lunes, 22 de mayo de 2017

El cadáver estaba muerto



Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: «Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido».
Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.
El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).
La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.
Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención). Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: «Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos». Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo (o de las manos de otra persona).
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de «nieve blanca», entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. Ahora bien, supongamos que estamos escribiendo un cuento infantil en el que deseamos transmitir la idea de que la acción se desarrolla en un mundo irreal: los trigales serían azules, los mares amarillos, el carbón rosa y los renuevos negros. En ese caso sí podríamos narrar a continuación que, una vez ocurrido determinado fenómeno (el beso de un príncipe, sin ir más lejos), todo se tornó real, y nos volvimos a ver rodeados de carbón negro, mares azules, trigales amarillos, nieve blanca y brotes verdes. La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: «Cállate la boca», por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: «El estadio estaba “completamente abarrotado”», «es “totalmente gratis”», «vio un “falso espejismo”», «se aprobó con la “unanimidad de todos los grupos”» (ejemplos extraídos de los periódicos).
La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos “absolutamente felices”, “absolutamente decididos”, “absolutamente seguros”. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. Un político que dice «vamos a resolver este “difícil reto”» está dejando de creer en la palabra “reto”, de tanto manosearla. Quizás él tenga la impresión de que un reto puede ya parecernos fácil; pero en tal caso nos encontraremos todos dentro de un cuento donde nacen brotes por cualquier parte y donde la crisis se presenta como un desafío que se resuelve en un periquete. Dentro de un cuento infantil o dentro de algún que otro programa electoral.

martes, 16 de mayo de 2017

La corrección de textos: qué es y para qué sirve (II)



María-Fernanda Poblet inició su experiencia laboral en el mundo de la edición, hace más de quince años, en Ediciones Trea, donde fue correctora, redactora y editora. Desde 1999 trabaja por cuenta propia bajo el sello comercial Palabra sobre Palabra y se dedica fundamentalmente a la corrección ortotipográfica y de estilo, aunque ella se define como una profesional altamente especializada en lo que denomina la corrección todoterreno. Se licenció en Filosofía (Universidad de Oviedo), pero la enorgullece más considerarse discípula de José Martínez de Sousa, con quien ha colaborado en la corrección y revisión de varios de sus libros.

«[…] si pagan tarifas de aficionado, obtendrán una corrección de aficionado. ¿O esperan que por el precio de un tetrabrik de Don Simón les vendan una botella de Vega Sicilia?»

Así terminaba mi artículo en el anterior número de La Linterna del Traductor. Tras su publicación, me prometí que intentaría ser más optimista en la segunda entrega, pero me temo que el tiempo (de crisis) que nos toca vivir no ayuda. No solo se nos pide que vendamos Vega Sicilia al precio de Don Simón, sino que, de paso, regalemos un buen jamón ibérico para acompañarlo. La crisis, por supuesto, no afecta solo a los correctores, pero sí hay un factor añadido en este caso que no debe perderse de vista: la corrección se considera prescindible, se convierte en una especie de lujo, casi en un capricho. Si esto sucede, se debe a que el trabajo del corrector no se valora, y empleo aquí la segunda acepción que del verbo valorar proporciona el DRAE: ‘reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o de algo’. A la corrección, hoy en día, no se le reconoce ni estima ni aprecia valor o mérito de ningún tipo en la mayor parte de los casos.

Es lógico que, como correctora, esta situación me preocupe, pero considero que no debería preocuparnos solo a quienes vivimos de esta profesión. Despreciar la corrección no es más que un nuevo indicio de desprecio por la buena escritura. Los mostradores de las librerías siguen llenándose a diario de novedades, pero ¿de cuántas de ellas podemos decir algo tan aparentemente simple como que «están bien escritas»? La teoría que sostiene este despropósito es que no importa la forma, que lo que venden son los nombres (de algunos autores, se entiende), el entretenimiento… Incluso aceptando esto último, ¿tan difícil resulta darse cuenta de que es mucho más agradable y placentero leer un libro bien escrito y cuidado en todos sus detalles que esos productos chapuceros que se fabrican como churros?

Los correctores, y todos cuantos estamos interesados en que nuestro idioma no se maltrate indecentemente, tenemos en la actualidad una misión casi imposible: demostrar que un texto cuidado estilística, ortográfica y tipográficamente tiene un valor añadido (casi diría que, simplemente, tiene valor, mientras que el resto no lo tiene, pero me acusarían de exquisita…).

Para conseguir algún avance en esta misión, quizá debamos comenzar por explicar, una vez más, que ese trabajo «no lo hace el Word». Ni Word ni ningún corrector automático puede sustituir a un corrector humano en todas las tareas que lleva a cabo, y merece la pena detenerse algo en este punto.

Hay distintos tipos de corrección —y, por tanto, de correctores—, aunque desde hace algunos años, por desgracia, se observa cierta tendencia a la desaparición de algunos de ellos o a la fusión de unos con otros, por lo que se está creando un nuevo tipo de corrector: el todoterreno. (Como imaginarán, esta tendencia está estrechamente relacionada con lo que comenté al principio: se busca que un solo especialista haga lo que antes hacían varios, pero, cómo no, por el mismo precio.)

Uno de los tipos de corrección que ya puede considerarse casi una especie extinta es la corrección de concepto, especialmente útil en libros muy técnicos, pero necesaria en cualquier texto. En principio, la corrección de concepto solían correr a cargo de especialistas en la materia de la que tratara la obra en cuestión: a ellos correspondía, por ejemplo, comprobar que el vocabulario técnico que se manejaba fuera el correcto, pero también que no hubiera, por decirlo coloquialmente, «meteduras de pata» en las explicaciones que se daban. Sin embargo, no hace falta acudir a tanta especialización para darse cuenta de la necesidad de este tipo de corrección.

Veamos algunos ejemplos (advertencia: todos los ejemplos que se citan en este artículo son reales): en una novela, al referirse al mes de noviembre, se dice que este forma parte del invierno; en un libro de botánica, se habla de los pétalos de una planta cuando en realidad se trata de sépalos; en un libro de historia se atribuye la muerte de Howard Carter a la famosa maldición de los faraones (si fue así, la maldición le llegó con retraso: descubrió la tumba en 1922 y falleció en 1939)…

Ninguna de estas correcciones tiene que ver con el estilo, con la ortografía o con la tipografía, pero alguien debe hacerlas. Como el corrector de concepto brilla por su ausencia, suele ser el corrector de estilo quien termina señalándolas, pero, ¿debe hacerlo? Desde luego, les aseguro que no le van a pagar un céntimo más por ello, pero entramos en el escurridizo asunto de la ética profesional.

Les entregan la traducción de un interesante libro de viajes del siglo xix. El original está en inglés, y sus conocimientos de este idioma son los justos para apañárselas, es decir, los suficientes para poder recurrir al original cuando una frase «rasca» más de la cuenta en español. La traducción, todo hay que decirlo, no es de un profesional, sino de una voluntariosa estudiante de filología inglesa a quien un familiar le encargó el trabajo (total, como saben los traductores, con un diccionario al lado cualquiera traduce…, ¿verdad?). Comienzan a ser más de las debidas las frases que ya no solo «rascan», sino que hieren la vista. Tras varias consultas al original en inglés, solo quedan dos explicaciones posibles: o los diccionarios de inglés mienten o la estudiante de filología inglesa tiene una gran imaginación. Por supuesto, doy por buena la primera explicación y recurro a alguien que sí tiene los conocimientos que a mí me faltan. La explicación correcta era la segunda: la voluntariosa estudiante resultó ser propietaria de una imaginación desbordante, hasta el punto de que en muchos casos la traducción daba a entender exactamente lo contrario de lo que se decía en el original. Horas de trabajo tiradas a la basura…

Esa ética de la que hablaba deberían tenerla también los autores a quienes encargan un libro (sí, los libros se encargan también), pero no siempre es así, y la disculpa de que el trabajo está mal pagado no me sirve. Si se acepta el trabajo, se acepta para hacerlo del mejor modo posible. (¿Idealismo y falta de espíritu práctico de nuevo? Supongo que sí.) Para ilustrar la falta de ética en cuestión, daré un último ejemplo, de nuevo tristemente real: una corrección «todoterreno» de un libro de texto sobre economía. (Comprenderán ahora por qué los correctores terminamos adquiriendo una cultura general estupenda para jugar al trivial.) No solo hay que consultar los términos específicamente económicos que aparecen a lo largo del texto, sino también los nombres propios de distintos teóricos de la economía. Google es un buen modo de empezar la búsqueda, aunque nunca deberíamos tomarnos al pie de la letra, ni muchísimo menos, lo que por allí pueda aparecer. En este caso no solo encontré el nombre que buscaba: ¡apareció el capítulo entero! Unas búsquedas más, y pude comprobar que varios de los capítulos del libro que estaba corrigiendo habían sido plagiados, con sus comas, sus puntos, su tipo de letra, sus tipos de párrafo, ¡y hasta sus erratas!, de distintas páginas web. El editor tuvo, evidentemente, que encargar de nuevo esos capítulos a alguien con más escrúpulos que el autor anterior. ¿Corresponde ese trabajo al corrector? No. ¿Van a pagarle más por ello? No. Entonces, ¿por qué lo hace? Algunos contestarán, sin duda, que por estupidez, y es posible que algo de eso haya. Yo prefiero pensar que por una cuestión de ética, pero está claro que la ética tampoco es un valor en alza… y no cotiza, ni en bolsa ni en el bolsillo.

