lunes, 27 de febrero de 2017

Masmelo, marsmalow, mashmelo, masmalow


Adaptaciones gráficas (si bien sólo la primera está recogida en el Diccionario de la lengua española, además de en el de americanismos) de la voz inglesa “marshmallow” (/ˌmɑːʃˈmæləʊ/), que designa el ‘Dulce esponjoso hecho con clara de huevo batida, leche y azúcar, de diversas formas, tamaños y colores’, es decir, esas esponjitas dulces, que en los EE. UU. engullen tras incinerarlas en una hoguera, y que en el ámbito hispánico reciben un sinfín de denominaciones: “nube” o “jamón” en España, “angelito” en Guatemala, “bombón” en México, “carlotina” en Venezuela, etc.
Este dulce también es famoso en el mundo de la psicología merced a Walter Mischel y su “prueba del marshmallow”, en la cual formó un grupo de varios niños de cuatro años, les entregó un “masmelo” a cada uno y les retó a esperar veinte minutos para comérselo, ofreciéndoles como recompensa una segunda golosina. El objetivo era comprobar qué niños eran capaces de demorar sus deseos y cuáles eran más impulsivos; dos de cada tres no aguantaron la espera, es decir, sólo un tercio tuvo la fuerza de voluntad suficiente como para esperar al premio. Pasados unos años, cuando esos mismos niños estaban en la universidad o comenzando su vida laboral, se descubrió la siguiente correlación (que no causalidad): los pertenecientes al tercio menos impulsivo tenían más éxito académico (mejores calificaciones) y profesional (mejores puestos de trabajo). Esta es la base del “principio del éxito”, según el cual aquellas personas que tienen la capacidad de aplazar una gratificación, es decir, quienes son lo suficientemente disciplinados como para pensar a largo plazo y visualizar una mayor gratificación futura (en contraposición a quienes piensan a corto plazo y prefieren las recompensas inmediatas), tienen mayores probabilidades de alcanzar el éxito.
En el campo de la botánica, “marshmallow” se traduce como “malvavisco” (‘Planta perenne de la familia de las malváceas, con tallo de un metro de altura aproximadamente, hojas suaves, muy vellosas, ovaladas, de lóbulos poco salientes y dentadas por el margen, flores axilares de color blanco rojizo, fruto como el de la malva, y raíz gruesa. Abunda en los terrenos húmedos, y la raíz se usa como emoliente’), cuya raíz se utilizaba en la receta original del susodicho dulce, antes de sustituirla por la gelatina (junto con las imprescindibles cantidades industriales de azúcar refinado y jarabe de maíz).

lunes, 20 de febrero de 2017

Crewing (/kruːɪŋ/)


Vocablo inglés sin equivalencia exacta en español que suele traducirse con alguna perífrasis de los términos “tripulación”, “tripulante”, “equipo”, etc.
El sustantivo “crew” (/kruː/) quiere decir “tripulación”, “dotación”, “equipo”, “grupo”, “pandilla” o “banda”; y partir de él (perdón, del mismo), se forma “crewing”, referido a la actividad laboral como personal de a bordo de una empresa naviera, en un buque mercante o en un crucero, trabajando tanto en labores de mantenimiento y servicio como en otras menos técnicas (animadores, cantantes, profesores de baile, monitores de actividades físicas, camareros, socorristas, etc.)

viernes, 10 de febrero de 2017

Homesplante la hueva emporá



Hace unas semanas, en la tele, un deportista al que entrevistaban se hizo repetir tres veces la pregunta, y al final confesó que no podía responderla porque no entendía una palabra. Que no se aclaraba con el farfullo del periodista. Creo recordar que la pregunta era: «¿Homesplante la hueva emporá?», formulada con cerradísimo acento andaluz. Al cabo de un rato, y tras darle muchas vueltas al asunto, llegué a la conclusión de que lo que el periodista había querido preguntar era «¿Cómo te planteas la nueva temporada?» Y oigan. Nada tengo contra los acentos. Lo juro. Ni contra el panocho de Mursia, ni contra el gallegu, ni contra el valensianet de Valensia, ni contra ningún otro. Todo es parte de la rica pluralidad, etcétera, de las tierras de España; y a mí también me sale el cartagenero cuando estoy con mis paisanos o cuando me cabreo y miento el copón de Bullas. Pero no se trata de acentos. Lo que me dejó incómodo fue el toque chusma de la cuestión. Para entendernos: hace sólo unos años, al periodista del homesplante la emporá, en su televisión, en su radio, en su periódico o en donde fuera, no le habrían dejado abrir la boca. Por cateto.

