficientemente inteligentes como para pensárselo dos veces antes de opinar públicamente de lo que no se sabe, por mucho que, como usuarios de la lengua, creamos que sabemos tanto como los lingüistas. Como en todo, hay unos que son más expertos que otros en determinados asuntos y lo normal, educado, prudente y cívico es, como poco, respetar la opinión de estos expertos».

Para el académico Luis Mateo Díez, «esta proliferación de opiniones significa que la gente se preocupa por la lengua». Sin embargo, como escribía Francisco Ríos en La Voz de Galicia, «Qué pena que no se aprovechen más estos espacios públicos para el debate sereno, donde se aporten argumentos y reflexiones. Claro que para eso hay que tener opiniones fundadas y razonamientos sólidos».


Lo que está claro, como dijo la lexicógrafa Erin McKean en su charla TED en 2014, es que «Todos los que hablan una lengua deciden juntos lo que es una palabra y lo que no; cada lengua es simplemente un grupo de personas que se ponen de acuerdo para entenderse mutuamente». Y son esas mismas personas quienes, como comunidad de hablantes, establecen de manera natural un acuerdo básico para entenderse, unas normas de convivencia lingüística cuyo aprendizaje requiere un esfuerzo pero que convierten a la lengua en un instrumento válido de comunicación. Ese «acuerdo básico», que también podemos denominar «norma» o «reglas», es tan nuestro, de cada hablante, como de la RAE o cualquier otra institución con papel orientador. Así, pretender asimilar como «evolución» o «uso mayoritario» lo que no es sino comodidad o desinterés no enriquece el idioma, sino que lo envilece. Simplificar ese «acuerdo básico» es justamente la tendencia de los últimos años de nuestro sistema educativo: bajar el listón, igualar por abajo, tratar al ciudadano como si fuera idiota, halagar al hablante poco escrupuloso. Si seguimos con esta tendencia, llegará un día en el que, cuando consultemos alguna duda a @RAEconsultas o @Fundeu nos respondan con un «ola k ase pa k kieres saver eso jajaja besis».

En un infructuoso intento de calmar los ánimos, al día siguiente del tuit de Arturo Pérez-Reverte la Academia difundió una nota en la que se situaba en un terreno intermedio (es decir, de todos o de nadie, según el sentido común y la amplitud de miras de cada uno): la norma culta, aclaraba, sigue prefiriendo «idos», pero puede darse como válida la opción «iros», extendida incluso entre hablantes cultos, ya que para muchos suena artificial y hasta violenta. No obstante, no hay que confundir el «iros» imperativo con el infinitivo, ya que éste siempre ha sido correcto y no se puede sustituir por «idos» (por ejemplo, en perífrasis de infinitivo como «Podéis “iros” todos al infierno» o «Teneis que “iros” ahora mismo» —véase cómo en este caso podemos decir «“Os” tenéis que “ir”», pero «“Os” tenéis que “id”» no sería coherente—). Además, el imperativo pronominal «iros» es una excepción que no debe extenderse ni al imperativo «id» (en este caso no hay ninguna razón para cambiar la «-d» por la «-r») ni a otros verbos, con lo que formaciones como «callaros», «marcharos» o «sentaros» siguen considerándose vulgares, mientras que lo aceptable sigue siendo «callaos», «marchaos» o «sentaos», ya que las formas de imperativo de la segunda persona del plural correspondientes al pronombre «vosotros» pierden la «-d» final cuando se añade el pronombre enclítico «-os» (amad > amaos, comed > comeos, venid > veníos). Estos hiatos (a-o, e-o, i-o) implican una cierta incomodidad articulatoria para los hispanohablantes, lo que favorece, al menos en ciertos registros, la aparición de una consonante «antihiática» que normalmente es la «r», y no por casualidad, sino por ser precisamente la terminación del infinitivo), con la excepción del verbo «ir», que debido al escaso cuerpo fónico de la arcaica forma esperable «íos» mantiene la «d» de «id», dando lugar a la forma «idos» (aunque la lengua funciona en gran medida por analogías, con lo que probablemente el vulgarismo —¿o simplemente «coloquial» o «informal»?— «iros» terminará por contagiar a todo el paradigma).


La propia RAE viene insistiendo desde hace mucho en que «El Diccionario no autoriza el uso de las palabras, sino que lo refleja». En el caso de «iros», su uso está sumamente extendido en la lengua coloquial de España y la Nueva gramática de la lengua española (2009) ya lo recogía en § 4.13i, del mismo modo que atestiguaba el de «irse» en ciertas variantes de la lengua popular peninsular, dando a entender que no censuraba ninguna de las dos, pese a no estar bien formadas gramaticalmente (la forma pronominal correspondiente a la segunda persona del plural es «os»; por tanto, ni «se» ni mucho menos «sus» —«irsus»— o «sen» —«irsen»— son formas correctas, como tampoco lo es «veros», que es otro verbo diferente). Como indicaba días después Pedro Álvarez de Miranda, «Lo que la Academia señalaba al respecto tanto en la Nueva gramática de la lengua española como en el Diccionario panhispánico de dudas era tan exacto y razonable que no requería modificación alguna. Su aparición en un mensaje no depende del nivel de lengua (que viene dado por la posición sociocultural del hablante), sino del nivel de habla o registro (que depende de la situación comunicativa); un escritor que quiera reflejar el idioma real por boca de sus personajes o por la propia no necesita que nadie le dé “permiso” para hacerlo».

Lo que hace tan confuso a este verbo en apariencia tan pequeñito (amén de su etimología, mezcla de varios verbos latinos: algunas formas vienen del verbo «ire», otras de «vadere» y otras de «esse») es precisamente su brevedad (o «escaso cuerpo fónico»). La lengua española no tolera que una palabra léxica (sustantivo, adjetivo, verbo, adverbio) experimente tal reducción de su sustancia fónica que llegue a consistir en una simple vocal (en la forma «íos» el verbo propiamente dicho queda reducido a la vocal tónica «í»), lo cual provocó la aparición de esa consonante epentética «d» que, pese a venir recuperada del propio imperativo, se desviaba del paradigma de los imperativos y resultaba forzada, extraña o cursi, por lo que el hecho de cambiar esa «d» por una «r», también epentética, no tiene nada de excepcional, sobre todo si tenemos en cuenta que, para muchos, esa «r» establece más rotundidad en el imperativo.