¿Quién se ocupa de encontrar estas joyas si no hay ni siquiera un corrector que se lea el original? Les respondo: en la mayoría de los casos, nadie. Aunque pueda sonar increíble, un buen número de los libros que nos encontramos a la venta no han sido leídos, no al menos totalmente, antes de publicarse. Si se ha encargado una corrección, con suerte habrá al menos dos personas que conozcan el libro a fondo: el autor y el corrector. Si algún día se aburren, pueden hacer ustedes mismos una pequeña comprobación: lean las presentaciones, prólogos o textos de contracubierta de algunos de los libros que tengan a mano. Si ustedes han leído ya esos libros, comprobarán que en más de un caso quien escribió esos textos no hizo sus deberes, y de ahí que, especialmente en las contracubiertas, siempre se diga lo mismo: «ameno a la par que riguroso…», «esta obra viene a llenar un hueco que…», «dirigido tanto a los especialistas como al público en general…», «unos contenidos expuestos con sencillez…». Alguna que otra vez, lo confieso, he tenido que redactar esos malditos textos, y siempre recordaba a Homero: tantos siglos después, seguimos empleando el mismo sistema.

¿Siguen creyendo que el corrector de concepto es prescindible? Aquí he puesto algunos ejemplos (la lista es larga) que, espero, pueden hacerles pensar antes de responder a esa pregunta. La segunda pregunta, y con la que ya cierro, nos incumbe, de nuevo, a todos los que compartimos la pasión por la lectura: ¿hasta cuándo seguiremos pagando por productos defectuosos como si fueran buenos? Si ustedes van a comprarse unos pantalones y, al llegar a casa, descubren que están rotos, seguro que volverán a la tienda y pedirán que se los cambien por unos que no tengan ese defecto o, en su caso, les devuelvan el dinero que pagaron. ¿Por qué no se nos ocurre hacer lo mismo con los libros? ¿Acaso los errores y las erratas no son una tara? ¿Por qué nos obligan a quedarnos con un libro mal hecho? ¿Por qué no nos lo cambian también por uno que esté bien hecho o, al menos, nos devuelven el dinero que hemos pagado por él? ¿Por qué no empezamos, de una vez, a pedir aquello a lo que tenemos derecho? Quizá si las editoriales empezaran a recibir quejas por sus productos (se llaman libros), también comenzarían a darse cuenta de que tienen que cuidarlos antes de sacarlos a la venta.

jueves, 11 de mayo de 2017

Colaborativo


Archisílabo incluido en la vigesimotercera edición del DLE con el significado de ‘hecho en colaboración’. Es un calco del inglés “collaborative” /kəˈlæbərətɪv/ (“de colaboración”) común en el ámbito de la informática para designar aquellas herramientas que facilitan el trabajo en común (tabletas, teléfonos móviles, etc.).

jueves, 27 de abril de 2017

Códec


Versión castellanizada del anglicismo “codec” (\ˈkōdek\), definido por el Diccionario de Internet de la Universidad Nebrija como ‘combinación de un codificador y un descodificador que funcionan en sentidos opuestos de transmisión en el mismo equipo’.
En el ámbito de las telecomunicaciones es un acrónimo de “codificador decodificador” (“coder” y “decoder” en inglés) que designa el dispositivo que codifica las señales analógicas en digitales para que se transmitan a través de la red y las decodifica al formato adecuado para su reproducción o manipulación, es decir, para que el ordenador o el dispositivo móvil pueda interpretarlas.
En el campo de la informática es un acrónimo similar, en este caso de “compresor decompresor” (“compressor” y “decompressor” en inglés”), utilizado para designar un algoritmo matemático que comprime el número de bytes consumidos por grandes ficheros y programas. Por ejemplo, en el caso de los vídeos, el códec Xvid corta áreas de colores similares en los fotogramas y determinadas frecuencias imperceptibles al oído humano (con la consiguiente pérdida de información y calidad).

martes, 18 de abril de 2017

Anglicismos financieros: underwater y negative equity



El clamor que existe en España a favor de la dación en pago tiene como base una realidad social abrumadora: medio millón de hogares intentan pagar hipotecas underwater, según un artículo publicado a mediados de 2013 por AFI (Analistas Financieros Internacionales)1. Bajo este anglicismo, un término muy transparente en inglés, pero críptico y percibido como eufemístico para el hablante español medio, se esconde una situación difícil de sostener para muchas familias españolas: la deuda que contrajeron con el banco supera ahora el valor de su vivienda. Esa deuda ya no se puede saldar entregando la vivienda a la entidad. El contrayente se encuentra acuciado por el ahogo de sus pagos pendientes, bajo el agua: underwater. Dicho en el tecnolecto de la economía: su hipoteca está en negative equity.

Las «hipotecas underwater» aparecieron por primera vez en la prensa española en 2009. Los medios se hicieron eco entonces de los efectos perniciosos de la crisis de las subprimes2 en Estados Unidos. Entre esos efectos estaba el hecho de que muchos contrayentes de aquellas hipotecas basura se vieron incapaces de pagarlas, puesto que sus viviendas se depreciaron y resultaron valer menos que el capital adeudado al banco. En estas primeras apariciones en los periódicos españoles underwater se muestra como anglicismo crudo, pero acompañado de su pertinente traducción y explicación, tratando de salvar el desconocimiento del idioma y aun del concepto:

La ciudad de los casinos encabeza la lista elaborada por «Zillow.com» de las ciudades con más propietarios de casas que en la actualidad tienen una hipoteca superior al valor de su hogar, una situación que en Estados Unidos se denomina underwater («bajo el agua»). (El Mundo, 20.5.2009)
«Cada pérdida de empleo, cada divorcio, cada incidente como estos se va a convertir en una ejecución porque sus casas ya se encuentran bastante bajo el agua», dijo Brinkmann. Cuando una casa está «bajo el agua» (en inglés underwater), quiere decir que el precio ha caído por debajo del valor de la hipoteca. (El Mundo, 28.5.2009)

El calco «bajo el agua» utilizado en los artículos de El Mundo arriba transcritos, era, en 2009, una solución de urgencia plausible para aclarar un concepto relativamente desconocido para los lectores españoles y para la economía nacional. Todavía no existían propuestas de equivalencia más ponderadas. Igual de crudo llegó el anglicismo underwater a octubre de 2010, importado ahora por un informe de Standard & Poor’s. La agencia de calificación alertaba entonces de que el problema de las hipotecas de valor superior a la vivienda hipotecada empezaba a ser importante en España:

El negative equity (fenómeno también conocido como underwater y que se produce cuando el valor de una vivienda es inferior al de su hipoteca) penetra cada vez más en España. Según un informe de la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor’s un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en una situación en la que debe más por su vivienda de lo que vale. (Idealista.com, 6.10.2010)

Tanto el sintagma «hipoteca underwater» como su análogo semántico negative equity vuelven a aparecer en la prensa generalista española en abril de 2013, cuando el citado informe de AFI, así como la campaña popular a favor de una iniciativa legislativa que permita la dación en pago, ponen de nuevo sobre el escenario el problema social de las hipotecas de difícil pago. Esta vez, los informadores que se hacen eco del estudio de AFI se esfuerzan por encontrar un equivalente al préstamo puro e introducen el neologismo «hipoteca sobrevalorada» para «hipoteca underwater». Esta equivalencia nos resulta poco transparente y carente de la potencia metafórica de la voz underwater.