Y ahora dirá alguien, en plan buen rollito, que también los catetos tienen derecho a ser periodistas y preguntar cosas. Pues lo siento. Niet. Ni de coña. Los catetos, lo que tienen que hacer es dedicarse a otra cosa, o hacer los esfuerzos adecuados para dejar de ser catetos. Y los jefes de los catetos —y las catetas— que andan sueltos por ahí, preguntándoles por las huevas de la emporá a los futbolistas y a los premios Nobel de Literatura, lo que son es unos irresponsables y unos pichaflojas, incapaces de poner las cosas en su sitio y darle dignidad al medio que les paga el jornal.

Hemos llegado a un punto en el que todo vale, donde tener unas tragaderas como la puerta de Alcalá se toma por patente de salud democrática, talante y besos en la boca; mientras que poner las cosas en su sitio, exigir que los estudiantes estudien, que quienes escriben no cometan faltas de ortografía, que los que hablan en público controlen los más elementales principios de la retórica, o por lo menos de la sintaxis, se toma por indicio alarmante de que un fascista totalitario y carca asoma la oreja.

Es devastador el daño que hacen, en ese registro, dos elementos recientemente incorporados en masa a la vida pública: el periodista iletrado y el político analfabeto. Ambos flojean precisamente donde más sólidas debían ser sus vitaminas, y no me refiero sólo al lenguaje infame con que nos vejan a diario; sino también a lo que éste contiene. Un periodista utiliza el idioma como herramienta principal en su trabajo de informar y crear opinión, y un político es alguien que, aparte una presumible formación ética y una cultura —pero de eso no vamos ni a hablar, porque a fin de cuentas estamos en España—, necesita un conocimiento elemental de los recursos de la lengua en la que se expresa cuando habla en público o se dirige a sus ilustres compañeros —o cómplices, o lo que sean— de negocio. Y lo terrible es que la funesta combinación de ambos personajes, periodista iletrado y político cenutrio, es la que marca ahora el tono de la vida pública española.

Nunca hubo tal acumulación de disparates, de bajunería expresiva, de servilismo a lo socialmente correcto, de desconocimiento de las más elementales reglas de la comunicación oral o escrita. La ignorancia, la desorientación y la gilipollez son absolutas: bulling por acoso escolar; mobbing por acoso laboral; género por sexo; fue disparado por le dispararon o fue tiroteado; severas heridas por graves heridas; apostar en vez de proponerse, decidir, querer, intentar, pretender, desear o procurar. Y así, hasta la náusea. Cualquier murga nueva, cualquier coletilla, cualquier traducción pedestre del guiri, cualquier tontería o lugar común, hace fortuna con rapidez pasmosa y se propaga en boca y tecla de quienes, paradójicamente, más deberían cuidar el asunto. Todo eso, claro, acentos y farfullos aparte.

Y así, algunos desoladores productos de la nueva generación de periodistas hijos de la Logse, la desaparición de la antigua, venerable y utilísima figura del corrector de estilo en los medios informativos, y la ordinariez de la ciénaga donde a menudo se nutre la vida política española, nos tienen a merced de tanta mala bestia que nos bombardea con su zafiedad y su incultura, contaminándonos. Y nadie se atreve a exigir lo razonable: que lean y se eduquen, que cambien de oficio o que cierren la boca.