Donde quizás la RAE no esté teniendo visión de futuro es en su intento de que el imperativo pronominal «iros» se quede en una mera excepción a las reglas de flexión verbal sin extenderse ni al imperativo «id» ni a otros verbos. Por mucho que queramos mirar hacia otro lado, es un hecho que las formas de imperativo se van cambiando por las de infinitivo, ya que pocos hablantes se toman la molestia de pronunciar esa «-d» final y muchos la sustituyen por la «-r», más familiar y fácil de articular (incluso por escrito, como los «ser felices» y «ser malos» de Pedro Sánchez, aunque el mundo de la política, por lo menos la española, no suele ser muy buen ejemplo). Además, el infinitivo sirve muchas veces para dar instrucciones, es decir, para algo muy parecido a lo que se pretende con el imperativo, que es dar órdenes; por eso en las puertas se lee «Empujar» y «Tirar» (o «Jalar»); y también tenemos el uso del infinitivo con valor de imperativo cuando va precedido por la preposición «a» («a correr», «a dormir», «a callar»). Está claro, pues, que la «-d» final del imperativo está condenada a desaparecer; queda por ver si será sustituida por la «-r» o si simplemente desaparecerá, como en el voseo rioplatense («vení», «tené», «comprá») que, por cierto, también reconoce la Academia.

Y donde es innegable que la RAE está haciendo una labor encomiable en pro de la lengua es en el mantenimiento de todo el material y utilísimas herramientas en línea a disposición de quien los quiera consultar. Un buen ejemplo es el Corpus del Español del Siglo XXI, que registra cada año 25 millones de formas (no palabras), provenientes en un 70 % de Latinoamérica y en un 30 % de España. La Academia analiza sus decisiones a través de esta base de datos, con lo que se asegura que estén ancladas a la realidad de la lengua en mucho mayor medida que el Ngram Viewer de Google Books y, por supuesto, que estadísticas de aprendiz extraídas de Twitter. Cuando en la RAE debaten sobre cualquier cuestión echan mano de esta base de datos, que ya tiene casi 300 millones de formas, con procedencia oral (radio, televisión, música) y escrita (literatura, medicina, política), junto con datos de dónde se ha usado cada una y cuántas veces. Así, los debates tienen un fundamento sólido. En su empeño por mantener la frescura de la lengua, la RAE elimina términos en desuso desde el siglo XV e incorpora nuevas palabras, que han de reposar al menos siete años como garantía para evitar las expresiones pasajeras. Por algo decía Gabriel García Márquez, pionero en la corriente a favor de simplificar la ortografía y la gramática, que «Todo diccionario de la lengua empieza a desactualizarse desde antes de ser publicado».

viernes, 23 de junio de 2017

Archisílabos III


Algún lector habrá que recuerde la serie que aquí inicié ¡hace ya 13 años! y de la que este artículo es su tercera entrega. Me había empeñado en reunir esas palabras que se van incorporando al uso cotidiano del hablante y que, preferidas por su mayor largura o inventadas a fuerza de estirar el número de sus sílabas, bauticé como archisílabos. Aún siguen rodando, y con tal naturalidad que ya casi nadie reconoce ni usa el vocablo más corto del que procede o al que viene a suplir. Si entonces recopilé cerca de 200, ahí va otro buen puñado de archisílabos que quedaron sin mencionar.

Echemos la red en ese caladero de términos que nacen de pegar a otro la desinencia –ción. Así obtendremos la limitación en lugar del «límite», la estimulación para indicar el mero «estímulo» (lo mismo que la incentivación ha dejado atrás al artificioso «incentivo»), la formulación por la «fórmula» o la capacitación en vez de la «capacidad». La «compatibilidad» de funciones se dobla para algunos en compatibilización, ahí es nada. Somos objeto de actuaciones administrativas, es decir, de algo más que simples «acciones». El médico nos da una citación y no una «cita» vulgar. En la calle no leemos «rótulos», sino rotulaciones, de parecida manera a como el hombre del tiempo anticipa que habrá «lluvias», sí, pero sobre todo precipitaciones.

¿Y por qué volver a los gastados «nombres» cuando tenemos a mano las denominaciones? A ver quién se contenta con una «característica» si puede pronunciar caracterización, o con un «enunciado» teniendo al lado una enunciación o con un rápido «contraste» estando ya dispuesta la contrastación. Les juego doble contra sencillo a que descubren por todas partes individuos con motivaciones, pero sin apenas «motivos». Ya verán cómo la complementación acaba engullendo al «complemento», la expoliación al «expolio» o la exterminación al «exterminio». Quien esto firma ha escuchado renunciaciones en vez de «renuncias» y hace poco dio un respingo al enterarse de que una empresa había alcanzado una mejorización, que no «mejora», de sus resultados. Rizando el rizo, en cierto impreso oficial se escribe exceptuación para señalar una «excepción».

Los verbos ofrecen un buen pasto a la afición archisilabizadora. Ahora nos prestamos a referenciar, para no ponernos a «referir», «aludir», «citar» o «nombrar», que son términos más humildes por más breves (y, en lugar de lo referido, etc., lo referenciado). O a regularizar, cuando a menudo lo propio sería «regular» y hasta «reglar». O a sobredimensionar, para evitarnos «ampliar» o «exagerar», lo mismo que hay que hostilizar al contrario que hasta ahora nos limitábamos a «hostigar». No nos conformamos con el modesto «formar» lo que haga falta y recurrimos en cambio al conformar (y es que la conformación deja en la boca un regusto más rotundo que «forma»). El comportarse de un modo u otro ha vuelto casi ridículo al «portarse», el desvincular debe prevalecer sobre el «desatar» o «separar» y penalizar exhibe el empaque que le falta a «castigar». ¿Y aún no han oído recepcionar para dar lustre a los trillados «recibir» o «acoger»?

George Orwell ya sabía algo de este fenómeno y no dejó de denunciarlo en su día. Lo que pasa es que la regla que dictó para la buena prosa en inglés («Nunca use una palabra larga donde pueda usar una corta») parece que no vale hoy para el hablante ordinario de español. Ni siquiera para los sumos sacerdotes de la palabra pública, el político y el periodista. Contagiados de la jerga empresarial, solemos priorizar alguna tarea respecto de otras, porque no nos basta con «primar» esa tarea. Pero también nos conviene flexibilizar nuestras posiciones, que es como «adaptarlas» o «amoldarlas» a lo necesario, a fin de no tensionar —o sea, «tensar»— las cosas y evitar esos tensionamientos que antes eran «tensiones». Que a nadie se le ocurra «interactuar» con otros, porque ahora se lleva interaccionar, ni «objetivar» una situación cuando está en sus manos objetivizarla. Les gustará saber que hay quienes se dedican a compartimentalizar sus trabajos. Y en cuanto me entere de qué significa modelizar o sustancializar, se lo cuento.