Son aquellos préstamos concedidos en época de bonanza económica por el 80 % o más del valor del inmueble y que ahora reciben el nombre de hipotecas underwater o sobrevaloradas. (El Heraldo, 21.4.2013)

Puesto que, según los datos del citado estudio, la inmensa mayoría de hipotecados españoles que se encuentran en situación de negative equity son aquellos que adquirieron sus viviendas en la época del famoso boom inmobiliario, proponemos designar a las hipotecas que contrajeron «hipotecas burbuja». Se transmite así, por un lado, la idea de que se trata de hipotecas infladas. Por otro lado, se las vincula con su origen en España: la burbuja inmobiliaria que estalló a finales de 2007. Para la expresión to be underwater podemos encontrar un equivalente bastante eficaz, a nuestro entender: «estar sobrehipotecado». En resumen, consideramos apropiado traducir «hipoteca underwater» por «hipoteca burbuja» en la mayoría de contextos, mientras que la locución «estar underwater» se podría expresar como «estar sobrehipotecado/a».

Una vez que hemos salido a flote en nuestro intento de ofrecer equivalentes eficaces para «hipoteca underwater», debemos abordar el estudio de su pariente semántico negative equity, anglicismo puro de cariz más técnico que underwater. Veamos cuál ha sido su uso en la prensa generalista española.

En primer lugar, cabe reconocer que los intentos de la prensa española de ofrecer una alternativa a negative equity han resultado poco afortunados. Lo más común ha sido, hasta ahora, mantener el anglicismo entrecomillado, o en cursiva, acompañado de una glosa explicativa:

Entrar en negative equity se ha convertido en un auténtico problema e incluso un drama para muchas familias españolas. Por un lado, porque si necesitan vender su vivienda empujados, por ejemplo, por motivos económicos —no pueden pagar la hipoteca—, no conseguirían el dinero suficiente por la venta para cancelar la deuda contraída con el banco. (El Confidencial, 10.4.2013)

No obstante, y muy pegado al término original, también hemos encontrado el calco formal y semántico «equidad negativa» en diversos foros y blogs económicos consultados. Esta construcción resulta de escaso rigor semántico, puesto que transfiere equity como «equidad», por la semejanza formal (lo que Chris Pratt llama paronimia3) entre ambas voces. En el contexto de las transmisiones patrimoniales, equity se debe entender como «capital líquido, fondos propios, fondos invertidos o patrimonio neto». Así pues, home equity significa «valor acumulado o valor líquido de una casa», y se refiere comúnmente al dinero que ya se ha pagado de una hipoteca más la ganancia en valor de la propiedad.

Al menos dos millones de británicos tienen «equidad negativa», que consiste en que el valor de sus propiedades es menor que el precio de la hipoteca que pagan por ellas, informó hoy el Consejo de Prestamistas Hipotecarios. (Blog Mundo en Crisis, 17.4.2009)

Despejada ya la confusión semántica, se entiende que en el contexto de la compra de inmuebles mediante hipotecas el sintagma negative equity puede trasladarse al español como «patrimonio (neto) negativo». Cuando decimos que una hipoteca está en situación de negative equity, podemos afirmar que se encuentra «en negativo». Proponemos, pues, acuñar el término «hipoteca en negativo» como equivalente plausible para las hipotecas con negative equity. Consideramos que este equivalente cuenta con las innegables ventajas de la parquedad y la transparencia. Al menos, ante la única alternativa acertada que hemos encontrado en la prensa española: «situación de pérdidas patrimoniales». Tal y como puede observarse en el ejemplo que transcribimos más abajo, esta construcción resulta un tanto farragosa para el lector medio:

Se le llama negative equity en el mercado anglosajón y consiste en que al bajar los precios de la vivienda llega un momento en que el importe de la hipoteca es superior al valor actual del piso en el mercado si el propietario intentara venderla. Y según un informe de la agencia Standard & Poor’s, un 8 % de los hipotecados en España se encuentra en esa situación de pérdidas patrimoniales. (El País, 6.10.2010)

Consideramos, pues, más esclarecedor decir que los contrayentes soportan una «hipoteca en negativo» que afirmar que los hipotecados se encuentran «en situación de pérdidas patrimoniales», «en negative equity» o «en equidad negativa». Junto a hipoteca en negativo sugerimos también la equivalencia hipoteca burbuja para underwater mortgage/loan y estar sobrehipotecado/a para la locución to be underwater.

1. Los datos pertenecen a un estudio realizado por la economista María Romero para Analistas Financieros Internacionales (AFI), en su revista Cuadernos de Información Económica, que publica la Fundación de las Cajas de Ahorro (FUNCAS), n.° 233 (marzo-abril de 2013). El artículo «Desahucios y dación en pago: estimación del impacto sobre el sistema bancario» está disponible en .
2. Sobre las hipotecas subprime, o hipotecas basura, véase el interesante artículo «Suprime: cuando las hipotecas huelen» de Luis González en puntoycoma n.° 104.
3. Pratt, en Anglicismos hispánicos (1980), Gredos, Madrid, se refiere a un tipo particular de anglicismos que se da cuando existe similitud formal y semántica entre dos voces de lenguas distintas, como es el caso que nos ocupa: equidad y equity. Aunque en algunos contextos equity se puede traducir por equidad, en otros, como vemos en este artículo, no es así. Estos anglicismos semánticos parónimos también se conocen como «falsos amigos» en el contexto de la enseñanza de segundas lenguas.

jueves, 6 de abril de 2017

Esquí (pl. esquís y esquíes) / esquiar


Vocablo proveniente del nórdico antiguo “skið” (“raqueta [de nieve] larga”), cognado del inglés antiguo “scid” (“trozo [largo] de leña”) y del hoy arcaico “shide”, provenientes de la raíz indoeuropea “skei–” (“cortar”, de la que derivan los términos que comienzan por “schizo–” / “esquizo–”).
Llega al español como adaptación gráfica del galicismo “ski” (/ski/), forma que también se utiliza en inglés (/skiː/), lo cual no impide que el universo cosmopaleto no se dé por aludido y se obstine en escribir (e incluso pronunciar) “sky” /skaɪ/ (“cielo”).

jueves, 23 de marzo de 2017

¿Habla usted mi idioma?