miércoles, 1 de febrero de 2017

«Vuelta rápida» lo son casi todas



El televisor muestra bien claro el letrero: «Fastest lap, Hamilton, 1.28.02». Y los narradores nos traducen: «Vuelta rápida de Hamilton, en 1.28.02».
Las transmisiones de fórmula 1 constituyen un ejemplo de periodismo brillante, un lujo para el espectador. No solo durante la transmisión, sino antes y después. En las horas previas a la competición, tanto el sábado como el domingo, el equipo de Antonio Lobato nos ofrece unas piezas informativas muy didácticas que explican la historia de este deporte y los aspectos técnicos más complicados. Sus autores trabajan con generosidad, porque piensan en el público y no en su propio lucimiento. Incluso nos evitan las torpes opiniones del primer fanfarrón que se pone a tiro, tan socorridas en otros acontecimientos.
Todos los profesionales que trabajan ante la cámara o comentan cuanto se ve en la pantalla saben inglés, por supuesto. Y tanto saben, que hasta pueden descifrar esas conversaciones entre el piloto y su ingeniero que oímos de vez en cuando con sonido de radiogramola vieja y que resultarían dificilísimas de interpretar para cualquiera de nosotros incluso si las escucháramos en español.
El insustituible narrador (tan imprescindible como Fernando Alonso, con el que ha ido cambiando de cadena como si el periodista también formara parte indisociable del espectáculo) y sus colaboradores (de indudable competencia en la materia) conocen a la perfección que «fastest lap» no significa «vuelta rápida» (así traduciríamos «fast lap»), sino «vuelta más rápida». Y sin embargo traducen “vuelta rápida”.
Uno ve las carreras de motos o las de fórmula 1 y se da cuenta enseguida de que todas las vueltas son rapidísimas. Unas más rápidas que otras, desde luego. Y cuando alguien consigue la vuelta más veloz de la jornada, estamos ante «la vuelta rápida», dicen. Pero el significado cabal de esa expresión nos llevaría quizá a deducir que las otras fueron lentas. Y eso que apenas se diferenciaban en centésimas, imperceptibles para el espectador.
En la fórmula 1 o en moto GP o incluso en los 1500 metros se trata de correr lo más deprisa posible, y por eso las vueltas más rápidas se prefieren a las menos rápidas. O sea, aquellas son mejores. Así que podríamos conseguir con solo dos vocablos, ni uno más que en inglés, esa economía léxica que parecen precisar los narradores: «Fastest lap», «mejor vuelta».
Eso sí, recuerden ustedes que conseguir la mejor vuelta no resulta sencillo: es incompatible con la sanción de parar y arrancar (o sea, el stop and go que decimos los entendidos), o con la de pasar y seguir (que queda más elegante con los términos drive through; ea, que siga recto por la calle de talleres…, el mismísimo pit lane). Y tampoco conseguiremos la mejor vuelta de la jornada si en ese momento se produce un accidente y aparece el coche de seguridad (diga safety car si no quiere que le tomen por un inculto).
Otros inconvenientes para obtener la vuelta más rápida se derivan del creciente granulado de las ruedas, especialmente las lisas (vamos a ver: el graining de los slicks), y de los fallos de adherencia (o problemas con el grip).
Y si nos pasa todo eso en la jornada de clasificación (que también podría llamarse «de calificación» si pusiéramos notas a los pilotos), no habrá manera de lograr la mejor posición de salida (o pole position; no confundir con la pool position, que sería una posición de piscina), y en ese caso más nos valdría regresar al taller (o box); o tal vez volvernos a la caravana (que aquí se llama motorhome para no confundirla con las de la operación salida), o simplemente desahogarnos dando una vuelta por la explanada (que en este caso denominaremos paddock para que nadie se crea que nos referimos a cualquier otra que pueda quedar cerca).
¿Y con tantos anglicismos en las carreras, se preguntarán ustedes, va uno a fijarse en que omiten la expresión «vuelta más rápida» para pronunciar la escueta fórmula «vuelta rápida», que al menos se está manifestando en español?
Pues sí.
Los anglicismos le gustan a mucha gente; con esto no se ve problema. Se dicen y se queda muy bien, que por eso el inglés es un idioma de más prestigio. ¡Para una cosa que abunda hoy día! Lo malo del asunto es este nuevo recorte, esa renuncia a un elemento de la oración que quién sabe si nos viene impuesta desde Bruselas, esta austeridad con el adverbio como si costara dinero, como si fuera un lujo mediterráneo y panderetero, mientras se nos inunda con términos de importación en periodo de oferta.
Y deberíamos conocer, sin embargo, que el producto nacional sabe competir en austeridad con cualquiera, que tenemos capacidad para decidir nuestros propios tijeretazos y decir (con similar coste tipográfico) la expresión «mejor vuelta» si es necesario: con apenas una letra más que en la versión inglesa, pero ¡con cuatro menos que en alemán! (schnellste Runde), a pesar de lo cuidadosos que han sido siempre los germanos para mirar el gasto.
Está en juego la marca España, y el Gobierno no hace nada.
(Al principio del artículo pensaba echarle la culpa a Hamilton, pero se va librando).