Llevo años indagando el misterio de que la gente, tan poco dada a vicios intelectuales, se pase el día disfrutando en medio de abstracciones como éstas que colecciono. Porque habrán notado que las personas ya no gozamos de «crédito» (salvo del bancario, en todo caso), sino de credibilidad, ni cometemos «faltas», «delitos» o «deslices», sino como mucho irregularidades. Donde antes se palpaba el «peligro», ahora todo se carga de peligrosidad, lo mismo que el pedante ya no relata un «hecho» sino más bien una facticidad. ¿Qué había en nuestra relación personal, afectividad o un simple «afecto»?; y el temblor colectivo que aquel día nos invadió, ¿era de «emoción» o de emotividad? Cuando algún engranaje de nuestro organismo falla, ¿hemos sufrido una «disfunción» o suena mejor una disfuncionalidad? Quizá no me crean, pero hay estiramientos verbales que convierten al «significado» (ya travestido como significación) en pomposa significatividad y al «atractivo» de alguien o de algo en una atractividad irresistible…

No piensen que hemos agotado la cosecha de archisílabos. Se reproducen a diario. Cuando se informa de que una manifestación ciudadana tuvo un seguimiento de tantos miles, quiere decirse que suscitó una «respuesta» o «adhesión» así de numerosa; hay muchas comisiones llamadas de seguimiento porque esta voz le gana en sílabas a «control», que es el cometido encargado a tales comisiones. Tampoco hacemos «méritos», sino merecimientos, unos méritos más largos; y una «acogida» muda con frecuencia en acogimiento. Cualquier «aumento» del número de parados o de algún índice económico queda al instante transformado en incremento. Para no abrumarlos, me aceptarán en fin que el adjetivo existente (y no digamos lo realmente existente) o está de más o equivale a «real» y «presente». Claro que mi versión de todo esto, más que «aproximada», resulta tan sólo aproximativa

Así las cosas, rebosantes de términos ampulosos, nuestros discursos se vuelven a un tiempo más largos de palabras y menos sobrados de ideas. Váyase lo uno por lo otro, dirán los necios, aunque me temo que lo uno busca tan sólo encubrir lo otro.

lunes, 12 de junio de 2017

Otros palabros (XLX): Aditivar / aditivado


Son numerosas las páginas y foros en los que se explica o se debate la necesidad o no de “aditivar” el gasóleo, el hormigón y otros productos, de los “combustibles aditivados”, etc.
Se trata de neologismos bien formados a partir del sustantivo “aditivo” (‘Sustancia que se agrega a otras para darles cualidades de que carecen o para mejorar las que poseen’); no obstante, cabe preguntarse si nos encontramos ante vocablos necesarios para nuestra lengua, es decir, si cubren algún vacío por no haber ninguna otra palabra precisa y adecuada para referirnos a los mismos conceptos.
Parece evidente que el verbo “aditivar” es equivalente a otros verbos como “añadir” o “adicionar”, y que el adjetivo “aditivado”, teniendo en cuenta la definición del párrafo anterior, no es sino un término publicitario más para vender como novedad algo ya conocido desde hace tiempo, simplemente buscándole una denominación más aparatosa en lugar de “mejorado” o “potenciado”.
No voy a ser yo, ahora que vuelve a ponerse de moda aplicar a la lingüística las teorías darwinistas de la evolución, quien quite de los labios este sabroso caramelo a los que necesitan de estas creaciones jergales para obtener la satisfacción de sentirse miembros de un grupo exclusivo. No obstante, sí que representaré (perdón, jugaré) el papel (perdón, rol) de agorero del sesquipedalismo puesto que, visto que la evolución cada vez es más rápida, no tardaremos en inventarnos “aditivación” cuando nos aburramos de “aditivo”, lo cual nos proporcionará una oportunidad única de crear “aditivacionar” cuando nos aburramos de “aditivar”, y así sucesivamente.

lunes, 22 de mayo de 2017

El cadáver estaba muerto



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: «Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido».
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención). Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: «Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos». Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo (o de las manos de otra persona).
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de «nieve blanca», entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes. La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: «Cállate la boca», por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: «El estadio estaba “completamente abarrotado”», «es “totalmente gratis”», «vio un “falso espejismo”», «se aprobó con la “unanimidad de todos los grupos”» (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos “absolutamente felices”, “absolutamente decididos”, “absolutamente seguros”. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice «vamos a resolver este “difícil reto”» está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete. Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.

jueves, 11 de mayo de 2017

Colaborativo


Archisílabo incluido en la vigesimotercera edición del DLE con el significado de ‘hecho en colaboración’. Es un calco del inglés “collaborative” /kəˈlæbərətɪv/ (“de colaboración”) común en el ámbito de la informática para designar aquellas herramientas que facilitan el trabajo en común (tabletas, teléfonos móviles, etc.).

jueves, 27 de abril de 2017

Códec


Versión castellanizada del anglicismo “codec” (\ˈkōdek\), definido por el Diccionario de Internet de la Universidad Nebrija como ‘combinación de un codificador y un descodificador que funcionan en sentidos opuestos de transmisión en el mismo equipo’.
En el ámbito de las telecomunicaciones es un acrónimo de “codificador decodificador” (“coder” y “decoder” en inglés) que designa el dispositivo que codifica las señales analógicas en digitales para que se transmitan a través de la red y las decodifica al formato adecuado para su reproducción o manipulación, es decir, para que el ordenador o el dispositivo móvil pueda interpretarlas.
En el campo de la informática es un acrónimo similar, en este caso de “compresor decompresor” (“compressor” y “decompressor” en inglés”), utilizado para designar un algoritmo matemático que comprime el número de bytes consumidos por grandes ficheros y programas. Por ejemplo, en el caso de los vídeos, el códec Xvid corta áreas de colores similares en los fotogramas y determinadas frecuencias imperceptibles al oído humano (con la consiguiente pérdida de información y calidad).

martes, 18 de abril de 2017

Anglicismos financieros: underwater y negative equity



El clamor que existe en España a favor de la dación en pago tiene como base una realidad social abrumadora: medio millón de hogares intentan pagar hipotecas underwater, según un artículo publicado a mediados de 2013 por AFI (Analistas Financieros Internacionales)1. Bajo este anglicismo, un término muy transparente en inglés, pero críptico y percibido como eufemístico para el hablante español medio, se esconde una situación difícil de sostener para muchas familias españolas: la deuda que contrajeron con el banco supera ahora el valor de su vivienda. Esa deuda ya no se puede saldar entregando la vivienda a la entidad. El contrayente se encuentra acuciado por el ahogo de sus pagos pendientes, bajo el agua: underwater. Dicho en el tecnolecto de la economía: su hipoteca está en negative equity.