Algunas cosas solo suceden en el cine. Por ejemplo, mantener una agradable conversación telefónica y colgar sin decir «hasta luego». O ir a un gran edificio en coche y aparcar justo a la puerta. O que todos los teléfonos empiecen con 555.
Los traductores del cinematógrafo han desarrollado también un séptimo arte de hablar. Así, escuchamos con frecuencia a los actores algunas frases que casi nunca oímos en nuestra vida cotidiana.
Cuando alguien no está de acuerdo con algo, suele decir a este lado de la pantalla: «No estoy de acuerdo». O «no lo veo, chico». O «ni de coña, maja». O «ni hablar». En cambio, si actuase ante una cámara diría: «No creo que sea una buena idea».
Sabemos que los doblajes obligan a resolver un sudoku en el que juegan el movimiento de los labios y lo que se decía en la lengua original. Pero da la sensación de que algunos guionistas han tomado carrerilla y aplican esas extrañas fórmulas incluso a las obras rodadas en español.
Así, oímos a menudo en el cine: «¡Que te den!». ¿Que le den qué? En el español de España se aprecia que falta algo. Además de lo que usted ha pensado, podría completarse así: «Que te den morcilla».
En muchas películas, alguien cae rodando por las escaleras —propinándose un golpe en cada peldaño— y le pregunta quien le espera abajo para recogerlo amorosamente y reconfortarlo: «¿Te encuentras bien?». Y el espectador tendrá ganas entonces de pensar: «Coño, ¿no ves que se ha caído por las escaleras?, ¿cómo se va a encontrar?». Claro, porque el espectador, si estuviera al pie de la escalinata de mármol por la que se ha derramado el torpe protagonista, preguntaría en ese caso: «¿Te has roto algo?»; pues ha quedado claro que bien del todo no puede encontrarse.
Por el contrario, alguien se merece una felicitación por ese hallazgo tan exclusivamente cinematográfico que se pronuncia cada vez que se encuentran dos personajes en una selva, o similar: «¿Habla usted mi lengua?». Merece elogio, digo, porque la fórmula sirve para cualquier idioma original en que se haya rodado la película y para cualquier lengua a la que se traduzca; pero si el otro no habla su idioma, ¿cómo va a entenderle la pregunta? Usted dígale «buenos días» y ya le contestará «buenos días tenga usted» si es que ha entendido su lengua. Si no la entiende, la misma cara le va a poner que si preguntara «¿habla usted mi lengua?»; y si la entiende se ahorrarán preámbulos y entrarán ya en materia después del saludo inicial.
En la vida real, alguna gente no sabe cómo decir que no. Debieran ir más al cine. Si alguien le propone a un amigo que cruce la montaña para encontrarse con su primo, pongamos por caso, puede recibir esta respuesta: «Cruzar la montaña no es una opción». O sea, el actor dice de esa guisa lo que a este lado de la pantalla expresaríamos de otro modo: «No se puede cruzar la montaña», tal vez porque alberga peligros insondables o porque sencillamente no se puede cruzar la montaña.
Si se hubiera rodado una película sobre el torero Rafael El Gallo, su famosa frase «lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible» la habrían formulado de otra manera: «Lo que no puede ser no puede ser, y además no es una opción».
En algunas películas, lo que a este lado de la pantalla llamamos «funeral» se denomina «servicio religioso» (aunque no quede muy claro qué servicio recibe el muerto); y si alguien obtiene un éxito no gritará «¡bien, bien!», o «¡qué suerte!», o «¡de puta madre!», sino «síiii, síiii, síiii». Y si va a suceder una catástrofe, quien se da cuenta de lo que se avecina gritará horrorizado: «¡Ooooh, Dios mío!». Y el que esté a su lado agregará: «¡Maldita sea, maldita sea!».
Hay que entender todo eso, porque no debe de resultar fácil traducir un diálogo con el metrónomo del movimiento bucal.
Siempre será mejor la versión original subtitulada, claro; pero solo si tenemos la suerte de no encontrarnos muchas faltas de ortografía en sus textos. Porque, ¡ooooh, Dios mío!, a veces parece que en los subtítulos tampoco hablasen nuestra lengua.

Idioma y ciudadanía



Bien hablar y bien escribir (no se me oculta lo relativo del adverbio: no aludo a oradores fluidos ni a escritores, sino a quienes se expresan ejercitando algún control sobre cómo hablan y escriben) tiende a verse en nuestros días como atributo de clase social. En realidad así es y así ha parecido siempre, pero con una diferencia importante: la clase que así se expresaba se reconocía como «superior»; impresionaba e infundía respeto desde que empezaba a hablar y escandalizaba si no lo hacía de aquel modo. Quienes procedíamos de estratos sociales humildísimos no cuestionábamos aquel lenguaje: tratábamos de apropiárnoslo. Hoy no; las clases víctimas de la secular injusticia de la incultura tienden a convertir ésta en forma de cultura y a proponerla como instrumento contra la otra, la denominada burguesa. Se enfrentan fundamentalmente los gustos en las artes y se introduce, dentro del bloque diferencial, el lenguaje. El idioma «correcto» ya no resulta, para muchos, deseable, por entender que es una manifestación más de la superestructura. Les basta, dicen o piensan, el suyo propio, el de su ámbito familiar y socioeconómico. De ese modo, el idioma que oyen en las aulas y que quiere imbuírseles en ellas puede resultarles raro o ininteligible y desdeñable. He aquí el primer problema grave con que puede enfrentarse el profesor en muchos centros (y en muchas regiones, pero tampoco me ocuparé ahora de tal cuestión): la indiferencia e incluso hostilidad de los estudiantes ante una lengua más refinada, copiosa y flexible. La tentación —quién sabe si propiciada por rusonianos pedagogos— consistirá, tal vez, en abandonar y resignarse: convertir la clase en trámite de convicción. O, por el contrario, hacer frente a aquel desinterés, enrigideciendo la exigencia: peligroso e injusto modo de reaccionar que inhabilitaría para la acción necesaria.
La situación de perplejidad estuvo viva en la sociedad y en la pedagogía soviéticas durante años. Y, si no estoy equivocado, acabaron con ella los artículos que publicó José Stalin en Pravda en 1950. Su esfuerzo se concentró en demostrar que la lengua no es una superestructura crecida a la economía y dependiente de ella. No debe confundirse, aseguraba el líder soviético, la lengua con la cultura: ésta puede ser burguesa o socialista, mientras que la lengua, como medio de comunicación entre los hombres, es común a todo el pueblo. Y escribía, dogmáticamente pero con evidente razón: «Esos camaradas (quienes pensaban lo contrario) se equivocan gravemente al afirmar que la existencia de dos culturas diferentes conduce a la formación de dos lenguas diferentes y a la negación de la necesidad de una lengua única».
La lengua debe ser considerada y tratada como «órganon». La comunicación no es su único objetivo, sino también la creación del pensamiento. Son los objetos comunicables los que importan, no los signos, pero sucede que, sin signos, no hay objetos comunicables. Y que, por tanto, la potencialidad del pensamiento es función de la riqueza y complejidad que posea el sistema sígnico, el idioma con que se piensa. Nada más absurdo que valorar la pobreza de tal sistema como atributo de clase, como arrogante emblema de un estado social, de un modo peculiar de cultura. Un movimiento socializador, que tienda a una participación colectiva en los bienes, no puede empezar deseando el empobrecimiento de éstos ni de sus medios de producción. Y ocurre que, dicho en toscos términos materiales, el idioma es un medio básico de producción (cosa que ya afirmó N. J. Marr).
Creo que sin un convencimiento así o parecido, el profesor de español actuará fría o tímidamente ante el muy probable prejuicio de sus alumnos. Ha de estar muy persuadido de la bondad de su causa para que el desaliento no lo paralice (para exigir, por ejemplo, una ortografía cuidadosa) y para poder transmitir a los escolares su propia convicción. El idioma de éstos, rudimentario, mezcla informe de vulgarismos, «tics» callejeros y clichés, no es respetable. Pero debe ser respetado (puesto que son inculpables) para montar sobre él, estratégicamente, su enriquecimiento. De algún modo deben convencerse los alumnos de que su estado lingüístico, si no salen de él, los frenará social y profesionalmente (también cívica y políticamente). Y de que el profesor, decidiéndose a no intervenir, consagraría una injusticia; porque siempre habrá muchachos, allí o en otros centros, que posean mejores instrumentos de pensamiento y expresión, adquiridos en el medio cultural de que proceden.
Estimamos, por ello, absolutamente preciso que el profesor atraiga los alumnos hacia la lengua que el civismo habla y escribe, a la norma culta media. Para lo cual, según hemos dicho, resulta necesario partir del respeto total a las deficiencias expresivas de los muchachos: éstos no deben sentirse humillados si hay que ganar su confianza y si se desea interesarlos eficazmente en el proceso de su perfeccionamiento. Puede llegarse a su inhibición y, como ya he dicho, a su hostilidad si se valora explícitamente como muy bajo su idioma, si se lo reprochamos, si desde el primer momento se les proponen modelos refinados o exquisitos de literatura. El arte de empezar (¿por dónde?, ¿cómo?) es muy dificultoso, y variará naturalmente. con el nivel de conocimientos de la clase, su procedencia, lugar, etcétera.
En cualquier caso, no deben proscribirse las peculiaridades individuales (idiolectos) o de grupo. Lo que sí pensamos que debe hacerse pronto es ir acostumbrando a la autocrítica, a la conciencia reflexiva sobre cómo se dicen las cosas. Es el problema de los «registros» idiomáticos. La situación culturalmente más baja corresponde a aquellos que sólo poseen un registro para su comunicación. Es lo que suele ocurrir con multitud de alumnos en los primeros años de su actividad escolar. Una pedagogía lingüística racional, a la que los planes de estudio concedieran el tiempo preciso para su desarrollo, debe consistir en ir aumentando los registros en que el alumno puede expresarse, no para que menosprecie o suprima los más llanos, familiares, regionales y hasta jergales que constituyen su hábito, sino para que aprenda a identificarlos como tales. Pretender que un muchacho se exprese, hablando o escribiendo, como un adulto educado, sería empresa vana e inútil, ya que ese adulto no se expresa —si no es pedante— de un modo uniforme, sino que cambia de registros con gran movilidad: en ello consiste su cultura.
Ese control crítico es el que conviene imbuir a los escolares; no es el reproche del profesor lo que interesa, sino la calificación que ellos mismos hagan de su propia expresión, conscientes de que están utilizando un vulgarismo, un «tic» estudiantil, un regionalismo, un localismo, una voz o un giro de ámbito familiar, etcétera, que no pertenecen a la lengua media culta, la cual deben ir poseyendo poco a poco, gracias al trabajo de las aulas y a su permeabilidad y receptividad para esa lengua.
Otra cuestión, y muy ardua, es la de las tácticas concretas para lograrlo. Nuestra tradición pedagógica parece más bien pobre en lo referente a la enseñanza práctica de la lengua materna. También en esto tenemos una revolución pendiente, de la que nada se habla ni en las alturas oficiales ni en las otras. ¿Para cuándo la implantación efectiva de una metodología eficaz, en una acción semejante a la que tuvo lugar en Francia a principios de siglo? No es cuestión intrascendente: la vida social depende de la cultura idiomática de los ciudadanos mucho más de lo que suele creerse. Y si no se pone remedio a tiempo —está siendo ya demasiado tarde—, es lícito imaginar que van a resultar poco eficaces los esfuerzos que se hagan en otros órdenes de cosas para edificar una sociedad más justa y progresiva.

