martes, 10 de enero de 2017

Tinto de verano pael calor



La prosodia popular tiende a contraer sonidos y, por tanto, a desvirtuar algunas palabras, cuyas sílabas se apretujan como si viajaran en el metro en hora punta. Podemos oír en ámbitos coloquiales: «¿T’anterao?», o «to has’tao muy bien», o «¡m’alegro!», o «hay que ir p’alante». El pasado 8 de julio, por ejemplo, un exdirector de periódico hablaba en una tertulia televisiva, a las 23.37, sobre el caso del encarcelado Luis Bárcenas y de «el auto que le mete pa dentro».

Sabemos que la elección del lenguaje se parece al acto de escoger la ropa. Se trata, por tanto, de una cuestión social. No vamos a una boda ataviados con chanclas, ni al monte con traje de gala. Y activaremos de inmediato nuestras opiniones (tal vez, nuestros prejuicios) si observamos que alguien viene al trabajo en pijama.

De igual modo, acomodamos nuestro lenguaje a las situaciones que nos toca vivir, y no nos expresamos en una reunión de amigos como en un congreso de cirugía. Una abogada hablará de forma coloquial en su casa, pero escogerá palabras distintas (quizá para defender lo mismo) si se dirige a un tribunal.

Podemos pensar que tales criterios —diferencia entre lenguaje familiar y lenguaje esmerado— han de aplicarse también a los periodistas y a todos aquellos profesionales que se comunican con un público amplio. No obstante, a menudo oímos expresiones —sobre todo en el periodismo deportivo español— como: «Lanchufao trece segundos de ventaja», «el Celta ha palmao con el Sevilla», o «Contador está intentando enlazar con el grupo de alante».

Este último uso tiene su interés, porque aparece lo mismo en el lenguaje de personas cultas que en la expresión popular. El Diccionario panhispánico de dudas, elaborado por todas las academias de la lengua española, incluye la entrada «alante», y señala: «En el habla esmerada debe evitarse la forma “alante”, usada con frecuencia en la lengua popular e incluso entre hablantes cultos en situaciones informales».

En efecto, no parece muy elegante tal palabra. Pero podemos comprender que se cuele en el lenguaje de personas cultivadas que no están muy atentas a los términos que pronuncian. ¿Por qué? Porque el genio del idioma es analógico, y sabe de la relación entre «detrás» y «atrás». Y si entiende una vinculación entre «detrás» y «atrás», puede tolerar que a partir de «delante» se forme «alante», en vez de «adelante», sabiendo, además, que no existe «adetrás». Así que «de-lante» se empareja con «de-trás», y «a-trás», con «a-lante».

En definitiva, todo lo que sucede es lógico: todo sucede por algo. También en nuestro léxico.

El uso culto ha venido prefiriendo «adelante» en vez de «alante»; hasta el punto de que esta segunda forma apenas aparece en el lenguaje escrito (aunque ejemplos haya).

Por todo ello nos preguntamos, tras estos preámbulos, si expresiones como «Özil tiene que jugar más alante» (o sea, ser más un alantero), o «el equipo falla alante» (es decir, en la alantera), son de recibo en el lenguaje de un medio de comunicación. ¿Se pueden aceptar en un periodismo oral por el hecho de que pretenda acercarse a su público como si fuera de la familia?, ¿las debemos evitar en la prensa escrita?

Tal vez guarden relación estas ideas con el anuncio de la popularísima marca de bebidas Don Simón, que nos riega durante el estío con una cancioncilla encaminada a que saciemos la sed gracias a su «tinto de verano». Y se canta en el anuncio: «Tinto de verano hay que beber, tinto de verano pael calor, fiesta Don Simón».

Dejando aparte que las palabras «tinto», «beber», «verano» y «calor» sugieren más siesta que fiesta (habrá quien haya entendido «siesta Don Simón», dado el contexto), nos hallamos de nuevo ante un uso coloquial en una comunicación pública. Nuestro sentido pragmático nos impedirá creer que se trata de un error de la agencia de publicidad. Como parece obvio, la expresión se incluyó deliberadamente. Quizá porque así acercan el producto a sus potenciales consumidores: la gente como usted y como yo que está dispuesta a recibir con regocijo el tinto de verano como en su día acogió el advenimiento del Seat Seiscientos.

Quienes formamos parte del populacho sabemos reconocernos de inmediato en un producto que nos va como anillo al dedo.

No imaginaríamos, sin embargo, una fórmula publicitaria semejante si se tratara de anunciar Vega Sicilia o Viña Tondonia, ni para vender los relojes Rolex o cualquier coche de lujo: «Un descapotable pael calor», por ejemplo.

El léxico y la gramática acompañan la imagen que transmitimos de nosotros mismos, queramos o no; y la situación ideal consiste en que cada uno pueda determinar algo al respecto. Si decidimos desenvolvernos en zapatillas, estupendo. Y si optamos por el charol, perfecto también. Eso sí, siempre que acertemos con la ocasión adecuada.

El problema sobreviene cuando alguien se topa con un lenguaje vulgar en un ámbito donde esperaba un léxico esmerado, o, por el contrario, cuando quien está diciendo algo suelta unas cuantas frases pedantes que no casan con el ambiente de desenfreno y cachondeo que le envuelve. Quizá los que escuchen en uno y otro caso tiendan a pensar que esa persona dispone de escaso fondo de armario verbal. En un buen ropero debe guardarse lo mismo un elegante traje para una boda que una vistosa camiseta sin mangas. Pael calor, claro.

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