Las «hipotecas underwater» aparecieron por primera vez en la prensa española en 2009. Los medios se hicieron eco entonces de los efectos perniciosos de la crisis de las subprimes2 en Estados Unidos. Entre esos efectos estaba el hecho de que muchos contrayentes de aquellas hipotecas basura se vieron incapaces de pagarlas, puesto que sus viviendas se depreciaron y resultaron valer menos que el capital adeudado al banco. En estas primeras apariciones en los periódicos españoles underwater se muestra como anglicismo crudo, pero acompañado de su pertinente traducción y explicación, tratando de salvar el desconocimiento del idioma y aun del concepto:

La ciudad de los casinos encabeza la lista elaborada por «Zillow.com» de las ciudades con más propietarios de casas que en la actualidad tienen una hipoteca superior al valor de su hogar, una situación que en Estados Unidos se denomina underwater («bajo el agua»). (El Mundo, 20.5.2009)
«Cada pérdida de empleo, cada divorcio, cada incidente como estos se va a convertir en una ejecución porque sus casas ya se encuentran bastante bajo el agua», dijo Brinkmann. Cuando una casa está «bajo el agua» (en inglés underwater), quiere decir que el precio ha caído por debajo del valor de la hipoteca. (El Mundo, 28.5.2009)

El calco «bajo el agua» utilizado en los artículos de El Mundo arriba transcritos, era, en 2009, una solución de urgencia plausible para aclarar un concepto relativamente desconocido para los lectores españoles y para la economía nacional. Todavía no existían propuestas de equivalencia más ponderadas. Igual de crudo llegó el anglicismo underwater a octubre de 2010, importado ahora por un informe de Standard & Poor’s. La agencia de calificación alertaba entonces de que el problema de las hipotecas de valor superior a la vivienda hipotecada empezaba a ser importante en España:

El negative equity (fenómeno también conocido como underwater y que se produce cuando el valor de una vivienda es inferior al de su hipoteca) penetra cada vez más en España. Según un informe de la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en una situación en la que debe más por su vivienda de lo que vale. (Idealista.com, 6.10.2010)

Tanto el sintagma «hipoteca underwater» como su análogo semántico negative equity vuelven a aparecer en la prensa generalista española en abril de 2013, cuando el citado informe de AFI, así como la campaña popular a favor de una iniciativa legislativa que permita la dación en pago, ponen de nuevo sobre el escenario el problema social de las hipotecas de difícil pago. Esta vez, los informadores que se hacen eco del estudio de AFI se esfuerzan por encontrar un equivalente al préstamo puro e introducen el neologismo «hipoteca sobrevalorada» para «hipoteca underwater». Esta equivalencia nos resulta poco transparente y carente de la potencia metafórica de la voz underwater.

Son aquellos préstamos concedidos en época de bonanza económica por el 80 % o más del valor del inmueble y que ahora reciben el nombre de hipotecas underwater o sobrevaloradas. (El Heraldo, 21.4.2013)

Puesto que, según los datos del citado estudio, la inmensa mayoría de hipotecados españoles que se encuentran en situación de negative equity son aquellos que adquirieron sus viviendas en la época del famoso boom inmobiliario, proponemos designar a las hipotecas que contrajeron «hipotecas burbuja». Se transmite así, por un lado, la idea de que se trata de hipotecas infladas. Por otro lado, se las vincula con su origen en España: la burbuja inmobiliaria que estalló a finales de 2007. Para la expresión to be underwater podemos encontrar un equivalente bastante eficaz, a nuestro entender: «estar sobrehipotecado». En resumen, consideramos apropiado traducir «hipoteca underwater» por «hipoteca burbuja» en la mayoría de contextos, mientras que la locución «estar underwater» se podría expresar como «estar sobrehipotecado/a».

Una vez que hemos salido a flote en nuestro intento de ofrecer equivalentes eficaces para «hipoteca underwater», debemos abordar el estudio de su pariente semántico negative equity, anglicismo puro de cariz más técnico que underwater. Veamos cuál ha sido su uso en la prensa generalista española.

En primer lugar, cabe reconocer que los intentos de la prensa española de ofrecer una alternativa a negative equity han resultado poco afortunados. Lo más común ha sido, hasta ahora, mantener el anglicismo entrecomillado, o en cursiva, acompañado de una glosa explicativa:

Entrar en negative equity se ha convertido en un auténtico problema e incluso un drama para muchas familias españolas. Por un lado, porque si necesitan vender su vivienda empujados, por ejemplo, por motivos económicos —no pueden pagar la hipoteca—, no conseguirían el dinero suficiente por la venta para cancelar la deuda contraída con el banco. (El Confidencial, 10.4.2013)

No obstante, y muy pegado al término original, también hemos encontrado el calco formal y semántico «equidad negativa» en diversos foros y blogs económicos consultados. Esta construcción resulta de escaso rigor semántico, puesto que transfiere equity como «equidad», por la semejanza formal (lo que Chris Pratt llama paronimia3) entre ambas voces. En el contexto de las transmisiones patrimoniales, equity se debe entender como «capital líquido, fondos propios, fondos invertidos o patrimonio neto». Así pues, home equity significa «valor acumulado o valor líquido de una casa», y se refiere comúnmente al dinero que ya se ha pagado de una hipoteca más la ganancia en valor de la propiedad.

Al menos dos millones de británicos tienen «equidad negativa», que consiste en que el valor de sus propiedades es menor que el precio de la hipoteca que pagan por ellas, informó hoy el Consejo de Prestamistas Hipotecarios. (Blog Mundo en Crisis, 17.4.2009)

Despejada ya la confusión semántica, se entiende que en el contexto de la compra de inmuebles mediante hipotecas el sintagma negative equity puede trasladarse al español como «patrimonio (neto) negativo». Cuando decimos que una hipoteca está en situación de negative equity, podemos afirmar que se encuentra «en negativo». Proponemos, pues, acuñar el término «hipoteca en negativo» como equivalente plausible para las hipotecas con negative equity. Consideramos que este equivalente cuenta con las innegables ventajas de la parquedad y la transparencia. Al menos, ante la única alternativa acertada que hemos encontrado en la prensa española: «situación de pérdidas patrimoniales». Tal y como puede observarse en el ejemplo que transcribimos más abajo, esta construcción resulta un tanto farragosa para el lector medio:

Se le llama negative equity en el mercado anglosajón y consiste en que al bajar los precios de la vivienda llega un momento en que el importe de la hipoteca es superior al valor actual del piso en el mercado si el propietario intentara venderla. Y según un informe de la agencia Standard & Poor’s, un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en esa situación de pérdidas patrimoniales. (El País, 6.10.2010)

Consideramos, pues, más esclarecedor decir que los contrayentes soportan una «hipoteca en negativo» que afirmar que los hipotecados se encuentran «en situación de pérdidas patrimoniales», «en negative equity» o «en equidad negativa». Junto a hipoteca en negativo sugerimos también la equivalencia hipoteca burbuja para underwater mortgage/loan y estar sobrehipotecado/a para la locución to be underwater.