lunes, 20 de marzo de 2017

El prestigio de las palabras



Una mano se alzó entre los cientos de asistentes a aquella asamblea izquierdista, en la Universidad del posfranquismo. Y el estudiante que pedía la palabra le dijo a quien acababa de intervenir desde la mesa presidencial: «Perdona, te voy a hacer una autocrítica».
Algunas expresiones han adquirido un enorme prestigio con el paso de los años, como «autocrítica». Pero la supuesta confesión se convierte en un engaño si no se trata de un acto de sinceridad y si no implica alguna rectificación a cargo del autor.
Esas palabras de prestigio se impregnan de respeto y bendicen todo cuanto tocan, pues llevan dentro connotaciones positivas, objetivas, ajenas al debate. Y que a veces nos engañan.
El término “evolución” figura también en ese grupo. Hallamos propuestas de evolución en el periodismo, en la arquitectura, en el lenguaje, en nuestra concepción de la vida. «Hay que evolucionar», «Fulano no ha sabido evolucionar», «El enfermo no evoluciona», «El coche de Vettel lleva nuevas evoluciones»… Llama la atención que el verbo y el sustantivo (“evolucionar” y “evolución”) se apliquen casi siempre a desarrollos positivos, cuando el Diccionario no les otorga esa virtud. Quizás al valor meliorativo de “evolución” y “evolucionar” contribuya la mera existencia de “involución” y de “involucionar”. Sin embargo, tanto “evolucionar” como “involucionar” se refieren al desarrollo de algo hacia delante o hacia atrás, no necesariamente a su mejora o empeoramiento. Tal vez un enfermo desearía involucionar, por ejemplo: retroceder al momento en que estaba sano. «El idioma evoluciona», se suele argüir como lugar común ante cualquier crítica de un neologismo. Pero, aunque casi hayamos excluido esa idea en el significado, se dan a menudo evoluciones negativas: el enfermo empeora, la ciudad se degrada, nuestro léxico se empobrece. Y ese prestigio de la palabra “evolución” hace que lo olvidemos.
El término “auditoría” forma parte también del listado de vocablos prestigiosos. «Te voy a hacer una autocrítica» se asemeja en su sinrazón a «te voy a hacer una auditoría», expresión esta parecida a las que a veces oímos en el debate político.
Ni la “auditoría” ni el “auditor” están bien definidos en el actual Diccionario, que se refiere así a la auditoría contable: ‘Revisión de la contabilidad de una empresa, de una sociedad, etcétera, realizada por un auditor’. Pero luego el concepto de auditor no queda muy delimitado: ‘Que realiza auditorías’. La Academia resolverá el problema para la siguiente edición, en la que prevé redefinir de este modo la voz auditoría: ‘Revisión y verificación de las cuentas y de la situación económica de una empresa, realizada por un experto independiente’.
Y ahí está la clave: en la independencia de quien se encargue del trabajo; porque en eso radica el prestigio de “auditoría”: Por tanto, las auditorías contra un adversario y las “auditorías internas” de las que últimamente oímos hablar aprovechan el prestigio de la palabra para manipularla.
El auditor, además, si atendemos al origen del término (auditor, –oris), debe escuchar a unos y otros, enterarse bien. Los discípulos recibían en la Roma antigua el nombre de “auditores”, pues prestaban atención continua a su maestro. “Oír” y “enterarse” andaban entonces de la mano, y una expresión como audisti de malis nostris significaba «ya estás enterado de nuestras desgracias» (Diccionario Vox, 1990). “Auditoría”, “evolución”, “sostenible”, “autocrítica”, ”crecimiento”, “racionalizar”, “transparencia”… son vocablos de prestigio. Como la palabra “futuro”. Quién puede cuestionarla, si en ella volcamos todos los deseos. Después, el propio futuro decidirá por su cuenta, y reducirá nuestra capacidad de someterlo a solo aquello que realmente dependía de nosotros mismos. Pero mientras tanto, su prestigio nos seduce en el discurso político y en sus ofertas. Por eso quizás convenga que, cuando nos regalen esos términos para endulzar una frase, nos fijemos bien en las palabras amargas que haya a su alrededor.

martes, 14 de marzo de 2017

Afordable


Es difícil saber qué caso es más común: el de quienes, escribiendo en inglés (no los culpo, ya que el engendro aparece hasta en algún mal llamado “diccionario”), se olvidan de una de las efes del adjetivo “affordable” /əˈfɔːdəbl/ (“razonable”, “módico”, “asequible” —que no “accesible”, ni mucho menos “accequible”—), aunque el término provenga del inglés medio “aforth” y la segunda efe no se añadiera hasta el siglo XVI; o el de quienes, escribiendo o hablando en español, se olvidan de la riqueza de su lengua y prefieren inventarse este palabro espantoso, como podemos ver aquí y aquí.

lunes, 13 de marzo de 2017

Millones y “millonas”



La confusión entre el sexo y el género sigue rampante en algunas (quizá privilegiadas) cabezas. El problema no es puramente escolástico, ni menos aún personal suyo, sino que nos afecta a todos. Porque desde esas cabezas pasa a sus respectivas voces y escrituras, y de éstas a los oídos y ojos de cualquiera que esté a su alcance. Desde ahí inexorablemente se mete en su cerebro, en el que irremediablemente se instala la misma confusión.
Quizá el lector recuerde el revuelo provocado por el neologismo puntual “miembra” salido hace unos pocos años de la boca (y por tanto del cerebro) de la entonces ministra española de Igualdad Bibiana Aído. El público manifestó en masa su desagrado y la señora ministra se vio obligada a rectificar.
Ahí más o menos acabó todo, al menos en España: el mundo hispanohablante es ancho, y en parte ajeno por la distancia. Ahora llegan noticias de Venezuela, el país de la constitución dobletista («los venezolanos y las venezolanas»), de que en efecto hay un límite a lo que el hablante inocente puede tolerar y aguantar.
El detonante esta vez ha sido la expresión «millones y millonas» emitida por el presidente de aquella república en un discurso televisado al país. La respuesta en sus medios sociales no se hizo esperar: «Hay millonas de razonas para irsa de Venezuelo; pera iguala me quedo», escribió en Twitter un usuario. Y millones (hiperbólico) más.
¿De dónde procede y a qué viene todo esto, muy vigente también en España, con dobletes de género y sus secuelas ahora presentes por doquier y algunas normas oficiales incluso imponiendo su uso en ciertos espacios?
La respuesta es sencilla, aunque quizá menos para las privilegiadas cabezas de las que salen los mencionados partos. El sexo (el aparato reproductor que se revela en la zona central baja del tronco y en las conductas y taxonomías que de él se derivan) ha pasado a confundirse en esas cabezas (no puede uno saber si de modo real o imaginario, en aras de sus intereses particulares) con el género de las palabras de la lengua. Hasta el punto de verse ya la misma palabra género utilizada por sexo en documentos oficiales o paraoficiales: se pregunta, por ejemplo, por el “género” del solicitante, cuando el solicitante (una persona, no una palabra) por definición no puede tener género, aunque sí tiene sexo, la información que la pregunta evidentemente (pero no explícitamente) busca obtener.
El género de las palabras castellanas (y el de las de otras lenguas que lo poseen) es un simple fenómeno gramatical de concordancia (es decir, encaje mutuo) entre palabras de ciertas clases en este aspecto subordinadas y sus palabras rectoras, los sustantivos. Se dice, por ejemplo, EL orden (de factores) pero LA orden (franciscana) ¿Por qué esta diferencia? Simplemente porque el castellano es así. No hay más: en castellano también decimos yo bebo pero tú bebes y nosotros bebemos, con concordancia de número y persona en el verbo con el sujeto, pero en inglés son respectivamente I drink, you drink, we drink, sin concordancia en el verbo drink. Tanto la concordancia del verbo como la de género en relación a los nombres (el cometa frente a la cometa) son así fenómenos lingüísticos, no políticos. Menos aún biológicos como lo es el sexo.
Hace unas pocas décadas, un feminismo a mi juicio muy mal inspirado y peor orientado concibió el género (gramatical) como panacea para la promoción de causas en sí tan loables como la justicia y la consiguiente igualdad de derechos, alegando monstruos donde no los había. Todo el mundo que habla español sabe que una castaña es un fruto, no un árbol, precisamente por hablarlo. También sabe que en los trabajadores recibirán un aumento de salario la palabra trabajador no lleva significado sexual, simplemente porque en castellano no lo posee (habría que decir los trabajadores varones para dárselo), como castaña no lo tiene arbóreo: aprendemos esto según vamos absorbiendo la lengua en la niñez, espontánea e inocentemente, sin políticas ni politiqueos. Pero ahora nos vienen con el camelo de que trabajador (¡y cientos de otras!) denota sólo hombres, con las mujeres excluidas, reclamando por ello el uso de dobletes “los … y las …”, flagrantemente aberrantes para el hablante espontáneo de buena fe.
No sólo aberrantes, sino en extremo perjudiciales. Porque, como puntualicé al inicio, las palabras (cada una con su sonido, su significado y su gramática específicos) pasan de unos cerebros a otros a través de la boca, el aire y el oído. La única interpretación que el hablante común del castellano puede dar a “los vascos y las vascas” es que los vascos incluye sólo hombres: de no ser así, con decir precisamente los vascos llega y sobra, en efecto la realidad en el castellano auténtico de todos y de siempre.
El “miembra” de la entonces ministra Aído fue una estrella fugaz. Pero la epidemia continúa y se agrandará si no se la contiene: “millonas” ahora. Acabará cambiando el significado de cientos de palabras y causando así un perjuicio muy notable a la lengua de todos: constátese en la mismísima constitución venezolana (“los venezolanos y las venezolanas”, etc.) Estas acciones de “terrorismo lingüístico” (expresión atinada, por precisa, de Álvaro García Meseguer, un temprano abogado de la causa) no caen fuera de la ley, y así salen impunes. El único muro de contención y neutralización somos pues los hablantes. Todos y cada uno. Sin desmayo. A una, como Fuenteovejuna.

viernes, 3 de marzo de 2017

Amigos falsos y falsos amigos

Y es que no es lo mismo un falso amigo que un amigo falso. Precisamente por esta característica —la sutil o notable diferencia que implica la ubicación del adjetivo, por ejemplo—, debemos extremar precauciones a la hora de traducir al español.
Para mí, como corrector, resulta curioso comprobar lo literales que pueden llegar a ser algunos textos sobre tecnología traducidos del inglés, y, por contraste, lo fluidos que resultan otros, escritos originalmente en otra lengua romance. ¿Acaso son mejores las traducciones de lenguas romances al español? En ocasiones, me atrevería a decir que sí.
En mi trabajo cotidiano con traducciones técnicas del inglés, encuentro varios errores que se repiten con frecuencia, verbigracia:
1. La paulatina o total desaparición del signo de punto y coma.
  • Frase original: The first test was excellent. The second test wasn't that good. The third one was a complete disaster.
  • Traducción: La primera prueba fue excelente. La segunda prueba no fue tan buena. La tercera fue un completo desastre.
  • Alternativa: La primera prueba resultó excelente; la segunda, no tan buena; la tercera, un verdadero desastre.
2. La fragmentación —incluso atomización— de párrafos en un gran número de oraciones; concretamente: tantas como tenga el original en inglés.
  • Frase original: This product is for outdoor use only. Use this product indoors only if the area is well ventilated. Even when using it outdoors, ensure adequate ventilation.
  • Traducción: Este producto es para uso al aire libre. Use este producto bajo techo solo si la zona está bien ventilada. Incluso cuando la use al aire libre, garantice una ventilación adecuada.
  • Alternativa: Este producto está diseñado para utilizarse en exteriores; tanto si se usa en interiores como en exteriores, debe asegurarse una adecuada ventilación.
3. El uso de estilo personal o alternancia desordenada de este con el impersonal. (En inglés es mucho más frecuente el uso del estilo personal, pero no así en español).
  • Frase original: Remember you can install your device anytime. In order to install it correctly, all you have to do is plug it and follow the instructions.
  • Traducción: Recuerde que puede instalar su dispositivo en cualquier momento. Para poder instalarlo correctamente, todo lo que ha de hacer es enchufarlo y seguir las instrucciones.
  • Alternativa: Recuérdese que el dispositivo se puede instalar en cualquier momento: solo hay que conectarlo y seguir las instrucciones.
4. El uso de expresiones de nuevo cuño (calcos del inglés, generalmente) que no se entienden por sí solas, sino que se deducen por el contexto, lo que demuestra su merma connotativa.
Cito solo algunas de estas traducciones literales, que resultan anfibológicas en español:
  • Experiencia del usuario. Según el caso, puede equivaler a estas expresiones españolas, entre otras: satisfacción con el uso de algo, estancia en un hotel, aprovechamiento del tiempo, disfrute de una comida/bebida/servicio, relajación, sensación de bienestar, satisfacción general con un producto o servicio, gusto por algo, entusiasmo/contento, opinión por el uso de algo, impresiones generales o agrado.
  • Evento. Muletilla empleada para casi cualquier acto organizado: concierto, recital, boda, actividad empresarial, conferencia, congreso, charla, reunión, presentación de producto, acto, o seminario, entre otros.
  • Usuario. Por pereza e imitación de errores de la lengua inglesa, vemos este término mal usado en muchos contextos: usuario del transporte (‘viajero’), usuario de hospitales (‘paciente’), usuario de esta guía (‘lectores’), guía del usuario (‘manual de instrucciones’), usuarios del lenguaje (‘hablantes’), usuario del hotel (‘huéspedes’), etcétera.