1. Los datos pertenecen a un estudio realizado por la economista María Romero para Analistas Financieros Internacionales (AFI), en su revista Cuadernos de Información Económica, que publica la Fundación de las Cajas de Ahorro (FUNCAS), n.° 233 (marzo-abril de 2013). El artículo «Desahucios y dación en pago: estimación del impacto sobre el sistema bancario» está disponible en .
2. Sobre las hipotecas subprime, o hipotecas basura, véase el interesante artículo «Suprime: cuando las hipotecas huelen» de Luis González en puntoycoma n.° 104.
3. Pratt, en Anglicismos hispánicos (1980), Gredos, Madrid, se refiere a un tipo particular de anglicismos que se da cuando existe similitud formal y semántica entre dos voces de lenguas distintas, como es el caso que nos ocupa: equidad y equity. Aunque en algunos contextos equity se puede traducir por equidad, en otros, como vemos en este artículo, no es así. Estos anglicismos semánticos parónimos también se conocen como «falsos amigos» en el contexto de la enseñanza de segundas lenguas.

jueves, 6 de abril de 2017

Esquí (pl. esquís y esquíes) / esquiar


Vocablo proveniente del nórdico antiguo “skið” (“raqueta [de nieve] larga”), cognado del inglés antiguo “scid” (“trozo [largo] de leña”) y del hoy arcaico “shide”, provenientes de la raíz indoeuropea “skei–” (“cortar”, de la que derivan los términos que comienzan por “schizo–” / “esquizo–”).
Llega al español como adaptación gráfica del galicismo “ski” (/ski/), forma que también se utiliza en inglés (/skiː/), lo cual no impide que el universo cosmopaleto no se dé por aludido y se obstine en escribir (e incluso pronunciar) “sky” /skaɪ/ (“cielo”).

jueves, 23 de marzo de 2017

¿Habla usted mi idioma?



Algunas cosas solo suceden en el cine. Por ejemplo, mantener una agradable conversación telefónica y colgar sin decir «hasta luego». O ir a un gran edificio en coche y aparcar justo a la puerta. O que todos los teléfonos empiecen con 555.
Los traductores del cinematógrafo han desarrollado también un séptimo arte de hablar. Así, escuchamos con frecuencia a los actores algunas frases que casi nunca oímos en nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien no está de acuerdo con algo, suele decir a este lado de la pantalla: «No estoy de acuerdo». O «no lo veo, chico». O «ni de coña, maja». O «ni hablar». En cambio, si actuase ante una cámara diría: «No creo que sea una buena idea».
Sabemos que los doblajes obligan a resolver un sudoku en el que juegan el movimiento de los labios y lo que se decía en la lengua original. Pero da la sensación de que algunos guionistas han tomado carrerilla y aplican esas extrañas fórmulas incluso a las obras rodadas en español.
Así, oímos a menudo en el cine: «¡Que te den!». ¿Que le den qué? En el español de España se aprecia que falta algo. Además de lo que usted ha pensado, podría completarse así: «Que te den morcilla».
En muchas películas, alguien cae rodando por las escaleras —propinándose un golpe en cada peldaño— y le pregunta quien le espera abajo para recogerlo amorosamente y reconfortarlo: «¿Te encuentras bien?». Y el espectador tendrá ganas entonces de pensar: «Coño, ¿no ves que se ha caído por las escaleras?, ¿cómo se va a encontrar?». Claro, porque el espectador, si estuviera al pie de la escalinata de mármol por la que se ha derramado el torpe protagonista, preguntaría en ese caso: «¿Te has roto algo?»; pues ha quedado claro que bien del todo no puede encontrarse.
Por el contrario, alguien se merece una felicitación por ese hallazgo tan exclusivamente cinematográfico que se pronuncia cada vez que se encuentran dos personajes en una selva, o similar: «¿Habla usted mi lengua?». Merece elogio, digo, porque la fórmula sirve para cualquier idioma original en que se haya rodado la película y para cualquier lengua a la que se traduzca; pero si el otro no habla su idioma, ¿cómo va a entenderle la pregunta? Usted dígale «buenos días» y ya le contestará «buenos días tenga usted» si es que ha entendido su lengua. Si no la entiende, la misma cara le va a poner que si preguntara «¿habla usted mi lengua?»; y si la entiende se ahorrarán preámbulos y entrarán ya en materia después del saludo inicial.
En la vida real, alguna gente no sabe cómo decir que no. Debieran ir más al cine. Si alguien le propone a un amigo que cruce la montaña para encontrarse con su primo, pongamos por caso, puede recibir esta respuesta: «Cruzar la montaña no es una opción». O sea, el actor dice de esa guisa lo que a este lado de la pantalla expresaríamos de otro modo: «No se puede cruzar la montaña», tal vez porque alberga peligros insondables o porque sencillamente no se puede cruzar la montaña.
Si se hubiera rodado una película sobre el torero Rafael El Gallo, su famosa frase «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible» la habrían formulado de otra manera: «Lo que no puede ser no puede ser, y además no es una opción».
En algunas películas, lo que a este lado de la pantalla llamamos «funeral» se denomina «servicio religioso» (aunque no quede muy claro qué servicio recibe el muerto); y si alguien obtiene un éxito no gritará «¡bien, bien!», o «¡qué suerte!», o «¡de puta madre!», sino «síiii, síiii, síiii». Y si va a suceder una catástrofe, quien se da cuenta de lo que se avecina gritará horrorizado: «¡Ooooh, Dios mío!». Y el que esté a su lado agregará: «¡Maldita sea, maldita sea!».
Hay que entender todo eso, porque no debe de resultar fácil traducir un diálogo con el metrónomo del movimiento bucal.
Siempre será mejor la versión original subtitulada, claro; pero solo si tenemos la suerte de no encontrarnos muchas faltas de ortografía en sus textos. Porque, ¡ooooh, Dios mío!, a veces parece que en los subtítulos tampoco hablasen nuestra lengua.

Idioma y ciudadanía



Bien hablar y bien escribir (no se me oculta lo relativo del adverbio: no aludo a oradores fluidos ni a escritores, sino a quienes se expresan ejercitando algún control sobre cómo hablan y escriben) tiende a verse en nuestros días como atributo de clase social. En realidad así es y así ha parecido siempre, pero con una diferencia importante: la clase que así se expresaba se reconocía como «superior»; impresionaba e infundía respeto desde que empezaba a hablar y escandalizaba si no lo hacía de aquel modo. Quienes procedíamos de estratos sociales humildísimos no cuestionábamos aquel lenguaje: tratábamos de apropiárnoslo. Hoy no; las clases víctimas de la secular injusticia de la incultura tienden a convertir ésta en forma de cultura y a proponerla como instrumento contra la otra, la denominada burguesa. Se enfrentan fundamentalmente los gustos en las artes y se introduce, dentro del bloque diferencial, el lenguaje. El idioma «correcto» ya no resulta, para muchos, deseable, por entender que es una manifestación más de la superestructura. Les basta, dicen o piensan, el suyo propio, el de su ámbito familiar y socioeconómico. De ese modo, el idioma que oyen en las aulas y que quiere imbuírseles en ellas puede resultarles raro o ininteligible y desdeñable. He aquí el primer problema grave con que puede enfrentarse el profesor en muchos centros (y en muchas regiones, pero tampoco me ocuparé ahora de tal cuestión): la indiferencia e incluso hostilidad de los estudiantes ante una lengua más refinada, copiosa y flexible. La tentación —quién sabe si propiciada por rusonianos pedagogos— consistirá, tal vez, en abandonar y resignarse: convertir la clase en trámite de convicción. O, por el contrario, hacer frente a aquel desinterés, enrigideciendo la exigencia: peligroso e injusto modo de reaccionar que inhabilitaría para la acción necesaria.
La situación de perplejidad estuvo viva en la sociedad y en la pedagogía soviéticas durante años. Y, si no estoy equivocado, acabaron con ella los artículos que publicó José Stalin en Pravda en 1950. Su esfuerzo se concentró en demostrar que la lengua no es una superestructura crecida a la economía y dependiente de ella. No debe confundirse, aseguraba el líder soviético, la lengua con la cultura: ésta puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombres, es común a todo el pueblo. Y escribía, dogmáticamente pero con evidente razón: «Esos camaradas (quienes pensaban lo contrario) se equivocan gravemente al afirmar que la existencia de dos culturas diferentes conduce a la formación de dos lenguas diferentes y a la negación de la necesidad de una lengua única».
La lengua debe ser considerada y tratada como «órganon». La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos, pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa. Nada más absurdo que valorar la pobreza de tal sistema como atributo de clase, como arrogante emblema de un estado social, de un modo peculiar de cultura. Un movimiento socializador, que tienda a una participación colectiva en los bienes, no puede empezar deseando el empobrecimiento de éstos ni de sus medios de producción. Y ocurre que, dicho en toscos términos materiales, el idioma es un medio básico de producción (cosa que ya afirmó N. J. Marr).
Creo que sin un convencimiento así o parecido, el profesor de español actuará fría o tímidamente ante el muy probable prejuicio de sus alumnos. Ha de estar muy persuadido de la bondad de su causa para que el desaliento no lo paralice (para exigir, por ejemplo, una ortografía cuidadosa) y para poder transmitir a los escolares su propia convicción. El idioma de éstos, rudimentario, mezcla informe de vulgarismos, «tics» callejeros y clichés, no es respetable. Pero debe ser respetado (puesto que son inculpables) para montar sobre él, estratégicamente, su enriquecimiento. De algún modo deben convencerse los alumnos de que su estado lingüístico, si no salen de él, los frenará social y profesionalmente (también cívica y políticamente). Y de que el profesor, decidiéndose a no intervenir, consagraría una injusticia; porque siempre habrá muchachos, allí o en otros centros, que posean mejores instrumentos de pensamiento y expresión, adquiridos en el medio cultural de que proceden.
Estimamos, por ello, absolutamente preciso que el profesor atraiga los alumnos hacia la lengua que el civismo habla y escribe, a la norma culta media. Para lo cual, según hemos dicho, resulta necesario partir del respeto total a las deficiencias expresivas de los muchachos: éstos no deben sentirse humillados si hay que ganar su confianza y si se desea interesarlos eficazmente en el proceso de su perfeccionamiento. Puede llegarse a su inhibición y, como ya he dicho, a su hostilidad si se valora explícitamente como muy bajo su idioma, si se lo reprochamos, si desde el primer momento se les proponen modelos refinados o exquisitos de literatura. El arte de empezar (¿por dónde?, ¿cómo?) es muy dificultoso, y variará naturalmente. con el nivel de conocimientos de la clase, su procedencia, lugar, etcétera.
En cualquier caso, no deben proscribirse las peculiaridades individuales (idiolectos) o de grupo. Lo que sí pensamos que debe hacerse pronto es ir acostumbrando a la autocrítica, a la conciencia reflexiva sobre cómo se dicen las cosas. Es el problema de los «registros» idiomáticos. La situación culturalmente más baja corresponde a aquellos que sólo poseen un registro para su comunicación. Es lo que suele ocurrir con multitud de alumnos en los primeros años de su actividad escolar. Una pedagogía lingüística racional, a la que los planes de estudio concedieran el tiempo preciso para su desarrollo, debe consistir en ir aumentando los registros en que el alumno puede expresarse, no para que menosprecie o suprima los más llanos, familiares, regionales y hasta jergales que constituyen su hábito, sino para que aprenda a identificarlos como tales. Pretender que un muchacho se exprese, hablando o escribiendo, como un adulto educado, sería empresa vana e inútil, ya que ese adulto no se expresa —si no es pedante— de un modo uniforme, sino que cambia de registros con gran movilidad: en ello consiste su cultura.
Ese control crítico es el que conviene imbuir a los escolares; no es el reproche del profesor lo que interesa, sino la calificación que ellos mismos hagan de su propia expresión, conscientes de que están utilizando un vulgarismo, un «tic» estudiantil, un regionalismo, un localismo, una voz o un giro de ámbito familiar, etcétera, que no pertenecen a la lengua media culta, la cual deben ir poseyendo poco a poco, gracias al trabajo de las aulas y a su permeabilidad y receptividad para esa lengua.
Otra cuestión, y muy ardua, es la de las tácticas concretas para lograrlo. Nuestra tradición pedagógica parece más bien pobre en lo referente a la enseñanza práctica de la lengua materna. También en esto tenemos una revolución pendiente, de la que nada se habla ni en las alturas oficiales ni en las otras. ¿Para cuándo la implantación efectiva de una metodología eficaz, en una acción semejante a la que tuvo lugar en Francia a principios de siglo? No es cuestión intrascendente: la vida social depende de la cultura idiomática de los ciudadanos mucho más de lo que suele creerse. Y si no se pone remedio a tiempo —está siendo ya demasiado tarde—, es lícito imaginar que van a resultar poco eficaces los esfuerzos que se hagan en otros órdenes de cosas para edificar una sociedad más justa y progresiva.