lunes, 27 de febrero de 2017

Masmelo, marsmalow, mashmelo, masmalow


Adaptaciones gráficas (si bien sólo la primera está recogida en el Diccionario de la lengua española, además de en el de americanismos) de la voz inglesa “marshmallow” (/ˌmɑːʃˈmæləʊ/), que designa el ‘Dulce esponjoso hecho con clara de huevo batida, leche y azúcar, de diversas formas, tamaños y colores’, es decir, esas esponjitas dulces, que en los EE. UU. engullen tras incinerarlas en una hoguera, y que en el ámbito hispánico reciben un sinfín de denominaciones: “nube” o “jamón” en España, “angelito” en Guatemala, “bombón” en México, “carlotina” en Venezuela, etc.
Este dulce también es famoso en el mundo de la psicología merced a Walter Mischel y su “prueba del marshmallow”, en la cual formó un grupo de varios niños de cuatro años, les entregó un “masmelo” a cada uno y les retó a esperar veinte minutos para comérselo, ofreciéndoles como recompensa una segunda golosina. El objetivo era comprobar qué niños eran capaces de demorar sus deseos y cuáles eran más impulsivos; dos de cada tres no aguantaron la espera, es decir, sólo un tercio tuvo la fuerza de voluntad suficiente como para esperar al premio. Pasados unos años, cuando esos mismos niños estaban en la universidad o comenzando su vida laboral, se descubrió la siguiente correlación (que no causalidad): los pertenecientes al tercio menos impulsivo tenían más éxito académico (mejores calificaciones) y profesional (mejores puestos de trabajo). Esta es la base del “principio del éxito”, según el cual aquellas personas que tienen la capacidad de aplazar una gratificación, es decir, quienes son lo suficientemente disciplinados como para pensar a largo plazo y visualizar una mayor gratificación futura (en contraposición a quienes piensan a corto plazo y prefieren las recompensas inmediatas), tienen mayores probabilidades de alcanzar el éxito.
En el campo de la botánica, “marshmallow” se traduce como “malvavisco” (‘Planta perenne de la familia de las malváceas, con tallo de un metro de altura aproximadamente, hojas suaves, muy vellosas, ovaladas, de lóbulos poco salientes y dentadas por el margen, flores axilares de color blanco rojizo, fruto como el de la malva, y raíz gruesa. Abunda en los terrenos húmedos, y la raíz se usa como emoliente’), cuya raíz se utilizaba en la receta original del susodicho dulce, antes de sustituirla por la gelatina (junto con las imprescindibles cantidades industriales de azúcar refinado y jarabe de maíz).

lunes, 20 de febrero de 2017

Crewing (/kruːɪŋ/)


Vocablo inglés sin equivalencia exacta en español que suele traducirse con alguna perífrasis de los términos “tripulación”, “tripulante”, “equipo”, etc.
El sustantivo “crew” (/kruː/) quiere decir “tripulación”, “dotación”, “equipo”, “grupo”, “pandilla” o “banda”; y partir de él (perdón, del mismo), se forma “crewing”, referido a la actividad laboral como personal de a bordo de una empresa naviera, en un buque mercante o en un crucero, trabajando tanto en labores de mantenimiento y servicio como en otras menos técnicas (animadores, cantantes, profesores de baile, monitores de actividades físicas, camareros, socorristas, etc.)

viernes, 10 de febrero de 2017

Homesplante la hueva emporá



Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era: «¿Homesplante la hueva emporá?», formulada con cerradísimo acento andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido preguntar era «¿Cómo te planteas la nueva temporada?» Y oigan. Nada tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto.

Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento. Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos. Y los jefes de los catetos —y las catetas— que andan sueltos por ahí, preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad al medio que les paga el jornal.

Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista totalitario y carca asoma la oreja.

Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien que, aparte una presumible formación ética y una cultura —pero de eso no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España—, necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres compañeros —o cómplices, o lo que sean— de negocio. Y lo terrible es que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública española.

Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia, la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso escolar; mobbing por acoso laboral; género por sexo; fue disparado por le dispararon o fue tiroteado; severas heridas por graves heridas; apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender, desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva, cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri, cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte.

Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua, venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de oficio o que cierren la boca.

miércoles, 1 de febrero de 2017

«Vuelta rápida» lo son casi todas



El televisor muestra bien claro el letrero: «Fastest lap, Hamilton, 1.28.02». Y los narradores nos traducen: «Vuelta rápida de Hamilton, en 1.28.02».
Las transmisiones de fórmula 1 constituyen un ejemplo de periodismo brillante, un lujo para el espectador. No solo durante la transmisión, sino antes y después. En las horas previas a la competición, tanto el sábado como el domingo, el equipo de Antonio Lobato nos ofrece unas piezas informativas muy didácticas que explican la historia de este deporte y los aspectos técnicos más complicados. Sus autores trabajan con generosidad, porque piensan en el público y no en su propio lucimiento. Incluso nos evitan las torpes opiniones del primer fanfarrón que se pone a tiro, tan socorridas en otros acontecimientos.
Todos los profesionales que trabajan ante la cámara o comentan cuanto se ve en la pantalla saben inglés, por supuesto. Y tanto saben, que hasta pueden descifrar esas conversaciones entre el piloto y su ingeniero que oímos de vez en cuando con sonido de radiogramola vieja y que resultarían dificilísimas de interpretar para cualquiera de nosotros incluso si las escucháramos en español.
El insustituible narrador (tan imprescindible como Fernando Alonso, con el que ha ido cambiando de cadena como si el periodista también formara parte indisociable del espectáculo) y sus colaboradores (de indudable competencia en la materia) conocen a la perfección que «fastest lap» no significa «vuelta rápida» (así traduciríamos «fast lap»), sino «vuelta más rápida». Y sin embargo traducen “vuelta rápida”.
Uno ve las carreras de motos o las de fórmula 1 y se da cuenta enseguida de que todas las vueltas son rapidísimas. Unas más rápidas que otras, desde luego. Y cuando alguien consigue la vuelta más veloz de la jornada, estamos ante «la vuelta rápida», dicen. Pero el significado cabal de esa expresión nos llevaría quizá a deducir que las otras fueron lentas. Y eso que apenas se diferenciaban en centésimas, imperceptibles para el espectador.
En la fórmula 1 o en moto GP o incluso en los 1500 metros se trata de correr lo más deprisa posible, y por eso las vueltas más rápidas se prefieren a las menos rápidas. O sea, aquellas son mejores. Así que podríamos conseguir con solo dos vocablos, ni uno más que en inglés, esa economía léxica que parecen precisar los narradores: «Fastest lap», «mejor vuelta».
Eso sí, recuerden ustedes que conseguir la mejor vuelta no resulta sencillo: es incompatible con la sanción de parar y arrancar (o sea, el stop and go que decimos los entendidos), o con la de pasar y seguir (que queda más elegante con los términos drive through; ea, que siga recto por la calle de talleres…, el mismísimo pit lane). Y tampoco conseguiremos la mejor vuelta de la jornada si en ese momento se produce un accidente y aparece el coche de seguridad (diga safety car si no quiere que le tomen por un inculto).
Otros inconvenientes para obtener la vuelta más rápida se derivan del creciente granulado de las ruedas, especialmente las lisas (vamos a ver: el graining de los slicks), y de los fallos de adherencia (o problemas con el grip).
Y si nos pasa todo eso en la jornada de clasificación (que también podría llamarse «de calificación» si pusiéramos notas a los pilotos), no habrá manera de lograr la mejor posición de salida (o pole position; no confundir con la pool position, que sería una posición de piscina), y en ese caso más nos valdría regresar al taller (o box); o tal vez volvernos a la caravana (que aquí se llama motorhome para no confundirla con las de la operación salida), o simplemente desahogarnos dando una vuelta por la explanada (que en este caso denominaremos paddock para que nadie se crea que nos referimos a cualquier otra que pueda quedar cerca).
¿Y con tantos anglicismos en las carreras, se preguntarán ustedes, va uno a fijarse en que omiten la expresión «vuelta más rápida» para pronunciar la escueta fórmula «vuelta rápida», que al menos se está manifestando en español?
Pues sí.
Los anglicismos le gustan a mucha gente; con esto no se ve problema. Se dicen y se queda muy bien, que por eso el inglés es un idioma de más prestigio. ¡Para una cosa que abunda hoy día! Lo malo del asunto es este nuevo recorte, esa renuncia a un elemento de la oración que quién sabe si nos viene impuesta desde Bruselas, esta austeridad con el adverbio como si costara dinero, como si fuera un lujo mediterráneo y panderetero, mientras se nos inunda con términos de importación en periodo de oferta.
Y deberíamos conocer, sin embargo, que el producto nacional sabe competir en austeridad con cualquiera, que tenemos capacidad para decidir nuestros propios tijeretazos y decir (con similar coste tipográfico) la expresión «mejor vuelta» si es necesario: con apenas una letra más que en la versión inglesa, pero ¡con cuatro menos que en alemán! (schnellste Runde), a pesar de lo cuidadosos que han sido siempre los germanos para mirar el gasto.
Está en juego la marca España, y el Gobierno no hace nada.
(Al principio del artículo pensaba echarle la culpa a Hamilton, pero se va librando).

martes, 31 de enero de 2017

Colapsar / Colapso


El sustantivo latino “collapsu(m)” (co(n)– [“unión”, “contacto”, “acción completa”] + lāb(ī) [“resbalar”] + –su(m)/–sa(m)), derivado del verbo “collabī” (“caer en conjunto”, “caer en ruinas”) dio lugar al sustantivo español “colapso” y al verbo correspondiente “colapsar”, además de al inglés “collapse” (/kəˈlæps/).
En el campo de la medicina, “collapse” sería equivalente a “[sufrir un] colapso”, tal como lo definen el Diccionario médico de la Clínica Universidad de Navarra (‘Fallo brusco de la actividad de un órgano’) o el Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico de la Universidad de Salamanca (‘Pérdida brusca de la circulación sanguínea eficaz por una alteración aguda de la función del corazón o una disminución rápida del tono de los vasos sanguíneos’, ‘Disminución anormal del tono de las paredes de un órgano hueco con decrecimiento o supresión de su luz’).
“Colapsar” y “colapso” también se refieren a un “atasco” o a la “destrucción [por ruina o abandono]” (DLE: ‘Destrucción, ruina de una institución, sistema, estructura’, ‘Paralización a que pueden llegar el tráfico y otras actividades’) —casos en los que siguen coincidiendo con el inglés—, pero no directamente “derrumbe”, “derrumbamiento”, “caída”, “hundimiento”, “derrumbarse”, “desplomarse”, “desmoronarse”, “hundirse” o “venirse abajo”, como puede verse en muchas ocasiones debido a traducciones defectuosas, como es el caso de la mayoría de los artículos dedicados al “derrumbamiento” (que no “colapso”, insisto) de las Torres Gemelas.

viernes, 27 de enero de 2017

El usuario debe eyacular el disco



Entender los manuales de instrucciones de ordenadores o electrodomésticos es a veces un auténtico galimatías. Y no por la complejidad de los aparatos, sino por las penosas traducciones. Esta situación ha llevado a distintas asociaciones de traductores e intérpretes a movilizarse para exigir que la Administración y las empresas contraten profesionales y se adopten medidas para erradicar a los piratas y las traducciones automáticas sin control posterior que, por ejemplo, pueden traducir el «extra» de la compañía aérea American Airlines que ofrece butacas de piel («Fly in leather») por un «¡Vuele en cueros!» Que en el manual de un reproductor de discos se traduzca «eject» por «eyacular» («deja de tocar un CD audio o eyacula la bandeja») o que en un manual de un teléfono móvil se confunda «llamadas» con «mamadas». Francisco Aviñó, presidente de la Asociación Profesional Española de Traductores e Intérpretes, que agrupa a cerca de 1500 profesionales, asegura que hace dos años pusieron en marcha el «sistema de turnos», que permite repartir los trabajos entre «los auténticos profesionales». Sin embargo, con el fin de «ahorrarse dinero», muchas veces se recurre a «piratas» que trabajan con un programa informático que, como muchos de ellos, no sabe nada de sintaxis ni semántica.

Tres pesetas por palabra.
«Cualquiera que tenga un ordenador, un programa de traducción y un curso de inglés se cree capacitado para hacer nuestro papel, cuando nosotros hemos pasado una carrera de cuatro años», dice Olga Torres, presidenta de la Asociación de Traductores Independientes de Cataluña. Pero los «piratas» cobran muchas veces bastante menos que los profesionales, 3-4 pesetas palabra frente a las 10-12 pesetas del profesional. Veamos algunos ejemplos recopilados por profesionales. Usted se compra una tostadora Hamilton Beach, americana [sic], y en el capítulo de advertencias puede encontrar este párrafo: «Una “incedio” puede ocurrir si tostador cubierto o conmovedor inflamable “materiel”, incluso cortinas, colgaduras, muro etcétera, cuando en operación». Y siguen las «cautelas»: «Nunca térmico mantequilla tostadas. Pan, buñuelo, pastel contagioso para extensión de “garapiña”, capa de azúcar, queso, etcétera, no recomendar para algún tostador. Cuando de “subwstancia” derretir, ello causa atasco e incomodidad». Tampoco están mal las instrucciones de limpieza: «Limpio externo superficial con un húmedo paño. No uso fregar polvo y limpio cojincillo». No se quedan atrás las instrucciones de uso de la cafetera Vespress: «Usar el normal detergente pero “non” hay que usar papillas de hierro o cosas iguales». La introducción en una guía del usuario del teclado de ordenador Nimble Beauty tampoco tiene desperdicio: «Colores claros los hace brillantes y bonito, no los opaca y son más que cosméticos. Excelente herramienta que “mecanoquafea” más divertida eficazmente». Otro traductor confundió «eject» por «eyaculación» y en las instrucciones de «manoseo» puede leerse esto: «Si el usuario no puede eyacular el disco oprimiendo el botón abrir/ cerrar, puede insertar una barra pequeña en el hoyo para eyaculación manual». En la «guía reparadora» de un vídeo JVC se pueden leer cosas como éstas: «Re-chequee las “conecciones”» o «el limpiado de cabeza automático limpia las cabezas de vídeo y tambor portacabezas cuando se coloca o extrae una cinta para reducir el atascamiento de la cabeza». Y una de coches: «Citroën ofrece a sus clientes la posibilidad de asegurar el entretenimiento de su coche».
Con cosas así, no es de extrañar que una mujer americana [sic] pusiera un pleito por una mala traducción que le llevó a meter a su caniche en un microondas para secarle el pelo.

Entretenimiento


Esta palabra nos ha llegado del francés en dos “oleadas” diferentes no demasiado separadas en el tiempo. La primera a finales del siglo XVI como calco de “entretien” (/ɑ̃tʀətjɛ̃/), empleada en Francia desde el siglo XII con el sentido de “mantenimiento”, “conservación”, “sostenimiento” (del latín “inter”, “entre”, y “tenere”, “tener”). La segunda, en el siglo XVII, se desvió primero hacia Inglaterra y nos llegó del inglés como calco de “entertainment” /ˌɛntəˈteɪnmənt/ (“entretenimiento”, “diversión”, “espectáculo”).
De ahí que, si bien el sentido con el que utilizamos este término sea comúnmente el inglés (Diccionario Clave: ‘Diversión o distracción con la que alguien pasa el tiempo’, ‘Lo que sirve para divertirse’), también podamos encontrar el francés en muchos diccionarios, como el María Moliner (‘Acción de sostener una cosa en actividad o en uso’, ‘Conjunto de cuidados necesarios para que algo se mantenga o siga funcionando con normalidad’) o el DLE (‘Mantenimiento o conservación de alguien o algo’).
Así, podemos encontrar traducciones del francés que pueden llevar a confusión, como por ejemplo las guías de “entretenimiento” de algún coche (cuando en español lo habitual sería denominarlo “mantenimiento”).

jueves, 26 de enero de 2017

Fon, te echo un


Construcción equivalente a “te llamo [por teléfono]” o a la más coloquial “te doy un toque”, creada por deformación del inglés “phone” /fəʊn/ (“teléfono”, “llamar [por teléfono]”, “telefonear”). Junto con su variante “te echo un ‘guás’” (“te envío un mensaje por WhatsApp”), más sus correspondientes horrores ortográficos, constituyen la cumbre del SMSpañol más chabacano, grotesco y lamentable, acompañados por otra infinidad de perlas como “holi”, “es bien” o el ingeniosísimo trending topic “ola k[e] ase” (como todo lo que tiene algún valor hoy en día, con origen en Forocoches… o eso dicen).

Grandes éxitos traductoriles

Of natural form («de forma natural»).

Para quedarse cerró («to remain closed»).

Tres cojones bar («tableta con tres frutos secos»).

No caliéntese en puede («do not heat in can»).
La fecha mostrada durante el final de puede («date shown in end of can»).
Tienda en un lugar chulo («store in cool place»).

Hierro chulo («cool iron»).

Hígado piscina («Liverpool»).

La cancha de tenis gobierna («Tennis Court Rules»).
Da vuelta por favor apagado a luces antes de dejar por favor desgaste los zapatos apropiados («Please Turn Off Lights Before Leaving).
De las laminas [sic] del rodillo («Skateboards»).

Expertos apasionados que se dan por culo para usted («Des experts passionnés qui se donnent à fond pour vous»).

Porcelana («China»).

“Carrir” de fuego («Fire lane»).
Violadores («Violations»).

Cooked Lions («cocido leonés»).
Everyone Days («todos los días»).