lunes, 20 de marzo de 2017

El prestigio de las palabras



Una mano se alzó entre los cientos de asistentes a aquella asamblea izquierdista, en la Universidad del posfranquismo. Y el estudiante que pedía la palabra le dijo a quien acababa de intervenir desde la mesa presidencial: «Perdona, te voy a hacer una autocrítica».
Algunas expresiones han adquirido un enorme prestigio con el paso de los años, como «autocrítica». Pero la supuesta confesión se convierte en un engaño si no se trata de un acto de sinceridad y si no implica alguna rectificación a cargo del autor.
Esas palabras de prestigio se impregnan de respeto y bendicen todo cuanto tocan, pues llevan dentro connotaciones positivas, objetivas, ajenas al debate. Y que a veces nos engañan.
El término “evolución” figura también en ese grupo. Hallamos propuestas de evolución en el periodismo, en la arquitectura, en el lenguaje, en nuestra concepción de la vida. «Hay que evolucionar», «Fulano no ha sabido evolucionar», «El enfermo no evoluciona», «El coche de Vettel lleva nuevas evoluciones»… Llama la atención que el verbo y el sustantivo (“evolucionar” y “evolución”) se apliquen casi siempre a desarrollos positivos, cuando el Diccionario no les otorga esa virtud. Quizás al valor meliorativo de “evolución” y “evolucionar” contribuya la mera existencia de “involución” y de “involucionar”. Sin embargo, tanto “evolucionar” como “involucionar” se refieren al desarrollo de algo hacia delante o hacia atrás, no necesariamente a su mejora o empeoramiento. Tal vez un enfermo desearía involucionar, por ejemplo: retroceder al momento en que estaba sano. «El idioma evoluciona», se suele argüir como lugar común ante cualquier crítica de un neologismo. Pero, aunque casi hayamos excluido esa idea en el significado, se dan a menudo evoluciones negativas: el enfermo empeora, la ciudad se degrada, nuestro léxico se empobrece. Y ese prestigio de la palabra “evolución” hace que lo olvidemos.
El término “auditoría” forma parte también del listado de vocablos prestigiosos. «Te voy a hacer una autocrítica» se asemeja en su sinrazón a «te voy a hacer una auditoría», expresión esta parecida a las que a veces oímos en el debate político.
Ni la “auditoría” ni el “auditor” están bien definidos en el actual Diccionario, que se refiere así a la auditoría contable: ‘Revisión de la contabilidad de una empresa, de una sociedad, etcétera, realizada por un auditor’. Pero luego el concepto de auditor no queda muy delimitado: ‘Que realiza auditorías’. La Academia resolverá el problema para la siguiente edición, en la que prevé redefinir de este modo la voz auditoría: ‘Revisión y verificación de las cuentas y de la situación económica de una empresa, realizada por un experto independiente’.
Y ahí está la clave: en la independencia de quien se encargue del trabajo; porque en eso radica el prestigio de “auditoría”: Por tanto, las auditorías contra un adversario y las “auditorías internas” de las que últimamente oímos hablar aprovechan el prestigio de la palabra para manipularla.
El auditor, además, si atendemos al origen del término (auditor, –oris), debe escuchar a unos y otros, enterarse bien. Los discípulos recibían en la Roma antigua el nombre de “auditores”, pues prestaban atención continua a su maestro. “Oír” y “enterarse” andaban entonces de la mano, y una expresión como audisti de malis nostris significaba «ya estás enterado de nuestras desgracias» (Diccionario Vox, 1990). “Auditoría”, “evolución”, “sostenible”, “autocrítica”, ”crecimiento”, “racionalizar”, “transparencia”… son vocablos de prestigio. Como la palabra “futuro”. Quién puede cuestionarla, si en ella volcamos todos los deseos. Después, el propio futuro decidirá por su cuenta, y reducirá nuestra capacidad de someterlo a solo aquello que realmente dependía de nosotros mismos. Pero mientras tanto, su prestigio nos seduce en el discurso político y en sus ofertas. Por eso quizás convenga que, cuando nos regalen esos términos para endulzar una frase, nos fijemos bien en las palabras amargas que haya a su alrededor.

martes, 14 de marzo de 2017

Afordable


Es difícil saber qué caso es más común: el de quienes, escribiendo en inglés (no los culpo, ya que el engendro aparece hasta en algún mal llamado “diccionario”), se olvidan de una de las efes del adjetivo “affordable” /əˈfɔːdəbl/ (“razonable”, “módico”, “asequible” —que no “accesible”, ni mucho menos “accequible”—), aunque el término provenga del inglés medio “aforth” y la segunda efe no se añadiera hasta el siglo XVI; o el de quienes, escribiendo o hablando en español, se olvidan de la riqueza de su lengua y prefieren inventarse este palabro espantoso, como podemos ver aquí y aquí.

lunes, 13 de marzo de 2017

Millones y “millonas”



La confusión entre el sexo y el género sigue rampante en algunas (quizá privilegiadas) cabezas. El problema no es puramente escolástico, ni menos aún personal suyo, sino que nos afecta a todos. Porque desde esas cabezas pasa a sus respectivas voces y escrituras, y de éstas a los oídos y ojos de cualquiera que esté a su alcance. Desde ahí inexorablemente se mete en su cerebro, en el que irremediablemente se instala la misma confusión.
Quizá el lector recuerde el revuelo provocado por el neologismo puntual “miembra” salido hace unos pocos años de la boca (y por tanto del cerebro) de la entonces ministra española de Igualdad Bibiana Aído. El público manifestó en masa su desagrado y la señora ministra se vio obligada a rectificar.
Ahí más o menos acabó todo, al menos en España: el mundo hispanohablante es ancho, y en parte ajeno por la distancia. Ahora llegan noticias de Venezuela, el país de la constitución dobletista («los venezolanos y las venezolanas»), de que en efecto hay un límite a lo que el hablante inocente puede tolerar y aguantar.
El detonante esta vez ha sido la expresión «millones y millonas» emitida por el presidente de aquella república en un discurso televisado al país. La respuesta en sus medios sociales no se hizo esperar: «Hay millonas de razonas para irsa de Venezuelo; pera iguala me quedo», escribió en Twitter un usuario. Y millones (hiperbólico) más.
¿De dónde procede y a qué viene todo esto, muy vigente también en España, con dobletes de género y sus secuelas ahora presentes por doquier y algunas normas oficiales incluso imponiendo su uso en ciertos espacios?
La respuesta es sencilla, aunque quizá menos para las privilegiadas cabezas de las que salen los mencionados partos. El sexo (el aparato reproductor que se revela en la zona central baja del tronco y en las conductas y taxonomías que de él se derivan) ha pasado a confundirse en esas cabezas (no puede uno saber si de modo real o imaginario, en aras de sus intereses particulares) con el género de las palabras de la lengua. Hasta el punto de verse ya la misma palabra género utilizada por sexo en documentos oficiales o paraoficiales: se pregunta, por ejemplo, por el “género” del solicitante, cuando el solicitante (una persona, no una palabra) por definición no puede tener género, aunque sí tiene sexo, la información que la pregunta evidentemente (pero no explícitamente) busca obtener.
El género de las palabras castellanas (y el de las de otras lenguas que lo poseen) es un simple fenómeno gramatical de concordancia (es decir, encaje mutuo) entre palabras de ciertas clases en este aspecto subordinadas y sus palabras rectoras, los sustantivos. Se dice, por ejemplo, EL orden (de factores) pero LA orden (franciscana) ¿Por qué esta diferencia? Simplemente porque el castellano es así. No hay más: en castellano también decimos yo bebo pero tú bebes y nosotros bebemos, con concordancia de número y persona en el verbo con el sujeto, pero en inglés son respectivamente I drink, you drink, we drink, sin concordancia en el verbo drink. Tanto la concordancia del verbo como la de género en relación a los nombres (el cometa frente a la cometa) son así fenómenos lingüísticos, no políticos. Menos aún biológicos como lo es el sexo.
Hace unas pocas décadas, un feminismo a mi juicio muy mal inspirado y peor orientado concibió el género (gramatical) como panacea para la promoción de causas en sí tan loables como la justicia y la consiguiente igualdad de derechos, alegando monstruos donde no los había. Todo el mundo que habla español sabe que una castaña es un fruto, no un árbol, precisamente por hablarlo. También sabe que en los trabajadores recibirán un aumento de salario la palabra trabajador no lleva significado sexual, simplemente porque en castellano no lo posee (habría que decir los trabajadores varones para dárselo), como castaña no lo tiene arbóreo: aprendemos esto según vamos absorbiendo la lengua en la niñez, espontánea e inocentemente, sin políticas ni politiqueos. Pero ahora nos vienen con el camelo de que trabajador (¡y cientos de otras!) denota sólo hombres, con las mujeres excluidas, reclamando por ello el uso de dobletes “los … y las …”, flagrantemente aberrantes para el hablante espontáneo de buena fe.
No sólo aberrantes, sino en extremo perjudiciales. Porque, como puntualicé al inicio, las palabras (cada una con su sonido, su significado y su gramática específicos) pasan de unos cerebros a otros a través de la boca, el aire y el oído. La única interpretación que el hablante común del castellano puede dar a “los vascos y las vascas” es que los vascos incluye sólo hombres: de no ser así, con decir precisamente los vascos llega y sobra, en efecto la realidad en el castellano auténtico de todos y de siempre.
El “miembra” de la entonces ministra Aído fue una estrella fugaz. Pero la epidemia continúa y se agrandará si no se la contiene: “millonas” ahora. Acabará cambiando el significado de cientos de palabras y causando así un perjuicio muy notable a la lengua de todos: constátese en la mismísima constitución venezolana (“los venezolanos y las venezolanas”, etc.) Estas acciones de “terrorismo lingüístico” (expresión atinada, por precisa, de Álvaro García Meseguer, un temprano abogado de la causa) no caen fuera de la ley, y así salen impunes. El único muro de contención y neutralización somos pues los hablantes. Todos y cada uno. Sin desmayo. A una, como Fuenteovejuna.

viernes, 3 de marzo de 2017

Amigos falsos y falsos amigos

Y es que no es lo mismo un falso amigo que un amigo falso. Precisamente por esta característica —la sutil o notable diferencia que implica la ubicación del adjetivo, por ejemplo—, debemos extremar precauciones a la hora de traducir al español.
Para mí, como corrector, resulta curioso comprobar lo literales que pueden llegar a ser algunos textos sobre tecnología traducidos del inglés, y, por contraste, lo fluidos que resultan otros, escritos originalmente en otra lengua romance. ¿Acaso son mejores las traducciones de lenguas romances al español? En ocasiones, me atrevería a decir que sí.
En mi trabajo cotidiano con traducciones técnicas del inglés, encuentro varios errores que se repiten con frecuencia, verbigracia:
1. La paulatina o total desaparición del signo de punto y coma.
  • Frase original: The first test was excellent. The second test wasn't that good. The third one was a complete disaster.
  • Traducción: La primera prueba fue excelente. La segunda prueba no fue tan buena. La tercera fue un completo desastre.
  • Alternativa: La primera prueba resultó excelente; la segunda, no tan buena; la tercera, un verdadero desastre.
2. La fragmentación —incluso atomización— de párrafos en un gran número de oraciones; concretamente: tantas como tenga el original en inglés.
  • Frase original: This product is for outdoor use only. Use this product indoors only if the area is well ventilated. Even when using it outdoors, ensure adequate ventilation.
  • Traducción: Este producto es para uso al aire libre. Use este producto bajo techo solo si la zona está bien ventilada. Incluso cuando la use al aire libre, garantice una ventilación adecuada.
  • Alternativa: Este producto está diseñado para utilizarse en exteriores; tanto si se usa en interiores como en exteriores, debe asegurarse una adecuada ventilación.
3. El uso de estilo personal o alternancia desordenada de este con el impersonal. (En inglés es mucho más frecuente el uso del estilo personal, pero no así en español).
  • Frase original: Remember you can install your device anytime. In order to install it correctly, all you have to do is plug it and follow the instructions.
  • Traducción: Recuerde que puede instalar su dispositivo en cualquier momento. Para poder instalarlo correctamente, todo lo que ha de hacer es enchufarlo y seguir las instrucciones.
  • Alternativa: Recuérdese que el dispositivo se puede instalar en cualquier momento: solo hay que conectarlo y seguir las instrucciones.
4. El uso de expresiones de nuevo cuño (calcos del inglés, generalmente) que no se entienden por sí solas, sino que se deducen por el contexto, lo que demuestra su merma connotativa.
Cito solo algunas de estas traducciones literales, que resultan anfibológicas en español:
  • Experiencia del usuario. Según el caso, puede equivaler a estas expresiones españolas, entre otras: satisfacción con el uso de algo, estancia en un hotel, aprovechamiento del tiempo, disfrute de una comida/bebida/servicio, relajación, sensación de bienestar, satisfacción general con un producto o servicio, gusto por algo, entusiasmo/contento, opinión por el uso de algo, impresiones generales o agrado.
  • Evento. Muletilla empleada para casi cualquier acto organizado: concierto, recital, boda, actividad empresarial, conferencia, congreso, charla, reunión, presentación de producto, acto, o seminario, entre otros.
  • Usuario. Por pereza e imitación de errores de la lengua inglesa, vemos este término mal usado en muchos contextos: usuario del transporte (‘viajero’), usuario de hospitales (‘paciente’), usuario de esta guía (‘lectores’), guía del usuario (‘manual de instrucciones’), usuarios del lenguaje (‘hablantes’), usuario del hotel (‘huéspedes’), etcétera.